viernes, 7 de abril de 2017

Un Cómic Extraño

Un cómic extraño. BORRADOR.
Una historia de Joaquín Mendoza Banda. 




No era la primera vez que pisaba sus baldosas, pero cada vez que lo hacía sentía que así fuera. Se encontraba casi al final de la calle. Su desvencijada puerta de madera daba la sensación de venirse abajo con solo golpe: se arrastraba de manera quejumbrosa sobre el viejo terrazo ceniciento, de manera que, hacia el final de la curvatura  ya se acusaba el roce en forma de señal blanquecina sobre el suelo, pero dentro habitaba un mundo aparte, entre sus polvorientas hojas, y en el interior de miles de legajos misteriosos que acusaban también el paso de los años y caían vencidos hacia cualquier lado.
A veces tenía la sensación de que ya lo había visto todo, aunque otras le parecía estar descubriendo el interior de una cueva que no tuviera fin, una gruta repleta de colores que se escapaba también entre un blanco y negro misterioso y lleno de sombras.
De vez en cuando levantaba la cabeza y miraba al dueño, que le observaba a través de sus pestañas como si estuviera dormido, una especie de loco que pasaba aparentemente la mayor parte de su tiempo pintando extrañas figuras con grandes botes de acuarela, pinceles de pelo largo y mangos de madera ajada. A veces, si lo que le mantenía con interés al joven se encontraba cerca de ese personaje, permanecía mirándole largo rato sin ser consciente de ello, aunque para el anciano no pasara desapercibido, porque sus ojos seguían escrutándole siempre en silencio detrás de esas pestañas, aunque en realidad puede decirse que se observaban mutuamente. Al viejo le interesaba cada uno de sus gestos por alguna razón desconocida, y al adolescente lo que le sucedía era que, más allá del inacabable mundo de viñetas que lo rodeaba todo y que le producían la sensación de que se congelara el tiempo entre esas paredes, aquella figura arrugada de cabeza rapada y largos cabellos lamidos, que se sentaba en una esquina de la estancia sobre una también polvorienta mesa justo al lado de la única ventana, era en sí mismo la viva imagen de lo desconocido, de lo misterioso y, desde luego, el dueño del más mágico lugar que podría haber soñado nunca antes en su vida. De hecho, la suya era la primera tienda de compra y venta de cómics del barrio.
Algunas veces se preguntaba si aquel chino se estaría acaso riendo de él porque, le parecía que cada vez que accedía al interior del neblinoso recinto, el viejo, además de asentir con un pequeño y respetuoso golpe de cabeza, no abandonaba nunca la sonrisa. De hecho, en una ocasión le preguntó a uno de sus mejores amigos si los orientales, además de tener rasgados los ojos, tenían también la boca. Aquello provocó la risa de todos, pero de manera subrepticia creó una duda que resolvieron en secreto cada uno de ellos a través de las fotografías de las enciclopedias que abundaban por entonces en todos los hogares. Al día siguiente, su amigo Ángel le aseguró que había encontrado la imagen de un tal Buda que mostraba idéntica mueca. A pie de la foto ponía: El Buda Feliz.
-Mi madre me dijo que todos los budas son felices -pronunció de manera aseverativa.
Desde ese momento, para ellos, todos los Budas eran chinos y todos los chinos eran Budas, y por lo tanto, felices.
Pero una noche ocurrió algo realmente extraño porque, Daniel, uno de los protagonistas de nuestro cuento, fue objeto de la visita de aquel anciano dueño de la tienda de cómics. Era una noche fría de invierno, de esos inviernos de Madrid de los años setenta. La ventana de su habitación daba justo hacia una solitaria calle de Carabanchel, una zona tranquila en un barrio acogedor. Durante aquel día no había ocurrido nada especial, y ni siquiera se había acercado a la tienda porque su madre le pidió que se presentara pronto en casa para ayudarle a cargar la compra del supermercado. Cuando salió del colegio pasó por delante de la portezuela y de la ventana plagada de ejemplares de tebeos, y descubrió como siempre la sombra del viejo, sentado sobre la misma silla y pintando de manera incansable sobre la hoja de papel con su aparentemente frágil pincel. Se hubiera parado de buena gana de nuevo a echarle un vistazo a alguno de los miles de tebeos que se esparcían por su interior pero, temiendo una reprimenda, siguió su paso rápido hacia la casa. De todas formas, reposaban sobre su escritorio un par de ejemplares sin leer que había cambiado hacía un par de días. Uno de ellos era precisamente el que tuvo frente a sus ojos aquella noche, recostado sobre la almohada de su cama y alumbrado por la tenue luz de la lamparilla de su mesilla. Era un ejemplar de un conocido cómic de misterio y terror de esos que tanto le gustaba. Comenzó a abrir sus páginas con la misma parsimonia con que lo hacía siempre, como si intentara parar el tiempo, con la intención poco menos que sagrada de disfrutar de las viñetas hasta hacerlas casi realidad en su imaginación, pues así era la intensidad con que lo vivía.
Aquella era la historia extraña de un joven intimidado por su padrastro, un borracho que mantenía amenazada a su madre. De repente descubrió que la viñeta comenzaba con la cara del pobre chaval, que narraba la historia a un posible lector, y que ahora no era otro que él mismo, Daniel.
En ese momento escuchó el golpe de una piedrecita sobre el cristal de su ventana, algo que le incitó a levantarse. Lo hizo, dejando descansar el ejemplar sobre la colcha de la cama, con mucho cuidado, como siempre trataba a sus tebeos. Se deslizó hacia el suelo y se acercó a la ventana. La noche estaba cada vez más oscura, de forma que le era difícil distinguir cualquier cosa que ocurriera abajo, en la calle. Pero quien quería ser visto se encontraba justo debajo de una pequeña farola que se anclaba a la fachada del edificio de enfrente. Era una luz mortecina, pero lo suficientemente clara como para distinguir al viejo chino. No podía identificar si sonreía o no, pero sí en cambio ver cómo le saludaba con una de sus manos. Acto seguido, siguió caminando por la misma estrecha acera, entre coches que estaban aparcados a todo lo largo. Caminaba despacio, y mientras tanto, seguía dedicándole de cuando en cuando ese gesto a modo de saludo hasta que se encontró a unos veinte o treinta metros de distancia; más allá, al final de la calle, las sombras parecieron tragársele también, justo en el lugar en donde se ubicaba la pequeña tienda. Le siguió con la mirada hasta allí y le pareció verle penetrar al interior. Después de esto volvió a la cama y se mantuvo durante unos segundos reviviendo la escena que acababa de presenciar, para al final tomar otra vez entre sus manos las páginas de ese cómic.
De nuevo fijó su mirada sobre la primera viñeta, el dibujo de un joven que miraba de frente y que, cada vez parecía tomar más realismo. De su boca salía un globo, dentro del cual decía:
“Hola, me llamo Scott. Soy un pobre chico de la ciudad de Nueva York que vive en una calle del Soho, un barrio cosmopolita lleno de edificios antiguos y de escaleras de emergencia cuya estética fue en principio motivo de crítica, pero que con el tiempo se han mostrado como un signo de identidad singular. Me gusta mi barrio porque es aquí donde tengo a mis amigos y porque en realidad no conozco apenas nada más. Creo que es un barrio bonito, y por la noche es tan tranquilo que difícilmente se escucha siquiera pasar algún automóvil por sus calles. Aquí vivíamos muy felices, mi padre, mi madre, mi hermana pequeña y yo, hasta que un mal día a mi padre se le cayó encima un palé con una máquina que pesaba más de una tonelada y le aplastó literalmente. Como mi madre no tenía casi estudios, tuvo que ponerse a servir hamburguesas en un restaurante que hay cinco calles más allá, en una gran avenida cuyo nombre no nos importa para nada en la historia. Sin embargo, el sueldo era demasiado bajo para alimentarnos, vestirnos y pagar nuestros estudios, de manera que yo creo que esa fue la razón por la que, al cabo de un año de viudedad se interesara por conocer a un cliente que debió de parecerle agradable en un primer momento. Era un tipo alto de cabellos largos y escasos, con unas grandes entradas y un aspecto por lo general un poco descuidado. No me gustó nunca nada de él desde la primera vez que le vi, y a mi hermana tampoco, por más que mi madre se empeñara en adornarnos la situación cocinando un pastel cada vez que el sujeto pisaba nuestra casa.
Vivíamos en la segunda planta de un edificio que estaba en el centro de la calle, enfrente de un restaurante que tenía grandes ventanales, neones de color azul y asientos de sky. Era un restaurante de esos de barrio donde la gente desayunaba tranquilamente y a media mañana servían hamburguesas o perritos calientes estupendos. Aquí era donde en un principio le hubiera gustado trabajar a mi madre, pero la camarera era muy joven y llevaba allí desde que yo tuve conocimiento de haberla visto, aquella primera vez que me sirvió un paquetito de patatas fritas con tomate. Creo que me enamoré de ella y de su faldita corta, e incluso a mi padre también se le iba la vista cuando se agachaba para tomarnos nota. Por eso quizá siempre ponía tanto interés en que cenáramos en aquel lugar. Estoy seguro de que mi madre se daba cuenta, pero nunca dijo nada porque, creo que en el fondo consideraba aquello como algo normal entre hombres. Pero lo que más me llamaba la atención era que, cuando mi padre hablaba con Nancy ponía un tono dulzón y correcto  que nunca usaba con ninguno de nosotros. Os aseguro que mi madre le miraba de reojo y no sé si con lástima o con vergüenza. Ella siempre me decía adiós desde detrás de los cristales con la mano cuando yo volvía del colegio, y a mí eso me aceleraba el corazón.
Uno de esos días en que pasaba frente al restaurante, Nancy, salió de manera intencionada a hablar conmigo. Habían pasado ya cuatro o cinco meses desde que mi madre enviudara. Cuando descubrí sus intenciones los nervios estuvieron a punto de hacerme cruzar de acera, pero no sé por qué circunstancia continué por el mismo camino hasta toparme con ella; quizá por dos razones: el semáforo se encontraba diez metros más allá de la entrada del local y, por otro lado, creo que en el fondo me apetecía asumir el reto de dar ese importante paso de acercamiento. Por aquel entonces estaba ya acabando los estudios de secundaria y comenzaba a salirme vello por todo el cuerpo, y para mí aquello era un inequívoco síntoma que me obligaba a hacer frente a este tipo de situaciones.
No es que yo fuera muy tímido con las chicas, pero con Nancy era diferente porque ella era algo especial para mí, y no sabría muy bien especificar la razón. Nancy era mayor que yo; quizá unos cinco años, lo suficiente como para que me mirara como a un niño, lo sabía, pero aun así yo no perdía la esperanza de que algún día se hicieran realidad las ensoñaciones eróticas que vivía a menudo pensando en ella y sobre todo, mirándola. En concreto me refiero a aquellas tardes en las que el sol mortecino de la primavera se abría paso a través de los grandes ventanales del bar, penetraba en la delicada tela de su polo blanco y dibujaba el robusto contorno de sus senos.
Sin embargo, como digo, aquella tarde me salió al paso, con el delantal rojo sobre la misma blusa blanca del uniforme. Comenzaba también a caer el sol, pero la luz cernida de aquellas horas tenía un brillo que a veces me cegaba. Tragué saliva antes de tenerla a un paso frente a mí, con su especial sonrisa y esa dulzura que hacía que se me acelerara el corazón. Desde el interior me di cuenta de que el dueño, un joven de unos treinta años,  la seguía también con la mirada allí a donde fuera,  pero con el gesto sonriente de buena gente que le caracterizaba.
-¡Hola Scott! ¿Cómo estás? –me preguntó, y acto seguido me dio un abrazo. Como era un poquito más alta que yo, mi cabeza reposó en buena parte sobre sus senos rocosos. Aspiré el aroma a comida que emitía su ropa de trabajo, pero aun así se me nubló un poco la vista. No supe muy bien qué decir más que sonreír tímidamente.
-Bien. Hola Nancy –balbuceé. Ella me sonrió y me dio un beso en la mejilla. Pensé que el corazón se me iba a escapar.
-Oye mira, me he enterado de lo que pasó con tu padre. Os había echado de menos mucho tiempo y el domingo me lo dijo Alfred. Lo siento enormemente, corazón.
Alfred era el dueño de Alfred´s Burger, a quien ya he descrito un poco antes. La miré sin saber qué decir más que darle las gracias, y sin saber tampoco en dónde perder la mirada o dónde posar las manos. Mi admirada, sin embargo, descansaba sus ojos sobre los míos, y yo hubiera dado la cena por haber sido abrazado de nuevo como antes. Es posible que ella sospechara de alguna forma la situación económica que teníamos en casa porque, al cabo de unos segundos de silencio, dirigió su mirada hacia el interior del local de manera fugaz y después pronunció unas palabras sin darme opción a negarme.
-¡Os invito a cenar un día de estos cuando tu madre quiera; díselo, por favor! Estáis invitados de parte del jefe y de la mía también. ¿Se lo vas a decir a tu madre, verdad?
Tartamudeé un poco cuando le aseguré que así lo haría. Creo que se me subieron los colores a la cara hasta el punto de que deseaba que esa conversación se acabara cuanto antes, aunque sabía que luego me arrepentiría de no haber estado quizá a la altura. Nos despedimos, o mejor dicho, se despidió de mí, aunque sin volver a abrazarme, pero sin abandonar la sonrisa dulce de su rostro. Tras esto, se giró hacia la puerta de entrada al local, y ya desde dentro volvió a despedirse de mí; el corazón no me cabía en el pecho. En lo que quedó de día no pensé en otra cosa más que en asegurarme a mí mismo de que Nancy era el amor de mi vida. Aquella tarde me había enamorado en verdad. Ya no solo sentía pensamientos morbosos hacia ella sino que, más que otra cosa, vivía en un feroz y salvaje deseo de verla, de volver a besar sus mejillas y de  simplemente rozar sus manos.


En Madrid era ya tarde. La noche se había echado totalmente encima de la ciudad sobre cualquier rincón, de manera que poco a poco se fue dejando de escuchar el ruido de los motores de los coches. Daniel comenzaba a tener sueño, pero antes de arroparse volvió a mirar a través de la ventana con la intención de saber si se encontraba allí de nuevo el anciano oriental. Echó un vistazo a izquierda y a derecha detrás de los fríos cristales, pero más allá de ellos solo percibió la sombra de los contenedores de basura, algunos automóviles aparcados frente a su acera y la soledad de la calle que se perdía hasta el fondo. Se arropó meticulosamente para que no penetrara el frío al  interior de la cama y dejó reposar el cómic a un lado de la colcha. Todavía miró de reojo nuevamente las primeras viñetas, con un cierto placer extrañamente superior a la de otras que había leído últimamente, y comenzó a meditar en la historia: siempre le gustaba repasar mentalmente la película que alguno de aquellos tebeos dejaban en su imaginación, e incluso a veces le gustaba pensar que fueran reales, o gozaba por lo menos imaginando lo bonito que sería poder meterse en el interior de aquellas historias, aunque solo fuera durante el tiempo del sueño.
 Y así, con la vista clavada en el empedrado dibujado de las calles de Nueva York, se fue quedando dormido.

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La experiencia de comer allí no me pareció muy buena –se confesaba el protagonista del cómic- porque, aquel lugar me olía a mi padre, y lo mismo le ocurrió a mi madre, e incluso a mi hermana, que se puso a llorar en mitad de la comida. Nadie se atrevió a preguntarle qué le ocurría, porque lo sabíamos. Al poco de traspasar la puerta a todos se nos perdió la mirada en el rincón del final donde solíamos sentarnos los cuatro, y creo que cada uno de nosotros llegamos a verle como si se encontrara allí en ese momento, con su incansable carácter dicharachero y su inagotable energía.
Con su muerte lo hizo también parte de nuestra vida, de manera que nunca llegué a perdonárselo. Mi madre no volvió a entrar allí nunca más, y puedo decir que jamás hubo una comida que nos sentara peor al estómago que aquella. Yo, aparte de este local, tampoco pisé otros lugares, como por ejemplo una iglesia, aunque mi madre se agarrara con fervor a esos menesteres. Muchas veces me regañaba, e incluso me amenazaba con castigarme -antes de que lo hiciera Dios con el fuego eterno- si no las acompañaba los domingos a misa a las dos, pero yo, aunque debo confesar que sentía pasión por su compañía, y que incluso me consideraba en cierto modo con la estúpida obligación de protegerlas y hacerles la vida más placentera, aún así, digo, no era capaz de ganarle la lucha a un sentimiento que se había creado un espacio en mi epicentro mental, y que se traducía en una clase de rechazo de incalculable fuerza con respecto a Dios, sobre todo desde que el cura pronunciara la frase: “El Señor ha querido acogerlo en su seno”. En verdad que tuve ganas de gritar que le odiaba, pero me pudo la timidez.
Nancy fue consciente de la tristeza que envolvió aquel almuerzo, por más que tanto ella como Alfred, su jefe, se empeñaran en mostrarse cariñosos y hasta graciosos, pero lo cierto es que, como he mencionado ya, a todos se nos iba la vista de vez en cuando hacia aquella última mesa, y nada pudimos hacer por remediarlo.
A partir de aquel día, cada vez que pasaba por delante del bar de camino hacia mi casa, tenía la sensación de que ella se mostraba más comedida y esquiva. A mí aquello no me gustaba tampoco porque, creo que poco a poco me fui sintiendo más atraído hacia ella, e incluso debo confesar que comenzaron a nacerme los celos cuando la veía sonreír también a otros clientes.
A veces me daba la sensación de que el tiempo transcurría muy lentamente para mí, mientras que para los demás parecía venir continuamente cargado de novedades y sorpresas, y eso me desesperaba. Sin embargo esa apreciación tuvo los días contados porque, tal y como he comentado, al cabo de unos meses mi madre se presentó en casa con un amigo que traía consigo una actitud de listo que no aguantaba, y que para colmo, se bebió en poco tiempo todas las reservas de vino y whisky de mi padre. No le extrañará a nadie si confieso que tardé poco en odiarle, ya desde la primera vez que me despeinó. Había cumplido los catorce años, y ese día, seguramente para mantenerme más contento, mi madre me regaló la que fue mi primera cinta de música, de Elvis, que tanto me gustaba y que tantas veces reproduje en ese bonito magnetofón Philips que compró mi padre por sorpresa.
Un buen día me pareció que Nancy era más mujer. Me di cuenta la primera vez que la observé a través de unos prismáticos que encontré en el armario de mis padres. Eran unos binoculares pequeños, pero tenían mucha potencia, además de visión nocturna. Comencé a vigilarla mientras trabajaba, y no me cansaba de ser espectador de sus incansables andanzas de un lado a otro del local. Aquí fue cuando fui testigo realmente de lo mucho que sonreía a los clientes, y aquello me molestaba un poco.
Nunca me había dado cuenta, pero fue también por aquella época cuando me apercibí de que dormía en un apartamento del mismo edificio del local. Aquella actitud vigilante me fue descubriendo muchas cosas y me producía un placer indecible pues, era un poco como entrar en su intimidad. Sin embargo, por aquellos días todavía no sabía bien en que piso vivía, porque la vivienda tenía diez alturas. Tuvo que ser Austin quien me advirtiera hacia donde debería enfocar los prismáticos.
-La he visto fumar en la ventana del medio de la tercera planta, pero tengo una mala noticia que darte –me dijo con el gesto forzadamente compungido. Todavía esperó unos segundos para hacerse el interesante-.
-Cuenta…
-Siéntate –me dijo. Decidí seguirle el juego, aunque no encontraba nada tan malo en el mundo que necesitara escucharlo sentado.
-Suelta ya.
-Creo haber visto a alguien a su lado.
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-¡Daniel! ¿Qué haces? –Gritó su madre- Siempre estás leyendo tebeos. ¡Lo que deberías hacer es estudiar un poco más!
Se encontraba en su habitación, rodeado de libros, pero debajo de ellos tenía los cómics. Siempre hacía lo mismo, y era algo que le superaba. Por más que fuera consciente de que lo que le apremiaba en ese momento era seguir el ritmo de las clases. Cuando acariciaba las pastas de un cómic sentía un poderoso sentimiento de atracción parecido al que deberían padecer los toxicómanos con todas esas clases de sustancias, y es que, tenía la certeza de que entre sus páginas se guardaban celosamente multitud de secretos que ansiaba descubrir poco a poco cada día. Cuando su madre o su padre entraban de repente a su cuarto, alguna de ellas  con la clara intención de pillarle, desplegaba rápidamente las hojas de cualquiera de los libros y tapaba con ellas las sagradas viñetas, para seguir leyéndolas una vez que volvieran a dejarle solo. Era tal la pasión que vivía con ellas, que a veces leía y releía una misma hoja con la intención de hacer que el tiempo de llegar a su fin se dilatase todo lo posible.
Sabía muy bien la que le iba a caer al día siguiente como no hubiera estudiado antes del examen. Lo sabía perfectamente, pero lo cierto es que su mente siempre se burlaba de la realidad. Cuando tenía un cómic entre las manos, no solo lo leía, lo olía y lo admiraba desde la primera página hasta la publicidad de la contraportada, sino que, además de eso, lo utilizaba como método de aprendizaje para copiar también sus dibujos. De hecho era lo que más placer le proporcionaba y una de las pocas cosas que esperaba con pasión cuando llegaba la tarde.
A pesar de todo, al final, ya fuera por una circunstancia o por otra, Daniel tenía algo así como una estrella en el colegio, sin embargo, su amigo Fermín no gozaba de la misma suerte.
-¿Vamos a tu casa a dibujar hoy,  Fermín?
-Va a estar mi padre, pero si quieres…
El padre de Fermín era de esos que imponía bastante respeto cuando se enfadaba; el de Daniel no imponía, simplemente daba miedo.  
- Hoy he leído una historia muy buena sobre un fantasma que se levantaba de la tumba y se vengaba de un par de profanadores. Podemos hacer algo parecido. Se titulaba “El fantasma aún camina” –sugirió Fermín.
Y así pasaron una tarde más, confeccionando una de las primeras historias que salieron a la luz de su imaginación, dibujada y escrita a lápiz sobre unas hojas de publicidad de la plaza de toros de Robledo de Chavela.
-¿Has ido al chino hoy, Daniel?
-No, tengo todavía un par de cómics que leer –le contestó. Sin embargo, obvió expresar alguna información más, porque había algo en ese número que había comenzado a leer que no quería darlo a conocer; no sabía la razón ni la intuía, pero, precisamente por esa coyuntura que se le escapaba del entendimiento, se sentía atado a aquella historia y no quería fomentar el interés en su amigo.
Cuando llegó a casa, Daniel retomó la lectura de aquel ejemplar antes de que su madre tuviera preparada la cena.
-¿Te has duchado ya?
-¡Ahora voy mamá!
Abrió sus páginas y volvió a leer lo que ya conocía, así como a fijarse detenidamente en cada uno de los trazos de las viñetas. Pensaba que deberían estar hechas con tinta china o con rotuladores negros, pero en cualquier caso, le parecía que aquel blanco y negro impregnaba de más misterios a las historias. Admiraba con tanta pasión cada uno de los dibujos, que hasta llegaba a imaginar que él mismo se introducía dentro y se perdía entre las misteriosas calles del barrio neoyorquino.
-¿Qué tal te ha salido el examen? –le preguntó su madre desde la cocina.
-¡Bien!
-¡Tú siempre dices bien, pero luego siempre es mal!
Con el tiempo, y dada la pasión que ponía Daniel en cada uno de sus dibujos, viendo sus padres que, efectivamente, por ningún otro camino iban a hacer carrera de él, decidieron matricularle en una empresa muy famosa de dibujo y pintura por correspondencia donde impartían clases algunos de los mejores dibujantes del país.
Con aquel cómic llegó a pensar en la llegada de la noche casi con deseo, porque con ella también retomaba su lectura. Sin embargo, antes de meterse dentro de la cama, volvió, igual que el día anterior, a mirar a través de la ventana. Desde niño se había acostumbrado a dormir con las persianas subidas, porque el hecho de cerrarlas le ocasionaba un sentimiento de oclusión opresiva que le afectaba incluso al ritmo de la respiración. No había nadie a aquellas horas de la noche paseando por allí, nadie ni nada más que espacios blancos y sombras negras sobre un fondo grisáceo de comic, aquel que le llevaba directamente hacia el barrio del Soho de Nueva York. Pasó la página y siguió leyendo, porque allí a lo lejos, dentro de aquellas viñetas, también era noche cerrada. Y decía:
“Comencé a sentir una especie de sentimiento de placer con el hecho de pensar en Nancy por las noches, acurrucado en la cama. Me gustaba imaginarla a mi lado, hablándola o simplemente mirándonos fijamente con las manos enlazadas. Ya sé que para ser chico ese era un sentimiento un poco extraño, pero yo era diferente, posiblemente porque me había criado muy cerca de mi madre, y ella ahora era casi todo lo que tenía, y ella me había sabido inculcar un sentimiento de profundo respeto y adoración por el género femenino. Sin embargo, aquello que me había dicho Austin de que Nancy pudiera vivir con alguien más me preocupaba y me ponía celoso. A veces pensaba que mis emociones para con ella no podían llegar a ningún sitio porque nuestra diferencia de edad era muy grande, pero aun así, mis elucubraciones volvían siempre a las mismas conclusiones, y no acababan de otra forma que con el menosprecio propio; es decir, me valoraba muy a la baja. Austin muchas veces intentaba convencerme de que era una batalla perdida, “porque ese tipo de chicas lo que desean era un tipo duro, con un trabajo y por supuesto un buen coche”, y yo no tenía ni una cosa ni otra.
Y como si el destino así lo hubiera maquinado, un día me  trajo lo peor que pudiera haber imaginado. Habíamos ido de visita con el colegio a una fábrica de golosinas que se encontraba en Little Italy, un barrio cercano, de modo que, entre unas cosas y otras, el autobús se retrasó un poco y llegamos casi dos horas más tarde. En ese momento me acordé de las palabas de mi amigo más que de cualquiera otra que me hubiera dicho alguien en toda mi vida. El caso es que al pasar al lado del restaurante vi cómo Nancy se besaba en los labios con otro chico. Era el típico chulito de barrio, peinado con un tremendo tupé y vestido con una cazadora de cuero con el cuello subido al estilo de mi querido ídolo Elvis. En ese momento creo que se me vino el mundo encima. Me paré frente a los cristales y les miré con cierta vergüenza  y desazón, y también con unos extraños deseos de sufrir. Recuerdo que aquello fue más doloroso de lo que me hubiera imaginado, porque me di cuenta de que aquel chico no se podía comparar en nada conmigo: era alto y de complexión fibrosa, y debía de ser guapo cuando ella se mostraba tan sonriente y feliz a su lado. Lucía unas gafas de sol que no se quitaba ni dentro ni fuera del local y, cuando no fumaba, mascaba chicle y hacía enormes pompas con él. Pero yo seguí allí parado, con ganas de que ella me mirara, quizá porque buscaba de alguna forma hacer nacer en su corazón un último y desesperado sentimiento de lástima que le hiciera por lo menos apartar la indiferencia hacia mí, que era lo que más odiaba. Mi congoja partía y aumentaba desde el mismo epicentro de mi tórax con una especie de cosquilleo que me brindaba la ocasión de sentirme un poco más infeliz. Por fin, tras más de cinco interminables minutos de reloj, descubrí cómo sus lindos ojos se posaron sobre los míos, y tuve ocasión de ver cómo cambiaba el gesto de su cara. Dejó de sonreír e incluso me hizo un tímido gesto con la mano. Yo era consciente de que en ese momento no podía dedicarme nada más, con eso me conformaba, porque estaba convencido de que, aún en la peor de las circunstancias, yo había sido capaz de dejar mi mensaje dibujado en un rincón de su corazón. Había sido capaz de transmitirle mis sentimientos, sin haber tenido que hablar una palabra si quiera. Tras unos segundos de tan profunda tarea, tuve valor para seguir mi camino y dejarla allí junto al que posiblemente fuera  su prometido.
Y para dar fe de que todo es susceptible de empeorar, cuando llegué a casa me encontré con que Mic, el amigo de mi madre que se bebía las reservas de mi padre, tenía las piernas extendidas sobre la mesita del salón y se divertía a gritos con un partido de beisbol mientras mi madre preparaba la cena. Pasé de largo hacia mi habitación y la cerré con llave para que nadie pudiera molestarme.

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La historia de Scott de este número concluía de esta forma: se encerró en su habitación, echó la llave y se tumbó en la cama sin ganas de hablar con nadie. Pero los ruidos de fuera invadían la estancia. El novio de su madre, aquel tipejo odioso, se había levantado y debía de estar haciendo algo que a ella le incomodaba, porque no dejaba de decir que por favor la dejase ahora. Entretanto, el elemento comenzó a emitir ruidos ásperos y a decirle algo que no lograba entender.
Scott se tapó con rabia los oídos con la almohada y se tumbó bocabajo haciendo esfuerzos por no escuchar nada. Luego, se levantó y puso a todo volumen el reproductor con la cinta de Elvis. De repente, a la mitad de la audición de esta se escuchó un grito de la madre que se alzó por encima de los demás sonidos. La niña comenzó a llorar.
-¡No te hagas la estrecha, golfa, porque sé que te gusta! –gritaba aquel hijo de puta.
La piel de la cara de Scott comenzó a amoratarse de cólera. No era la primera vez que había oído cosas parecidas por parte de aquel advenedizo, aunque nunca había escuchado que la llamara así de esa forma. Una especie de odio creciente e implacable fue naciendo en su interior con epicentro en la misma boca del estómago. Se lamentaba con rabia de que su padre no se encontrara allí, porque de haber sido así, seguro que lo habría matado de un solo puñetazo.
-¡Vamos, puta! –volvió a gritar el advenedizo.
-Déjame ahora por favor –le suplicaba ella con susurros-.La niña está llorando y el niño nos puede oír. Estás bebido…
Ahí justamente acababa el cómic. Debajo de esta frase se encontraba la palabra “Continuará”. Daniel se quedó todavía un rato observando la última viñeta con la cara del niño y el odio mortal reflejado en su mirada. Sabía que irremediablemente iba a suceder algo; algo terrible, desde luego. Sacó una hoja de papel y comenzó a copiar la expresión de malignidad que tan bien había sabido representar el dibujante. Mientras intentaba copiar, la admiración hacia el artista fue creciendo porque de vez en cuando le daba la sensación de que la viñeta en sí tomaba cuerpo; era como si de repente el protagonista hubiera hecho algún intento por salir de aquel pequeño espacio del recuadro y hubiera tomado cuerpo espacial. Pensó que incluso había escuchado algún susurro en sus oídos, como una especie de frase que partiera de la garganta de aquel chico de su misma edad; pensó que Scott le había hablado, y eso, en un principió le asustó hasta el punto de soltar el lápiz de golpe. Se incorporó y cerró la revista con cierto apremio.
Al día siguiente salió a la calle con la intención de darse una vuelta por la tienda del chino, cuando de repente se encontró con su amigo Fermín que subía los primeros peldaños de las escaleras del portal con la intención de llamarle también.
-Estás muy serio, tío. ¿Qué te pasa? –le preguntó.
-Nada. Voy a ver al chino. ¿Vienes?
Siguieron caminando calle abajo hasta que tuvieron la puerta enfrente. La empujaron y pasaron a su interior. El anciano les saludó haciendo un suave gesto con el mango ajado del pincel. Volvió a meter la punta del mismo en un pequeño recipiente de porcelana y siguió dibujando algo parecido a letras chinas sobre un papel largo y estrecho. Sin embargo, no dejaba de seguirles con la mirada y Daniel lo presentía extrañamente. De cuando en cuando se cruzaban sus miradas y, aunque el viejo siempre tenía inclinada la cabeza y sus iris se escondían tras las pestañas y sus pobladas cejas, había algo parecido a un refulgir sensitivo que traspasaba los cinco sentidos y se adentraba un paso más allá.
Tardó poco en encontrar la continuación al ejemplar que había dejado en casa. Normalmente lo habría canjeado por este nuevo, pero en este caso prefirió comprarlo sin vacilar un solo momento. El cómic se encontraba encima de una pila enorme de ellos, como si lo hubieran puesto allí deliberadamente. Daniel prefirió obviar aquel detalle y se limitó a pagar y a salir de allí cuanto antes. Fermín le recriminó aquella prisa.
-¡No me has dejado ni echar un vistazo, tío!
Sin embargo, no obtuvo ninguna respuesta. Siguió aprisa en dirección a su casa.
-¡Eh, espera, no hace falta que corras tanto! ¿Qué te han dado, macho?
Fermín tomó carrerilla y empujó con rabia a Daniel por la espalda; éste se revolvió contra él de manera violenta aunque contenida y le miró con el gesto irritado.
-¿Qué te pasa, tío? –volvió a preguntarle. Daniel tomó entonces un poco de conciencia real de su extraña actitud y se fue a sentar en el umbral del portal. Era la primera hora de una tarde bastante solitaria, y ya se iba notando el próximo comienzo de la etapa estival. Fermín todavía seguía mirándole fijamente sin atreverse a pronunciar palabra alguna. Su voz había cambiado hacía mucho tiempo y ya sonaba casi tan contundente como la de cualquier hombre. Sin embargo, Daniel no encontraba la forma de explicar su inquietud. Bajó la mirada y casi con temblor comenzó a buscar el título en el índice sin atreverse a ir directamente hacia la historia propiamente. Temía que hubiera un derramamiento de sangre; era algo que intuía a pesar de que Scott parecía un personaje pacífico. Pero aquella última mirada cargada de odio se lo había hecho presagiar. Según avanzaba en la búsqueda de la historieta, intentó convencerse a sí mismo de que no era más que un cómic estúpido.
-¿Daniel? ¿Estás bien?
No lo estaba. Levantó la mirada durante un momento y la cruzó con la de Fermín, cuyo gesto asombrado no le abandonaba la cara. Luego, entreabrió de nuevo el ejemplar y lo miró de reojo. Reconoció la estética del dibujante entre esa ventana obtusa que formaron los dedos de sus manos con las hojas. En la primera viñeta, la figura de la madre estaba arrodillada y aquel energúmeno la tomaba del cabello y la violaba salvajemente como si fuera un perro. A su lado le seguía un recuadro en la que no aparecían más que palabras de lamento y gritos. Más abajo había otra viñeta más precisa todavía: eran únicamente los ojos de Scott, cuyos lagrimares dejaban expeler gotas de sangre. Su cristalino hacía de espejo, y tras él podía verse una mano empuñando un cuchillo. Sus temores se iban confirmando.
Cruzó la puerta de su habitación con todo el sigilo de que fue capaz y se dirigió descalzo hacia la habitación de donde salían los lamentos y los lloros de su madre. Abrió la puerta y se la encontró medio desnuda con la ropa hecha jirones. El sádico violador se encontraba aún dando las últimas convulsiones de lo que era una salvaje agresión. El dibujante se había preocupado de perfilar un chorro de saliva que caía de entre la comisura de sus labios, como si fuera un perro rabioso. La niña lloraba desde otro cuarto como si intuyera lo que estaba sucediendo.
Scott tuvo tiempo de presenciar todo esto un momento antes de hundir el cuchillo en la espalda del criminal pendenciero. Tomó la empuñadura con las dos manos para hacer más fuerza y procuró asestar un golpe certero que le atravesara el corazón desde la espalda. La siguiente viñeta era para cerrar los ojos. El cuerpo del sádico se retiraba hacia atrás mientras que su boca dejaba escapar lamentos de dolor que apagaban su libido en décimas de segundo. El sudor que momentos antes había cubierto su cuerpo, ahora se cristalizaba como si fuera de hielo. Un nuevo golpe impulsado con toda la fuerza fue a dar de nuevo contra otra zona de la espalda, mientras que con el gesto aterrorizado, su madre huía cubriéndose los senos desnudos. La hermana seguía gritando. Alguien desde una ventana cercana de la calle escuchó algo y asomaba la cabeza.
-Fermín, tengo que irme –pronunció Daniel de manera impaciente.
Su amigo le miró con incredulidad y cierto pavor. Pensó en hablar con su madre para tenerla al corriente de lo que le estaba ocurriendo a su hijo, pero tampoco estaba seguro de la gravedad exacta de la situación. Daniel subió casi sin despedirse las escaleras y pasó por delante de su madre sin apenas dirigirle la mirada. Penetró dentro de su cuarto procurando no hacer ni el más mínimo ruido y abrió del todo el tebeo. Sus páginas decían:
“-¡Qué has hecho, hijo! –Gritó mi madre con el gesto como nunca antes lo había visto. Me miré a mi mismo a través de un espejo que había justo enfrente y me aterrorizó mi propia imagen. Tenía las manos ensangrentadas y seguía empuñando un enorme cuchillo que había escondido hacía semanas debajo de las mantas de invierno de mi armario. Por un momento me pregunté si acaso esto que acababa de ocurrir lo habría planeado sin apenas darme cuenta días atrás. El cuerpo de Mic seguía dando alguna convulsión todavía. Estaba totalmente tumbado sobre el suelo y de su boca salían los últimos fluidos que se mezclaban con su propia sangre. Mi madre corrió entonces hacia la habitación de al lado para callar a mi hermana, que se deshacía en llantos como si estuviera siendo espectadora también. Entonces tomé conciencia de lo que acababa de hacer. Sentí cómo se debilitaba mi cuerpo y comencé a marearme y a perder la noción de la realidad. Deseaba poder echar marcha atrás para resolver aquello de otra forma; supliqué durante sólo unos segundos a Dios que aquello fuera un sueño, pero no lo era.”

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El rock de la cárcel no dejaba de atronar desde el reproductor situado al otro extremo de la casa. Scott dejó escapar el cuchillo de su mano, que golpeó sobre las baldosas con un sonido estridentemente metálico. Mic ya era simplemente un cadáver que comenzaba a enfriarse y pronto adquiriría el rigor mortis característico. Su madre se unió a los llantos de la niña y se negó a salir de la habitación por nada del mundo. Al cabo de unos minutos comenzó a imperar en toda la estancia un silencio sepulcral que inundó hasta el más confinado de los escondrijos de la casa.


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El chico asomó la vista a través de la ventana y la dirigió hacia el bar de Nancy que, como ya sabemos, se encontraba enfrente, y se percató de que se disponían a bajar las persianas. La noche, oscura como la boca de un lobo, comenzaba a adueñarse de cada rincón con sombras que se tornaban totalmente opacas.
En la siguiente cuadrícula estaba dibujada una calle solitaria, y debajo decía: “En el Soho las noches siempre han sido más oscuras que en cualquier otro barrio de Nueva York, pero aquella, además de negra era siniestra”.
Scott se enfrentaba a un problema y no sabía bien cómo resolverlo.
Daniel, desde el punto de vista del lector, también se había dado cuenta de aquello, y se sentía tan involucrado en el problema del norteamericano que comenzó a establecer una especie de juego personal con aquella coyuntura, de manera que se le ocurrió coger papel y lápiz para continuar él mismo la evolución de los hechos, haciendo como una resolución paralela que pudiera ayudar a Scott a salir bien de allí. Era simplemente una recreación, sí, algo que no tendría ninguna importancia para el resultado final, lo sabía, pero, era tal el nivel de implicación obsesiva que había adoptado con aquella historia, que se sentía impelido de alguna forma a hacerlo. Pocos lectores sacaban tanto beneficio por la inversión en un cómic.
Tomó, como hemos dicho, papel y lápiz y siguió con la escena. Dibujó la misma panorámica de aquella solitaria calle sin luna, pero introdujo la figura mimetizada de un sujeto que llevaba un pesado saco al hombro y lo depositaba en el maletero de un coche que había aparcado muy cerca de allí. Escribió lo siguiente: “Llevé el cadáver de aquel hijo de puta al interior del maletero del coche de mi padre y lo arranqué despacio con la intención de alejarlo de nuestras vidas. Me acordaba perfectamente de cómo conducirlo porque él mismo me había dado clases antes de morir. Manejé despacio para no llamar la atención. Salí por Mercer Street y llegué hasta Canal Street. Al torcer hacia la izquierda fui a dar con un amasijo de callejuelas que pertenecían al barrio chino que a aquellas horas de la madrugada estaban solitarias. Aparqué en un lugar que parecía ser las traseras de varios restaurantes, donde había un nutrido grupo de contenedores atestados de restos de comida. Antes de salir me cercioré bien de que nadie pudiera verme, aunque, como digo, aquello estaba totalmente solitario, y ni siquiera los gatos merodeaban por el lugar. Salí del habitáculo sin hacer el más mínimo ruido, medio oculto por una pila enorme de contenedores que formaban una torre de bolsas de basura muy por encima de su límite de llenado. Abrí con delicadeza el portón trasero y arrastré el pesado cadáver sobre el suelo hasta dejarlo entre un montón de sacos de plástico que se encontraban desparramados. No pensaba perder más tiempo en aquello. Allí había sido asesinado un borracho más de los muchos que mueren todos los días en la ciudad.”
Esto fue lo que dibujó Daniel, sin querer pasar la hoja de la revista, como si jugara a retar al autor a crear un desarrollo paralelo del argumento que había creado. Se reía para adentro. Había sido capaz de organizar una escena que podría haber sido incluida perfectamente en la retrospectiva de viñetas, pero ahora tenía que pasar la página y leer lo que en realidad había sucedido. Como le gustaba aquel tipo de juego personal con el destino del protagonista, utilizó una hoja de papel para tapar aquellas escenas que vinieran inmediatamente después.
Pasó la hoja lentamente y la tapó para ir poco a poco descubriendo lo que el autor había decidido hacer; quería saber, como digo, si habían tenido ambos la misma ocurrencia, y algo le decía interiormente que así era. Sus manos le temblaban mientras descorría la hoja de papel y ponía al descubierto la siguiente ilustración. Abrió bien los ojos mientras, descubría el papel y era testigo de que el guionista había ordenado idéntica escena al dibujante: la de la misma calle totalmente a oscuras, y entre las hoscas delimitaciones una silueta de hombre que arrastraba a hombros una pesada carga. Más allá, el maletero del coche se abría y se llenaba con un costoso y voluminoso bulto, y en la siguiente cuadrícula, el rostro asustado del muchacho que conducía el automóvil con los ojos bien abiertos por entre una maraña de callejuelas. Daniel palideció y comenzó a sentir un ligero temblor de manos.
-¡La cena está lista! –le gritó su madre. Su padre entró al interior de la habitación y se acercó a él con intenciones de besarle. Acababa de venir del trabajo después de una larga y dura jornada. Daniel sabía que a él no le gustaba que se pasase todo el día leyendo esa clase de tebeos, por eso lo tapó con una de las hojas del curso de dibujo en el que le habían matriculado.
-¿Qué tal vas con tus estudios de dibujo? –le preguntó su padre al ver la lámina.
-Bien papá. Estoy comenzando a estudiar diferentes tipos de perspectiva –le contesto. Aquello sonaba interesante, algo que sabía que a su padre le gustaría oír.
-Estupendo. La cena está preparada dice tu madre.

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Daniel estaba distante y disperso ante todo lo que le rodeaba hasta el punto de que ni siquiera tenía apetito.
-¿Qué te ocurre? –le preguntaba a menudo su madre, pero él no se atrevía a exteriorizar el más mínimo gesto.
-¡Tiene la tontería de la adolescencia! ¿No le ves? –aseguraba su padre con menos contemplaciones.
Pero el chico, en lo único que pensaba era en descubrir el dibujo de la siguiente viñeta, en la que todo parecía solitario en aquel barrio chino, salvo un local que se alumbraba de manera precaria por una triste vela. Recortando esta sutil y vaga luminiscencia, se percibía la figura de un anciano que ocultaba sus achinados ojos detrás de unas pobladas cejas. De su mano derecha pendía un ajado pincel de largo y mustio pelo de nutria. Eso era lo que le quitaba el sueño.
Después de un tiempo sin cruzar palabra alguna entre ellos, su padre volvió a alzar la voz.
-¡Si es por los estudios no te preocupes, nadie te está poniendo una pistola en el pecho!
Y así era: de momento nadie le ponía una pistola en el pecho; ni un cuchillo tampoco.
Se encerró en su habitación, escuchando todavía los halagos de sus padres por el inusitado interés por los estudios de dibujo y pintura que acababa de emprender hacía poco, y volvió a abrir lentamente aquellas hojas malditas en las que se veía cómo Scott volvía a casa, pero se encontró la vivienda vacía, algo que no le intimidó en absoluto. Por el contrario, se dirigió tranquilamente hacia su habitación y se arropó entre las sábanas con deseos de descansar y tener dulces sueños. Algún cambio grande se había operado en su interior de repente. Sentía una reconfortante sensación de placer, una suerte de liberación y de orgullo personal y una desmesurada confianza en sus propias decisiones.
Aquella noche soñó que aquel a quien había despojado de vida se pudría en el infierno, entre grandes llamaradas que le quebrantaban y le producían un dolor eterno e insufrible.
Daniel siguió leyendo, pero cada vez lo hacía con más temor, como si fuera capaz de presentir algo decididamente malo que no lograba discernir en su totalidad. Se dio cuenta de que la mirada de Scott ya no era la misma: había abandonado de pronto la inocencia de días atrás, como si hubiera sido poseído por un espíritu maligno. Existía en su rostro un brillo especialmente macabro y una sonrisa que le dejaba a la vista toda la fila superior de su dentadura.
Daniel se durmió justo al término de esa página, antes de retomar la última de aquel número. Le gustaba mantener esa especie de incertidumbre alargando la lectura al máximo, de manera que decidió concentrar su mente entre las sábanas y sobre la almohada imaginando qué sucedería a continuación, pero esta vez era fácil preverlo porque a él, tanto como a Scott, le seducía la belleza de Nancy, y aquella noche las hormonas de Daniel se encontraban especialmente necesitadas de evacuar tensiones, de modo que decidió que a la mañana siguiente se atrevería a dibujar a Scott vigilando a la chica que deseaba bajo la ardiente agua de la ducha. Aquella noche nuestro protagonista madrileño tuvo sueños eróticos que le mancharon la ropa.
Y así como pensó hizo cuando amaneció el día. Muy de mañana retomó con ansiedad e impaciencia sus lápices y comenzó lo que acabaría por ser una temeraria constatación: cada uno de sus dibujos se repetían casi de manera idéntica en la revisa, de forma que la escena del cuerpo desnudo de Nancy entre el tupido vapor del baño también había sido recreada antes por el autor del cómic.
Cada vez que esto ocurría se adueñaba de Daniel una mezcla de sentimientos que comenzaba con un tremendo terror por sentirse al arbitrio de los caprichos de un ser superior, un ser que no consideraba humano y mucho menos noble, y que terminaba con un regusto vanidoso que encumbraba su orgullo y le hacía creerse una especie de dios ante lo que bosquejaba.
En la siguiente cuadrícula se atrevió a esbozar el cuerpo íntegramente desnudo de Nancy, de arriba abajo, y a su lado, con letras grandes la onomatopeya del ruido de una puerta que se abría. Estaba decidido a seguir adelante con ello, de manera que no se paró de momento a cotejar si eso habría sido efectivamente lo que al guionista le habría apetecido dibujar. Tras la puerta entraba alguien, pero ese alguien era su novio.
Los quince años de Daniel bullían con una efervescencia que le pedía mucho sexo, por ello, siguió con su cadena de dibujos en la que se deleitó trazando con detalle la escena de una salvaje penetración en la que Nancy disfrutaba abriendo la boca y cerrando los ojos como si se encontrara flotando en las nubes. Tanta pasión recreó en aquellas cuadrículas que, cuando decidió darlas por acabadas, aquel cómic podría tomarse por erótico más que de misterio. Él mismo se había enamorado de su propia protagonista femenina, porque la había diseñado a su propio antojo.
Cuando por fin se decidió a comparar sus viñetas con las del tebeo original, tuvo que secarse grandes goterones de sudor frío que comenzaron a caerle por la frente porque, todos y cada uno de los dibujos coincidían con lo que su autor verdadero había diseñado, todos menos una última ilustración en la que se encontraba de frente con la cara de Scott mirando fijamente al lector, con gesto duro, siniestro y vengativo, y en la que de su boca salía un “bocadillo” que decía únicamente: ¿Qué has hecho, maldito?

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El número de aquel “Dosier Macabro” acababa así, de modo que volvió a la tienda para intentar hacerse con el siguiente ejemplar de aquella historia. Ninguna de las otras aventuras del interior de la revista le interesaba. Necesitaba saber cómo acabaría todo aquello, qué se ocultaba detrás de esa consecución de casualidades, que hacían coincidir de una manera tan precisa sus deliberaciones con los deseos del autor de aquella fábula.
Cuando empujó la puerta del establecimiento, el chino pareció mirarle con un brillo especial en sus ojos; daba la sensación de que le esperara. Le sonrió con una mueca mayor que otras veces y le hizo un gesto cortés con la mano invitándole a sentirse a gusto en su casa. La timidez de Daniel le proporcionaba siempre una baja expresividad, de forma que esbozó una liviana sonrisa y se dirigió hacia el lugar en el que debería encontrarse el siguiente número de aquella revista. Tras otro montón de cómics se dio de bruces con su amigo Fermín, que buscaba algo interesante que leer. Se miraron, pero su amistad se había enfriado en los últimos días hasta el punto de no dirigirse la palabra apenas, de manera que se limitó a tomar el siguiente número, que se encontraba arriba, como si estuviera esperándole. El chino paró de dibujar con su pincel cuando se acercó con el dinero en metálico entre sus dedos. Tenía tantas ganas de abandonar aquel lugar que tropezó con el umbral y a punto estuvo de romper hasta la portezuela. Corrió a toda prisa hacia su casa, subió de dos en dos los escalones del portal y se encerró en su habitación sin decir nada a nadie. Su madre volvió a pensar que su hijo pasaba por una difícil adolescencia.
Abrió el dosier con manos temblorosas y espíritu ávido, concentrándose en la primera de las viñetas, en la cual, una precaria sombra se abría paso con torpeza por entre las calles solitarias. Daba la sensación de tratarse de la silueta de un anciano que arrastrase los pies sobre el encharcado empedrado. Siguió a través de una avenida y después torció hacia una calle que a Daniel comenzó a serle conocida; para entonces ya creía saber de quién se trataba. Sus lacios cabellos y su lamida barba lo corroboraban.
Se paró de pronto en un edificio de viviendas enfrente del bar donde trabajaba Nancy, subió las escaleras y tocó el timbre de una vivienda. Scott había escuchado los pasos que se acercaban a su puerta, y se le encogió el corazón con el sonido del timbre. Miró a través de la mirilla y volvió a tranquilizarse al ver el rostro de un anciano oriental con aspecto de mendigo.
-No puedo abrirle; no están mis padres…-le indicó tras la puerta.
-No hace falta que me abras. Podemos hablar así si quieres.
Scott permaneció pensativo durante unos segundos. Algo le hacía intuir que debía prestar atención a aquel sujeto.
-¿Qué, qué quiere? –balbuceó tragando saliva. Volvió a mirar por la mirilla y se percató de que el chino no esbozaba una mueca muy acogedora.
-¿Te sientes observado a veces? –Le preguntó. Así era. De hecho no hacía muchas horas que había percibido esa desagradable sensación, pero aun así aquella pregunta, venida de aquel desconocido, le parecía poco tranquilizadora. Permaneció en silencio sin saber muy bien qué decir ni qué hacer.
-Sé que te sientes observado –volvió a advertirle.
Se produjo de nuevo otro espacio de silencio tras el cual Scott se decidió a hablar.
-¿Quién es usted? –preguntó. En ese tiempo su mente había recreado los últimos hechos, aquellos que tuvieron que ver con el abandono del cadáver en el barrio chino de Nueva York. Aquello le llevó a presumir que aquel anciano le habría visto.
-¿Qué quiere de mí? –Volvió a preguntar.
-No te preocupes por mí; yo mantendré la boca callada, pero hay alguien que puede hacerte mucho daño.
Scott era ya lo suficientemente mayor como para no fiarse mucho de las bocas calladas. Había quitado la vida a un hombre y le daba la sensación de que no era algo tan costoso volverlo a hacer. En décimas de segundo pensó todo esto y le dio tiempo de sentirse extraño ante sí mismo, como si de repente se hubiera despojado de la candidez de la niñez y hubiera entrado de golpe en el desagradable mundo de los adultos. Sabía las consecuencias de que le delatara alguien y no le resultaba apetecible pasar por la incertidumbre de saberse rehén de cualquiera durante toda la vida, de modo que, pronto su mente elucubró la lúgubre escena de él mismo acuchillando al indefenso y decrépito anciano. Volvió a parecerle sencillo, de manera que empezó a abrir los cerrojos de la puerta con delicadeza, pero para cuando quiso terminar de hacerlo, afuera no había nadie ya. Miró hacia uno y otro lado del pasillo, salió tras él por las escaleras, corrió de hecho hasta el portal y miró en derredor a ambos lados de la calle, pero no vio a nadie, era como si se le hubiera tragado la tierra.
Volvió a subir las escaleras, no sin un germen de preocupación que iba creciendo con cada escalón. El hecho de que existiera una persona que le hubiera visto dejar entre los contenedores de basura un cadáver y, para colmo, supiera incluso el lugar de su residencia, era demasiado desalentador. Miró a través de la ventana y vio luz en la vivienda de Nancy. Sacó los prismáticos y se entretuvo esperando verla cruzar mas allá de los visillos mientras meditaba qué hacer con el antipático tema del anciano.
De este otro lado, Daniel le había tomado sin darse cuenta el pulso al adolescente americano. Sabía que los celos no le dejaban vivir y, sin saber muy bien la razón, deseaba hacerle sufrir un poco más, de manera que tapó las viñetas y, viendo por qué derroteros comenzaba a vincularse la historia, comenzó a dibujar la siguiente cuadrícula en la que el novio de Nancy volvía a poseerla como si fuera un lobo salvaje, allí, delante de los cristales y con los visillos totalmente abiertos. Largos ríos de sudor caían desde cada poro de Scott. La chica parecía gozar como nunca lo hubiera hecho con ese niñato que la miraba sin ella saberlo. Daniel reía para adentro de su alma y se excitaba con sus propios dibujos.
Cuando hubo terminado una tira entera, descubrió la página del cómic y volvió a comprobar que en ese momento ya había alcanzado tal nivel de perfección, que los dibujos del autor eran idénticos a los suyos. Comenzaba a acostumbrarse a ello, y esto le gustaba, le hacía gozar y encumbraba su ego hasta límites indecibles.
“Soy el dueño de tu vida, imbécil” –pensó y hasta llegó a pronunciar en voz alta. Pero cuando pasó la página y destapó la primera viñeta, su rostro palideció hasta lo impredecible porque, todo el espacio estaba contenido con la imagen de la cara del protagonista que, con mirada penetrante y alguna que otra arruga que no correspondían con su edad, gesticulaba y amenazaba con matar; tenía sed de sangre.
Daniel siguió dibujando y se animó a armarle con un cuchillo de grandes dimensiones que ocultó tras la cazadora de cuero. Le hizo bajar las escaleras y, ya desde el asfalto, volvió a perfilarle perdiendo la mirada arriba, hacia aquella ventana en las que seguía reflejándose la salvaje posesión. Su rostro se amorataba y expulsaba un sudor frío que le empapaba todo el cuerpo.
Empujó la puerta del edificio y cogió el ascensor, que le dejó en la tercera planta. Caminó por el pasillo mal iluminado hasta llegar al lugar desde donde salían aquellos jadeos. 
Desgraciadamente, el novio de Nancy era un chico guapo, atlético, de cabello rubio y aspecto varonil. Podríamos asegurar que era el clásico “malote” irresistible, y a tenor de los gritos de ella, sabía bien cómo hacerla el amor.
Por otro lado, la coyuntura pasaba irremediablemente por una cierta antipatía infundada de Daniel hacia Scott, de modo que, en su particular diversión, retomó la costumbre de dibujar una serie de viñetas habiendo ocultado previamente las propias del cómic. Ese día se sentía valiente y vengativo hasta el punto de poner en boca del novio un insulto dirigido hacia Scott.
-Si te molesta ese niñato de mierda me lo dices y le doy un soplamocos.
-¿A quién te refieres? –Preguntó ella, aunque sabía perfectamente a quien era.
-Me refiero a ese de enfrente con cara de bobo.
-¿Scott? ¡No me molesta; es solo un niño!
Daniel se divertía y se reía mientras dibujaba y escribía estas secuencias. Su intención era claramente la de vilipendiar el orgullo del protagonista de aquella historia. Cuando hubo terminado una serie y ya su curiosidad no pudo más, destapó las cuadrículas del cómic con ánimo de descubrir una vez más si estas coincidían con lo que él mismo había dibujado. Aquella situación ya se había adueñado de su juicio y su disposición y, como otras tantas veces, comprobó que, o bien podría decirse que el guionista y él eran almas paralelas que se reflejaban en el mismo espejo, o allí se estaba produciendo una fatal concordancia que podría nacer del mismo infierno. Una tras otra, todas las cuadrículas fueron dando fe de la exactitud de intenciones con respecto a lo que Daniel había dibujado, todas salvo la última viñeta de aquella página en la que Scott se sintió de nuevo tremendamente herido por el comentario de Jerry, el novio de Nancy. Su cara volvía a ocupar todo el espacio y podía verse cómo sus ojos se enrojecían de rabia y avidez de sangre. Tras aquella página, la siguiente secuencia correspondía con la imagen de aquel chico ofendido oculto tras los solitarios escalones de aquella vivienda en la que vivía la buena de Nancy.
Daniel no pudo sustraerse a la curiosidad de lo que daba de sí aquella última página. Siguió leyendo y contemplando las imágenes una tras otra: la sucesión de aquel proceso en el cual, Jerry abandonó la casa de Nancy, bajó silbando las escaleras mientras se peinaba el tupé y encendía un cigarrillo. Luego, el último saltito de varios escalones hasta ir a dar frente a la puerta de salida, y después, la sombra de alguien que se acercaba por su espalda, cuchillo en mano y le asestaba una brutal herida con todas sus fuerzas que le atravesaba el corazón.
Jerry se clavó en un primer momento frente a la negra puerta de cristal y vio el reflejo del asesino a su espalda. Sabía que algo le paralizaba la respiración, algo frío que parecía haberle partido el pecho, aunque todavía no era consciente de qué había sucedido. De repente notó que la visión comenzaba a nublársele y comenzaban a faltarle las fuerzas. Se cruzaron miradas a través del cristal de la puerta, que hacía las veces de espejo. Entonces, comenzó a escuchar cómo goteaba sangre cerca de sus pies, grandes borbotones de líquido rojo  que no paraba de encharcarlo todo. Aquello fue lo último que vio antes de caer muerto sobre el suelo. Scott arrancó el cuchillo de su espalda y se marchó tranquilamente a su casa. Para ello, solo tuvo que cruzar la calle.


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Pero nunca en la vida las circunstancias se eternizan, sino que tienden a mostrarse caprichosas unas veces, y otras se desarrollan sobre una base o razón. Siendo de otra forma, parecería que el tiempo se congelara irremediablemente y no hubiera noche que siguiese al día, ni sol que alumbrara el desaliento de la implacable penumbra, pero, como alguna vez dijo alguien: “En esta vida, al final todo se paga”, o cuando menos eso esperamos la mayoría de los mortales.
Lo cierto es que un buen día llegó la hora que sobrevino precisamente a esa noche oscura del crimen que se acaba de describir, momento en que Daniel se percató de que las páginas del cómic estaban en blanco. Pero lo peor de todo no era esa enervante circunstancia, sino que las cuadrículas dejaron de responder a sus deseos. Dicho de otra forma: El cómic comenzó a ser autónomo, como si de repente tuviera entidad propia y no atendiera a otros dictados que no fueran los primeros deseos de su verdadero autor.
Pero curiosamente, esta coyuntura acabó tranquilizando no poco a Daniel, que comenzó a explicar lo que había ocurrido anteriormente como una suerte de “mística concatenación de casualidades”.
Hasta tal punto volvió a sentirse feliz, que se animó entre otras cosas a retomar la amistad de Fermín, percibió cómo el apetito tintaba de rosáceo sus mejillas, y por último, se mostraba más sociable con sus padres de lo que había estado jamás. Creyó en definitiva haber encontrado la paz de su alma que siendo tan joven había perdido.
En cuanto a mí, el redactor de este cuento, debo decir que me hubiera gustado dar por terminada aquí la historia, que habría sido un bonito relato con una posiblemente educativa moraleja, pero desgraciadamente no fue así. Por el contrario, incluso esa pequeña etapa de paz en su vida estaba estudiada de manera maquiavélica, y lo cierto es que él mismo debería haberse temido lo peor cuando, en un último intento por dominar la concatenación de secuencias de aquel endiablado cómic, Scott, el protagonista, sacaba una pierna fuera de una de las cuadrículas del cómic de manera intencionada y la dejaba reposar dentro de otra, sobre el empedrado de otro oscuro asfalto, en una extrañamente reconocible calle dibujada en la siguiente viñeta.
Daniel había visto ese artificio profesional en multitud de cómics, de manera que en un principio no lo tomó en cuenta. Observó cada escena de manera detallada, como hacía siempre, intentando, según su costumbre, reproducir su contenido en algunas ocasiones, y en otras, simplemente tomarla meramente como ejemplo de aprendizaje en el manejo del dibujo en sí.
Suponía que el protagonista había optado por caminar a través de esas calles en penumbra del Soho Neoyorkino; así lo vio en un principio, pero más tarde, a medida que fue analizando, según su costumbre, la viñeta, comenzó a reconocer alguno de los edificios que en ella se representaban. Al fondo de la calle parecía perderse entre sombras la figura inequívoca del estadio Vicente Calderón, y más a la derecha la fábrica de cervezas Mahou. No le cabía duda. Tomó incluso una lupa con la intención de asegurarse bien del parecido. Luego, con este mismo utensilio fue descubriendo vehículos de apariencia europea.
Siguió avanzando en los dibujos, uno tras otro, mientras Scott continuaba su caminar lento e incontestable, con una mano oculta detrás de la chaqueta que asía con fuerza su ya tristemente famoso cuchillo. El dibujante se había tomado su tiempo para describir este proceso, de manera que tomó varios planos del joven asesino, caminando de frente a lo lejos, de costado, de espalda, de cuerpo entero, de medio cuerpo e incluso acercando la imagen hasta encuadrar solamente la cara, como otras veces había hecho y que parecía gustarle tanto. En una de estas, escribió dentro de un bocadillo de esos clásicos la siguiente frase: “te mataré a ti y a toda tu familia”. Daniel tragó saliva por lo que parecía que no tenía vuelta atrás y era un hecho claro e inequívoco: El protagonista había dado un salto tan grande como el Océano Atlántico con tan solo sacar la pierna fuera de los márgenes de la viñeta en la que “vivía hasta entonces”, y se había apresurado a ponerse de camino a través del barrio de Carabanchel de Madrid.
Había reconocido el portal de su amigo Fermín, que vivía precisamente a su lado, de manera que no había lugar a dudas. Aquello hizo que se le contrajera el corazón como si se le hubiera helado la sangre en su interior. En la cama no fue capaz de conciliar el sueño en ningún momento, por el contrario, no dejaba de dar vueltas de un lado a otro, sumido en una tremenda agitación.
Pasada la medianoche se incorporó bañado en sudor frío y se asomó a través de la ventana que iba a dar precisamente a esa parte de la calle. Subió la persiana y comenzó a mirar a uno y otro lado intentando convencerse a sí mismo de que todo eso no podía ser más que fantasía. Todo estaba absolutamente en calma, tanto, que no había un solo espíritu que cruzase a esa hora ninguna de sus aceras, nadie más que una fugaz presencia sombreada que se deslizaba entre la oscuridad con paso lento e imperceptible hacia el final de la travesía.
Cuando a ratos creyó estar seguro de que todos sus temores eran infundados, volvió a arroparse tras las sábanas e intentó dormir, pero ese deseado estado de paz le duró muy poco. Sintió ganas de llorar y la necesidad profunda de protección, y tan mal llegó a sentirse en una de esas, que no pudo resistirse a la tentación de encontrar el amparo de sus padres.
Llegó hasta su alcoba, les despertó y les puso al tanto de las circunstancias en las que se había desarrollado la historia que leía. La madre le miraba atónita y con tal cantidad de sueño que debió de hacer esfuerzos por no dormirse allí mismo sentada, y el padre, tras escuchar sus argumentos con más paciencia de la que él mismo hubiera esperado en un principio, montó en cólera, se dirigió hacia la habitación de su hijo y comenzó a romperle uno a uno todos los cómics mientras gritaba improperios de todo tipo.
-¡Papá por favor, no los rompas! –Gritaba él de manera suplicante, pero su padre no atendía a razones ni escuchaba otra cosa que no fuera su encabritado entendimiento.
-¡No quiero volver a verte con una sola de estas mierdas! –Le gritaba mientras seguía rompiendo literalmente todas las páginas de cuanto encontró a mano.
-¡No lo hagas papá! –Seguía gritando Daniel entre llantos.
-¡Por favor, Gerardo, tranquilízate un poco! –intentó ayudarle su madre, pero ya era tarde, y lo peor es que con ello había destrozado el pasado de aquel ser maléfico y una posible vuelta atrás. El espíritu del mal se encontraba atrapado en el tiempo, a escasos metros y con una codicia de sangre y venganza que eran en verdad irrefrenables.


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Daniel conoció antes la desgracia de su amigo Fermín a través de las hojas en blanco que su padre no había destruido que por la tremenda realidad cercana.
Cuando despertó a media mañana, después de una tortuosa noche, de lo primero que se dio cuenta fue de los nuevos dibujos que llenaban algunas hojas que antes no tenían nada, y que aparentemente se habían creado por sí solos. Entre ellos, una mancha con forma humana hundía repetidas veces un tremendo cuchillo en el pecho de su mejor amigo mientras dormía. El padre de Daniel no tuvo tiempo de enterarse de la desgracia a causa de las tempranas horas a las que se levantaba, pero la madre, al igual que todo el barrio, se hizo eco de los gritos sordos de la familia de la víctima, que descansaba hacía horas sobre una gran mancha roja que inundaba toda la cama. La calle estaba cortada al tráfico como consecuencia de la gran cantidad de vehículos de policía y ambulancias que surgieron en poco tiempo. Cuando Daniel intentó salir a la terraza, su madre le previno de la desgracia sin atreverse a transmitirle exactamente toda la información de que disponía ya. Sin embargo, fue él mismo quien puso sobre las manos de su madre el inacabado cómic con las imágenes de su amigo acuchillado. La mujer sintió un tremendo escalofrío que le erizó toda la columna vertebral y que casi le hizo tirar la publicación al suelo.
Sus ojos se clavaron en los de Daniel con un espanto nunca antes imaginado en ningún relato de terror. No habría palabras para explicar el cúmulo de sensaciones contradictorias que intentaron abrirse paso en el discernimiento de esa buena mujer, cuyo único razonamiento plausible luchaba contra la obviedad de encontrarse frente al mismo asesino. Dio un paso atrás, con un espanto indecible que le producía temblor y flojedad en las piernas. Daniel no fue capaz de interpretar en un principio esa cualidad de sensaciones que se hubieran repetido en la mente de cualquier persona que hubiera sido espectadora de aquellas viñetas. Su madre se negaba a pensar que su hijo pudiera haber abandonado la casa por la noche, matado a su amigo y más tarde haber dibujado aquellas ilustraciones que daban la sensación de tener la tinta fresca todavía, pero ese era el único razonamiento posible, y lo peor de todo para ella era que, el chico parecía no ser consciente siquiera de lo que había hecho.
-Ya os lo intenté decir ayer –argumentaba Daniel mientras su madre iba dando pasos hacia atrás con los ojos como platos. Tras unos segundos eternos, la mujer, aún siendo presa de un tremendo terror, tomó como pudo las riendas de la situación y le hizo creer que llevaba razón en todo lo que explicaba, pero la realidad era otra muy distinta ya que, de lo que estaba totalmente segura era de que su propio hijo había sido el asesino, y eso era extremadamente duro para ella.
El joven no se percató pero, poco más tarde su madre le cerró la puerta de la calle y se marchó con todas las llaves para impedir que saliera. De repente, la buena mujer hizo acopio de fuerzas y, con un ejemplarizante sentido de la justicia, informó al responsable del retén de la policía que se encontraba en plena faena allí mismo. Sus palabras fueron más o menos las siguientes:
-Señor, mi hijo era el mejor amigo de la víctima, pero quiero que vea algo ahora mismo, aún con todo el dolor de mi corazón destrozado.
El teniente tuvo la intuición de que debía hacer caso a esos bonitos y expresivos ojos  empapados en lágrimas. La acompañó y entró en su casa con la intención de ver alguno de aquellos enigmáticos dibujos. Acababa de divorciarse de su mujer y no estaba dispuesto a dejarse perder ninguna ocasión que le ofreciera la vida en bandeja. Ella era realmente una mujer muy atractiva; de no haber sido así, posiblemente no habría actuado con tanta presteza.
-¿Cómo me ha dicho que se llama usted? –Le preguntó.
-No le he dicho mi nombre todavía; me llamo Bárbara.
El teniente pensó que en verdad era bárbara. Se recreó en las mareantes curvas  de sus caderas y en otras abultadas razones que se ocultaban solo a medias tras un vestido desgastado. Daniel se quedó perplejo cuando vio penetrar a aquel sujeto dentro de su casa, aunque le bastaron dos segundos para oler su fragancia a agente de la ley y el orden.
-Déjame ver esos dibujos, chico –le reclamó.
El joven comenzó a sentirse dolorosamente traicionado por su propia madre. Ella se cobijaba un poco tras la presencia del teniente, al que todo esto le parecía una puerilidad más que otra cosa. Daniel se retiró hacia su habitación y tomó las viñetas, que parecían tener todavía la tinta fresca. Se las puso en sus manos.
El agente sacó unas gafas de su chaqueta y, tras volver a echar una mirada a la madre, fijó la vista en aquellos dibujos. Pasó las hojas hasta el comienzo, y en verdad que estas le dejaron con más estupefacción de la que hubiera pensado jamás en todos sus años de carrera profesional. Tragó saliva sin que se le notara mucho, miró fijamente al chico que tenía enfrente y luego otra vez a su madre; volvió tras esto a inclinar la cabeza sobre la inacabada revista y comenzó a pensar directamente en cómo se lo llevaría de allí sin aumentar más el dolor de su madre porque, tal y como estaba dibujado era como se había encontrado el cadáver, y eso no podía haberlo sabido nadie más que el asesino.
 Antes de dos horas, el chico estaba esposado e iba de camino hacia los calabozos de la comisaría de Carabanchel. Su madre lloraba, y esperaba. Esperaba a su marido, el padre de Daniel, que no volvía del trabajo.
Llegó la noche y la soledad de aquella mujer comenzó a hacerle pensar y, por supuesto, a inquietarla. El teléfono del teniente sonó y la voz de Bárbara le avisó de un mal presentimiento. Aquella noche de invierno hizo tanto frío que el hielo hizo romper las lunas de algunos escaparates. Las alcantarillas humeaban como si fueran antorchas y casi nadie se atrevió a salir a la calle.
El chico pasó a la mañana siguiente a un centro de internamiento de menores en calidad de sospechoso, y a la espera de un reconocimiento escrupuloso por parte de un equipo de psicólogos. A nadie se le ocurrió a esas horas ver el desarrollo del cómic, en el que seguían aumentando el número de dibujos, y esta vez con otra muerte más, la del propio padre de Daniel, asfixiado dentro de su propio aparcamiento, en un lugar en penumbra justo al lado del cuarto de basuras.
Lo encontró el conserje cuando se disponía a entrar allí para coger un balde y una fregona. Tenía el cuello amoratado y rodeado de marcas de cuerda en su piel, exactamente como el dibujo que alguien había plasmado en la publicación, en cuya siguiente viñeta podía apreciarse la sombra pobremente iluminada del agresor, sin apenas detalles de sus facciones.
Pero como en esta ocasión el cómic había estado en manos de la policía y nadie más lo había tocado, no cabía la posibilidad de que Daniel hubiera intervenido en la producción de los dibujos, y de esta obviedad se llegó a la conclusión de que efectivamente el chico llevaba razón en defender su inocencia con respecto a la autoría de los anteriores hechos luctuosos. Inmediatamente el teniente dio la orden de que se le soltase y se le llevase a su casa junto a su madre, pero le temblaban las manos, esas que otras veces fueron de acero, mientras sujetaba aquellas hojas endemoniadas.
Bárbara no encontraba más consuelo que el que le proporcionaba el teniente, que ponía todo su interés en ofrecerle su hombro y su pañuelo. Él arropaba su tupida mata de pelo y la empujaba -más que dejarla llevar- hacia su pecho. De cuando en cuando acariciaba su brazo e incluso llegó a practicarle algún conato de masaje sobre la espalda mientras intentaba tranquilizarla. Una de aquellas veces le besó en la cabeza sin darse cuenta de lo que hacía, y es que en verdad que el perfume de su cabello le producía una especial atracción. Bárbara llegó a percatarse de que la distancia entre sus dos cuerpos era demasiado pequeña, momento en el que se irguió y terminó de secar los fluidos que derramaba su pena, pero el teniente no tardó mucho en volver a arroparla mientras aspiraba el aroma a mujer que despedía por cada uno de sus poros. Solo el timbre de la puerta interrumpió esa inocente escena, tras el cual entró Daniel en su casa y se dirigió hacia su habitación sin querer hablar con nadie. Abajo en la calle se apostó un retén para llevar a cabo un mejor seguimiento y control de ese extraño caso, sin apreciar el movimiento lento y esquivo de una sombra a través de la fachada de los edificios.

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Lo primero que hizo Daniel el día siguiente fue intentar conseguir la continuación de aquella historia. Para ello, obviamente, se presentó en la vieja tienda de compra y venta de cómics y fue directamente a la pila donde solía encontrarlos. El chino le miró con una especial mueca en la boca y tuvo también la sensación de que sus ojos se cerraban más de lo normal, como si estuviera riéndose de él. Lo presentía y esto le hacía dirigir su mirada hacia aquel anciano a menudo. Escrutaba entre el montón de revistas produciendo una espesa polvareda que le hacía toser, pero no encontró nada; era como si la historia hubiera acabado, o simplemente como si el número siguiente no se encontrara disponible allí en aquel establecimiento. Tras más de una hora de revolver todo y dar vueltas sobre sí mismo poniendo la tienda patas arriba, y siempre bajo la mirada del dueño, Daniel se dirigió hacia él con la desesperación anímica precisa como para preguntarle, a pesar de su tremenda timidez. El anciano le vio venir, tal como ya se imaginaba que haría, de modo que dejó de dibujar trazos con su pincel de largo pelo y le sonrió con la clásica hospitalidad oriental.
-Estoy buscando la continuación de una historia que comencé a leer hace unos días y no la encuentro.
El viejo sabía muy bien a qué se refería, pero prefirió hacerse el ignorante. Le preguntó acerca de qué historieta hablaba.
-Es una que trata sobre un joven que vive en el Soho de Nueva York y…
No le dejó terminar.
-Aquella historia está inacabada, joven. Debí advertírselo antes de que la comenzara, pero no pensaba que le gustaría tanto como para echarla de menos, quizá porque no es más que una historia entre otras muchas dentro de aquellas antiguas revistas de “Dossier Macabro”.
A Daniel, que no era nada ingenuo, le pareció que aquel hombre le daba demasiadas explicaciones para ser, a priori, un tema baladí. Sin duda pensó que aquella novela sería conocida quizá por algo más y, en su fundamentada desesperación, optó por armarse del valor suficiente como para seguir demostrando su interés por ella.
-Señor, ¿sabe usted algo acerca del autor del relato? –Le preguntó con voz temblorosa.
-Sin duda que lo sé; todo –le afirmó esbozando una sonrisa de parte a parte-. Esta es una historia maldita, le puedo asegurar. Conocí al autor, John Carrados, un escritor y dibujante al que la suerte le dio la espalda en todo momento. Vivió en la miseria de aquellas calles del Soho, apostado en cualquier esquina, subsistiendo de lo poco que le daban las caricaturas que dibujaba a los transeúntes. Luchó por pertenecer al equipo de dibujantes de varias editoriales de aquella época, pero con ninguna de ellas tuvo suerte. Su madre trabajaba de limpiadora desde que su marido murió a causa de un infarto de miocardio que le dejó seco en medio del asfalto, y con un sueldo precario tuvo que sacar adelante a sus dos retoños, de los cuales, John era el mayor. Al poco, la mujer conoció a un elemento que entró en su casa agarrado a una botella de whisky como muleta.
-¡Esa es más o menos la historia del cómic! –Gritó Daniel
-Efectivamente, chico. John mató a ese sujeto que rondaba a su madre y que incluso la llegó a maltratar, y parece ser que fue esa la historia que posteriormente adaptó al cómic con el que triunfó. Llevó el cadáver de noche al barrio chino, tal y como pudiste leer y lo dejó allí tirado entre decenas de enormes bolsas de basura; yo mismo fui testigo de cómo lo hacía, porque mi local se encontraba justamente enfrente. Fue entonces cuando empezó a escribir y a dibujar la historia inacabada, la primera con la que de verdad comenzaron a lloverle centenares de dólares. Pero no le dio tiempo de disfrutar de aquella buenaventura ya que cometió un grave error: contarle la verdad a su mejor amigo, y no hay nada más infalible que confiar algo a alguien para que ese secreto se haga público. Pronto, la familia del difunto se enteró de cómo habían acaecido las cosas, y menos todavía tardaron en coserle a balazos muy cerca del bar donde trabajaba Nancy. Su madre cayó en una profunda depresión y se perdió entre alcohol y drogas en las calles después de que los servicios sociales se hicieran cargo de su otra hija.  A partir de entonces, dicen que el espíritu atormentado de John vaga errante por el mundo sin un destino concreto.
Daniel había escuchado con entusiasmo aquella historia, y lo hizo con una honda emoción también por el mal presentimiento que se cernía sobre él mismo. Apenas se despidió del chino más que con un suave gesto de mano alzada y se puso en camino cabizbajo hacia su casa en un bonito día soleado de invierno, en esto que se percató de que extrañamente su cuerpo no proyectaba sombra alguna. Se paró inmediatamente buscando la dirección de un sol que a aquellas horas caía en la verticalidad. Dio vueltas sobre sí mismo y no encontró ni un ligero atisbo de ella ni siquiera alrededor de sus pies. Aquello le hizo pensar en el error de sus primeros dibujos de infancia y le dejó meditabundo durante unos momentos hasta que, antes de entrar en el portal de su casa, percibió de soslayo un movimiento extraño que se cernía a su alrededor como si algo bailara. Más tarde sintió también una sensación de ansiedad y un cosquilleo desagradable y ajeno en el interior de su pecho, que nacía en el epicentro de sus intestinos e iba irradiándose hacia el corazón. Era la voz del presentimiento y la constatación de que algo extraño y malo estaba sucediendo. Pero todavía no había comenzado lo peor.
Fue esa noche cuando empezó a notar cosas ciertamente anormales en su interior, tales como la manifestación de deseos que hubiera considerado impropios hace tan solo unas horas. La casa se mantenía casi en penumbra a aquella hora y su madre no salía de su cuarto, desde donde se escuchaban sus continuos sollozos y lamentos. Afuera en la calle, las luces de un coche patrulla apostado enfrente alumbraba a veces los ladrillos de la terraza y dejaba entrar en el salón parte del reflejo. Comenzaba a hacerse de noche y Daniel sintió que una especie de desazón crecía en su interior. Probó algo de comida en un primer intento de paliar ese extraño estado de ansiedad; bebió también una cerveza, algo que hasta ese día no se le habría ocurrido jamás. Luego, tomó otra más y se sentó tras los cristales y más allá de las cortinas del salón, en la azotea, deseando dejar de escuchar los lamentos llorosos de aquella mujer que acababa de perder a su marido. Sin saber por qué, Daniel buscó un paquete de cigarrillos donde sabía que los guardaba su padre, y encendió uno de ellos. Sabía fumar como si lo hubiera hecho siempre, algo que le extrañó quizá más que cualquier otra cosa, pero necesitaba esa nicotina en su sangre. Él mismo se miró por un momento las manos, entre cuyos dedos asía el pitillo encendido, y le resultó tremendamente extraño. Sin embargo, todo aquello lo hacía con tal destreza que daba la sensación de que lo hubiera hecho toda la vida.
De repente escuchó el sonido del timbre de la puerta que sonó de manera repetida, al principio dejando un espacio más o menos grande de silencio, y más tarde con cierta premura e insistencia. Tras un par de minutos de tiempo real, su madre pasó por el salón camino de la entrada principal, encendió la luz del hall y abrió la puerta a alguien que habló con ella de manera susurrante. Daniel consumía las últimas caladas de aquel cigarrillo que comenzaba a marearle un poco pero que, junto a la cerveza, le proporcionaba un placentero estado de letargo. Aguzó el oído todo lo que pudo, y de repente, sin darse cuenta viajó en el espacio y se vio al lado de su madre y de aquella visita, que no era otro que el teniente de policía, quien tomaba las manos de la dolorida mujer y se las llevaba a la boca para besarlas con aparente ternura. Como aquello le molestaba al chico, instintivamente rechazó seguir viendo algo más, y de manera fugaz volvió a sentirse en la terraza. Tragó saliva al ser consciente a medias de la experiencia tan atípica que acababa de vivir, aunque pronto se apercibió de las tremendas ventajas que podía proporcionarle, de modo que pasó los días siguientes practicando aquella dualidad que le permitía algo parecido a un desdoblamiento de su cuerpo sin ser visto por nadie.
Al cabo de un par de semanas el barrio volvió a la normalidad de nuevo, pero la relación entre Daniel y su madre se había enfriado hasta el punto de que ambos procuraban incluso poner alguna escusa para no comer o cenar juntos. En la mirada de Bárbara existían recelos y sospechas que podrían tratarse como infundadas, pero que germinaban desde su interior al modo de como lo hacen los presentimientos: era capaz de notar algo extraño en su propio hijo que le generaba una profunda desconfianza, y estamos hablando del infalible instinto femenino. Daniel era diariamente testigo de cómo su propia madre encajaba una silla en el manillar de su habitación en prevención de que entrara. Pero para él era fácil hacerlo, porque precisamente había adquirido esa cualidad extraña que le permitía atravesar muros o espacios infinitos solo proyectándose con una adecuada disponibilidad mental. Esa peculiaridad no le pertenecía a él como tal, sino que fue descubriéndola poco a poco y sobre todo en uno de aquellos días en que volvió el invierno a derramar luz sobre el asfalto. Caminaba tranquilamente por alguna de esas calles de su barrio cuando percibió que su sombra se proyectaba a veces de manera inadecuada con respecto a la luz solar. Es decir, que parecía moverse por iniciativa propia. Si se hubiera percatado de esta circunstancia días antes habría sido algo traumático para él mismo, pero para entonces ya se había operado en su interior una transmutación que tomó arraigo con cada hora y con cada día de vida. Daniel ya no era el mismo, y eso le producía cierta satisfacción porque la personalidad más contundente en esa dualidad había vencido por fin. Sin saberlo, volvió a tener sombra, aunque esta fuera prestada por otra alma, el alma de un personaje que hasta ese día había deambulado a través de tierras y mares en busca de una nueva oportunidad para seguir viviendo, aunque solo fuera hasta poder acabar esa maldita historieta.

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Daniel en realidad ya no era dueño de sus actos porque, subsistía dentro de él una notoria duplicidad que cobraba especial fundamento en aquellos momentos en los que se erigía su particular lucha interna. Podría decirse que él mismo era el que más asustado se sentía porque, tal y como se habían desencadenado los acontecimientos, era víctima de su propia soledad. Su mejor amigo había muerto, y su padre, que ejerció también a menudo de amigo sobre todo en la infancia. A veces sentía unas ganas imperiosas de tomar el lapicero y dibujar e inventar su  futuro sobre aquellas hojas blancas de la revista, y de hecho, más de una vez se dejaba llevar por ese primer impulso, pero luego, como si en el fondo fuera consciente de que esa parte de su personalidad no le pertenecía, tiraba el lápiz al suelo y se intentaba relajar. Para él, aquello del dibujo era una tentación al modo que lo es la cocaína para algunos toxicómanos. Así pasó días, entre temblores de manos e insomnio. De noche se dedicaba a volar por encima de la ciudad, como si fuera un pájaro. Aquello le gustaba de manera extraordinaria porque le proveía de una suerte de paz física y mental. Todas esas sensaciones eran nuevas para él, de modo que se sentía como el niño que va poco a poco descubriendo la vida. Agitaba los brazos como si fueran alas de pájaro y planeaba dulcemente por encima de los tejados. Cierta vez llegó a alejarse más de lo que hubiera querido y sintió miedo, pero entonces volvió a constatar que no le hacía falta más que proyectarse mentalmente al lugar donde deseaba estar, y al segundo volvía a encontrarse allí físicamente. Era como poseer en sus manos el espacio entero.
En el tiempo en que iba descubriéndose a sí mismo, y especialmente este tipo de aptitudes  nuevas personales, apenas convivió con su madre. Habían transcurrido ya un par de meses desde que su padre fuera encontrado en aquel sótano donde aparcaba el automóvil, con el cuello trenzado -tal como hemos contado-  por la violenta presión de la cuerda que le sesgó la vida, y en este tiempo, el teniente había conseguido ya hacerse un hueco en el espacio físico de la casa e incluso puede que en el anímico de Bárbara, por no decir en su corazón. Era lo que se dice un tipo paciente e interesante, de unos cuarenta y cinco años, ojos verdes y mirada profunda. De su pelo comenzaban a brotar tonos grisáceos y las primeras arrugas le surcaban ya la cara; eran arrugas de expresión, pero eran muy sugestivas, y él lo sabía. No era difícil darse cuenta de que a Bárbara, aquel sujeto le gustaba, y mucho además.
Pasado el primer tiempo de lógico duelo por la pérdida de su marido, algo en su interior comenzaba a producirle una lógica lucha contra su verdadero instinto animal, aquella especie de dualidad moralista que el ser humano a veces intenta mantener escudándose en teóricos conceptos que nos diferencian de los animales; pero en realidad no se daba cuenta de que ese instinto salvaje suyo era muy poderoso, y al fin y al cabo, era el más primitivo y original de los instintos, aquel que tiene que ver con la supervivencia. De modo que, la buena mujer, a veces, cuando salía del baño y se encontraba frente al espejo, se miraba desnuda y veía en su reflejo la figura agradable y deseable de una mujer en el meridiano de la belleza. Se acariciaba los pechos y los encontraba todavía lo suficientemente turgentes como para ser deseados. Advertía también el reflejo de su cuerpo mojado y confuso, medio oculto por el vaho del baño, y sentía deseos de que su marido hubiera estado allí para abrazarla y hacerla el amor, y entonces, casi siempre unas pequeñas lágrimas se confundían y se mezclaban con las gotas de agua de la ducha, pero luego, una vez que abandonaba esa etapa de añoranza desesperada y anhelante por aquello que había perdido, surgía su otro aspecto animal, aquel que le hacía recordar el tremendo atractivo del agente que la visitaba a menudo con insostenibles pretextos profesionales, y que iba consiguiendo arrancarla los primeros destellos de chispa, y lo que era peor, de deseo. Pero lo trágico y peligroso de todo esto es que Daniel era testigo de los actos, aunque por desgracia no de los sentimientos que anidaban y daban valor y fundamento a esa relación de intimidad que iba naciendo entre los dos. Esa era una de las potentes razones que impulsaban al chico a volar de noche cada vez más lejos, aunque en su propia dualidad, su parte oscura proyectara una negra sombra sobre el asfalto desde lo alto, un crepúsculo con los perfiles de un  machete de afilado corte, con deseos de diseccionar el pecho de aquel agente de policía.

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Daniel se sentía tan extraño como si hubiera abandonado la inocencia de la niñez de un día para otro. De repente tenía la sensación de que un cúmulo de malas ideas le hubiera invadido. No era capaz de controlar ciertos pensamientos que se abrían paso en su interior con fuerza; con demasiada fuerza, y algunas veces, sobre todo cuando se encontraba en estado de reposo, le venía a la mente una desgraciada concatenación de historias tétricas que  intentaba negar. Eran pasajes en los que se veía a sí mismo esgrimiendo un cuchillo y siendo el protagonista de todas las muertes que había visto dentro y fuera del cómic. Se sentía tan obsesionado con el asesinato de su mejor amigo, y sobre todo con el de su padre, que no era capaz de pasar una hora entera sin sentirse aterrorizado. Pero el tema era más complejo porque, poco a poco tuvo que rendirse ante la evidencia de que, esa parte oscura de su alma iba cobrando fuerza. Ahora, la sombra que proyectaba su cuerpo bajo el sol era más contundente y opaca. Era también una extraña sombra que parecía tener vida propia, en tanto que no respetaba las normas básicas de proyección de la luz,  las mismas que había estudiado en las clases de dibujo y que tantas veces practicaba en sus viñetas.
Esa sombra era como el espíritu del mal, un refugio perpetuo que anidaba en su alma y que teñía de negro todo a su alrededor, un tumor en su pensamiento, pero desgraciadamente también era el vehículo que le impulsaba de noche a volar libremente y a alejarse de aquello que tanto le desagradaba, que no era otra cosa que la relación de atracción de su madre con aquel hombre. Daniel luchaba por apartar de su mente los malos pensamientos que le asaltaban, y que siempre tenían otra víctima sangrante: la del teniente.
Al cabo de unos seis meses desde la muerte de su padre el caso seguía sin resolverse, y su madre ya comenzaba a rehacer su vida. Reía poco, pero lo hacía a veces y, aunque la relación entre ella y su hijo no fueran un ejemplo para nadie, ya se había instaurado un incipiente código de comunicación entre los dos, aunque fuera demasiado estoico todavía. Ella deseaba volver a la normalidad, a sentir ganas de reír, de vivir, de saltar, de bailar, de gritar y, en definitiva, de sentirse joven, pues todavía lo era, y la presencia de ese hombre se lo ofrecía. Curiosamente para él, lo que en un principio advirtió como una posibilidad simple de liarse con una mujer atractiva, se convirtió en una relación sincera que iba más allá de banales deseos sexuales: no quería violentarla ni siquiera en eso, habida cuenta de las circunstancias en las que se habían conocido. Para él, un simple beso era motivo de felicidad. Pero todo tiene un principio y un fin, y Bárbara, que era de naturaleza fogosa y había sido espectadora de aquel trato suyo tan delicado, de los continuos detalles cargados de sensibilidad, así como de su carácter arrebatadoramente varonil, una noche no supo aguantar. Para Daniel, sin embargo, las noches eran una puerta de salida que dividía dos mundos totalmente diferentes, de manera que acudía a ese otro espacio secreto con avidez y deseo, porque con ello dejaba atrás también el encorsetamiento de unas normas sociales que odiaba en el fondo. La gran lástima de todo ello era que su madre también era parte intrínseca de ese mundo.
Sabía que, llegado el momento de refugiarse entre las sábanas, su espíritu respondía azuzando su energía y agitando las alas de su espacio de libertad, volando hacia el infinito si así lo hubiera querido.
Aquella noche se acordó de Nancy, la chica del restaurante, y tuvo deseos de volver a verla, de manera que concentró su atención en ella, en ese área intocable de su recuerdo y, tal y como había ocurrido en otras ocasiones, se desplazó sin esfuerzo hacia el barrio del Soho Neoyorkino. Mientras sobrevolaba el océano, en un espacio de tiempo que parecía inmaterial, se dio cuenta de que pensaba en ella como si fuera Scott, el protagonista del cómic inacabado, y es que, en ese momento no era más que una sombra sobre el ancho mar, una sombra que lucía de un color negruzco bajo el reflejo de la luna nueva. Oscuridad y nada más. Miró de reojo sus brazos y se dio cuenta de que eran también algo parecido a una mancha con una forma precisa; su cuerpo, de idéntica forma, era el dibujo a carboncillo de una representación humana, y lo mismo ocurría con sus piernas y pies. En un principio se asustó un poco, pero al poco fue consciente de que su identidad ahora se correspondía con la del personaje que conformaba su dualidad.
Quiso ver la estatua de la libertad al fondo, y los edificios que recortaban el cielo un poco más allá de Central Park. Sobrevoló luego el río Hudson con la negrura impenetrable de sus aguas, y por fin, bajó un poco la altitud para ir cayendo sobre Wooster Street. Le apetecía andar porque sabía que todavía era pronto para que Nancy acabara la jornada.
Caminó a través de avenidas tranquilas por las que ya apenas circulaban automóviles, y sobre cuyas aceras solo podía verse algún noctámbulo y algún que otro mendigo. Poco a poco fue acercándose a la calle donde había vivido, enfrente de la cual se encontraba el citado restaurante de comida rápida. Habían bajado ya las persianas y la puerta se encontraba anclada. Aun así, entró a través de sus cristales como si no existiera nada entremedias. Nancy se quitaba ya el mandil y se disponía a salir a la calle. Su compañero de barra y dueño del local contaba el dinero de caja y lo metía en una especie de caja fuerte que había en la cocina, al lado de las salchichas.
-Hasta luego Alfred. Que pases buena noche -le deseó.
Alfred tardó tres segundos o cuatro en responder porque en ese momento tenía la mente ocupada con la contabilidad de dicha caja.
-Hasta mañana cielo -la miró de soslayo. Luego, antes de que saliera a través de la puerta, se atrevió a sugerirle algo más.
-Si te sientes sola, puedo acompañarte esta noche, aunque tenga que dormir en el butacón.
Nancy le miró y sonrió. Sabía que le gustaba a Alfred, y a ella tampoco le parecía feo él, y además, era muy simpático y siempre estaba de broma.
Scott, o quien quiera que fuera en este momento, dejó transcurrir la conversación y siguió a Nancy también a través de la puerta. La sonrió cuando la tuvo unos segundos de frente, pero ella pareció no verle. Se abrigó ajustándose la rebeca al cuerpo, miró a ambos lados de la calle y comenzó a andar deprisa los cincuenta metros de distancia que había hasta su casa. Scott la llamó, primero suavemente y luego a gritos, pero Nancy no le hacía caso, daba la sensación de que no le viera. Entonces, pasaron por delante del escaparate de una tienda de electrodomésticos cuyo cristal hacía de espejo y se dio cuenta de que su cuerpo no se reflejaba. Aquello le aceleró el corazón y le produjo ansiedad. Por más que se interponía en el trayecto de Nancy y la hacía aspavientos con las manos, era espectador de que ella no se daba cuenta absolutamente de nada; no podía ver siquiera la sombra reflejada en las tinieblas de la noche.
Subieron las escaleras de la antigua vivienda hasta la tercera planta. Al pasar por el portal, la entidad informe de Scott se acordó de la atroz muerte de Jerry, acuchillado salvajemente por la espalda. Recordó el chorretón imponente de sangre que invadió en poco tiempo ese rellano. Nancy iba pensando en Alfred todavía, pero eso únicamente podía saberlo ella. Abrió la puerta de su vivienda y comenzó a desprenderse de su ropa, que olía a fritura. Scott clavó la mirada en ella como quien la clava delante de la mayor obra de arte esculpida en la historia. Tras el vestido quedó su cuerpo cubierto únicamente por la ropa interior.
La mente de Daniel a este lado del océano era un hervidero durmiente. Daba vueltas de un lado a otro de la cama y, en su fuero interno se debatía entre la duda de si su presencia era real o no en alguna parte. Metido como estaba en ese otro entorno que no sabríamos muy bien si denominar onírico, su gran incertidumbre residía en asimilar la asunción existencial propia. Dicho de otra forma: no sabía quién era, y lo más importante, comenzó a sospechar que lo que vivía muy bien podría no ser cierto y solo formar parte de una proyección mental, aunque a pesar de todo le daba la sensación de que era capaz de disfrutarlo sin echar de menos nada, más que el hecho de que Nancy pudiera verle.
La observó desnudarse completamente; aquella era la primera vez que él podía verla tal y como era, desde los pies a la cabeza, situación que le hizo considerar que era más bella aún de lo que había imaginado. Disfrutó observando cómo se metía en la ducha, y se excitó con la sensualidad de sus propios movimientos mientras se enjabonaba todo el cuerpo. Scott decidió meterse en la ducha también y la tuvo tan cerca que se le cayó hasta la baba de la boca mientras descubría cada curva y cada poro de su piel bajo el agua caliente: sus tersos senos, el ombligo sensualmente elíptico y esa delicada curva de su vientre; llevó la cara a su regazo y besó cada centímetro de su piel. Daniel sintió entonces algo placentero que le surgía de algún lugar, algo similar a la corriente templada de un río que iba derramando sus aguas en algún lugar. Era consciente sólo a medias, porque el peso de esa vivencia era mucho más profunda, y en definitiva, era todo lo que su contraparte había soñado siempre: Nancy había sido suya de alguna forma, aunque era consciente de que aquella forma de vida era un tanto incompleta. Pero eso no sabemos quién de ambos lo deducía; posiblemente fuera Daniel, y si nos atenemos a lo que hemos leído hasta ahora, podemos deducir que aquella dimensión no iba a satisfacerle nunca porque, desgraciadamente, se debatía en un mundo de sombras.
La mañana recibió a Daniel con una mácula en su pijama y los deseos de no olvidar el sueño para poder plasmarlo en las páginas vacías de aquel extraño cómic.

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Una vez acabado el trabajo sobre aquellas páginas blancas, volvió a sentirse vacío. Tomó el cómic en sus manos y fue paseando la vista de viñeta en viñeta, recordando cada momento especialmente significativo de aquel viaje mental que había sido reproducido dentro de ese otro escenario enclaustrado, entre los límites de cada cuadrícula.
De repente notó que algo le oprimía el pecho y que una fuerte congoja le invitaba a llorar. Jamás se había sentido tan triste, pero esa mañana solo deseaba regresar a la cama y no volver a salir nunca de ella. Demasiado trágico para tratarse de un adolescente.
Su madre le llamaba porque ya era muy tarde, pero él se tapaba los oídos debajo de la almohada, o con sus mismos dedos, y es que aquella voz le molestaba casi más que cualquier otra cosa en el mundo. Pero eso no era todo. De manera incomprensible, Daniel comenzó a notarla ajena, de forma que la voz de su madre se confundía en su interior con la de cualquier persona extraña.
A todo esto hay que añadir que, a pesar de que la habitación se encontraba medio en penumbra, se percató de que una insólita sombra totalmente opaca y cada vez más pesada comenzaba a salir de su boca. Daniel sintió que, lo que en un principio era simplemente humo negro tomaba cuerpo y le iba enfermando en décimas de segundo, como si la vida se le escapara de sus entrañas. Su corazón comenzó a cabalgar, y podemos asegurar que, de no haber disfrutado de los beneficios de la juventud habría muerto por los inhumanos esfuerzos. Tras esto, contempló con terror cómo esa negrura adoptaba la forma de un ser humano, moviéndose lentamente y arrastrando con ella incluso a pequeños objetos que se encontraba por el camino. Esa figura llegaba a tener cierta densidad propia.     
-¡Vamos; levántate ya que es muy tarde y me tengo que ir! –le gritaba su madre desde algún lugar de la casa. Se incorporó como pudo de la cama, con los ojos como farolas ante la endiablada presencia que tenía justo enfrente, una figura tan sumamente negra que incluso llegaba a convertirse en opaca. A pesar de que no se moviera en ese momento, Daniel tenía la sensación de que ese espíritu maligno le estaba observando; es más, sabía que le esperaba pacientemente, y era incluso capaz de adivinar sus malvadas intenciones.
- ¡Daniel, como no salgas en un momento, entraré yo! –gritó su madre. Entonces, llegó a presentir una mueca pérfida en el gesto de esa entidad. Presintió que eso era precisamente lo que ese ser venido de los inframundos deseaba: que su madre entrara para proceder sobre ella con alguna clase de malignidad. Ante esto, Daniel gritó todo lo fuerte que fue capaz.
- ¡No pases mamá, por favor!
Pero su madre no entendía, ni lo hubiera hecho por mucho que le hubiera advertido alguien desde el otro lado de las paredes; eso solo habría sido factible si sus propios ojos hubieran sido testigos de lo que se cernía en el interior de ese aposento maldito.
- ¡Un minuto te doy!
- ¡No, mamá por favor, no pases, te lo ruego!
-¿Qué tramas hoy así de repente? –le preguntó ella en voz alta mientras se acercaba peligrosamente hacia la puerta de su habitación.
Daniel descubrió entonces una sonrisa macabra en aquella figura satánica.
- ¡Por favor mamá, no pases; no estoy solo, hay alguien malvado a mi lado que quiere hacerte daño! –gritó metido entre sollozos. Su madre se clavó entonces a un milímetro de la puerta, tocando con la mano el pomo de ésta y a tan solo un segundo de abrirla. Sin embargo, tuvo de repente la fortuna de presentir que, efectivamente, algo extraño se cernía al otro lado. Por otra parte, todavía estaban muy cercanos los acontecimientos luctuosos que habían acaecido sobre su marido y sobre Fermín. Un frío mortal pareció inundar todo el cuerpo de esa pobre mujer que, auspiciada por el temor que volvió a inundarle de recuerdos la mente, dio un paso hacia atrás, y luego otro, y así uno tras otro hasta llegar a la puerta de salida. Un tremendo escalofrío le recorrió la columna de abajo arriba, y toda la piel de su cuerpo se le erizó como si fuera de terciopelo.
Dentro de la habitación, Daniel y aquella ánima del diablo se miraban fijamente, templando un pulso recio que ninguno de ellos quería perder. El chico era consciente de que tenía en sus manos el poder de acabar con esa maldición de una vez por todas, y sabía que el cómo pasaba por sus lápices y todos los demás útiles de dibujo. Pero tenía ante sí una desgraciada realidad porque, había acabado literalmente con las páginas en blanco de aquella publicación macabra y no disponía allí de papel alguno. Así las cosas, era consciente de que no podría continuar con la historia, cuya resolución última hubiera estado controlada convenientemente por él mismo.
Aquel espíritu de las tinieblas sabía bien qué pasaba por la mente del adolescente, de modo que, al percatarse de que este ya no era capaz de controlar sus designios, comenzó a reír de manera extraña, porque era una risa muda, una risa que necesitaba de alguien que la expresara en un cuerpo físico, o en su defecto sobre el papel. Pero Daniel creía sentirla dentro de sus sienes como el clamor metálico de un martillo sobre un yunque. Desde allí escuchó cómo se cerraba la puerta de entrada a la casa tras los pasos de su madre. Después de un par de minutos en los cuales no dejaron de enfrentarse en un pulso glacial la apariencia y él, escuchó también el sonido de una piedrecita sobre el cristal de la ventana. Hizo intentos por mirar porque intuía muy bien de quién podría tratarse, pero era sabedor de que no podía apartar la vista de esa penumbra, porque eso era precisamente lo que en este momento la retenía en aquella dimensión y en aquel lugar en concreto. Todo en su espacio y en su vida eran percepciones y apreciaciones clarividentes que iban más allá de lo puramente material.
Pasó un tiempo amargo e interminable para el adolescente en el cual logró mantener el pulso sobre aquella cosa tan extraña como malvada. Al cabo de unos diez minutos más –que le parecieron insufribles-, escuchó la voz del teniente de policía –que había llegado acompañado de otros dos agentes-, que se mostraba demasiado voluntarioso para actuar, sobre todo teniendo en cuenta que no podía hacerse a la idea de lo que tenía por enemigo en ese momento. Comenzó a expresarse el caballero con una actitud sobrada que pretendía ante todo llamar la atención y la admiración de Bárbara, que se encontraba a su lado.
-¡Voy a entrar, Daniel; no te preocupes!
-¡No lo haga o morirá! –clamaba el chico advirtiéndole en serio de lo que le iba a suceder con toda seguridad. Pero el agente de la ley y el orden no parecía hacerse cargo en toda su extensión del peligro a que se enfrentaba. Por otra parte, aunque lo hubiera intuido mínimamente, ya metidos en faena y delante de la persona a la que intentaba impresionar y –dicho claramente-, conquistar, no podía echar marcha atrás. De repente Daniel escuchó otra voz más que se sumaba a las que hemos enumerado bastamente. Era la voz de un anciano oriental al que conocía muy bien el chico, el cual había intuido lo que sucedía allí en ese momento a través de uno de sus profundos ejercicios de meditación trascendental. Llegaba con un cuaderno en blanco y útiles de dibujo. El teniente intentó echarle a la calle, pero el muchacho le suplicó que no lo hiciera; sin verle siquiera, fue capaz de identificar rápidamente que la solución a todo ese tremendo brete pasaba por sus manos y su poder mental. Sin embargo, a pesar de que el agente hiciera caso de las súplicas de Daniel acerca de contar con la presencia del chino, él mismo se fue preparando junto a sus colegas para entrar en la estancia. Entretanto, el anciano tomó asiento en la mesa del salón y se dispuso a dibujar con tanta presteza como pudo sobre esas hojas. Lo primero que dibujó fue al mismo teniente brutalmente atenazado por unas manos nacidas de la penumbra que partían literalmente sus vértebras cervicales. La madre tuvo tiempo de darse cuenta de la escena que se enmarcaba en aquella cuadrícula, justo en el momento en que el galán penetraba al interior.
- ¡No lo hagas! –le gritó. Los agentes que le acompañaban palidecieron por momentos y no se atrevieron a otra cosa más que a sujetar de manera temblorosa su propia arma.
- ¡No te preocupes, cielo; sacaré a tu hijo de ahí! –y con esto, accedió al interior sin pensárselo más veces.
Me duele describir lo siguiente porque, a pesar de todo, nos hubiera gustado seguramente que Bárbara hubiera sido feliz a su lado, pero, desgraciadamente, hay momentos en la vida que merece la pena hacerle caso al buen juicio ajeno o, en su defecto, al resultado de una profunda introspección propia, y está claro que lo menos indicado en todo caso es dejarse llevar por el incauto poder de la seducción en cualquiera de sus formas, ya que a veces nos empuja por la vía de la inconsciencia, de la misma forma que a otros la adrenalina les impulsa a tirarse de un acantilado o a hacer cualquier otro tipo de imprudencia.
El caso es que al pobre teniente no le dio tiempo ni de verle la forma a su enemigo, entre otras circunstancias porque, una penumbra dentro de otra solo se delimita por matices de grises más o menos oscuros, y así, la oscuridad también fue cegando la visión de aquel señor interesante al que, en poco más de dos minutos comenzaron a temblarle las extremidades sin haber disparado una sola bala; se le amorató la cara hasta desprender sangre por cada uno de sus poros y se le escapó la vida al fin, mecido como estaba en el aire y entre estertores de angustia. Daniel hizo casi todo lo que pudo, si bien no se movió del lugar en el que llevaba ya mucho tiempo.
Los gritos de la madre no cesaban de producirse, y sus lloros, como siempre, le sonrosaron la piel de su cutis de forma que resultaba, por decirlo de alguna forma, arrebatadora. Uno de los agentes la tomó entre los brazos y limpió sus cachetes con sus propios dedos, lentamente y sin abstraerse de mirar lo bonita que era. Era un chico muy mono, alto, moreno y con tres barras en sus hombreras.
Daniel, mientras tanto, siguió manteniendo el pulso con la mirada sobre esa bestia de los abismos, pero ya comenzaba a encontrarse extenuado. Así lo hizo saber en voz alta para que el chino se hiciera cargo del tiempo de que podría disponer. El oriental gritó una sola pregunta.
-¿Es una sombra, verdad?
-¡Sí, sí, por favor!
Aquel anciano había comenzado ya la disposición de las siguientes cuadrículas, haciendo un alarde compositivo que, en otras circunstancias, hubiera necesitado de mucho más tiempo. Pero eso era precisamente lo que le sobraba: profesionalidad. Conocía bien el barrio del Soho norteamericano porque había vivido allí; confirmemos ya la obviedad de que fue él mismo quien vio al dibujante de Scott llevar el cadáver del amante de su madre hasta aquel vertedero en penumbra. El viejo, efectivamente, era un perfecto dibujante. De hecho había pasado toda su vida manejando las técnicas del esbozo y había sido el mejor compañero profesional de John Carrados, verdadero protagonista de aquella historia inacabada entre bastidores de papel. El abuelo sabía muy bien que aquella sombra no era otra cosa que el espíritu martirizado de John interpretando posiblemente un encargo que entretenía a los señores de los infiernos.
De repente y según iba dando forma a esa siguiente viñeta, comenzaron a escucharse voces cavernosas que salían de cualquier rincón de la casa. Eran voces imperiosas algunas veces, otras suplicantes y solícitas a no hacer nunca más algún mal sobre nadie. Pero ese hombre octogenario conocía bien a aquel que hablaba y, podía hacerse una idea de quienes eran ahora sus embusteros compañeros de camino, por tanto, con mano firme siguió dibujando la viñeta y, empleando una fórmula que conocía muy bien y que tantas otras veces había utilizado, perfiló la silueta en negro de un ser que salía impulsado de aquellos reductos de tinta y se metía dentro de otro escenario diferente. Un paisaje de blancos y negros donde sus calles permanecían todavía en la penumbra de la noche, pero se descubrían ya lentamente ante la alborada, y donde locales como por ejemplo el bar donde trabajaba una chiquilla muy atractiva llamada Nancy se dispondrían a abrir las puertas en breve.
La voz sensual de esta chiquilla se escucho también a este lado del océano,  de manera voluptuosa y diría que envolvente. Era una voz que expresaba deseos de ser abrazada por un chico como él, de sentir sus caricias y sus besos. Sonaba  tan arrebatadora y seductora que Daniel acabó perdiendo la consciencia y la concentración cuando escucho las súplicas de ella por ser poseída. En ese momento, Nancy también tenía un extraño sueño erótico allá en Nueva York. Estaba a punto de despertarse pero, sin saber por qué, como ocurre en la mayoría de las ensoñaciones, proyectó esa imagen y esas palabras sobre la mente de Daniel a través de la malvada inducción de aquellos seres de lo profundo. 
Y aquello bastó para que Daniel perdiera la partida, pues su concentración se derrumbó: La sombra volvió a introducirse dentro del cuerpo del pobre joven justo antes de que el chino  acabara la viñeta en la que aquella mancha desaparecía en las calles del Soho. Todo había sucedido demasiado rápido y, una vez más, las artimañas del maligno habían vencido a un pobre mortal de tan solo quince años.
Cuando entraron en la habitación la encontraron vacía completamente con la excepción del cadáver del teniente. Las sábanas se esparcían por todo el suelo en una señal clara de la brutal lucha que se había efectuado allí. La ventana estaba cerrada y anclada desde el interior. No había nadie debajo de la cama, ni en el interior de los armarios ni en ninguna otra parte, pero Daniel había desaparecido.
La mujer de desvaneció entonces por completo entre los brazos de aquel apuesto agente que la observaba mientras tragaba saliva. Su belleza era extrema, bárbara, como su nombre. Todos se miraban entre ellos con actitud inerme y confusa. Pero el anciano sabía muy bien donde se encontraba ahora su puesto y qué debía hacer antes de que acabara su vida. Al día siguiente, desde la ventanilla del avión volvió a ver Central Park, y más allá los edificios que arañaban el cielo entre nubes bajas. Mas a su izquierda el rio Hudson con su negrura habitual, tan negro como el color de la sombra que debía cazar y despojar de aquel cuerpo para siempre.
Aquella tarde, fue Nancy quien se le acercó.

- ¿Qué desea tomar?