miércoles, 17 de agosto de 2016

La soledad de Coral (Un encargo para una obra de Gloria Grau)




 "La soledad de Coral"



 




Una mañana muy temprano me ocurrió algo extraño. Escuche algo parecido a un susurro que parecía partir de algún lugar sin coordenadas. Era como si lo sintiera flotar desde cualquier parte donde me encontrara. Creí sentirme observado, de modo que me incorporé de la cama, todavía desnudo en el cuerpo y el pensamiento, y descorrí las cortinas de mi habitación para dejar penetrar a través de ellas las primeras pinceladas del sol naciente. Tapé un momento mis ojos con las manos para intentar tomar conciencia de qué me ocurría. Después, seguí hipnotizado mirando a través de la ventana el lejano bailoteo de las aguas, y de repente, de algún lugar brotó un fuerte viento que formó remolinos allá en el exterior, impulsando la hojarasca y hasta la arena estéril de la bahía, y acto seguido alguien pareció haber tocado a mi puerta, desde el exterior, como si emitirá susurros con la palma de la mano. Me dirigí hacia allá, frotándome el cuerpo tras un extraño escalofrío. Lo que encontré fue un simple sobre que se había colado por entre la puerta en cuyo interior decía escrito:

“La soledad de Coral
Desde las profundidades de los mares acerados, cuando el sol se retira a descansar tras los múltiples horizontes diáfanos y la luz del día emite sus últimos reflejos agotados, se escucha a veces una sutil sintonía rítmica y placentera a modo de oleajes macilentos que parecen perderse en el infinito mundo de los sentimientos.
Si por circunstancias del destino alguna vez sientes que el desamparo quiere abrir sus fauces sobre tu vida y te embarga la letal impresión de un vacío interior, o si simplemente escoges el camino de la huida como aliento de libertad, entonces, navega relajado y deja que el viento te conduzca hacia ese horizonte que parece no tener fin. Percibe de manera sensitiva el rosario de evocaciones que se despliega como regalo en el aire que respiras, o tras las frescas balumbas marinas que dibujan remolinos a modo de cortinas tras las que es velada su mágica presencia.
Allí, tras esas acuosas celosías se oculta quien en su soledad siente bullir su agitada alma como si no encontrara suficiente espacio en los vastos océanos, quien a través de sus caracolas acariciará sin duda tus oídos a modo de sonata, o quien será la causa de ese aterciopelado y sensual abrazo que te abrigue ante los gélidos desalientos, porque su alma es imperecedera y no logra atenerse a más norma que la que fluye impasible de su epicentro volcánico, por cuya causa parece retener en una sola gota de mar la suficiente energía como para eclosionar mundos paralelos y hacer resucitar la vida misma. Entre sus brazos encontrarías sustento para vivir mil años despierto; sus besos derretirían tus labios con solo ser acariciados sutilmente y su pecho provocaría en el tuyo la inmanencia del gozo eterno.
Pero su esencia es la soledad misma, y la complejidad de su alma trasciende el entendimiento humano como si fuera una diosa reservada para el postrero olimpo, el edén de los inmortales cuya visión y sentimientos ignora el espíritu humano; podría volar sobre las aguas como nadar por el ancho cielo, hacia las nubes esponjosas o entre las más oscuras y gélidas profundidades. Se siente deseada por los que adivinan alguna vez en su vida un simple atisbo de atemporalidad que trascienda a su cuerpo, y en el interior de ella misma sonríe placenteramente, pues la paz que nace de sus entrañas se muestra abierta y deseosa también de ese abrazo cálido que vaga y se difumina como acuarela entre las aguas saladas. Es extrañamente apetecible, e incluso principio y origen de disparatadas decisiones ajenas, pues más de uno alguna vez escuchó el eco de sus caracolas emitir la llamada partiendo de entre las depresiones marinas, o quizá la demencia del deseo les hiciera ver sus ojos y labios grandes a través de la espuma salobre, y esta y no otra fuera entonces razón de más para el suicidio, pues pretender encontrar sus abrazos, sus besos tiernos o sus orgásmicas caricias solo está al alcance de esos contados inmortales que lograron trascender en el espacio la materia o el mismo tiempo.”

Desde entonces siento deseos de encontrarla. Algunas veces en los atardeceres tomo mi pequeña barca y remo plácidamente hacia la lejanía, pero cuando dejo de ver nítidamente la costa y comienzan a desperezarse las primeras estrellas, siento miedo de perderme entre los paroxismos de la locura y los deseos de buscarla entre las aguas. Entonces, navego otra vez de vuelta como si fuera un niño que huye de alguna fantasmal presencia, me arropo entre cálidas sábanas y la amo en la soledad.

miércoles, 20 de julio de 2016

La chica del lago. (Para una obra de Gloria Grau)

 La chica del lago
Un pequeño y humilde relato para una magistral obra de mi querida y admirada amiga Gloria Grau Ruiz


Hay lugares que, por ser frecuentados en la niñez o por estar atados a algún acontecimiento de la vida, pasan a perpetuar su imagen en nuestro recuerdo y, aunque creamos tener la sensación de haberlos perdido o sentirlos simplemente lejanos e imperceptibles, un día toman protagonismo e incluso acaban abriéndose paso en el presente hasta el punto de convertirse en obsesión.
Esto fue lo que me ocurrió cierta vez mientras caminaba absorto en la lectura de un viejo y polvoriento libro de Bécquer que permaneció oculto durante décadas en la librería de la casa que perteneció a mi abuelo.
A propósito de esto último debo decir también que fue grande la alegría que obtuve al rescatarlo de entre otros viejos tomos polvorientos, sobre los cuales reposaba otro gran recuerdo suyo que me retrotraía a la infancia: un bonito reloj de bolsillo que le perteneció y que parecía haber parado su cansado caminar el mismo día en que él dejó la vida.
Tal como digo, aquel día, esa coyuntura obró sobre mí a modo de puerta hacia un pasado dormido y desconocido, y puedo asegurar que fue a través de mis complacidos ojos por las letras del genial narrador por lo que abrí de manera abstraída el vínculo con los hechos que paso a relatar, que se encontraban escritos a pluma y sobe papel de carta con el nombre de mi abuelo como destinatario. Al final de la misma le acompañaban unos recortes de prensa de un diario que se publicaba en la primera década del siglo XX y que describen el luctuoso suceso de la muerte de un joven entre las aguas profundas del lago. Aquí les dejo por tanto la transcripción fiel de aquellas confesas palabras para que cada uno saque las conclusiones que mejor consideren:
“Querido amigo:
Cuando la luna es dorada en las noches frescas de verano y se alza de manera presuntuosa y llena de luz sobre las opacas aguas del lago, parece poseer similares características a las de cualquier astro que tuviera luminosidad propia. En esas noches, el clima da la sensación de ser más templado y el embrujo que ejerce su cálido reflejo sobre el entorno parece invitar a nadar sobre las tranquilas aguas desde donde se contempla a sí misma de manera presumida.
Algunas noches como esas solíamos reunirnos para pasar un agradable día de campo rodeados de naturaleza, comida, alcohol y buena compañía. Muchas de esas escapadas acostumbraban a acabar profusas de griterío, danzas y jugueteos entre la exuberante vegetación que lo rodeaba todo. De hecho, el pie de esas higueras y la espesa y frondosa flora fueron testigo de los apasionados retozos en los que acababan la mayoría de nuestras reuniones.
Pero desde que conocí a Minerva puedo jurar que dejó de interesarme mujer alguna. Su cabello dorado brillante parecía contener todo el espectro lumínico de cualquier estrella y atraparlo con egoísmo. Cuando corría tras ella, envueltos ambos en los más apasionados escarceos, muchas eran las veces que por la fascinación me parecía creer retenerla en la membrana de mis ojos como si se moviese a cámara lenta, en tanto que su cabello daba la sensación de flotar sobre el aire. Al final siempre era mi boca la que buscaba con ansiedad sus labios ardientes y mis manos la caricia de su piel tersa y de tacto delicado. La mayor parte de las veces acabábamos tumbados sobre la hierba fresca, desnudos y sedientos de deseo mutuo. Nada parecía haber existido antes y nada imaginaba después de ella si no era a su lado. Minerva era mi vida y por tanto lo era todo. Lo único que deseaba desde que despertaba cada mañana era verla a mi lado, escrutar entre el perfume femenino de su cuerpo, acariciar su piel de seda y contemplar cada uno de sus gestos como si lo necesitara para seguir viviendo dentro de tan imponderable realidad.
Una de aquellas noches de verano, mientras descansábamos rodeados de las mismas amistades de siempre y con la nulidad mental que da el abuso de ciertos narcóticos, parecieron perderse entre mis ensueños los gritos de Minerva, y juro que no pude siquiera incorporarme para llegar hacia ella pues así de torpe era mi raciocinio, y de esta manera el de todos cuantos nos acompañaban. Lo cierto y trágico es que en la madrugada, cuando pareció volver la consciencia a nuestros sentidos, fuimos testigos de la terrible pérdida de aquella a quien amé y tuve entre mis brazos hacía sólo unas horas. Su tez cadavérica, sus ojos abiertos como cuencas de mirada aterrorizada y estática y su cuerpo desnudo, flotaba inerte sobre el remanso rocoso y las escaleras de un viejo embarcadero contra el que rompían pequeñas olas.
Muchas veces he vuelto a ver su rostro inmutable y blanquecinamente espectral en las noches en las que la pesadilla me ha despertado con el desdichado recuerdo de lo que debería haber sido una jornada lúdica más, y siempre volvía a mi memoria su mirada de ojos abiertos como puertas de entrada al más allá, y puedo asegurar que esa visión no me abandona jamás y me produce un dolor rayano con la misma muerte también. Desde entonces no he sido capaz de borrar de mi mente su rostro, y sobre todo –insisto-, esos ojos abiertos como si fueran de cuarzo, una mirada vacía y vidriosa que me acompaña a modo de tortura.
En las noches de insomnio, es la instantánea de su cuerpo desnudo flotando sobre las gélidas aguas del lago lo que me hace permanecer despierto hasta el alba. De nada me sirven entonces los ansiolíticos que el doctor me recetó, ni la terapia que recibí durante algún tiempo de otro ignorante profesional. En esas ocasiones lo único que escucho es el sonido del reloj de pared marcando las horas y el fluctuante balanceo de su péndulo.
Aún siendo consciente de que esto no puede durar eternamente, puedo asegurar que me siento desesperado e impotente, y las más de esas noches acuden a mi rostro caudales de lágrimas silenciosas que a buen seguro podrían haber llenado otro lago. Sin embargo, una noche no muy lejana soñé con ella. Paseaba descalza sobre la arena que circunda el embalse, en el mismo lugar por donde accedió a esas aguas el día que perdió la vida. En el sueño volvía a ver reflejada en su imagen toda la alegría que tuvo en vida. Sus piececitos redondos dejaban marcas en la tierra y su cabello volvía a volar sobre el aire fresco de un posible atardecer de verano. El sol rojizo se ocultaba más allá de las montañas, cuya nieve de otra época habría sido ya derramada sobre la laguna. El suave tintineo de las aguas reflejaba la imagen del paisaje circundante como si fuera un espejo de cristal metálico y brillante.
Recuerdo que correspondí a su sonrisa con otra igual que salió de mis labios como si con ella le entregara la vida. Siguió caminando como digo hacia el lago y comenzó lentamente a meterse entre las aguas: primero sus delicados pies, luego sus piernas y caderas, más tarde su torso, y mientras hacía esto mi corazón comenzó a latir con la fuerza de un caballo salvaje.
No me dirigió ninguna mirada más mientras continuaba penetrando lentamente hacia la profundidad de sus abismos. Quise avisarla y atraparla por la cintura hacia el exterior, pero algo parecía impedírmelo, como si alguien me sujetara con fuerza desde atrás, y cuando creía haber conseguido desasirme de esa fuerza invisible, mis movimientos eran tan perezosos que se me hacía imposible llegar hacia ella.
Poco a poco las aguas parecieron cubrirla completamente hasta quedar oculta y engullida por el fondo acuoso, y entonces, sentí que la había perdido para siempre.
El sepelio fue de lo más lamentado que se recuerda en toda la comarca. Hubo una procesión que parecía interminable de almas enlutadas que seguían al ataúd de manera compungida, envueltas entre gritos de desconsuelo que por sí mismos eran capaces de derretir el más pétreo de los corazones.
Aquella mañana de verano será recordada siempre, y seguro que habrá pluma que logre describirla mejor de lo que lo hace la mía porque, hasta el cielo pareció cubrirse de oscuros nimbos y de entre las entrañas de la tierra emergió una opaca niebla que convirtió en grisáceos los bellos colores de ese triste amanecer.
Desde lejos presencié el lento caminar de los asistentes y escuchar el relinchar de los caballos, que portaban tras ellos su morada de caoba y bronceados guarnecidos hacia su reposo eterno. Desde lejos oculté mi presencia, mis sentimientos, mi sentido de culpabilidad y el profundo abatimiento por no haber sido capaz de acudir en su ayuda.
Con la lentitud de sentirse dentro de la eternidad el cortejo llegó al cementerio, y desde una de aquellas lápidas seguí observando cómo subían a hombros la caja y la dejaban caer sobre el hueco húmedo y oscuro. No puedo describir la pena que me embargaba pues, si digo que deseé caer sobre ese hueco terroso y morir también no mentiría en absoluto. Lloraba de manera agónica y gritaba maldiciendo al mismo Dios por haber consentido esa gran tragedia.
Durante todo el sepelio permanecí oculto, y parece que nadie me echo de menos. Más tarde comenzaron a marchar de allí, con el mismo pesar con que vinieron y henchidos los corazones de tanta consternación como nadie podría imaginar.
Cuando comenzó a caer el día todavía me encontraba allí, al pie de su tumba fresca y plagada de flores amontonadas: ramos, coronas de rosas rojas, blancas y amarillas; claveles que ocultaban finalmente la tierra aledaña formando un circulo fastuoso que emitía un perfume penetrante y embriagador.
Poco a poco la tarde se fue ocultando tras los rayos de un sol menguante, y los oscuros ropajes de la noche extendieron su manto suavemente por todo el contorno. El tono anaranjado del atardecer fue poco a poco absorbido por los azules profundos y una espesa niebla comenzó a cubrir lentamente el enrejado gótico del cementerio; pintó con una contumaz pátina grisácea los tonos terrosos de las lápidas y regó la nutrida tierra con pinceladas acuosas que parecía diseminarse como si se tratara de una miríada de zafiros radiantes.
Confieso que a aquella hora me sentía adormecido; tanto era así que se me hacía imposible el incorporarme pero, de repente, comencé a percibir un sutil remolino que en un principio se confundía con el ambiente neblinoso que lo envolvía todo. Partió desde el interior de la blanca losa de mi amada y continuó alzándose por encima de ésta hasta la altura de mis ojos. Parecía moverse lentamente, como si siguiera los pasos de una danza inaudible. Giraba sobre sí mismo y, aún pareciendo que fuera a mezclarse con la calina, siguió girando y girando con aparente idéntica textura. Poco a poco pareció ir cambiando el color y su manifestación física hasta moldearse con la forma de una silueta de mujer, cuyo rostro fue definiendo sus rasgos hasta terminar perfilando los de mi idolatrada Minerva.
No he de mentir si digo que en un principio el terror me embargó por completo pero, tras esto, algo se apoderó por completo de mi voluntad hasta hacerme seguirla a través de multitud de losas descompuestas y lápidas plagadas de algas, musgo y óxido. Tras el camposanto nos adentramos en el bosque entre cuyos árboles tantas veces nos habíamos perdido, al lado del lago. Seguí sus pasos bajo una plateada luna que me alumbraba con la intensidad de mil farolas. Al adentrarse allí, giró sobre sí misma y me miró fijamente. Pareció sonreírme, aunque era más una expresión de sublime dulzura. Más tarde, avanzó unos pasos hasta tocar con sus pies las cristalinas y heladas aguas que llegaban en pequeñas olas. A medida que se iba adentrando su fisonomía parecía adquirir la apariencia de haber vuelto a la vida. Cuando cubrió su cuerpo totalmente con la masa acuosa pude verla de nuevo como si no hubiera ocurrido nada, como si gozara de la misma vida de siempre.
Crucé las aguas a nado siguiendo su estela y la abracé y besé. Nada más puedo decir de aquel día pues, tras este indescriptible momento pareció desaparecer de mi lado como si todo hubiera sido un sueño.
Cada tarde acudía a su encuentro como si en verdad se tratara de una cita, y cada noche su aureola etérea circundaba de igual forma alrededor y se perdía lentamente a través de los campos para repetir la escena narrada y darme la oportunidad de volver a tenerla.
Pero una noche hizo algo más: se dirigió hacia un embarcadero de piedra donde unos escalones daban acceso a un pequeño dique de contención. Cuando subió la escalinata, pude ver que su cuerpo parecía seguir siendo humano y estar tan vivo como lo estuvo días atrás. Se sentó sobre ellas y tapó sus ojos inertes con una especie de cinta. Entonces, me acerqué a su lado y de rodillas besé sus manos y las llevé hacia mi rostro. Describir esos momentos y sensaciones me sería del todo imposible pues imposible es por ende describir lo divino. Sólo sé que quise morir allí mismo, y tengo la seguridad de que algún día lo haré para permanecer eternamente a su lado.
A medida que el calor del sol de la mañana fue secando las gotas de agua sobre su cuerpo, fue desapareciendo también su imagen, y desde entonces, aunque acudo cada noche al camposanto y me arrodillo ante su tumba esperando que vuelva a resurgir de entre la tierra, confieso no haber vuelto a verla. Luego, cuando la noche ya es cerrada, acudo a aquellas escaleras de piedra con ilusionada añoranza, dejando perder mi mirada en el horizonte de las aguas oscuras e inertes con la esperanza de encontrarla de nuevo.
Puedes estar seguro querido amigo de que, si algún día alguien me echa de menos, habréis de buscar mi cuerpo entre las plomizas aguas del lago, porque mi alma vagará libre y mimetizada entre el aire junto a la de mi amada Minerva, y entonces podréis asegurar fehacientemente que habré logrado permanecer a su lado eternamente.”
Comoquiera que la casa se sitúa muy cerca del citado lago y tenía para mí todo el tiempo de asueto que permiten treinta días de vacaciones, cada noche acudí al pié del pequeño embarcadero donde se supone que se sentaba aquella chiquilla. No puedo decir que viera nada semejante a fantasmales presencias pero, cada vez que se ocultaba el astro rojizo tras las montañas y se echaba la noche, un airecillo sutilmente fresco me envolvía y parecía acariciar mi piel produciéndome escalofríos. Entonces, perdía mi mirada a través de sus metálicas aguas profundas y oscuras y me gustaba imaginar que entre la miríada de puntitos brillantes como círculos que dejaba reflejar la luna, dos de ellos correspondían a aquellos eternos amantes a los que separó la inconsciencia y volvió a unir la pasión de un amor indecible.

lunes, 18 de enero de 2016

Desireé y el Cabo de la Esperanza. Enero 2016

Desireé y el Cabo de la Esperanza. (Relato Corto) 



 Reconozco haber llevado una vida poco reglada pero, qué podría haber hecho al tanto, si nací con ese peculiar estigma que reconoce como signo o estrella la libertad por enseña. Desde pequeño sentí deseos de desasirme de los brazos cobijones, que trataban de mostrarse, sin darse cuenta de ello, en extremo cuidadosos y ávidos de una seguridad enfermiza.
Si he tenido la suerte de viajar tanto, quizá haya sido porque desde siempre lo deseé, y aunque al principio mis sentidos no fueran raudos en la observancia, con los años aprendí la costumbre de parar el tiempo y mimetizarlo con caudales de vibrantes ensoñaciones. 
Aquella vez, que fue la primera, desde las costas de Ciudad del Cabo, pasando por los bosques de Tsistsikamma hasta Port Elizabeth, divisé entusiasmado el mar más embravecido que jamás hubiera imaginado. Tanto me sedujeron sus aguas, que lo que habría de ser una mera redacción de un par de días, se convirtió, como por embrujo, en toda una vida de noches de asueto y holganza. Allí, en Uitenhage conocí a la inexpugnable Desireé, quien a menudo bajaba hasta la costa en su intangible soledad, meciendo sus largos cabellos y su piel de negro Shosa azabache. 
La primera vez que la vi acercarse, en la soledad de una noche de amplia luna que dejaba notas cristalizadas de plata sobre las ondulaciones del mar, emitiendo también reflejos entre las olas rompientes de aquellas pedregosas playas, la primera vez que la vi digo, confieso que sentí cierto miedo. Pareció salir de entre la espesura del bosque inexpugnable, de entre su turbulento ramaje, bajando despacio como fantasmal figura, vestida toda ella con un blanco tul transparente que le caía hasta los pies y lo arrastraba entre la arena, dejando tras de sí una sutil vereda que parecía provenir de los inframundos mismos, o como si hubiera salido de alguna cueva mágica que te incitara a explorarla.
Sentí en un primer momento deseos de ocultarme entre las dunas de arena, quizá por temor a la fantasmal visión de que era objeto, pero inmediatamente me di cuenta de que nada había sido casual quizá, pues ella, posiblemente necesitara la compañía de unos ojos que la observaran y apreciaran su escultural belleza; el mismo aire me hablaba con sus sonidos sibilantes, que acariciaba también mi piel con la sedosa aunque fría caricia de una noche de solsticio veraniego.
No escuchaba más que el ruido de las olas rompiendo cerca de mí, allí, en la completa soledad de los espectrales vacíos, y que se tornaron en epicúreos sentimientos a medida que se acercaba hacia donde me encontraba. Su rostro, de grandes labios carnosos y ojos rasgados fuliginosos, parecían perderse en la inmensidad del agua que delante de ella se mecía entre la oscuridad más absoluta y amenazante. Sentí temblores por todo mi cuerpo, que intentaba acallar, o quizá fuera una especie de frío interno el que me paralizó por momentos, mientras el aire se hizo viento y comenzó a azotar impulsivamente sobre el vacío, llenándolo de extraños aromas a almizcles y a perfumes de oriente, a viejas maderas y a fragancias de hierbas. Y mientras tanto, ella seguía descendiendo, pausadamente, como si el tiempo se hubiera interrumpido entre mis sentimientos, y ese mismo viento quiso arrojar el fino lienzo que la envolvía con un impulso violento, alzándose sobre nuestras cabezas hasta muy alto, tanto que acabé por no verlo. Pero ella siguió deslizándose de manera parsimoniosa, pisando con sus desnudos pies sobre la arena, y con cada pisada parecían quedar marcadas sus huellas con hilillos de agua salada que reflejaban a la vez, como diamantes, la luna inmensa.
Sentí como mi piel se erizaba hasta lo indecible cuando la tuve tan cerca, a dos pasos de mí, cuando su olor a mar inundo mis sentidos, cuando sus ojos me hipnotizaron solo por unos infinitos segundos, cuando me descubrí a mí mismo deseando besar esos grandes labios erectos, cuya sutil mueca me acarició como terciopelo, cuando el claroscuro de su pecho perfilaba la efigie granítica de su torso, como si de roca estuviera hecha; la vi pasar con su cadencioso caminar, y sus rítmicas caderas desnudas entrar en el mar, y la vi perderse entre su negrura electrizante y tenebrosa como si se camuflara entre la quintaesencia que le dio la vida.
Tres veces tuve la oportunidad de verla, cada una de las cuales, seguía su camino imperturbable hacia ese mismo mar hipnótico, y tres veces más fui incapaz de retenerla en mi soporífero letargo, y ya, vencido quizá por mi sentido de inutilidad inmensa, decidí visitar la pequeña localidad que tras esos paramos se encuentra. Caminaba por entre sus calles sin una ruta precisa y sin tener siquiera un porqué para hacerlo, hasta que di casualmente con una vieja librería, en cuyo escaparate volví o quise necesitar verla en la portada de un viejo libro de segunda mano. Cuando me interesé por el ejemplar, el dependiente me sonrió con júbilo, pero se negó a venderlo. 
-No está en venta –me dijo.
-Necesito saber quién es la mujer de su portada; solamente quiero eso…
Agarró el libro con infinita ternura y lo paseó por su nariz como si quisiera con ello embeber parte de su esencia. Volvió a sonreír mientras disfrutaba de la imagen de aquella mujer desnuda por un tibio velo transparente, cuya piel de ámbar penetraba en el más impertérrito de los sentidos.
-Desireé –pronunció nostálgico.
-¿Desireé? –pregunté desazonado- ¿Quién es Desireé; quién es?
-Ella es una leyenda amigo. Nadie ha conseguido verla, pero todos la sentimos caminar entre nosotros; es un espectro ambulante, errante, eterno. Es nuestra diosa de la sensualidad misma, es la que impregna nuestros sueños con la magia de la madre y de la amante a la vez; es la que sucumbió al amor que acabó matándola, y por ella fue por la que el bergantín errante feneció entre las aguas de la esperanza, de vuelta al cabo. Allí fue donde un Boer renunció a su cultura, a su religión y a su pasado; allí fue donde dimitió de su estirpe y arrojó su Biblia al mar, entre gritos desesperados, al ver como los cañones de la fusilería de sus coetáneos patrios segaron la vida de su amada. Desde entonces entró en locura y logró conseguir encallar su nave, guiado por una fe ciega en encontrarla, si no en carne, sí en el alma de los mares. Desde entonces, amigo, el holandés navega errante por entre las brumas de estos páramos perdidos, y la magia de su historia alienta nuestros deseos y excita nuestras pasiones. Pero nadie la ha vuelto a ver, porque dicen que solo lo hará con aquel que por designios del Creador, asuma la reencarnación del enloquecido marino que la perdió desdichadamente.
Mis ojos se cristalizaron conforme me hablaba, y él lo notó, por ello, me dejó acariciar las viejas hojas de ese libro, y también lo llevé hacia mi olfato, aspirando con profusión sus rancias páginas mientras rememoraba mi experiencia en la playa. Desireé, mi amada; por fin creí encontrarte.


Las noches siguientes, acudí como siempre a la playa que rodeaba el pequeño asentamiento donde me encontraba. Apenas un par de decenas de granjas diseminadas a lo largo de no más de seis kilómetros cuadrados, en las cuales subsistían sus habitantes como podían. Alguno de ellos llevaban allí afincados desde hacía generaciones, como el dueño del colmado, Luis Morales, descendiente de españoles, pero que tenía su raíz en los antiguos “Afrikaneres”, provenientes de Holanda u Alemania, y que ya a principios del siglo XVIII constituían una colonia que, ayudados por la suavidad del clima, fue creciendo.  Alguno de ellos, provenían de los antiguos establecimientos que promovió la Compañía de las Indias Orientales, con objeto de proporcionar una base de sustento a los barcos que, desde finales de la Baja Edad Media, recorrían sus costas en su incipiente comercio con las Indias. Alguno de aquellos “burgueses libres”, consiguieron labrarse un futuro con el cultivo de frutas y verduras, las cuales servían a las naves holandesas para sustento y medicina anti-escorbútica.
Sin embargo, no siempre había gozado esta zona del planeta de la paz que hoy ofrecía complaciente: A finales del siglo XVIII, la situación de estos agricultores pasó a ser caótica, ya que la Compañía de las Indias era, por sí misma, demasiado inepta a la hora de protegerles de los ataques de los Xhosas, por lo que se erigieron en repúblicas totalmente independientes. Sin embargo, aquello no tardó en complicarse pues, además de las batallas que aquellos colonos tenían con las tribus autóctonas, un nuevo refractario –y más fuerte en apariencia- se unió a las fuerzas enemigas. La Revolución Francesa extendió su expansión hasta las colonias, algo que hizo que algunos partidarios, como la casa de Orange, requirieran el auxilio de la potente marina Inglesa.
Escondidos entre la historia con mayúsculas, encontramos la pequeña historia de una bella mujer, a quien dieron por nombre Desireé, que nació fruto del amor secreto entre una esclava y un inmigrante Inglés, y que a la vez, tuvo la desdicha de encontrar el amor bajo el calor del cuerpo fornido de un marino holandés, que luchaba contra las tropas de la Armada en la reconquista de los territorios perdidos.
Desde la playa podía escuchar ella las encarnizadas batallas que se libraban en alta mar, y con cada uno de los cañonazos, su corazón se contraía sumido en la desesperación y la duda de volver a verle. Sin embargo, aquel marino, forjado con el temple de los maderos de su nave, rara era la vez que faltaba a la cita, que tenía su sentido único en las playas bárbaras de aquellas tierras, entre los rompientes rocosos, cuya espuma saltaba por los aires con una magnitud comparable únicamente a sus deseos de amarse. Cada noche que así ocurría, entre la bruma perpetua de aquellos lares, sus cuerpos se agazapaban y fusionaban, habiendo con ello podido deshacer mil glaciares; sus bocas se expresaban y besaban con la magnitud de quien pretende recoger la eternidad en una sola gota de océano, tan pequeña como lo eran las lágrimas de mar que expelían de felicidad en sus abrazos, dando con ello por encontrado el todo, y sin más pretensiones que ese espacio tan reducido de gozo.
Pero el destino era más cruento que los deseos, y por tanto, uno y otro parecían desfallecer con la aurora, y con ella, justo cuando su arcoíris se reflejaba sobre cada línea de sus cuerpos desnudos, sus femeninos pies desandaban lo andado, y otras manos apremiaban al desdichado oficial a abandonar aquellas tortuosas aguas. Y cuando el encuentro no se producía, o bien porque el mar salvaje no lo facilitaba, o porque algún barco enemigo era objeto de reyerta dentro de esa sinrazón, sus almas mismas parecían encontrar en la imaginación su lugar secreto de encuentro.
Aquella era la historia a grandes rasgos; la vida de aquellas dos almas unidas por la rebelión que ofrece la pasión de un amor frente a lo establecido. Aquellos los personajes, y yo, espectador deslumbrado por la experiencia de una visión hechizante, que parecía querer encontrar su epicentro en un lugar incógnito de mi pasado, llegaba cada noche fielmente puntual a mi cita con lo que parecía la nada absoluta.
Más de una noche creí dar por perdida mi esperanza, y entonces, subía por entre la frescura nocturna de las dunas hacia mi hacienda, que no era más que una mochila y un recuerdo cincelado entre mis cejas: el de su cuerpo desnudo, caminando hacia la playa como si buscara algo más que un sueño.
No lograba por tanto desasirme de tan epicúreo espectáculo, que parecía enraizarse con lazos de marino alrededor de mi propio corazón; de forma que, no dejé de asistir a mi cita, aunque en más de una ocasión lo quisiera dar por disipado, tanto como mi propia razón.
Pero una de aquellas noches, estando quizá a punto de cejar en el empeño, apremiado por las deudas y la caridad del tendero, quien me alimentaba ya como a un hijo, una de esas noches, allí, sentado sobre un rompiente, cuyas rocas habían sido cinceladas por el liquido y salado elemento que meció también el bergantín en su tiempo, también bajo la luz de otra luna llena, con el rumor de las olas que parecían expeler palabras recónditas, que provenían de la negra espesura incógnita de un aterrador mar, vi como se abrían las aguas, y cómo la niebla se rompía poco a poco por el destello de una teas, que daban luz, además, a mi consciencia.
Unas espectrales figuras humanas parecían contorsionarse con el balanceo continuo de la barca, de un lado a otro, impulsados por los bravos vientos y las corrientes del interior de esos mares. Sus cuerpos harapientos, ocultaban a duras penas sus descarnadas figuras, asidos de grandes remos, que empujaban en vertical sobre los escollos de sus poco profundas aguas.
De repente algo me llamó sin utilizar ni una palabra. Giré la cabeza y la encontré a mi lado, como aquella vez primera, como aquellas otras veces, tan linda e inexpugnable, con la mirada perdida en un ensueño, por el que hubiera dado mi alma por adivinar. Mi cuerpo se erizó en cada milímetro de su piel, y debo confesar que sentí miedo; mucho miedo. Sus ojos eran hermosos, negros como su cuerpo, pero su mirada era fría, vacía, exenta de vida. Ella era sólo un espectro, un pasado que se ancla en el espacio, una nota que se repite hasta el final de los tiempos, hasta el infinito. Tras esos primeros momentos, en los cuales pude haber fallecido solo por el terror inmenso que me inundo cada partícula de mi cuerpo, sentí deseos de tocarla, y alcé la mano para hacerlo, pues la tenía a no más de dos pies de distancia, pero cuando lo hice, mis dedos atravesaron su cuerpo, como si fuera parte de la niebla, de la fría bruma de ese otoño. Y la perdí, sí, aunque me hubiera gustado escribir que inicié un viaje a través de aquellos oscuros mares hacia un destino incierto, pero no fue así, porque ella se alzó a la barca, ayudada por las descarnadas manos de aquellos marinos muertos, y tal como vinieron, se perdieron entre la noche.
Pero, pude no obstante, escuchar una vieja canción de aquellos lobos de mar, que decía lo siguiente:
“Por el amor imposible de dos incautos jovenzuelos,
Vimos como el cielo cayó como el mismo infierno,
Por una pasión desmedida y egoísta,
Fueron a dar nuestros huesos, y
Encallados entre las rocas de un arrecife
Se difuminaron nuestros sueños.
Y los gritos de nuestras esposas se oyen
Entre las aguas de este océano
Y los lloros de tantas almas perdidas,
De nuestros retoños tiernos.
Por el amor imposible de dos incautos jovenzuelos.”


No fue a mí, por tanto, a quien buscaba, pero fui yo el único que la vio; quizá fuera en otro tiempo en que llegué a sentir lo mismo; puede que incluso fueran sus manos quienes mil veces secaran las gotas de mar sobre mi cara, algún día por ventura, y puede que fuera yo quien, por infamia esta vez, encallara la nave y guillotinara el presente de tantas almas inocentes. Puede que fuera yo quien lo hiciera, aunque ella no tuviera ya ojos para mirarme, ni calor que ofrecerme. Quizá su alma recogió el ancla de mi nave y vendió su alma al mismo infierno, quedando en perpetuidad pasiva, esperando en su tiempo un nuevo reencuentro.


https://www.youtube.com/watch?v=9piRiiZ0C4Q



lunes, 7 de septiembre de 2015

En la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, Castro Urdiales. Verano 2015

 
En la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción





No puedo manifestar abiertamente los secretos de este relato que me aconteció el verano pasado, de casualidad, cuando a mitad de mi periplo vacacional me dejé caer por la bella ciudad de Castro Urdiales. Lo lamento, no puedo descifrar lo que aún queda por resolver; solo puedo, eso sí, manifestar lo que me ocurrió esa noche, y lo demás, lo dejo a la imaginación de cada uno, o al espíritu instigador de quien se moleste en descifrar los vericuetos de su historia, porque, muchos de ustedes conocerán la Iglesia de Santa María de la Asunción, tanto si son gustosos en el estudio y disfrute del arte arquitectónico gótico, como si por 
ventura, alguna vez visitaron su localidad, que un día fue la entrada por mar a Castilla. 
Desde el exterior llaman la atención sus aparentemente robustos contrafuertes, que soportan desde hace siglos el peso de tan monumental edificio religioso. Al mismo tiempo, desde algún ángulo parece tornarse en fortaleza normanda, como si pretendiese defender cada flanco de mar, que tras el malecón actual, acaba en precipicio rocoso hacia las turbias aguas profundas y teñidas de negro. Pero está enferma.
El exterior es enigmáticamente atrayente: un rosario de arbotantes descansa sobre afanosos contrafuertes, haciendo entre todos un sutil enrejado, que deja pequeños espacios para la presencia entre ellos de contenidas vidrieras y pequeñas ventanas ocultas. 
Paseé por su exterior, con mi mochila de infatigable viajero curioso, y mi impagable teléfono en la mano, con el que comencé a fotografiar apasionadamente, tanto como lo haría un enamorado que de pronto se encuentra ante la que cree ser la mujer de su vida. Debo confesar que ya desde lejos me vi llegar a mí mismo, como se ven pacientemente aproximarse los cimarrones nubosos de cualquier tormenta en la planicie del mar; pero solo fue en la cercanía cuando mi corazón ansioso de arte, sintió un aterciopelado cosquilleo que me rondaba por todo el pecho como pequeñas culebrillas. Tuve tiempo de penetrar en el interior todavía, a pesar de lo avanzado de esa tarde, y tuve también la suerte de respirar de entre los muros la perseverancia de sus rancios materiales, que transpiran cada uno de ellos con su particular alma corrupta, y que hacen un conjunto de armoniosos entrelazados con otros de distinta materia y densidad. 
Caminé también debajo de esas bóvedas cruzadas, palpando con mis manos las rancias arcadas de piedra verdosa, que parecían rezumar hálitos de dolencia insalvable, de la que yo era conocedor seguro. Por ello, me esforzaba más aun por apreciar en profundidad con cada uno de mis sentidos aquella ocasión, de la que en días, para mí no quedarían más que las fotografías en mi pequeña computadora. 
Caminé también –como digo-, por sus naves laterales, escudriñando cada rincón y cada piedra escondida, como si me afanara en la búsqueda de un viejo tesoro, desde sus desgastadas baldosas hasta lo más alto de sus capiteles o sus casi eternos laudes, desgastados por la mano invisible de las incorruptas almas que encontraron en ellos la paz eterna, palpando cada porosidad quejumbrosa invadida por las impiadosas bacterias, que ahora parecían querer robarle el tiempo y la presencia misma.
Pero pronto tuve que ausentarme ante la llamada de quien cuidaba de sus visitas: un joven agradable que solo me pidió la voluntad, que hubiera sido tanta como para cederle mi presencia de manera altruista en su ocupación misma, con tal de pasar allí una sola noche entre esos retablos y ese ábside centenario, cuyo frescor me inundaba de vida o quizá me la regalaba en el propio conocimiento de su efímera presencia y sus graníticos huesos enfermizos. 
Regresé al entorno de la iglesia ya de noche, después de una ligera cena que tomé en una terraza cercana al puerto. Durante todo ese tiempo no dejé de ilustrarme sobre este monumental templo; podía verlo en la distancia, ahora con la belleza y el misterio que le atribuían las luces nocturnas de alrededor, y sobre todo el juego de sombras entre sus muros. El tiempo refrescó lo suficiente como para abrigarse con alguna prenda, y la brisa del mar tomó cuerpo, mientras desde esa distancia, podían verse de vez en cuando las chisporroteantes olas chocar contra los fuertes muros del dique y saltar su espuma hacia el interior. El cielo se había cubierto un poco esa noche de verano y las nubes corrían visiblemente en dirección noreste.
Mientras encendía un cigarrillo, fui acercándome lentamente, delectándose mi mirada y todos mis sentidos con ese cúmulo de sensaciones que me envolvían en derredor: la iglesia cada vez más cercana. Mis pasos avanzaban a su encuentro, como cuando te acercas a esa primera cita, y ni yo mismo sabía cuáles eran las razones en sí por las que sentir esa especie de atracción, que caminaba entre lo placentero y la ansiedad. El sonido de las olas era cada vez más acuciante, e incluso podía sentir el frescor de sus aguas y su intenso olor a mar, como si me envolvieran físicamente; casi podía percibirlo tanto como si me hubiera echado a nadar entre ellas. Trepé el muro de la escollera a través de unas pequeñas escaleras, allí frente a la iglesia, y miré hacia el infinito negro de sus aguas amenazantes. Mi soledad era casi total a aquellas horas, tanto física como sensorialmente: únicamente podía escuchar el murmullo sordo de la gente a lo lejos, pero su sonido era casi totalmente velado por la fuerte marea, que rompía con rabia sobre los cuadrados muros de cemento que se esparcían por aquel otro lado del rompeolas. 
Miré hacia la iglesia y se me antojó tenebrosa, misteriosamente secreta, inexpugnable, como si se tratara de una fortaleza medieval. Entre sus pequeñas ventanas diseminadas y reservadas celosamente a un primer vistazo, pude descubrir entonces una extraña presencia. Era la figura humana de alguien que se movía lentamente tras los cristales ennegrecidos de una de ellas, justo entre los contrafuertes del ala oeste y muy cerca de una vidriera de marcados tonos azulados. Quedé inmóvil yo también, cejando casi imperceptiblemente mi paso en un primer momento de sorpresa. Luego, intentando precisar con la mirada, fui acercándome lentamente hacia sus muros hasta quedar lo más cerca de ellos que me fue posible. La presencia llevaba un pequeño sombrero que se quitó perezosamente a la vez que plegaba las cortinas que lo cubrían sutilmente. Pude distinguir sus rasgos, y entre ellos un marcado y añoso bigote, debajo del cual, sus labios esgrimieron una amplia sonrisa que a mí me resulto aterradora. Sus ojos –cuya mirada penetrante no dejaba de observarme- parecían cristalizados, con esa contemplación vacía que conservan los cuerpos desprovistos de vida. 
Paseé despacio y como empujado, hacia la puerta principal, cuyos lomos de nogal envejecido habían sido seguramente anclados bajo llave por quien la custodiaba. Sin embargo, y aun sintiéndome sabedor de todo esto, no vacilé un instante en dar un pequeño empujón a la misma, que se abrió perezosamente, pero en total silencio. En su interior la oscuridad era macabra, helada, sepulcral; se olía, se percibía, la sentía palpitar junto a mi piel, su sensación era nívea, de otro mundo. Percibí el perfume de su presencia, pero se desvaneció pronto y casi pude escuchar sus pasos, o quizá lo confundí con los gemidos de las maderas de los bancos, que parecían llorar en su lamento. Me senté, sintiendo verdadero terror por lo que me estaba ocurriendo, pero a la vez sin ser capaz de actuar por mi propios impulsos. 
Como nacidos de la nada, comenzaron a escucharse de una manera muy sutil unos primeros acordes en el órgano, sobre la nave lateral. En principio fueron tan imperceptibles sus sonidos, que pensé que provenían del exterior, pero poco a poco fueron inundando sus paredes, hasta cubrir con sus notas mis sentidos y lograr paralizarme literalmente. Era una melodía compleja pero rítmica, que parecía recorrer el pentagrama de manera fluida y natural, dando la sensación de que cada nueva nota que precedía a la posterior, fuera la única posible en tempo y modo de haber sido escogida. Poco a poco mis nervios se templaron y se dejaron llevar por la angelical armonía de su cadencia y decidí cerrar los ojos. Fue entonces cuando comencé a notar presencias extrañas, pero no podía verlas. Cada una de ellas parecía ocupar un espacio a mi alrededor, pero mis ojos no encontraban más que espacios vacíos. Era una extraña reacción sensitiva que percibía cada poro de mi piel, y que hacía que todo el vello de mi cuerpo se erizara. Al poco, incluso fui siendo capaz de escuchar suaves murmullos de diferentes individuos, que parecían salir de las gargantas de seres que se encontraran como en otros espacios; pude identificar diferencias en las tonalidades, e incluso aprecié que alguna de esas voces provenía sin duda de niños. Sin embargo, a nadie pudieron ver mis ojos.
El órgano comenzó entonces a tocar la célebre “tocata y fuga” de Bach, y su fuerza pareció emerger con empeño. Giré la cabeza y dirigí mi vista hacia el magistral instrumento, con sus imponentes tubos diseminados a ambos lados, sin poder apreciar nada más que su soberbia forma de interpretar esa otra también magistral obra musical. Cada vez que me intentaba mover, mi piel recibía el contacto helado con algo invisible que me hacía retroceder ante esa desagradable sensación. 
A lo lejos, comencé a escuchar entonces la tenue voz de alguien que parecía recitar palabras en latín. Su voz era calmada, precisa y medida; segura de sí misma. Así estuvo por espacio de media hora, en la cual, el sonido del órgano paró repetidas veces. Por último, esa voz pareció clamar en alto a la gente que debería de encontrarse presente. Escuché entonces un grave murmullo que me sobrecogió completamente, produciéndome profundos escalofríos, y más todavía cuando, de entre ellos sobresalió alguien que gritó muy por encima de las demás y que fue la causa de un gran revuelo.
En ese instante pude escuchar gritos de terror que se sucedían en cualquiera de los espacios: voces de hombres, mujeres y niños, que parecían correr en tropel, todos a la vez. La puerta principal se abrió entonces de golpe y un viento helado penetro desde el exterior, inundando la estancia con una especie de niebla profunda. Mis ojos eran reflejo del indecible terror que anegaba mi cuerpo, de dentro a fuera. 
Rápidamente esa niebla se metió entre cada rincón de la iglesia y, entonces fue cuando pude observar frente al altar la figura de una dama cubierta por un vestido que le caía hacia los pies, con un largo velo de varios metros de longitud. La mujer se acuclillaba hacia la figura de alguien, que yacía en el suelo y que erguía levemente sus brazos para tocar con las manos sus mejillas. Escuché claramente un profundo y quejumbroso lloro de mujer, que se dilataba como por desconsuelo y parecía salir de un alma mortalmente herida. Mi cabello se plagó como de espinas, que bajaban a través de mi columna. Mis ojos derramaron lágrimas de horror ante lo que estaba presenciado, de manera que fui retrocediendo hacia atrás lentamente hasta tocar la húmeda madera de la puerta de salida. En última instancia y, antes de abandonar el lugar, tuve la seguridad de que aquella joven me miró fijamente a los ojos. Aquel momento nunca podré olvidarlo, porque no encontraré nunca otros ojos más hermosos y más doloridos como aquellos, que exhalaban ríos de dolor y que parecían pedir un desesperanzado auxilio, pues la distancia en el tiempo era insalvable y mis posibilidades aparentemente nulas. 
Tiempo después, tras documentarme lo suficiente, comprendí cual sería mi función: lo que ocurrió hace cientos de años se perpetuaba y se repetía, sin duda, como si hubiera estado esperando una solución para la paz eterna de esas almas, pero debía esperar al menos otro año más a la misma fecha, para que, fiel a esa deuda contraída de manera fortuita, pisaran mis pies esas mismas baldosas e intentara poner fin a esa desgracia, y la felicidad de una verdadera locura se hiciera realidad para siempre, hacia el infinito de los tiempos.