martes, 9 de febrero de 2016

Mi nueva vida (Primer Borrador. Continuación de la Novela "Claire, historia de un desequilibrado")



Novela: “Mi nueva vida” (Capítulo uno) PRIMER BORRADOR.
Nunca imaginé que, desde la redacción de mi diario me encomendaran una misión como esta. Al principio lo tomé como una mera broma de mi superior, la atractiva Madeleine, una francesita que irrumpió en la oficina con billete “Gran Class”, que al parecer venía de parte del amigo del director de producción de la revista tal, que a la vez era amante de un chico muy guapo que ejercía en el mundo de la moda y que hacía tanto a pelo como a pluma. Tuve ocasión de conocerle cierto día en que le entrevistaron para dar a conocer una nueva colección. Era alto y delgado, de labios de curvas sensuales y dientes nacarados que brillaban por sí mismos. Aquel día pareció revolucionarse el edificio entero, sobre todo el de las féminas, que no paraban de cuchichear y seguirle gustosamente a cada paso que daba. No entendí porque a mí no me ocurría lo mismo.
Quizá no hubiera otro estúpido tan grande como yo para mandarle a ese lugar, o puede que mi lengua debiera a veces permanecer callada, pero, lo cierto es que, cuando menos lo esperé, y sin mediar más palabras que las que salían de sus bocas, me vi con la maleta en el andén de un viejo tren, camino hacia una localidad perdida entre los montes jienenses, donde más de uno saldría corriendo con solo ver llegar la noche.
De todas formas, amigo como soy de la aventura, debo decir que lo asumí como un regalo, y tomando en consideración que el viaje no debía recorrerse en automóvil, sino por otros medios, como lo hizo el protagonista en su momento, me dispuse ufano a empaquetar en la maleta toda una serie de aditamentos que entendía necesarios, aunque más parecían acompañar a un trotamundos en vacaciones. Sólo el hecho de viajar en tren, era algo que producía en mí un placer indecible, fomentado sin duda en mis años de niñez, cuando acompañaba a mis padres en sus continuos viajes por toda la piel de toro, en aquellos “expresos” que te daban tres platos y postre, café copa y puro, y un “tupper” por si te habías quedado con hambre de raíles.
-Qué te parece lo que te ofrezco –me preguntó Madeleine sin interrogaciones, mientras depositaba en mis manos el sobre con los billetes. Sus labios aplastaban literalmente la boquilla de su cigarrillo, mientras la ceniza le caía por entre su chaqueta negra y la misma mesa de trabajo.
-Eh…
-No te preocupes por los gastos. Dentro del sobre llevas una tarjeta a tu nombre y billetes sueltos para todo lo que te haga falta.
-Sí, pero…
-No te preocupes por nada –me interrumpió-. Si necesitas algo, nos llamas desde cualquier teléfono y haremos todo lo posible por solucionarlo.
De repente me miró a los ojos, con esos ojitos negros suyos, y pareció susurrarme como al oído, pero con un par de metros de distancia entre nosotros.
-Cuídate mi vida… No dejes que nadie te engañe. Ya sabes cómo va el tema en estos asuntos, lo mejor es tener prudencia y guiarte por tu intuición. Llevas dinero suficiente como para tumbarte en las playas de Miami y ducharte con mojitos desde la mañana a la noche. Lo único que quiero es que me traigas la exclusiva más impactante que se haya visto nunca; o mejor dicho: has de hacer el trabajo que no quieren otros desde arriba. Cuídate por cierto de las miradas curiosas que parezcan inocentes, porque bien te puedes dar de bruces con toda una organización que quiera dañarte, cielo.
-Yo quiero agradecerte…
-Ya lo harás a la vuelta mi amor, te lo aseguro. Por ahora, creo que me basta con que vuelvas sano y salvo y tenga oportunidad de lanzarte a lo más alto de la empresa.
Aquella fue la primera vez que me llamó “mi amor”, y la verdad es que me gustó el modo y el tono empleado, pero dudé de que alguna vez llegara a serlo. En todo caso, uno más de entre los muchos que pasarían por sus piernas. La luz mortecina de su lámpara de tela, acentuaba el contorno de su rostro, confiriéndole un claroscuro renacentista que parecía ofrecer escrupulosamente sólo un poco de lo que debía enseñar. Me acerqué a ella y me senté delante, al otro extremo de la pequeña mesa de madera. Intenté abrirme paso entre los papeles y legajos polvorientos, hasta tocar sus manos, pero no me dio la ocasión de hacerlo. Se incorporó sutilmente y se sirvió un café de la máquina que había en el pasillo, junto a la puerta de su despacho.
-¿Quieres uno, Alberto?
-Nunca tomo café a estas horas de la noche, Madeleine.
El silencio de la oficina se escuchaba. Su figura se esculpía levemente a través de las persianas abiertas del despacho. Quise imaginar entonces que me daba un revolcón con ella allí mismo y que hacíamos el amor encima de cualquier mesa, como ocurre en algunas películas. Calculé que serían más de las once de la noche. “Si me tomo un café a esas horas-pensé-, debo esperar otras veinticuatro para conciliar el sueño”, por eso, y ante la fundada sospecha de que me iría con el rabo entre las piernas y la cabeza gacha, opté por no probar suerte. Me acerqué lentamente, pero creo que volvió a intuir cuales eran mis intenciones, de manera que me echó con su siempre metódico proceder.
-Sí Alberto, vete ahora a descansar, y mañana te acompañaré a la estación.
Martín, el director general, pasaba mucho más tiempo fuera que dentro. Tenía por costumbre “hacer la calle” como el primero, quizá porque ya desde muy joven fue también una rata de las aceras, como yo. Pasábamos largos periodos sin hablarnos más que a través del teléfono, desde donde nos dábamos los últimos Santos y Señas en cuestiones profesionales.
Mi última novela quedó terminada antes de lo que yo mismo hubiera imaginado, aunque preferí usar un pseudónimo con el que comenzar una nueva vida. Nunca podré agradecerle buenamente lo que hizo por mí, de manera que si él decía negro, así lo veían mis ojos, y si decía blanco, transparente lo veía yo.
Les aseguro que, si quieres que te vaya bien en la vida, has de tener una buena colección de principios, al puro estilo de aquella frase de Groucho. Al fin y al cabo, de qué valen las convicciones sino para acabar marginado y sin un “pavo” en la faltriquera.
Conocí a Madeleine al poco de entrar en la redacción, pero no fue el primer día, sino que vino por otras circunstancias, aunque habíamos hablado multitud de veces por teléfono. Mi director de redacción era un tipo muy nervioso. Siempre andaba preocupado por algo: si no porque la maquetación de tal artículo había sido a su modo de ver un error, podía ser porque la falta de tinta magenta había sacado una tirada descolorida en cierto número de ediciones; cuando no le fallaba algún contacto, podía ser que andaba escaso de personal. En esto último andaba aquel día, pegando puñetazos sobre la mesa porque Madeleine había faltado en la mañana del día de la presentación de una nueva revista, justo cuando se suponía que debía formar parte de la conferencia, y no le cogía el teléfono.
-¡No quiero ni verla! –gritaba como un excéntrico, dando vueltas de aquí allá del despacho. Como nuestras oficinas tienen doble cristal y entremedias hay pequeñas persianas de láminas, y éstas casi siempre se encuentras descorridas, todo el mundo podía verle hacer aspavientos sobredimensionados, aunque no pudiéramos oírle. ¿Saben cómo se ve la vida cuando observas a alguien gesticular de esa forma, dando pasos de gigante de un lado a otro, en un despacho de no más de veinte metros cuadrados? Da risa, créanme.
-¡No me coge ni el teléfono, pero sé que está en casa, lo sé, la conozco bien! –gritaba.
Me encargó ir a su casa a recoger el discurso que tenía preparado, antes de que se iniciara la ceremonia. Para mí esto era una situación más que embarazosa, máxime, pensando que no llevaba ni un mes en la redacción, y apenas la había visto pasar un par de veces por delante de ese nido de habitáculos en los que trabajábamos. Si a esto le añadimos la cortina de humo que se formaba por aquellos días, a consecuencia de que en mi departamento fumaba hasta el oxigeno, podrán hacerse una idea de que no nos conocíamos en absoluto, aparte de lo difícil que se me hacía esa labor a nivel personal. Pero las órdenes son las órdenes, y nunca me ha gustado que mis superiores vean en mí una causa de problemas, sino todo lo contrario, alguien que procura facilitarles la vida.
Vivía ella en una especie de buhardilla en el barrio de Lavapiés, y su terraza daba a la plaza. En mi vida he visto más desorden en una casa como en esa. La cocina estaba a reventar de trastos repartidos por doquier, esperando sin duda la iniciativa de alguien que se dignara a limpiarlos.
Me recibió con una resaca que aún le duraba desde la noche anterior, o puede que desde hacía solo unos minutos. Llevaba puesto un pijama descolorido y roído por todas partes. Me costó creer que esa misma persona vistiese tan pulcramente cuando trabajaba con nosotros. La buhardilla, en esencia se trataba de un espacio diáfano, con grandes cristaleras, y con sólo una habitación y un baño. Lo demás, incluida la cocina, se encontraba en el mismo habitáculo. Olía a solera de tabaco. Las cortinas y visillos tenían un color que me hizo dudar que fuera el mismo que trajeron de fábrica. Todo estaba desaliñado: la cocina acumulaba una cantidad de platos, vasos y cubiertos sin limpiar, que me llevó a pensar que, con tal de no fregar, estrenaría vajilla a diario. El parqué parecía haber sido rociado por pegamento y los muebles, acumulaban tal cantidad de polvo como para pensar que había nevado en el interior. Un desastre, créanme.
-¿Qué haces aquí Albert? –Así me llamaba.
-¿Qué te ocurre, Madeleine; estás enferma?
Dejó escapar una risotada estentórea.
-No seas gilipollas, pues claro que no. ¿Te parezco enferma, mi amor? –se acercó a mí hasta casi rozarme con sus labios. Su aliento olía a cierto potaje indefinido. Decidí sentarme en uno de los butacones que daban a la plaza. El día era soleado y lucían los clásicos colores vivos de la entrada de la época estival. Había cierto gentío allí abajo. Algunos viejos se sentaban en los bancos que hay diseminados por doquier, mientras que otros y otras caminaban con cierta prisa de un lado a otro, y por último, la presencia normal de algún yonqui, merodeando por la periferia, como siempre.
-Qué bonito día hace…-dije, sin saber muy bien por dónde empezar.
-¿Quieres un café, Albertito? –me preguntó con cierto tono sensualmente jocoso. Miré la cafetera y preferí abstenerme.
-Déjalo, ya he tomado un par de ellos.
-No tienes el aspecto que me había imaginado –me soltó de golpe.
-Espero no haberte decepcionado. Como pasas tanto tiempo fuera de la redacción, por lo que veo…
Madeleine había entrado en el baño y me hablaba desde allí, con la puerta a medio cerrar. Desde el cristal podía ver parte de sus movimientos. Escuché cómo orinaba, y el clásico ruido del rollo de papel descorrerse. Luego, el sonido viejo de la cisterna. Intuí que seguía teniendo la clásica cadena. No me atrevía a mirar muy descaradamente, pero de vez en cuando no podía abstraerme a la tentación. Pronto comenzó a quitarse la parte superior del pijama, pero el espejo era lo suficientemente alto como para que sólo apreciara sus hombros.
-Me gusta la calle; es donde más y mejores reportajes puedes sacar, no lo dudes. Allí entre esas paredes, poco se puede hacer. Siempre he sido callejera.
-Sí, es así, Madeleine.
De repente salió del baño, en bragas, y entró en la habitación.
-¡Apágame la cafetera, por favor! –me gritó desde el interior. Efectivamente, la cafetera estaba produciendo un sonido sibilante desde hacía unos minutos, pero no me había dado cuenta. Lo hice, y volví a mirar a través de las amplias cristaleras. Pensé que me gustaba ese barrio, e incluso la casa de Madeleine ya me parecía más acogedora, a pesar del desorden y la falta de limpieza. Salió de la habitación ya vestida y volvió a entrar en el baño. Vi cómo se maquillaba y pintaba los ojos. Era guapa. Su pelo negro le caía hasta un poco más debajo de los hombros. No había nada que llamara especialmente la atención en su rostro, pero guardaba una bonita armonía todo él: sus cejas eran más bien rectas y perfiladas; sus ojos, penetrantes y negros. Su nariz, delgada y un tanto respingona, y la boca, de un grosor discreto. A pesar de ello, el conjunto de los rasgos, unido a la expresión de su rostro, daba la sensación de cierta dureza de carácter. Dicen que la cara es el espejo del alma, y en verdad que casi siempre así es.
-El señor Apruzzese está como loco porque no das señales de vida, y tenéis la presentación esta tarde.
-El señor Apruzzese como tú le llamas es gilipollas, querido.
-Pero es el jefe.
-Es lo que quiera, pero ya le dije que iría a primera hora de la tarde; nunca se acuerda de nada de lo que le digo. He pasado una semana en Marruecos intentando hacer lo que a él le da miedo, y ahora me viene con esas.
Cogió el teléfono con una mano, mientras que con la otra sujetaba la humeante taza de café. De repente decidí tomar uno yo también. Su delicioso olor me había penetrado la pituitaria, produciéndome perfumadas cosquillas. Consiguió que le pusieran con el jefe y comenzó a hablarle con el tono que emplearía con un vasallo. Mis ojos se abrieron como dos faros de coche. Llevaba el suficientemente poco tiempo en la empresa, como para que ciertas cosas me sorprendieran. Parece que el señor Apruzzese era todo oídos, porque Madeleine no dejó de hablar y hablar, al tiempo que le recriminaba que no se acordara de lo que habían hablado previamente. Seguramente que él la preguntaba por el trabajo que había llevado a cabo en Marruecos, porque ella le contestaba que bien a todo, aunque le reprochaba también que no se hubiera puesto en contacto con ella en toda esa semana, hasta hoy. En fin, de lo que observaba, más bien parecía ella ser la dueña de la empresa, y él un simple empleado.
Así fue como la conocí; una chica de fuerte carácter, sin duda, de esas ante las que no tienes más opción que asentir, si no quieres llevarte alguna reprimenda. Pero, esto no era más que el principio pues, a medida que fui conociéndola más sorprendido me fui sintiendo. Sin duda un ejemplar singular.


Continuará...

lunes, 18 de enero de 2016

Desireé y el Cabo de la Esperanza. Enero 2016

Desireé y el Cabo de la Esperanza. (Relato Corto) 



 Reconozco haber llevado una vida poco reglada pero, qué podría haber hecho al tanto, si nací con ese peculiar estigma que reconoce como signo o estrella la libertad por enseña. Desde pequeño sentí deseos de desasirme de los brazos cobijones, que trataban de mostrarse, sin darse cuenta de ello, en extremo cuidadosos y ávidos de una seguridad enfermiza.
Si he tenido la suerte de viajar tanto, quizá haya sido porque desde siempre lo deseé, y aunque al principio mis sentidos no fueran raudos en la observancia, con los años aprendí la costumbre de parar el tiempo y mimetizarlo con caudales de vibrantes ensoñaciones. 
Aquella vez, que fue la primera, desde las costas de Ciudad del Cabo, pasando por los bosques de Tsistsikamma hasta Port Elizabeth, divisé entusiasmado el mar más embravecido que jamás hubiera imaginado. Tanto me sedujeron sus aguas, que lo que habría de ser una mera redacción de un par de días, se convirtió, como por embrujo, en toda una vida de noches de asueto y holganza. Allí, en Uitenhage conocí a la inexpugnable Desireé, quien a menudo bajaba hasta la costa en su intangible soledad, meciendo sus largos cabellos y su piel de negro Shosa azabache. 
La primera vez que la vi acercarse, en la soledad de una noche de amplia luna que dejaba notas cristalizadas de plata sobre las ondulaciones del mar, emitiendo también reflejos entre las olas rompientes de aquellas pedregosas playas, la primera vez que la vi digo, confieso que sentí cierto miedo. Pareció salir de entre la espesura del bosque inexpugnable, de entre su turbulento ramaje, bajando despacio como fantasmal figura, vestida toda ella con un blanco tul transparente que le caía hasta los pies y lo arrastraba entre la arena, dejando tras de sí una sutil vereda que parecía provenir de los inframundos mismos, o como si hubiera salido de alguna cueva mágica que te incitara a explorarla.
Sentí en un primer momento deseos de ocultarme entre las dunas de arena, quizá por temor a la fantasmal visión de que era objeto, pero inmediatamente me di cuenta de que nada había sido casual quizá, pues ella, posiblemente necesitara la compañía de unos ojos que la observaran y apreciaran su escultural belleza; el mismo aire me hablaba con sus sonidos sibilantes, que acariciaba también mi piel con la sedosa aunque fría caricia de una noche de solsticio veraniego.
No escuchaba más que el ruido de las olas rompiendo cerca de mí, allí, en la completa soledad de los espectrales vacíos, y que se tornaron en epicúreos sentimientos a medida que se acercaba hacia donde me encontraba. Su rostro, de grandes labios carnosos y ojos rasgados fuliginosos, parecían perderse en la inmensidad del agua que delante de ella se mecía entre la oscuridad más absoluta y amenazante. Sentí temblores por todo mi cuerpo, que intentaba acallar, o quizá fuera una especie de frío interno el que me paralizó por momentos, mientras el aire se hizo viento y comenzó a azotar impulsivamente sobre el vacío, llenándolo de extraños aromas a almizcles y a perfumes de oriente, a viejas maderas y a fragancias de hierbas. Y mientras tanto, ella seguía descendiendo, pausadamente, como si el tiempo se hubiera interrumpido entre mis sentimientos, y ese mismo viento quiso arrojar el fino lienzo que la envolvía con un impulso violento, alzándose sobre nuestras cabezas hasta muy alto, tanto que acabé por no verlo. Pero ella siguió deslizándose de manera parsimoniosa, pisando con sus desnudos pies sobre la arena, y con cada pisada parecían quedar marcadas sus huellas con hilillos de agua salada que reflejaban a la vez, como diamantes, la luna inmensa.
Sentí como mi piel se erizaba hasta lo indecible cuando la tuve tan cerca, a dos pasos de mí, cuando su olor a mar inundo mis sentidos, cuando sus ojos me hipnotizaron solo por unos infinitos segundos, cuando me descubrí a mí mismo deseando besar esos grandes labios erectos, cuya sutil mueca me acarició como terciopelo, cuando el claroscuro de su pecho perfilaba la efigie granítica de su torso, como si de roca estuviera hecha; la vi pasar con su cadencioso caminar, y sus rítmicas caderas desnudas entrar en el mar, y la vi perderse entre su negrura electrizante y tenebrosa como si se camuflara entre la quintaesencia que le dio la vida.
Tres veces tuve la oportunidad de verla, cada una de las cuales, seguía su camino imperturbable hacia ese mismo mar hipnótico, y tres veces más fui incapaz de retenerla en mi soporífero letargo, y ya, vencido quizá por mi sentido de inutilidad inmensa, decidí visitar la pequeña localidad que tras esos paramos se encuentra. Caminaba por entre sus calles sin una ruta precisa y sin tener siquiera un porqué para hacerlo, hasta que di casualmente con una vieja librería, en cuyo escaparate volví o quise necesitar verla en la portada de un viejo libro de segunda mano. Cuando me interesé por el ejemplar, el dependiente me sonrió con júbilo, pero se negó a venderlo. 
-No está en venta –me dijo.
-Necesito saber quién es la mujer de su portada; solamente quiero eso…
Agarró el libro con infinita ternura y lo paseó por su nariz como si quisiera con ello embeber parte de su esencia. Volvió a sonreír mientras disfrutaba de la imagen de aquella mujer desnuda por un tibio velo transparente, cuya piel de ámbar penetraba en el más impertérrito de los sentidos.
-Desireé –pronunció nostálgico.
-¿Desireé? –pregunté desazonado- ¿Quién es Desireé; quién es?
-Ella es una leyenda amigo. Nadie ha conseguido verla, pero todos la sentimos caminar entre nosotros; es un espectro ambulante, errante, eterno. Es nuestra diosa de la sensualidad misma, es la que impregna nuestros sueños con la magia de la madre y de la amante a la vez; es la que sucumbió al amor que acabó matándola, y por ella fue por la que el bergantín errante feneció entre las aguas de la esperanza, de vuelta al cabo. Allí fue donde un Boer renunció a su cultura, a su religión y a su pasado; allí fue donde dimitió de su estirpe y arrojó su Biblia al mar, entre gritos desesperados, al ver como los cañones de la fusilería de sus coetáneos patrios segaron la vida de su amada. Desde entonces entró en locura y logró conseguir encallar su nave, guiado por una fe ciega en encontrarla, si no en carne, sí en el alma de los mares. Desde entonces, amigo, el holandés navega errante por entre las brumas de estos páramos perdidos, y la magia de su historia alienta nuestros deseos y excita nuestras pasiones. Pero nadie la ha vuelto a ver, porque dicen que solo lo hará con aquel que por designios del Creador, asuma la reencarnación del enloquecido marino que la perdió desdichadamente.
Mis ojos se cristalizaron conforme me hablaba, y él lo notó, por ello, me dejó acariciar las viejas hojas de ese libro, y también lo llevé hacia mi olfato, aspirando con profusión sus rancias páginas mientras rememoraba mi experiencia en la playa. Desireé, mi amada; por fin creí encontrarte.


Las noches siguientes, acudí como siempre a la playa que rodeaba el pequeño asentamiento donde me encontraba. Apenas un par de decenas de granjas diseminadas a lo largo de no más de seis kilómetros cuadrados, en las cuales subsistían sus habitantes como podían. Alguno de ellos llevaban allí afincados desde hacía generaciones, como el dueño del colmado, Luis Morales, descendiente de españoles, pero que tenía su raíz en los antiguos “Afrikaneres”, provenientes de Holanda u Alemania, y que ya a principios del siglo XVIII constituían una colonia que, ayudados por la suavidad del clima, fue creciendo.  Alguno de ellos, provenían de los antiguos establecimientos que promovió la Compañía de las Indias Orientales, con objeto de proporcionar una base de sustento a los barcos que, desde finales de la Baja Edad Media, recorrían sus costas en su incipiente comercio con las Indias. Alguno de aquellos “burgueses libres”, consiguieron labrarse un futuro con el cultivo de frutas y verduras, las cuales servían a las naves holandesas para sustento y medicina anti-escorbútica.
Sin embargo, no siempre había gozado esta zona del planeta de la paz que hoy ofrecía complaciente: A finales del siglo XVIII, la situación de estos agricultores pasó a ser caótica, ya que la Compañía de las Indias era, por sí misma, demasiado inepta a la hora de protegerles de los ataques de los Xhosas, por lo que se erigieron en repúblicas totalmente independientes. Sin embargo, aquello no tardó en complicarse pues, además de las batallas que aquellos colonos tenían con las tribus autóctonas, un nuevo refractario –y más fuerte en apariencia- se unió a las fuerzas enemigas. La Revolución Francesa extendió su expansión hasta las colonias, algo que hizo que algunos partidarios, como la casa de Orange, requirieran el auxilio de la potente marina Inglesa.
Escondidos entre la historia con mayúsculas, encontramos la pequeña historia de una bella mujer, a quien dieron por nombre Desireé, que nació fruto del amor secreto entre una esclava y un inmigrante Inglés, y que a la vez, tuvo la desdicha de encontrar el amor bajo el calor del cuerpo fornido de un marino holandés, que luchaba contra las tropas de la Armada en la reconquista de los territorios perdidos.
Desde la playa podía escuchar ella las encarnizadas batallas que se libraban en alta mar, y con cada uno de los cañonazos, su corazón se contraía sumido en la desesperación y la duda de volver a verle. Sin embargo, aquel marino, forjado con el temple de los maderos de su nave, rara era la vez que faltaba a la cita, que tenía su sentido único en las playas bárbaras de aquellas tierras, entre los rompientes rocosos, cuya espuma saltaba por los aires con una magnitud comparable únicamente a sus deseos de amarse. Cada noche que así ocurría, entre la bruma perpetua de aquellos lares, sus cuerpos se agazapaban y fusionaban, habiendo con ello podido deshacer mil glaciares; sus bocas se expresaban y besaban con la magnitud de quien pretende recoger la eternidad en una sola gota de océano, tan pequeña como lo eran las lágrimas de mar que expelían de felicidad en sus abrazos, dando con ello por encontrado el todo, y sin más pretensiones que ese espacio tan reducido de gozo.
Pero el destino era más cruento que los deseos, y por tanto, uno y otro parecían desfallecer con la aurora, y con ella, justo cuando su arcoíris se reflejaba sobre cada línea de sus cuerpos desnudos, sus femeninos pies desandaban lo andado, y otras manos apremiaban al desdichado oficial a abandonar aquellas tortuosas aguas. Y cuando el encuentro no se producía, o bien porque el mar salvaje no lo facilitaba, o porque algún barco enemigo era objeto de reyerta dentro de esa sinrazón, sus almas mismas parecían encontrar en la imaginación su lugar secreto de encuentro.
Aquella era la historia a grandes rasgos; la vida de aquellas dos almas unidas por la rebelión que ofrece la pasión de un amor frente a lo establecido. Aquellos los personajes, y yo, espectador deslumbrado por la experiencia de una visión hechizante, que parecía querer encontrar su epicentro en un lugar incógnito de mi pasado, llegaba cada noche fielmente puntual a mi cita con lo que parecía la nada absoluta.
Más de una noche creí dar por perdida mi esperanza, y entonces, subía por entre la frescura nocturna de las dunas hacia mi hacienda, que no era más que una mochila y un recuerdo cincelado entre mis cejas: el de su cuerpo desnudo, caminando hacia la playa como si buscara algo más que un sueño.
No lograba por tanto desasirme de tan epicúreo espectáculo, que parecía enraizarse con lazos de marino alrededor de mi propio corazón; de forma que, no dejé de asistir a mi cita, aunque en más de una ocasión lo quisiera dar por disipado, tanto como mi propia razón.
Pero una de aquellas noches, estando quizá a punto de cejar en el empeño, apremiado por las deudas y la caridad del tendero, quien me alimentaba ya como a un hijo, una de esas noches, allí, sentado sobre un rompiente, cuyas rocas habían sido cinceladas por el liquido y salado elemento que meció también el bergantín en su tiempo, también bajo la luz de otra luna llena, con el rumor de las olas que parecían expeler palabras recónditas, que provenían de la negra espesura incógnita de un aterrador mar, vi como se abrían las aguas, y cómo la niebla se rompía poco a poco por el destello de una teas, que daban luz, además, a mi consciencia.
Unas espectrales figuras humanas parecían contorsionarse con el balanceo continuo de la barca, de un lado a otro, impulsados por los bravos vientos y las corrientes del interior de esos mares. Sus cuerpos harapientos, ocultaban a duras penas sus descarnadas figuras, asidos de grandes remos, que empujaban en vertical sobre los escollos de sus poco profundas aguas.
De repente algo me llamó sin utilizar ni una palabra. Giré la cabeza y la encontré a mi lado, como aquella vez primera, como aquellas otras veces, tan linda e inexpugnable, con la mirada perdida en un ensueño, por el que hubiera dado mi alma por adivinar. Mi cuerpo se erizó en cada milímetro de su piel, y debo confesar que sentí miedo; mucho miedo. Sus ojos eran hermosos, negros como su cuerpo, pero su mirada era fría, vacía, exenta de vida. Ella era sólo un espectro, un pasado que se ancla en el espacio, una nota que se repite hasta el final de los tiempos, hasta el infinito. Tras esos primeros momentos, en los cuales pude haber fallecido solo por el terror inmenso que me inundo cada partícula de mi cuerpo, sentí deseos de tocarla, y alcé la mano para hacerlo, pues la tenía a no más de dos pies de distancia, pero cuando lo hice, mis dedos atravesaron su cuerpo, como si fuera parte de la niebla, de la fría bruma de ese otoño. Y la perdí, sí, aunque me hubiera gustado escribir que inicié un viaje a través de aquellos oscuros mares hacia un destino incierto, pero no fue así, porque ella se alzó a la barca, ayudada por las descarnadas manos de aquellos marinos muertos, y tal como vinieron, se perdieron entre la noche.
Pero, pude no obstante, escuchar una vieja canción de aquellos lobos de mar, que decía lo siguiente:
“Por el amor imposible de dos incautos jovenzuelos,
Vimos como el cielo cayó como el mismo infierno,
Por una pasión desmedida y egoísta,
Fueron a dar nuestros huesos, y
Encallados entre las rocas de un arrecife
Se difuminaron nuestros sueños.
Y los gritos de nuestras esposas se oyen
Entre las aguas de este océano
Y los lloros de tantas almas perdidas,
De nuestros retoños tiernos.
Por el amor imposible de dos incautos jovenzuelos.”


No fue a mí, por tanto, a quien buscaba, pero fui yo el único que la vio; quizá fuera en otro tiempo en que llegué a sentir lo mismo; puede que incluso fueran sus manos quienes mil veces secaran las gotas de mar sobre mi cara, algún día por ventura, y puede que fuera yo quien, por infamia esta vez, encallara la nave y guillotinara el presente de tantas almas inocentes. Puede que fuera yo quien lo hiciera, aunque ella no tuviera ya ojos para mirarme, ni calor que ofrecerme. Quizá su alma recogió el ancla de mi nave y vendió su alma al mismo infierno, quedando en perpetuidad pasiva, esperando en su tiempo un nuevo reencuentro.


https://www.youtube.com/watch?v=9piRiiZ0C4Q



lunes, 7 de septiembre de 2015

En la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Castro Urdiales. Verano 2015

En la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción





No puedo manifestar abiertamente los secretos de este relato que me aconteció el verano pasado, de casualidad, cuando a mitad de mi periplo vacacional me dejé caer por la bella ciudad de Castro Urdiales. Lo lamento, no puedo descifrar lo que aún queda por resolver; solo puedo, eso sí, manifestar lo que me ocurrió esa noche, y lo demás, lo dejo a la imaginación de cada uno, o al espíritu instigador de quien se moleste en descifrar los vericuetos de su historia, porque, muchos de ustedes conocerán la Iglesia de Santa María de la Asunción, tanto si son gustosos en el estudio y disfrute del arte arquitectónico gótico, como si por 
ventura, alguna vez visitaron su localidad, que un día fue la entrada por mar a Castilla. 
Desde el exterior llaman la atención sus aparentemente robustos contrafuertes, que soportan desde hace siglos el peso de tan monumental edificio religioso. Al mismo tiempo, desde algún ángulo parece tornarse en fortaleza normanda, como si pretendiese defender cada flanco de mar, que tras el malecón actual, acaba en precipicio rocoso hacia las turbias aguas profundas y teñidas de negro. Pero está enferma.
El exterior es enigmáticamente atrayente: un rosario de arbotantes descansa sobre afanosos contrafuertes, haciendo entre todos un sutil enrejado, que deja pequeños espacios para la presencia entre ellos de contenidas vidrieras y pequeñas ventanas ocultas. 
Paseé por su exterior, con mi mochila de infatigable viajero curioso, y mi impagable teléfono en la mano, con el que comencé a fotografiar apasionadamente, tanto como lo haría un enamorado que de pronto se encuentra ante la que cree ser la mujer de su vida. Debo confesar que ya desde lejos me vi llegar a mí mismo, como se ven pacientemente aproximarse los cimarrones nubosos de cualquier tormenta en la planicie del mar; pero solo fue en la cercanía cuando mi corazón ansioso de arte, sintió un aterciopelado cosquilleo que me rondaba por todo el pecho como pequeñas culebrillas. Tuve tiempo de penetrar en el interior todavía, a pesar de lo avanzado de esa tarde, y tuve también la suerte de respirar de entre los muros la perseverancia de sus rancios materiales, que transpiran cada uno de ellos con su particular alma corrupta, y que hacen un conjunto de armoniosos entrelazados con otros de distinta materia y densidad. 
Caminé también debajo de esas bóvedas cruzadas, palpando con mis manos las rancias arcadas de piedra verdosa, que parecían rezumar hálitos de dolencia insalvable, de la que yo era conocedor seguro. Por ello, me esforzaba más aun por apreciar en profundidad con cada uno de mis sentidos aquella ocasión, de la que en días, para mí no quedarían más que las fotografías en mi pequeña computadora. 
Caminé también –como digo-, por sus naves laterales, escudriñando cada rincón y cada piedra escondida, como si me afanara en la búsqueda de un viejo tesoro, desde sus desgastadas baldosas hasta lo más alto de sus capiteles o sus casi eternos laudes, desgastados por la mano invisible de las incorruptas almas que encontraron en ellos la paz eterna, palpando cada porosidad quejumbrosa invadida por las impiadosas bacterias, que ahora parecían querer robarle el tiempo y la presencia misma.
Pero pronto tuve que ausentarme ante la llamada de quien cuidaba de sus visitas: un joven agradable que solo me pidió la voluntad, que hubiera sido tanta como para cederle mi presencia de manera altruista en su ocupación misma, con tal de pasar allí una sola noche entre esos retablos y ese ábside centenario, cuyo frescor me inundaba de vida o quizá me la regalaba en el propio conocimiento de su efímera presencia y sus graníticos huesos enfermizos. 
Regresé al entorno de la iglesia ya de noche, después de una ligera cena que tomé en una terraza cercana al puerto. Durante todo ese tiempo no dejé de ilustrarme sobre este monumental templo; podía verlo en la distancia, ahora con la belleza y el misterio que le atribuían las luces nocturnas de alrededor, y sobre todo el juego de sombras entre sus muros. El tiempo refrescó lo suficiente como para abrigarse con alguna prenda, y la brisa del mar tomó cuerpo, mientras desde esa distancia, podían verse de vez en cuando las chisporroteantes olas chocar contra los fuertes muros del dique y saltar su espuma hacia el interior. El cielo se había cubierto un poco esa noche de verano y las nubes corrían visiblemente en dirección noreste.
Mientras encendía un cigarrillo, fui acercándome lentamente, delectándose mi mirada y todos mis sentidos con ese cúmulo de sensaciones que me envolvían en derredor: la iglesia cada vez más cercana. Mis pasos avanzaban a su encuentro, como cuando te acercas a esa primera cita, y ni yo mismo sabía cuáles eran las razones en sí por las que sentir esa especie de atracción, que caminaba entre lo placentero y la ansiedad. El sonido de las olas era cada vez más acuciante, e incluso podía sentir el frescor de sus aguas y su intenso olor a mar, como si me envolvieran físicamente; casi podía percibirlo tanto como si me hubiera echado a nadar entre ellas. Trepé el muro de la escollera a través de unas pequeñas escaleras, allí frente a la iglesia, y miré hacia el infinito negro de sus aguas amenazantes. Mi soledad era casi total a aquellas horas, tanto física como sensorialmente: únicamente podía escuchar el murmullo sordo de la gente a lo lejos, pero su sonido era casi totalmente velado por la fuerte marea, que rompía con rabia sobre los cuadrados muros de cemento que se esparcían por aquel otro lado del rompeolas. 
Miré hacia la iglesia y se me antojó tenebrosa, misteriosamente secreta, inexpugnable, como si se tratara de una fortaleza medieval. Entre sus pequeñas ventanas diseminadas y reservadas celosamente a un primer vistazo, pude descubrir entonces una extraña presencia. Era la figura humana de alguien que se movía lentamente tras los cristales ennegrecidos de una de ellas, justo entre los contrafuertes del ala oeste y muy cerca de una vidriera de marcados tonos azulados. Quedé inmóvil yo también, cejando casi imperceptiblemente mi paso en un primer momento de sorpresa. Luego, intentando precisar con la mirada, fui acercándome lentamente hacia sus muros hasta quedar lo más cerca de ellos que me fue posible. La presencia llevaba un pequeño sombrero que se quitó perezosamente a la vez que plegaba las cortinas que lo cubrían sutilmente. Pude distinguir sus rasgos, y entre ellos un marcado y añoso bigote, debajo del cual, sus labios esgrimieron una amplia sonrisa que a mí me resulto aterradora. Sus ojos –cuya mirada penetrante no dejaba de observarme- parecían cristalizados, con esa contemplación vacía que conservan los cuerpos desprovistos de vida. 
Paseé despacio y como empujado, hacia la puerta principal, cuyos lomos de nogal envejecido habían sido seguramente anclados bajo llave por quien la custodiaba. Sin embargo, y aun sintiéndome sabedor de todo esto, no vacilé un instante en dar un pequeño empujón a la misma, que se abrió perezosamente, pero en total silencio. En su interior la oscuridad era macabra, helada, sepulcral; se olía, se percibía, la sentía palpitar junto a mi piel, su sensación era nívea, de otro mundo. Percibí el perfume de su presencia, pero se desvaneció pronto y casi pude escuchar sus pasos, o quizá lo confundí con los gemidos de las maderas de los bancos, que parecían llorar en su lamento. Me senté, sintiendo verdadero terror por lo que me estaba ocurriendo, pero a la vez sin ser capaz de actuar por mi propios impulsos. 
Como nacidos de la nada, comenzaron a escucharse de una manera muy sutil unos primeros acordes en el órgano, sobre la nave lateral. En principio fueron tan imperceptibles sus sonidos, que pensé que provenían del exterior, pero poco a poco fueron inundando sus paredes, hasta cubrir con sus notas mis sentidos y lograr paralizarme literalmente. Era una melodía compleja pero rítmica, que parecía recorrer el pentagrama de manera fluida y natural, dando la sensación de que cada nueva nota que precedía a la posterior, fuera la única posible en tempo y modo de haber sido escogida. Poco a poco mis nervios se templaron y se dejaron llevar por la angelical armonía de su cadencia y decidí cerrar los ojos. Fue entonces cuando comencé a notar presencias extrañas, pero no podía verlas. Cada una de ellas parecía ocupar un espacio a mi alrededor, pero mis ojos no encontraban más que espacios vacíos. Era una extraña reacción sensitiva que percibía cada poro de mi piel, y que hacía que todo el vello de mi cuerpo se erizara. Al poco, incluso fui siendo capaz de escuchar suaves murmullos de diferentes individuos, que parecían salir de las gargantas de seres que se encontraran como en otros espacios; pude identificar diferencias en las tonalidades, e incluso aprecié que alguna de esas voces provenía sin duda de niños. Sin embargo, a nadie pudieron ver mis ojos.
El órgano comenzó entonces a tocar la célebre “tocata y fuga” de Bach, y su fuerza pareció emerger con empeño. Giré la cabeza y dirigí mi vista hacia el magistral instrumento, con sus imponentes tubos diseminados a ambos lados, sin poder apreciar nada más que su soberbia forma de interpretar esa otra también magistral obra musical. Cada vez que me intentaba mover, mi piel recibía el contacto helado con algo invisible que me hacía retroceder ante esa desagradable sensación. 
A lo lejos, comencé a escuchar entonces la tenue voz de alguien que parecía recitar palabras en latín. Su voz era calmada, precisa y medida; segura de sí misma. Así estuvo por espacio de media hora, en la cual, el sonido del órgano paró repetidas veces. Por último, esa voz pareció clamar en alto a la gente que debería de encontrarse presente. Escuché entonces un grave murmullo que me sobrecogió completamente, produciéndome profundos escalofríos, y más todavía cuando, de entre ellos sobresalió alguien que gritó muy por encima de las demás y que fue la causa de un gran revuelo.
En ese instante pude escuchar gritos de terror que se sucedían en cualquiera de los espacios: voces de hombres, mujeres y niños, que parecían correr en tropel, todos a la vez. La puerta principal se abrió entonces de golpe y un viento helado penetro desde el exterior, inundando la estancia con una especie de niebla profunda. Mis ojos eran reflejo del indecible terror que anegaba mi cuerpo, de dentro a fuera. 
Rápidamente esa niebla se metió entre cada rincón de la iglesia y, entonces fue cuando pude observar frente al altar la figura de una dama cubierta por un vestido que le caía hacia los pies, con un largo velo de varios metros de longitud. La mujer se acuclillaba hacia la figura de alguien, que yacía en el suelo y que erguía levemente sus brazos para tocar con las manos sus mejillas. Escuché claramente un profundo y quejumbroso lloro de mujer, que se dilataba como por desconsuelo y parecía salir de un alma mortalmente herida. Mi cabello se plagó como de espinas, que bajaban a través de mi columna. Mis ojos derramaron lágrimas de horror ante lo que estaba presenciado, de manera que fui retrocediendo hacia atrás lentamente hasta tocar la húmeda madera de la puerta de salida. En última instancia y, antes de abandonar el lugar, tuve la seguridad de que aquella joven me miró fijamente a los ojos. Aquel momento nunca podré olvidarlo, porque no encontraré nunca otros ojos más hermosos y más doloridos como aquellos, que exhalaban ríos de dolor y que parecían pedir un desesperanzado auxilio, pues la distancia en el tiempo era insalvable y mis posibilidades aparentemente nulas. 
Tiempo después, tras documentarme lo suficiente, comprendí cual sería mi función: lo que ocurrió hace cientos de años se perpetuaba y se repetía, sin duda, como si hubiera estado esperando una solución para la paz eterna de esas almas, pero debía esperar al menos otro año más a la misma fecha, para que, fiel a esa deuda contraída de manera fortuita, pisaran mis pies esas mismas baldosas e intentara poner fin a esa desgracia, y la felicidad de una verdadera locura se hiciera realidad para siempre, hacia el infinito de los tiempos.

jueves, 23 de julio de 2015

"La Sirena". Texto para Obra Pictórica de Gloria Grau.

Fueron meses los que pasamos atrapados entre salvajes olas y bloques de hielos antárticos, alguno de los cuales parecían tener vida propia, como inmensos osos de pelo blanco que gruñían con el embate de los remolinos acuosos: como salidos del mismo infierno marino, hacían resurgir cadenas de agua grumosa que embestían contra ellos, y entonces parecían quejarse, con un sonido sordo y bronco como el de las maderas de nuestra embarcación: un lamento de angustia y desesperación, como implorando un descanso o una muerte próxima. Así era también, o quizás tan solo eso, nuestro estado mental y nuestra perdida animosidad. Cada nuevo día comenzaba con un desaliento en la medida en que acabó el anterior. Las brumas de la mañana, a veces se vestían con un manto de tal opacidad, que lo cubrían todo por completo, y entonces, lo que podría haber sido un consuelo se transmutaba en desesperación y depresión continua. Y el frío; el frío se calaba entre cada poro de nuestras ropas, como si encontrara con cada molécula de los envejecidos tejidos, su lugar para demostrar que la fría noche perpetua nos esperaba paciente. 
Algunos lloraban; lo sé muy bien, aunque intentaran esconder sus lágrimas tras las desgastadas fotografías de sus familias que posiblemente no volvieran a ver jamás. Pero yo estaba solo en la vida, y para mí ese estado no era más que el esperado castigo por siempre buscado; así lo creía y así pensé que fuera: cuando embarqué –hace meses ya- en ese ballenero, nunca lo hice porque esperara que el progreso me hiciese algún día triunfar, sino más bien lo contrario; era un estado hipnótico de difícil resolución al que ninguna conjetura parecía asistirle. Mucho tiempo había pasado ya desde que viera cómo mi padre se alejaba también entre las brumas de otros lugares, y entre la penumbra mal iluminada por los pequeños surcos de luz de ese viejo faro erigido entre inalterables rocas. Lejos quedó ya ese tiempo, y más olvidadas las noches y los días que pasé a su lado, cuando todavía siendo un jovenzuelo me aventuré a seguir sus pasos. Pero quizá el tiempo estaba allí esperando, como me esperaban esas mismas olas y esa espuma rezumar entre sus turbulencias, y ese olor a sal y a vida marina con la que se te empapan las mismas entrañas. Por eso quizá y por la desesperanza misma de una vida en la soledad, llegué un buen día a embarcarme en la más indeseada de todas las naves, aquella que no volvería jamás según algunos: una cáscara grande y envejecida a la que le sonaban los travesaños como a un anciano sus huesos. Pero algo me llevó allí y me enamoré de sus velámenes y de su proa lanzada y sus amuras curvas. Y cuando alzó su bandera y emprendió entre bramidos su salida hacia el mar inmenso, entonces sentí ganas de respirar profundamente y agitar mis brazos; sentí deseos de desnudarme entero y lanzarme entre esas aguas, para que me acogieran ellas hasta alcanzar ese sueño tan anhelado, en el que ella de pronto salía de entre la nada y me abrazaba sin más, y yo me dejaba llevar como si fuera un pez en la profundidad oscura y ciega de su inacabable fondo, pero siempre entre sus brazos, y con sus labios besando los míos e insuflándome su oxigeno de vida.
Quizá fuera por ella porque embarqué un buen día, entre la desidia de la vida mundana y una existencia entre tabernas ocultas, donde los pescadores de bajura y su insatisfacción misma me habían ofrecido algún trabajo. Puede que fuera por ella, y porque entre esas noches de alcohol la encontré a mi lado, cuando nadie más querría haberme acompañado: mi dulce sirena que tan feliz me hacía cada vez que volvíamos a encontrarnos.
Pero fue duro el trayecto de meses de soledad, para todos; fueron también duros los tiempos muertos en que nada era la realidad misma de nuestras capturas, como si al vernos pasar, la vida nos esquivara. Por eso y por la imposibilidad de volver sin algo que ofrecer, habíamos arriesgado más de lo aconsejable, y a la deriva nos habíamos visto en más de una ocasión, entre las poco fiables aguas del estrecho en el cono sur americano, o en los mares de Weddel, donde la luz a veces te cegaba tanto que no encontrabas ocasión para disfrutar de su azul cristalino y sus blancos nacarados. 
Sin embargo un buen día todo pareció cambiar de repente: una mañana que tras una noche de insomnio quiso regalarnos la vida misma, de repente las aguas se vieron plagadas y las redes a punto de reventar. La jubilosa alegría nació de pronto de entre los pacientes compañeros, y comenzamos a trabajar sin parar durante días y días hasta rebosar los almacenes, y la fiesta en las noches siguió al nuevo día, a pesar de que la faena misma nos hacía caer rendidos en cualquier lugar. Las aguas se amansaron como por inercia, o como si se dieran por vencidas ante nuestra perseverancia, y el viejo cascarón parecía reventar o querer hundirse de tanto peso.
Al poco me vi entre cristalinos glaciares, tumbado, con mis ropas desechas, desnudo, pero en medio de una paz que para sí quisieran todos los mortales. Era una playa de hielos desechos y acuosos, bañados por un tibio sol que le daba un sabor de acogida difícil de expresar. Mi soledad me agradaba porque la esperaba llegar, como así fue, saliendo despacio de entre las aguas, con su cabellera de bronce dorado rozando sus hombros. El sol también le bañaba con dulzura todo su cuerpo, y la luz, reflejada entre las gotas de mar que caían por entre sus pechos, parecían cristales diamantinos que me cegaban los ojos. Poco a poco fue acercándose mientras ambos nos reconocíamos en la distancia. ¡Y tanto deseaba abrazarla, que aquel corto trayecto me pareció interminable! Extendí mis brazos mientras me incorporaba y nuestras sonrisas se hicieron una sola, y ella extendió los suyos y ambos se entrelazaron. Sus labios sellaron los míos y acaricie con mi boca la suya sintiendo con su aliento fresco que cada poro de mi cuerpo se erizaba con una pasión arrebatadora. Entonces nos tumbamos y nos abrazamos con rabia y con un deseo incontrolado, y nuestros sexos explotaron como volcanes de puro fuego hasta llegar a lo más excelso jamás sentido. Fueron momentos de tan irrefrenable comunión, que parecía que la vida misma se me fuera a escapar. Miré entonces sus ojos cegados por el placer, y sus suspiros gritar mi nombre, perdiéndose entre ese desierto de hielos que parecían derretirse con el calor de nuestros propios cuerpos. Mis músculos se tensaron como rocas marmóreas y entonces sentí que el frío me inundaba el interior. Abrí otra vez los ojos, después de haberlos cerrado con fuerza por el placer tan indecible que sentí en aquellos minutos de pasión, y fue entonces cuando escuché sus voces gritar. Me abrazaba a mí mismo, desguarnecido y en medio de las gélidas aguas de ese infierno de hielos, y entonces fui ascendido entre las redes cargadas de peces, ensangrentado, pero en paz, y con el deseo de haber muerto abrazado a ella, entre las aguas del mar.

Over the Sea. Texto para la Obra pictórica de Gloria Grau.


Me vais a permitir que os cuente que, hace años alquilé una casita frente al mar de la Costa Brava. Era una casa antigua y un poco alejada de la población más próxima, cuyo nombre debo omitir, pero que entre uno de los cajones de una mesita de noche, encontré un sobre con una hoja de papel envejecido, que ponía lo siguiente: " Fue de pequeño cuando tuve la ocasión de escuchar esta leyenda, que producía en mi espíritu tanto temor como atracción. Cada noche antes de dormir, mi imaginación vagaba a través de los cristales de mi buhardilla, perdiéndose entre las brumas de esas noches de verano. Solía ser el suave y acompasado murmullo de las olas lo que me precipitaba finalmente en un dulce sueño. Pero aunque por entonces nunca llegué a verlas, siempre permanecieron en mi subconsciente, como si cada noche hubieran acudido a mi cita. Pasaron los años, y ya siendo adulto volví a ocupar ese espacio, allí frente al mar, en la que fue casa de mis abuelos, en la misma buhardilla, en la misma cama y frente a la misma ventana, y fue entonces cuando mis recuerdos cobraron vida, como inextinguible fuego, posando otra vez mi mirada perdida entre la niebla iluminada por sus etéreos cuerpos, surgiendo de entre el mar, lentamente y bajo la luz de una luna que acariciaba las aguas y creaba brillantes chisporroteos sobre sus olas. De repente, en verdad que surgieron de la nada millares de Karacolas que parecían nacer de sus mismas entrañas; luces de mil colores como multitud de almas, de las cuales pude sentir sus cálidos abrazos bajo una acompasada melodía que hacia ellas me transportaba. Sentí entonces mi alma emerger junto a esas aguas, y entre todas te identifiqué a ti, mi amistad arrebatada. Pero no sentí pena alguna, porque escuché tu llamada con una voz melodiosa que transformaba en paz toda mi alma. Fue dentro de tu Karacola donde volvimos a vernos y donde sellamos por siempre nuestro amor cósmico, hasta que fue amaneciendo el día y te perdí entre las nieblas de la mañana; hasta que la última de las Karacolas se ocultó entre las aguas"


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lunes, 8 de diciembre de 2014

La Torre del Alminar (un ensayo romántico)



Aquel día la niebla lo inundaba todo, como muchos otros en los otoños grises de la comarca Jienense de Baeza. Caminaba solo y solas estaban las calles en esa tarde plomiza; solas las piedras milenarias de sus paredes enmohecidas; solas las del asfalto plateado, dándome lo mejor de su tiempo, de su espacio, de su recogimiento helado, impasible, inmutable como estatuas de mirada ajena y desdibujada, como la ausencia de un pedazo que abarca el todo de mi existencia. Caminaba perdido en mis elucubraciones como el que escucha tocar la misma melodía que se obstina por la permanencia  y por la obsolescencia, pero que incauta persiste enigmática como queriendo hacer valedor su interior inexplorado. Caminar con la ausencia, qué placer para el perdido, para el eterno explorador de su inconsciencia, para quien en la mañana descubre la libertad del mensaje que engendró en las noches de luna llena, o en las de total abandono, que no es otra que mi alma misma cual volátil paloma de éter, fugaz y eterna.
Pero aquella nota dirigió mi mirada y mi atención toda; aquel papel envejecido entre dos piedras, a la altura de mis mismas cejas, entre el verde y ocre de su vejez perpetua. Encontré o descubrí lo que nadie antes hubiera imaginado, el secreto de un amor imposible germinado en las diferencias, en las culturas antagónicas que en su raíz primitiva gestan las leyes de lo imposible, de lo que va más allá de su esencia. Encontré un trocito de pasión, borrosa por sus lágrimas, y por los besos casi desgastada, y por el contacto con el pecho que posiblemente calentara de forma perpetua la pasión que se le negó.; estas eran sus palabras..

Fueron esos días los más recordados
Entre arrebatos de rebeldía incauta
Fueron tus palabras las que me prendaron
Las que me persiguen hasta la inconsciencia

Tus marmóreas manos ciñendo mi cuerpo
En el seno de tus ojos  cegadora
Sentí la pausa de lo quimérico
Y la angustia de nuestros desencuentros

Mas por todo y por tanto me siento
De la pasión presa desgraciada
Pues considerarme  podría  en el mismo cielo
Si tus labios solo un instante hallara

Ante todos y ante Dios me encomiendo
Si por mi infortunio arrebatara mi vida
Esperándote  amado , aunque no sepas
Ni oses descubrirlo hasta el fin del tiempo
Que allí estaré en el sentir acurrucada
Meciendo en mi seno el capricho de tu ausencia
Y mirándote acaso en el recuerdo
Mis lágrimas en tu boca serán  agua de vida
Y en tus besos otrora mi alimento eterno.
Hallare al fin mi memoria abrigar tu cuerpo.


Por todo y por tanto henchido mi corazón palpitante de sentimientos. Mi imaginación abatió el presente y divagó en el recuerdo, en la nota de sus deseos.
Entonces fue cuando miré hacia la torre invadido por su canto tierno, por su llamada eterna que ocupaba el viento y las calles en todos sus vericuetos: de este a oeste, de norte a sur, y yo permanecí  allí quieto, mirando hacia la torre, donde comenzó mi recuerdo, la torre del alminar, donde la mora sigue viva, a pesar de los tiempos.
Cayó desalentada por momentos mi mirada, que surcaba en la niebla henchida de espejos traslucidos, en la imaginación derrotada haciendo mía la gentil historia, sin apenas poder escenificar en el arrebato ingente de aquellas palabras un sentir, que a la vez que calmado surgía como de las entrañas de mi mismo. Ansiado y quejumbroso hacía mía esa historia y me marché hacia mi aposento, allí en el solitario hostal que me acogía por indeterminados días, en mi viaje hacia la soledad de mi actual estado.
Caminé despacio como lo hago siempre que puedo, intentando emerger la vida al sentir, que las prisas nos arrebatan como ladrones de fuego. Marché parsimonioso, escuchando su voz a pesar de alejarme y que los muros de piedra ponían coto físico. Pero su voz, clavada en mi memoria aparecía cada vez que desdoblaba la herrumbrosa  hoja de papel, cada vez que la acariciaban mis dedos.
Aquella noche llegó diferente, y mi sentimiento no paraba de imaginar cómo encontrarla, a ella. Podía incluso verla, percibida  en su recogimiento lloroso, eterno. Dulce encuentro de mi propia vida, me concebía como parte suya y añorados eran incluso sus abrazos, la calidez de su cuerpo, que erizaba mi piel con arrebatos de difícil contención.  Soñé entonces con la torre y sus escaleras penumbrosas de peldaños viejos. Soñé con su piel desnuda y soñé con sus pechos morenos, con su voz cual canto de arpa, con la comisura de sus labios acariciando y solo rozando los míos quietos.
Pero al poco se tornó en amenaza el sueño, las espadas con su filo cortante y las miradas de odio y venganza de guerreros; caballos desbocados y sangre en derredor plagando de matorrales ensangrentados los campos desiertos de vida. Y mi pregunta una y otra vez era un qué te debo.
Volví muy de mañana, sin haber descansado quizá lo justo, apreciando sin embargo que mi estancia era vacía y que mi futuro incierto cobraba sentido allí mismo, arriba, en la torre del alminar, donde me esperaba quizá la respuesta a todo mi desconcierto.
Dudé a menudo de mi mismo y creí volverme loco o acaso estarlo ya por tamaño dislate. Alargué mi estancia convenida en un principio y decidí pasar una noche allí arriba en la soledad de sus muros, pero en realidad sentía que no era tal pues era capaz de identificar que la atracción debiera tener su respuesta. Difícil cuestión la de la entrada en un principio, no lo fue tanto por locura, que se escapó a los ojos de quien guardaba las llaves de la catedral misma y pasé por ventura inadvertido, como si yo mismo fuera fantasmal figura ajena a los ojos de los mortales.
Y la noche llegó pronto al abrigo de mis querencias, de mis más ansiados afectos. Comencé a escuchar una especie de coro que surcaba el aire, coro de ángeles que me hicieron erizar todo el vello. Sentí miedo, un miedo atroz que me recorrió el cuerpo en forma de caricia a través de mi columna vertebral, como paño de seda frío en un principio. Cerré los ojos fuertemente y acuclillado sobre el petreo suelo sentí glaciares que penetraban en mis venas y me paralizaban el corazón mismo. La noche era negra ella, entera desde allí arriba, apenas recortados los muros por vestigios de marrones rancios entre sus piedras lóbregas e inclementes, inexorables y atemporales.
Poco a poco y traduciendo por respuesta una insensatez extrema fui dudando de mi mismo desafuero, que por atropello lo identificaba todo, y mis sueños, y mi realidad extrema, y mis deseos, amada mía, de tenerte o mecerme entre tu seno, de concebir allí intramuros con la vista en lo que era ajeno, tu contraparte y la mía unidas en una misma, volando quizás y asistiendo al bautismo de la unidad entre los dos cuerpos. Y tu mente, perpetua y esclava, paciente y resignada, pero feliz al fín por el encuentro. Así pasaron horas, horas que no recuerdo, quizás fue solo una noche o quizás fue mi vida entera, mi plenitud consagrada y el resto por epicúreo dado, mundano o placentero, obviado por completo.
Amor, te tuve entre mis brazos, fue más que un simple sueño. Viajaste conmigo y contigo alcancé la plenitud eterna, entera. No me olvides, como yo nunca lo he hecho, ni lo haré mientras viva. Aún te siento, en mis noches de soledad y sé que no es tal sino que me iluminas con tu mirada, con tu sonrisa; se que me acaricias el pelo cuando me siento niño, cuando de menos te echo. Siento tu presencia y que por loco me tomen me resulta obsceno, conozco tu esencia entera, el perfume de tu cuerpo, de tu piel morena y viva, ardiente y desvelada. Pero es tu clamor lo que más henchido siento. Y me río, y lloro, y te deseo, pero no es carnal este sentimiento, es locura, enajenación entera, es virtud de ángel, es el mismo Dios, felicidad plena, esencia, eres tu, mi amor. Me río, mientras escribo estas pobres líneas que apenas pueden alcanzar un ápice de mis sentimientos, de los tuyos más aún. Te acojo como a un tesoro, te mezo despacio y beso tus labios y te dejo abrazarme, y te abrazo tu cuerpo, y dormimos así unidos, hasta que el infinito nos despierte, pasión, deja que mis lágrimas derramen mis estremecimientos, deja que sea río que fluya y que muera contigo en el recuerdo y nuestros espíritus no cejen en decirse“te quiero”.