jueves, 23 de julio de 2015

CLAIRE. Novela. (primer borrador completo)


Novela Registrada. Prohibida su reproducción total o parcial.





Preámbulo: La niña y la lamparilla.
Mi nombre es Alberto y la historia que voy a contar me ocurrió hace años, en mi querida Barcelona, aquella cuya luz puede brillar con la transparencia y la nitidez de los colores primarios, como ocultarse entre la neblina de algunas mañanas brumosas que traen para sí olores de mar y sal, y lo inundan todo hasta el más pequeño de los rinconcitos, plateando con la humedad del rocío los guijarros de las calles empedradas que aún nos quedan. 
Esos tonos acerados del atardecer sobre el asfalto van cubriéndolo con una suave pátina pulida que se ve confusa en el anochecer, cuando las farolas emiten su reflejo entre sus múltiples matices cromados y grisáceos. Es entonces cuando el ruido va abriendo espacios de silencio, e invita a sentarse en cualquier banco frente al mar. De ahí en adelante cada cual es dueño de su ensueño o de su vigilia. 
Entre una de esas calles solía pasear yo hace años, testigo mudo de mi desazón, pero con la juventud todavía palpitante entre mis manos, y sus deseos, y sus anhelos e ilusiones. Entre esas calles siempre recordará mi mente una niña que llamaron Gloria, mirar abstraída hacia el cielo; y no es al cielo adonde miraba, pues siendo niña en ella misma lo hubiera encontrado, sino a una pequeña lamparilla verde que arriba de unas vigas colgaba, bordeada toda ella de ribetes cromados. Muchas veces he recordado la imagen de la niña y la lamparilla y tantas otras las he intentado inmortalizar, pero hasta hoy no me he atrevido, quizás porque intrínsecamente siempre he querido tenerla solo para mí, celoso de compartir un espectáculo tan sencillo y tierno a la vez, pero tan mío. Me pregunto qué será de esa preciosa niña y si algún día los albures de la vida me harán volver a verla... Seguro que seguirá mirando a esa su lamparita de cristales verdes que pendía con el viento y exhalaba brillos cadenciosos, acicate para su imaginación.
Pero mi historia es mucho más profana que todo esto, si bien es en esas calles por donde me movía en aquella etapa de mi vida, y fue el día que le conocí uno de esos que podemos denominar como aciagos. Allí, en el cajero de mi banco habitual y a deshoras de la ya noche. Alguien me intentó robar, empujándome violentamente, arrancándome de facto los billetes de la mano, todo esto en décimas de segundo. Pero hete aquí que Gabriel (así es como se llama el personaje que pronto presentaré y describiré siquiera de manera sucinta) se encontraba a escasos metros recogiendo unas pinturas que exponía sobre el suelo y, sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre él y lienzo en mano le atizó en toda la cabeza con una de ellas, de tal forma -eso fue lo que vi-, que el ladrón cayó de bruces sobre el pavimento mojado y como quien ve al mismo diablo, salió corriendo por el callejón contiguo hasta perderse entre el tamizado de la noche.

Claire. Capítulo primero.
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Todo sucedió tan rápido que no atendí a otras mas que a agradecer lo que a todas luces había sido un acto no muy común en nuestros días. Lo cierto es que al poco estábamos tomando una cerveza en el bar de la esquina.
No debo dejar escapar que desde un primer momento esto me producía cierta suspicacia. Llegué incluso a dudar de él en los primeros momentos y evidentemente, mi sospecha hacía elucubrar toda clase de susceptibilidades de coautoría, pero, mientras todo esto maquinaba mi cabeza y él no dejaba de hablar, la simple retrospección mental de los hechos parecía no dejarme lugar a la duda.
Allí al fondo, sobre una mesa de madera, a la luz tenue de una lamparilla (que envidiaba otras que gozaban de la frescura que otorga la libertad de las calles y que para mayores eran admiradas por una linda chiquilla, que un día llegaría a plasmar con pinceles un onírico mundo de belleza nunca antes imaginada), a la luz de esa lamparilla que sin duda también fue espectadora de mejores tiempos, comenzó nuestra amistad.
El tipo, a mi modo de ver hablaba mejor que pintaba, a raíz de lo que pude observar en sus lienzos, y no dejamos de hacerlo hasta bien entrada la noche, entre unas cuantas cervezas y el humo de multitud de cigarrillos, de forma que terminada la sesión, parecíamos habernos conocido desde la más tierna infancia. Tanto fue así, que ya pueden comenzar a darse cuenta de cómo se desarrollaba el asunto y la situación que se me planteaba. Nada explicaría lo que a continuación ocurrió, porque yo era desde luego dueño de mi vida, pero lo cierto es que también estaba pasando por delicados momentos económicos y necesitaba cualquier ayuda. Por otro lado me encontraba ante la coyuntura y la necesidad de corresponder con otro noble gesto a la sugerencia que salió de sus labios:
-¿Sería mucho pedir que pasara esta noche bajo techo? No quiero ponerte en un compromiso, desde luego.
¡Qué podría haber dicho si no! Lo cierto es que proferí un tímido y mecánico asentimiento, ¡sin saber apenas si era yo mismo el que hablaba!

Salvo algunas excentricidades propias de los artistas, que no me afectaban o molestaban de manera desmedida, no distinguí nada sospechoso en su personalidad que fuera causa para mantenerme receloso. Muy al contrario, su interior albergaba una naturaleza cándida y noble que se escapaba a través de sus ojos. Por cierto que en esto quiero incidir brevemente, pues es cuestión para mí de vital importancia el mensaje que resulta de la mirada, del iris, de la expresión misma en el rictus que circunvala todo el globo ocular, y es que siempre he considerado este como una ventana del alma que conecta con la percepción del que te observa y así lo he tenido en cuenta y así también he procurado controlarlo en toda medida, teniendo presente que el observador o interlocutor, recibe múltiple información tuya a todos los niveles, materia ingente que se deposita en el entramado neuronal y que va desplegando posteriormente datos, que metabolizamos en la calma, cuando nuestro cerebro conecta con ese nivel de la meditación. ¡Ay, amigos, me pregunto cuál será ese mecanismo oculto que nos conduce durante el sueño, ya sea inducido o no, durante esos niveles más profundos de nuestro puente entre lo físico y el alma, ese oscuro túnel que va desde lo percibido como real a lo imaginado, y si lo imaginado persistirá a la vida como tal la concebimos! Pero esas serán tareas sobre las que deberían meditar posteriormente si procediese.
Después de otra breve charla en la que me informó de la muerte de sus padres, no hacía mucho tiempo, en un viaje en barco por el Ártico Noruego -y cuyo recorte de prensa pude leer de sus propias manos-, decidimos distribuir nuestro espacio en el apartamento. Tuvo a bien pasar la noche en un arcón que llevaba tiempo arrinconado en el salón. Mientras lo desplegaba daba la sensación de haber renacido a sí mismo, como no sabiendo muy bien de qué forma agradecerlo; de hecho toda su energía parecía exhalar luminosidad hacia el exterior. Llegué en verdad a percibir su felicidad e incluso logró contagiármela. Tomó una ducha, estrechó mis manos y, agradecido, se tumbó todo él a lo largo, sacando los pies más allá de donde cubrían las mantas. Yo por mi parte me encerré en la habitación, junto a mi dolor de cabeza y un apreciable vahído, cerrando no obstante la puerta en previsión de sobresaltos inesperados.
Tardé bastante tiempo en conciliar el sueño. La noche era agradablemente fresca y decidí abrir la ventana, que da a un patio interior. Tuve tiempo de pensar en tanto, que al final se me agolparon las penas, incertidumbres y toda clase de sombras de la noche. Creo que no me dormí hasta bien entrada la madrugada, aunque no puedo decir lo mismo de mi invitado, quien comenzó a roncar al poco. 
El lado positivo vino por la mañana cuando el agradable olor a café que había preparado despertó mis sentidos.
"Buenos días" fue todo lo que acerté a decir mientras me crinaba el cabello con los dedos y expelía cierto sonido de complacencia no exento de sorpresa o estupor. Ciertamente, pasó de ser mi huésped de una noche a serlo por mucho más tiempo, en cuerpo y en alma, y siempre en perfecta sincronía y equidad a todos los niveles.
Si ustedes se preguntan la razón del por qué lo que iba a ser una noche se convirtió en un estado indefinido, podría contestar que posiblemente todo formara parte de la magia de la palabra y el entendimiento. No es que yo le indujera a ello, pero el día finalizaba y ya nos conocíamos mejor: él con sus proyectos en el mundo del arte (algo sobre lo cual no puedo decir que tuviera grandes expectativas) y yo con los míos en el campo del periodismo (donde las expectativas podríamos calificarlas de huérfanas de momento) De modo que, teniendo un alquiler que abonar, que cada vez se me hacía más difícil, un poco de soledad también y esa imagen suya de indefensión en el momento en que se despidió sobre el rellano de las escaleras, fue más que suficiente para que yo me negara a dejarle marchar y él no hiciera tampoco intenciones de marcharse.
Era Gabriel un tipo enjuto, de rasgos bien marcados y dorados por el aire y el sol. Su pelo caía a media melena, ondulada, ocultándole la frente. Su fibroso cuerpo lucía unas proporciones casi perfectas y su rostro mostraba una nariz recta y alargada que guardaba simetría adecuada con las otras partes de su cara; cejas de suave curva, medianamente pobladas y ojos rasgados, con la comisura exterior formando un cálido pliegue que nacía dotándole de un agradecido espacio para esos ojos verdes bronce implacables, penetrantes, de mirada profunda, que parecían escudriñar la tuya, pero de forma limpia y sincera. Todo ello no era más que la traducción de su propio carácter: duro y afable a la vez; noble y desprendido; llano y creíble.
Sin embargo es el mío suspicaz, quien como siempre intenta escrutar en lo obvio, en lo plausible si se quiere. Mi perfil aquel del que se percibe o cree ver sombras en lo sencillo y en lo natural. Tal era mi afectación, que al poco de conocerle cambié mi postura y hallé en mis recelos ciertos aspectos que me son difíciles de expresar pero que me hacían percibir algo profundamente confabulador, una especie de curiosidad intrigante. Deseaba saber más de su pasado, pero él parecía pasar de soslayo por su anterior vida. Lo máximo que lograba sonsacarle, cuando a propósito de esta intención última comentaba ciertos recuerdos desagradables de mi niñez, era su resolución implacable de pensar que todos debemos borrar de nuestro consciente el lastre de aquello que no permita resolver libremente el presente.
Cierta vez le descubrí escribiendo en un pequeño cuaderno de tapas forradas. Fue una noche que desperté con una terrible sed, al pasar por el salón, camino de la nevera. Tuve la impresión de que intentó ocultarla de manera instintiva. Yo por mi parte actué como quien no observa, pero la verdad es que posteriormente este hecho incentivó mi curiosidad, de modo que cuando él no estaba en el apartamento, revolvía con cuidado su espacio y sus pertenencias con la intención de hallarla. No fue fácil dar con ella -eso ocurrió mas adelante- y lo que descubrí ya lo mencionaré en su momento, cuando vuelva a revivir aquellos episodios.
Permítanme reiterarme en la observación de lo agradable de nuestra convivencia: cada uno dedicaba el tiempo a sus actividades: yo escribía durante toda la mañana mi columna para un diario gratuito, intentando que mis expectativas profesionales cambiaran su contingencia; asistía a reuniones y entrevistas de trabajo etc. En mi tiempo libre paseaba o dedicaba las tardes a la lectura de mis grandes autores predilectos, tanto de literatura de viaje como en el campo del periodismo. Él por su parte se las ingenió para montar un pequeño estudio de pintura, en la terraza acristalada que daba a un pequeño parquecillo, donde sobre todo se podía ver madres con sus hijos, entre oleadas de polvo seco. El olor de las pinturas y disolventes que empleaba era lo suficientemente fuerte como para que inundase la estancia interior, pero finalmente llegué a acostumbrarme y, a pesar de la inusual mezcla de colores que utilizaba, con el tiempo comencé a apreciar y valorar positivamente sus trabajos. Gustaba recrearse en las marinas: barcos surcando mares violentos, donde olas gigantescas se esforzaban por atraparlos, como grandes garras, a babor o estribor; obenques y crucetas destrozadas, velas rasgadas a jirones; niebla que se mezclaba entre los rostros aterrorizados de la tripulación, proas vencidas como a punto de sumergirse en las profundidades de mares acerados y espumosos. Confieso que alguna de ellas llegó incluso a transportarme como por hipnosis a esos lugares, de tal manera que sin darme cuenta, pasaba mucho tiempo observándole, desde el interior, mientras ojeaba alguno de mis libros. Y es que su labor comenzó a parecerme hechizante. Su nivel de concentración era digna de análisis: tomaba la paleta con su mano izquierda, el pincel con la derecha y un cigarrillo que se consumía por si solo en la boca, acercándose al lienzo hasta rozarlo con la nariz, retirándose mas tarde varios pasos atrás con la intención de visionar el conjunto, cerrar los ojos o arquear la cabeza, casi bailar otras veces en torno al caballete, dejar dos minutos todo en el suelo, asomarse a la barandilla de la terraza y volver a escrutar el conjunto, y así una y otra vez de manera incansable durante horas. Creo que comencé a envidiar su exquisito mundo interior y su capacidad de trabajo, que le hacía olvidar todo lo que acontecía a su alrededor. Sus obras iban poco a poco tomando cuerpo, tanto como mis deseos de encontrar, o mi decepción por no hallar algo similar en mi vida profesional.
Su prolífica obra comenzaba a inundar todos los rincones de la terraza. Normalmente disponía de dos bastidores que el mismo había confeccionado. En uno trabajaba mientras que el otro sujetaba otra obra en proceso de secado, en la que normalmente también trabajaba, de manera que iba alternando uno y otro. Finalmente, cuando daba alguno por terminado, arrancaba las grapas que lo sujetaban y lo dejaba secar durante días en una pizarra de corcho que colgó de la pared. Inmediatamente que se había producido el secado necesario, los introducía dentro de una voluminosa carpeta de cartón y retomaba otra tela que previamente cortaba él mismo. Para que su gasto no fuera excesivo, siempre utilizaba materiales económicos: telas enteras como sábanas, pinturas para escolares, pinceles que aguantaban mal las embestidas etc. En definitiva, observarle hacer todo esto me producía un raro sentimiento de complacencia que iba camino de ser dependencia.
Conseguí encontrar un lugar en la redacción del diario para colgar sus pinturas, de forma que llegó a vender alguna de ellas. Los compañeros que las observaban, siempre me expresaban encontrar en ellas un remanente excesivo de desolación, de opresión, que en cierta forma echaba atrás a muchos pero que cautivaba a otros. Le comuniqué esa impresión tan sutilmente como fui capaz, pero él, sin aparentar prestar atención, seguía plasmando sobre el lienzo aquello que se le antojaba, o quizás atormentaba.
Un buen día por el contrario me sorprendió en ese aspecto. Al regresar del trabajo, me encontré con la sorpresa de tener a alguien que no esperaba en mi casa. ¡Y puedo jurar que quedé mudo durante varios segundos al observar a la modelo completamente desnuda que, tumbada sobre el sofá desplegaba para nuestra delicia la mayor belleza que jamás hubiera soñado! Perdónenme a partir de ahora si no soy capaz de contener siquiera un poco la efusión que guardo en mis entrañas, perdónenme.
Clamaría al cielo eternamente repitiendo una y otra vez lo preciosa que era; tanto que pensé que no fuera real. Quedé paralizado seguramente durante sólo unos instantes, pero en mi mente fue eterno, porque una y mil veces venía a mi memoria o quizá no la abandonara nunca, de forma que llegó a convertirse en una obsesión.
Estaba allí en el diván, tumbada a lo largo, con la cabeza flexionada y uno de sus brazos recogiendo su melena dorada de suaves curvas ondulantes; impulsivamente mi mirada se dirigió hacia sus grandes pechos nacarados y tersos, rebosantes de juventud y vida; su vientre de ligeras y suaves curvas se me antojó delicioso en forma desmedida, sentí ganas de besarlo mil veces, de apoyar mi cabeza sobre ella y aspirar sus efluvios como vampiro que necesita parasitar para seguir viviendo; y esos pies pequeñitos, de dedos angulosos, vestidos por unos bonitos zapatos de afilado tacón . Deseé también besarlos y beber de ellos un veneno amnésico que me hiciera borrarla de inmediato.
Y Gabriel impasible frente al lienzo, dirigiendo su vista de manera fugaz de la tela a la modelo, a impulsos eléctricos, trazando con el carboncillo como un poseso, sin parar, proveyendo aquí y allí mil trazos como imbuido por el espíritu de un paranoico..; y ella, y su sonrisa, mirándome; sus labios grandes y carnosos, y esa comisura que dulcemente daba paso a unos molletes rosáceos, y mi corazón que más que palpitar cabalgaba por momentos, y mi respiración entrecortada, y su "hola" musitado, y mis manos temblorosas, y mi garganta áspera y sedienta de fluidos, y mi boca que no conseguía expeler palabra alguna... 
Sólo acerté a sonreír tímidamente y, alzando la mano pretendí ausentarme. Hice amagos de abrir la puerta de mi habitación, pero regresé tras lo andado con la torpeza de mis ebrios pasos; me acerqué al caballete y observé lo dibujado y pensé en la estupidez que plasmaba el pintor entre trazos inconexos, allí donde mis sentidos veían lo más deseado que hubiera podido imaginar en mis más descabellados sueños.
Ganas me dieron de tirar al pintor y su lienzo por la terraza y así quedarme a solas con ella. Besarle la boca, acariciarle el pelo, dejar que mis labios se deslizaran por los suyos y perderme en cada vericueto de su cuerpo; abrazarla toda ella y sentir su calor, su olor, y empaparme de cada hormona y fusionarlas con las mías, pero al final acabé por confinarme en mi habitación, dejándome caer sobre el suelo, y disfrutar de su imagen impresa en mi retina en la soledad, mientras escuchaba las risas y bromas de ambos.
Si bien no me sentí con ánimos de reprocharle nada -tampoco tenía muchos argumentos que siquiera me convencieran a mí mismo-, sí acertó a adivinar que en un principio no me había gustado la presencia de una tercera persona sin antes habérmelo consultado; más que otra cosa era algo así como una especie de farsa que me veía obligado a dramatizar, con la excusa de que no se me llenara la casa de gente desconocida, aunque ya se pueden hacer a la idea de que estaba encantado con la presencia de esa mujer de salvaje belleza. De manera que, como descubrió en mí un trato sutilmente seco, a la mañana siguiente el tema fue motivo de charla; personalmente solo le hice notar esa apreciación que he expuesto antes, por lo que al final, sin mayores incidentes, bromeé acerca de lo terriblemente hermosa que era.
Pasé todo el día pensando en ella, en lo bonita que era, en su sonrisa, en su piel inmaculada, tersa, brillante, de una blancura virginal. De ahí en adelante no veían mis ojos otra cosa que su cuerpo desnudo. Confieso avergonzado que incluso me sorprendí intentando arrancar con el olfato retazos de su cuerpo, allí en el sofá; me arrastraba como un sabueso buscando su perfume o el perfume mismo de su piel; cualquier rastro de fragancia que percibiera como suya enervaba mis pasiones. Por las noches permanecía tiempo insomne pensando en ella, recordándola, siempre desnuda. Recorría plácidamente mi vista por todo su cuerpo: primero por su carita dulce y su cabello ondulado como olas doradas; imaginaba mimarlo dócilmente y asirlo hacia mí para embriagarme de su aroma más de cerca. Luego bajaba inmediatamente hacia su pecho, que tanta excitación me producía, allí donde me hubiera gustado refugiar mi cabeza; unos senos que deseaba besar tierna y apaciblemente; luego era su vientre curvo tan femenino; su sexo, cerrado como cueva inescrutable, se me antojaba el más excelso regalo y por último sus piernas prietas que imaginaba acariciar suavemente hasta los tobillos. Fraguaba historias que se repetían día tras día en las cuales nuestros cuerpos se iban juntando lentamente y nuestras temperaturas se equilibraban fundiéndose en una sola; acariciaba su espalda de tacto sedoso, hasta llegar a las nalgas mientras nos derretíamos. Y su mirada siempre idéntica, sonriente, como extasiada, ajena al mundo exterior, sólo disfrutando del placer que yo era capaz de ofrecerle. En fin,¡ qué más puedo expresar!
El día siguiente fue gris, como tantos otros llegaron a partir de ahí; días -podría dramatizar poéticamente-  en los que el sol, aunque luciese en todo su esplendor no evitaba que siguiera siendo gris, porque así era mi estado de ánimo. 
La tarde pasó también entre un lúgubre juego de luces y sombras, embriagándome con mis propios paroxismos, escondido entre las sábanas de la cama, en la alcoba. Volví a recordar la imagen de la niña y su lamparilla, aunque esta vez se me antojaba más distante; la imaginaba bailando en sus propios sueños entre un idílico escenario de princesas y príncipes apuestos; esa niña, que durante un tiempo existió y que ahora pertenecía ya al recuerdo. Entonces sentí ganas de llorar, allí, tumbado en posición fetal, como cuando siendo niño huía también de otros lóbregos juegos de luces y sombras, igualmente aterradores que ahora. De repente sentí ganas de haber conocido a aquella pequeña, haber tenido su misma edad y haber podido compartir con ella sus bailes; haber hecho de príncipe y ella de mi princesa; echaba en falta haber podido compartir nuestra imaginación para volar entre los bloques de pisos que nos rodeaban, hasta las nubes blancas. Sin embargo, entre sueños, imaginé como las nubes se hacían cada vez más grises -tanto que parecían negras-; la niña se escapaba, se alejaba mientras nos mirábamos, hasta disiparse entre la noche. Creo que alcé los brazos y agité fuertemente mis manos como intentando asirla, pero mi niña se escapaba, se alejaba y la distancia se hacía inmensa y era consciente de que la perdía más y más. Después creo que la soñé siendo mujer, con grandes senos, curvas delicadas, rizado cabello y pies descalzos, pero su rostro era el de Claire; fue entonces cuando creí haberla perdido para siempre.
Al despertar de aquel sueño, empapado en sudor, Gabriel recogía los utensilios en la terraza, ordenaba los lienzos con calma; parecía que los inspeccionaba con mirada crítica, pero siempre lo hacía una y otra vez, como si fuera la primera, como si acabara de pintarlos, con actitud tozuda.
Caminé hacia el salón, casi arrastrando los pies, con cierta vergüenza, como sintiéndome observado, como el niño que después de haber sido castigado por una travesura, sale de su cuarto. Sé que Gabriel me miraba de soslayo. Opte por sentarme, allí donde Claire yació sintiéndose deseada. Ese simple pensamiento conseguía agravar mis más bajas pasiones. Cerré los ojos y de nuevo, compulsivamente volví a recordarla, desnuda. Luché de manera encomiada por desterrarla de mi mente pero fue en vano; su imagen estaba esculpida como de mármol blanco entre mis cejas. Sentí de nuevo deseos de poseerla y, es que su aroma en el diván me embriagaba como un suave licor de profundo paladar. Sin ser consciente en ese momento me tumbé a lo largo, rozando con mi nariz el paño que ella había tocado, pero mi subconsciente avergonzado me hizo incorporarme inmediatamente de un salto.
Gabriel acabó al fin de poner orden en sus utensilios. Accedió al salón con una media sonrisa, aunque callado. Eligió un disco y se sentó enfrente para disfrutar de la música. Los acordes de una sinfonía de Rachmaninov inundaron la estancia mientras me ofrecía una copa y él tomaba otra. Alzó la suya y sin premisas brindó contra la mía, esgrimiendo su siempre gesto afable. Creí encontrar el momento oportuno para retomar el tema de Claire y así lo hice. Me mostré profundamente interesado por el cambio de rumbo de sus pinturas. Mi argumentación parecía convencerle, lo leí en su rostro. Se incorporó de súbito, como impulsado por un resorte y se dirigió a la terraza. Al segundo estaba en sus manos el lienzo con el boceto del día anterior, se sentó a mi lado y fue explicándome poco a poco los trazos que había tomado. Yo apenas acertaba mínimamente a distinguir entre ese laberinto; intentaba esforzarme por parecerle creíble, mirando detenidamente cada uno de ellos: líneas rectas, curvas, círculos, notas imprecisas y más, pero a la vez pensaba que a mí seguramente no me habría hecho falta tanto preparativo para plagiar sus formas, sus curvas, la expresión de su cara y todo lo demás; luego me reía de mis propios pensamientos, pues procedían de alguien incapaz de dibujar lo más simple.
Convenimos en que Claire vendría siempre que él lo estimara necesario, tanto para la realización de la obra como cuando quisiera; me la presentaría y decía estar seguro de que me gustaría como persona. Aunque no di muestras de especial interés, no podía imaginar Gabriel lo mucho que así era, de manera que ansiaba que llegara el nuevo día; solo el pensamiento me aceleraba el ritmo cardíaco. 
Aprovechando el momento tan relajado opté por preguntarle acerca de sus ventas. Casi todas las tardes salía a exponer sus pinturas, pero no siempre se ubicaba en el mismo lugar. La calle donde nos conocimos era uno de ellos, pero también le gustaba acercarse al parque x donde solían hacerlo pintores como él. Tenía amistad con muchos y entre ellos se ayudaban en todos los sentidos.
-¿Vendes mucho?-inquirí sin mucho entusiasmo.
-No mucho. La gente se para, toca y se marcha. No saben valorar por lo general ni el arte ni al artista-. Tomó un trago pausado; parecía como meditar la respuesta. -No son buenos tiempos; nunca son buenos tiempos para el arte. Se pondera más por lo general el continente que el contenido. Si la obra se encuentra en un lugar de prestigio tiene salida. A menudo se venden verdaderas basuras si quien las expone es una empresa acreditada, solo por el lugar y por quien las ofrece. -Gabriel se animaba a hablar. -Sin embargo- siguió argumentando-, hay artistas en la calle que son verdaderos genios, pero proscritos y relegados a la indiferencia.
Sonreí asintiendo, pues así lo creía yo también. En todos los aspectos del arte se plantea la misma tesitura. Es una circunstancia que se escapa de la propia coherencia, como tantas otras cosas y que a mí mismo en cierto modo también me ocurría. Pero también intuía que la coherencia es una virtud que abarca solo una parcialidad, la de tu propia visión de las cosas, las que tienen que ver con tus capacidades y por ende tu interpretación.
Volvió a servirse otro poco de Whisky y opté por acompañarle; seguro que en mí el motivo y la finalidad última de esa conversación se enlazaban con nombre de mujer;  fumé un cigarrillo y él se lió uno de los suyos. La tarde comenzaba a apagarse lentamente, pero yo me sentía a gusto conmigo mismo, y con el ambiente. Salimos a la terraza, entre olor a pinturas y disolventes, pero también olía a verano, y es que cada estación tiene un perfume singular; lo apreciamos mejor cuando está a punto de entrar, luego nos acostumbramos, pero hay momentos a lo largo del día que tiene especial intensidad. Aquel era uno de ellos. 
Hay pocas cosas que se puedan comparar a una conversación distendida con un amigo en un buen ambiente. El humo de los cigarrillos se balanceaba suavemente, parecía tener peso. Cambié el disco del plato. Sabía que le gustaba Bruckner y así hice de manera lisonjera, lo sé. De repente me acordé de lo que me comentó acerca de sus padres, de forma que aprecié en ese un buen momento para que me aclarara algo sobre aquel incidente con el barco. Gabriel me miró fijamente a los ojos por instantes; luego de bajar la cabeza y perder su mirada al frente, como si necesitara concentrarse,  inhaló un par de caladas
-Aquellos días quedan ya un poco lejanos en la memoria, aunque no haya pasado tanto tiempo. Mi vida era completamente distinta a lo que es ahora. Vivía con mis padres; soy hijo único. Disfrutábamos de todo lo que una familia que se quiere te puede dar; nada hacía pensar en un desastre de ese tipo, nada de eso era posible en mi mente. Teníamos una bonita segunda casa en Cavourg, en medio de un valle eternamente verde, rodeado de setos, arbustos y árboles centenarios, un tipo "bocage". Allí pasábamos gran parte de los veranos. Éramos felices. Recuerdo cómo nos levantabamos habitualmente muy temprano, con el frescor de la mañana, aspirando los primeros efluvios del heno fresco impregnado de rocío, perdiendo muchas veces nuestra mirada hasta donde las colinas sitiaban el valle, mientras nos tomábamos una taza de café caliente. Era maravilloso, aunque supongo y creo que nada es eterno en este mundo.
No sé muy bien por qué circunstancia las palabras de Gabriel, tanto ahora como siempre, producían en mí una sensación placentera de relax, incluso de incitación al ensueño, de forma tal, que inconscientemente viajaba o imaginaba, o  vivía -casi podría decir-, mientras él lo describía. Conseguía transportarme mentalmente, como lo hacen los niños,  como si yo mismo fuera el protagonista; como si esos sucesos fueran propiamente los míos.
-Llevábamos tiempo navegando con el velero de unos amigos de mis padres, con la intención de pasar unos días agradables, relajados, visitando pequeños pueblos, desconectando del mundo un poco, en medio del mar, o de la nada. Es una sensación extraordinaria; sabes que no es tu lugar natural, pero a la vez, te sientes como si te encontraras en el mismo útero de la madre naturaleza. Viajamos varios días en los que el mar estaba en calma. Siempre recordaré esa primera parte del viaje como algo especial y, aun así, a pesar de lo que ocurrió, sueño con volver a embarcar, con tener algún día un velero en propiedad. Siempre tuve esa inquietud desde pequeño y no he dejado de tenerla a pesar de las circunstancias.
Gabriel parecía necesitar explayarse con sus recuerdos y yo sentía necesidad de que alguien distrajera mis pensamientos. Mientras hablaba, venían a mi mente sus cuadros: barcos luchando contra grandes olas, con las velas ajironadas, sus tripulantes aterrorizados, algunos saltando por la borda, en un mar inmenso que parecía capaz de tragarse hasta el más grande de los buques. Era perfectamente consciente de que esa era su inquietud permanente, algo que se habría quedado sellado dentro de su mente a fuego, como le sucedió a otros muchos.
-Durante el viaje -prosiguió-, aprendí algo de navegación, de la mano de Dominique, un buen amigo de mi padre...
-De manera que tuvo un mal final ¿verdad? -pregunté posando mi mano sobre su hombro y sin saber qué otra cosa comentar-.
-Todo acabó para ellos, desgraciadamente. -susurró fijando su mirada en el exterior, con gesto compungido; de hecho, sus ojos se tornaron vidriosos.
Debo incidir en la sensación que me producían estas pinturas; algo similar a un letargo hipnótico que narcotizaba mi sistema nervioso, a la vez que un sentimiento desagradable que partía desde el mismo epicentro de mi estómago; una suerte de deseo y rechazo fácil de sentir, pero difícil de expresar.
 Me vino a la memoria de nuevo su enigmático cuaderno de notas y me pareció adivinar que, sin duda debería tratarse de algo así como un diario donde descargaría sus miedos, tensiones, sueños o añoranzas. Yo también las tenía, pero siempre que había intentado escribir algo, al poco lo había roto, bien porque lo escrito producía en mi un efecto inverso, o porque no me satisfacía plenamente lo expresado. En ese momento le hubiera abrazado, pero no lo hice.

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Capítulo dos.

Esa noche tuve una pesadilla: navegábamos en un barco, con fuerte viento. Era un barco no muy grande, como de unos quince metros de eslora. A lo lejos divisábamos las costas de algún lugar indefinido. Recuerdo que el mar estaba encrespado; el cielo iba cubriéndose de nubes negras. Bajé al camarote principal, una especie de salón y me senté relajado, tomando una copa, escuchando las risas que provenían de cubierta. De repente pasó Claire, se sentó a mi lado y nos besamos los labios. Sentí la sensación de tener con ella una relación continuada, estable; como si nos conociéramos desde hacía mucho, pero no le presté excesivo interés; en cambio, sí estaba preocupado por el tiempo; recuerdo que observaba el parte meteorológico a través de la televisión. Seguramente mediante el sueño expresé mi pánico al mar, sin embargo en el fondo parecía disfrutar de ese balanceo que imprimían las olas sobre la nave. Miré a Claire con el sentimiento de propiedad que miran algunos enamorados, con esa seguridad sobre lo que creen poseer; me aparté de ella no sin antes abrazarla y sentir agradecido el cálido contacto de su cuerpo. Subí a cubierta y tomé asiento junto a dos matrimonios de edad madura cuyos rostros me eran totalmente desconocidos. Reían con anécdotas que yo no entendía; todo el ambiente me causaba cierto desasosiego; en cierto modo creo que permanecía como abstraído, como si fuera un mero espectador. Observé preocupado al que debía ejercer de patrón; su rostro era ajeno, distante, sereno quizás; sin embargo, yo no hacía más que mirar en derredor y observar un ancho mar agitado y amenazante. La línea de tierra parecía encontrarse siempre a la misma distancia. Encendí un cigarrillo y opté por relajarme. Pensé en Claire y marché a su encuentro. De nuevo me vino la sensación de mantener una relación estable junto a ella, como si hubiéramos compartido nuestras vidas por un espacio de tiempo grande; esa sensación engañosa que te hace creerte dentro de un marco de seguridad donde lo controlas todo, pero que por el contrario, no deja de ser una falacia.
Poco a poco el mar se rizaba más y yo parecía querer ocultar mis temores; algo me impedía expresar esa inquietud, quizá una especie de orgullo interior, o como dijo Herman Melville en su “Movy Dick”: “cuando un hombre sospecha que algo no está bien, ocurre a veces que, si ya está metido en el asunto, se esfuerza sin sentirlo por esconder sus sospechas incluso ante sí mismo”. Pero cuando el destino habla, siempre elige palabras contundentes; su vocabulario es preciso, llano, no requiere de paráfrasis complejas, sino que se presenta como el rostro de un niño ante el fotógrafo, natural y relajado, sin maquillaje alguno. Es entonces cuando buscamos una respuesta satisfactoria sin saber que somos el resultado de las arbitrariedades de la naturaleza; la resolución podrá parecernos ajena, o simplemente injusta, pero es la que es. Nunca el futuro suele ser como lo imaginamos, a la vez que nuestra prepotencia sucumbe siempre ante la ambivalencia de cualquier eventualidad. ¡Clamamos como proscritos una nueva oportunidad, pero seguimos permaneciendo ciegos ante los signos que nos previenen!
De manera que bajé de nuevo a los camarotes. El viento azotaba ahora mucho más fuertemente que antes; era salvaje. La nave se balanceaba peligrosamente, tanto que me fue muy difícil mantener el equilibrio en las estrechas escaleras. Era como si me encontrara dentro del guión de una película y tuviera que protagonizarla tal y como el director ordenara; algo barruntaban mis sentidos: escuché gemidos que identifiqué con la voz de Claire. Me puse a buscarla como un loco abriendo puertas que seguramente no podrían haber existido en tal número; una y otra y otra. Con cada una que abría el corazón me bombeaba más intensamente; parecía no acabarse nunca. Abría y cerraba con fuerza, como queriendo romperlas. Los gemidos no paraban y cada vez eran más audibles, más fuertes; eran sollozos de placer y a la vez de llanto. No sabía cómo identificarlos plenamente, pero me sentí cada instante más enfurecido. Por fin la encontré, en brazos de alguien, gozando de una manera irracional: era poseída como por una bestia con forma de hombre: su cuerpo suspendido en el aire arqueaba la espalda hacia el suelo, dejando caer su cabello hacia atrás, los brazos abiertos; y sus pechos se balanceaban brutalmente derramándose a ambos lados de su cuerpo. El enigmático ser de formas inhumanas, sujetaba sus nalgas y piernas con las manos, de pie, con una fuerza irracional, y ella se balanceaba una y otra vez mientras expelían gritos de éxtasis. De repente identifiqué que era Gabriel quien la poseía, me miró, me miraron los dos, pero continuaron, y los gemidos ahora eran risas estrambóticas. Huí de allí como pude, tropezando contra las sillas, mareado; subí como pude las escaleras.
A partir de ahí el sueño cobró más realismo si cabe: El mar se había encrespado con tal magnitud, que su violencia parecía ir paralela a la de mis sentimientos. Una enorme bocanada de agua, como impulsada a presión, entró por la escotilla de popa y bajó a borbotones por entre las escaleras hasta empaparme todo el cuerpo. Era agua afilada, cortante y fría como gélidos témpanos de hielo, como lo era mi corazón en ese momento. Corrí desbocado y sin atender más que a mi instinto, supongo, resbalando y siéndome muy costoso avanzar, empapado por sucesivos golpes de agua que me hacían casi imposible mantener el equilibrio. El barco se balanceaba como un cascarón, como si no pesara más de unos gramos. Creo que amainaron las velas a la mitad como pudieron, pero alguien gritaba que ya era tarde porque el barco había entrado en un peligroso cabeceo que amenazaba con escorar de un momento a otro. El agua entraba a torrentes en grandes olas que me impedían la respiración, pasando por encima de nuestras cabezas; mientras, íbamos dando bandazos de un lado a otro sin posibilidad de sujetarnos. En otro golpe de mar, caí rodando hacia el costado contrario y estuve a punto de salir despedido cuando la botavara pasó girando, impulsada, a centímetros de mi cabeza, con la fuerza de Céfiro y Neptuno juntos.
La costa seguía encontrándose a la misma distancia, o al menos así lo juzgaba yo. El cielo, negro, parecía querer desplomarse de un momento a otro, arreciando sobre nosotros torrentes de agua en forma de granizo; todo lo que nos envolvía parecía tejerse entre una red fantasmagórica que deseaba abrazarnos, tragarnos. Los gritos se mezclaban entre la espesa bruma y el ruido ensordecedor del oleaje, batiendo nuestros sentidos enteros y sin capacidad siquiera de controlar un solo movimiento. Miré como pude hacia proa, pero no veía más que sombras y la embarcación, picando hasta meterse dentro del mar, quebrando el foque hasta lo profundo, pareciendo que nada se podría hacer más; luego volvía a salir la cubierta como de la nada, con una carga de mar que se abalanzaba al erigirse la proa, así una y otra vez.
Todo lo que nos envolvía carecía de color, era pardo y grisáceo. Poco a poco y con un esfuerzo inhumano me aferré a los obenques, con las manos y el cuerpo ensangrentado, gateando e intentando tomar aire entre cada golpe de agua, arrastrándome hacia el timón. No era capaz de ver más de a dos metros de distancia entre la espesa bruma, la lluvia torrencial y las bocanadas de agua que intentaban abducirme. En ese momento deseé encontrar los cuerpos de ellos dos ahogados, en el fondo de los camarotes; lo deseaba más que otra cosa. Según me acercaba vi una sombra que salía tambaleándose entre la lluvia y que identifique con la de Gabriel. Poco a poco fui deslizándome entre cajas que iban y venían, arrastradas por el movimiento del barco y que me empujaban golpeándome fuertemente. Baje gateando las escaleras, como si me hubiera convertido en una alimaña en busca de su presa. Allí al fondo encontré a Claire que gritaba y lloraba aterrorizada. Me aproximé a ella y nuestras miradas se cruzaron en un segundo, pero entonces no reconocí sus facciones: quedé aterrorizado al contemplar el rostro de una niña, que ahora me observaba con gesto inocente y me señalaba con el dedo hacia el techo, donde su lamparilla verde de ribetes cromados se balanceaba ferozmente hasta caer al suelo y hacerse pedazos.
Fue entonces cuando desperté empapado en sudor y con la respiración entrecortada.


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Aquella mañana me pareció un buen momento para seguir hablando con Gabriel sobre su pasado. No sé muy bien si sería objetivo comentar que, con el tiempo su carácter había experimentado un ligero cambio, tendente a la introversión, o al menos esa era mi opinión. Lo cierto es que toda la información, o mejor dicho, la poca de que disponía me hacía tener muchas dudas. No encontraba una respuesta a la forma de vida que presumiblemente había llevado hasta ahora, siendo hijo único y de una familia con un nivel acomodaticio bastante bueno. Así se lo hice saber mientras nos servíamos una taza de café. Creo que él parecía estar esperando ese tipo de preguntas, como si supiera que tarde o temprano se la plantearía; tomó la taza de café, con absoluta parsimonia encendió un cigarrillo y me miró con cierto agrado, mientras seguramente buscaba las palabras adecuadas. Le mencioné la herencia que debía disponer.
- Oh si, efectivamente, he heredado todo, evidentemente: la casa de Francia, el piso de Madrid donde vivíamos la mayor parte del año, aparte de otras cosas y bienes materiales -hizo una breve pausa mientras me miraba. Dejé escapar entretanto un más que evidente gesto de interrogación-. Ese no es el problema -prosiguió-; la cuestión, Alberto, es que no me encuentro preparado para vivir todavía allí; son muchos los recuerdos que penden por doquier: cuadros, muebles, objetos que hemos compartido desde la niñez, cosas que quedaron tal y como las dejamos antes de partir, tanto en una como en otra casa. Pienso que lo superaré desde luego, pero todavía es pronto para lograrlo; lo intenté, créeme. Después de que ocurriera el desastre marché a Madrid y luché por rehacer mi vida, pero todo me llevaba hacia ellos, cada objeto, cada lugar, cada espacio; recuerdos de la niñez, de etapas posteriores, de forma que la situación, lejos de mejorar, empeoraba con los días, llevándome incluso a ingerir ansiolíticos. Hasta tal punto me encontraba afectado que comencé incluso a notar presencias que no lograba ver, pero si sentir; mi nombre se repetía muy a menudo y la voz que las pronunciaba era la de mi madre -al enunciar esto último le tembló significativamente la voz y sus ojos se humedecieron. Tomó otro sorbo de café, aspiró fuertemente el cigarrillo y se aclaró la garganta carraspeando-. De forma que decidí alejarme de todo por un tiempo y vine a Barcelona. Pronto el dinero empezó a escasear y empecé a malvivir a duras penas con alguna cosita que vendía; lo que lograba ganar debía invertirlo en pinturas también, ya sabes; bueno, lo cierto es que un buen día, no hace mucho, conocí por casualidad a Claire: me encontraba en la travesía de C; ella paseaba por allí, se acercó y le gustó uno de mis cuadros, uno pequeño. Me lo pagó en el acto y entablamos una conversación que derivó en una gran amistad. Claire es muy importante en mi vida, una persona en la que puedo confiar; te gustará, te lo aseguro, nunca encontrarás tristeza en su corazón.
 Al escuchar su nombre mi atención puedo asegurarles que aumentó considerablemente: ¡Claire, Pensé que podría verla en breve!; esa simple reflexión provocó en mi estómago un agudo cosquilleo que me subía hasta el pecho. Durante unos segundos no supe muy bien que decir. Acabé sugiriéndole que se enfrentara con valentía a la situación, que intentara superar esos obstáculos, aunque en el fondo, en ese momento era lo que menos me importaba. De repente me confesó algo que me sorprendió bastante.
-Llevo tiempo meditando acerca de esto: verás Alberto -prosiguió-, no quiero ser una carga para ti; la vida nos ha unido en amistad, una amistad que valoro ante todo lo demás, lo sabes. Personalmente creo que pocos hubieran accedido a darme techo, como hiciste tú. No olvidaré jamás lo que has hecho por mí; estos meses han sido maravillosos, me he encontrado como en mi propia casa, como en mi propio hogar; tu compañía, tus detalles; los momentos tan agradables que hemos pasado no pasarán en vano por mi vida, pero creo que se acerca el momento de que emprenda una nueva ruta.
Yo intentaba persuadirle, más con monosílabos que credibilidad, es verdad, pero en esos momentos tampoco supe muy bien qué podría decirle; no tenía un argumento de peso como para convencerle. No iban bien las cosas en materia económica; no nos iba bien a ninguno de los dos. De hecho, alguna vez se me había ocurrido la posibilidad de volver a la casa materna a mí también, claro que yo lo tenía más fácil: solo debía cruzar la ciudad. Sus facciones eran sinceras, reflexivas y desde luego mucho más que las mías. No paraba de fumar; tomamos otro café. Miles de preguntas me asaltaron a la cabeza en ese instante, demasiadas para buscar una respuesta. Se me vino a la memoria el sueño. Estuve a punto de contárselo, pero no sé qué fue lo que me llevó a callarlo, puede que me avergonzara hacerlo, porque era como declarar mis más íntimos sentimientos: si no hubiera sentido tanta atracción por esa mujer, estoy seguro de que nos hubiéramos reído un a costa de mi aventura onírica, pero muy al contrario, pensé que las formas seguramente me delatarían, estaba convencido. Continuó hablando durante un rato más, luego, cada cual se ocupó de sus menesteres: él, preparando el caballete, las pinturas y el lienzo; yo, telefoneando a hurtadillas a la redacción excusándome de no poder ir por motivos de salud.
Entretanto llegaba mi ansiada, me encerré en la habitación y me dispuse a leer; fue en vano, claro está. Tan pronto cogía el libro maquinalmente, como lo abandonaba a mi lado; cerraba los ojos, posaba el reverso de la mano en mi frente e intentaba centrar la atención en algo. Los propósitos de Gabriel, sin duda me habían sorprendido; jamás pensé que estuviera meditando acerca de esa posibilidad. No puedo decir que me disgustara sobremanera, pero pensé por primera vez que posiblemente le echaría de menos. Debería volver a acostumbrarme a la soledad. De repente imaginé a Claire compartiendo el apartamento conmigo: mi imaginación comenzó a divagar sin control. La imaginaba yendo de un lado para otro, nosotros dos solos, y siempre muy escasa de ropa, o desnuda, yo mismo fui consciente de ese detalle que en el fondo me hacía sonreír.

El tiempo pasó lentamente para mí, pero, a media mañana el timbre de la puerta sonó, y con él un aluvión de nervios que recorrían mi cuerpo, desde las manos a los pies. Intenté calmarme, pero mis movimientos no eran naturales. Dejé que Gabriel fuera quien se encargara de abrir la puerta, mientras yo me entretenía en husmear la librería en busca de un hipotético tomo. Cogí uno entre mis manos -no sé cuál de ellos-, abrí sus hojas y escuché su voz, dulce, musical, susurrante; su risa natural, equilibrada. Un aire fresco penetró a través de la puerta que recorrió todo el salón. De soslayo intentaba controlar su entrada, a duras penas contenida toda mi alma por encontrarla otra vez tan lozana, tan blanca, tan pura, tan dulce, tan tierna, tan en mi corazón, mía toda ella.
Percibí cada instante, como a cámara lenta, su sombra primero y luego su cuerpo vestido, su aroma llegar a mi pituitaria, su mirada, su alegre exclamación al verme, su pelo largo tupido y lleno de vida, de un brillo natural; me embobé con su sonrisa y sus palabras, con sus ojos grandes, con sus dientes nacarados, avanzando hacia mí y yo hipnotizado; la vi acercarse como flotando entre terciopelo, y hubiera sucumbido en ese momento a sus pies; los hubiera besado hasta el infinito, y sus tobillos; me hubiera rendido allí mismo y le hubiera confesado mi locura; hubiera llorado en mi súplica, le habría pedido un minuto de su vida a cambio de toda la mía. Hubiera pronunciado "amor" y se me habría llenado la boca de pétalos rojos, blancos y habría besado la suya aunque mi corazón estallase. 
Esos fueron los primeros momentos, así los sentí, así los vivió mi alma, mi espíritu palpitante que cabalgaba como queriendo abandonar mi cuerpo. Y yo paralizado sin saber qué decir, qué hacer, qué gesticular, qué imaginar, dónde ir si no a la tumba sin ella. Pero Claire lo invadía todo, con su naturalidad, con la espontaneidad de sus formas, con la soltura de sus movimientos, con su vida, con su libido juvenil; porque Claire era un torrente, un huracán de vitalidad. Claire era la luz misma de la creación, el primer fotón de energía, la envidia de los mismos ángeles; y yo a cada segundo que la miraba me sentía más sucio, impuro, inapropiado, mezquino, indigno...¡Claire -clamaban mis entrañas-, bonita mía, déjame acariciar tus mejillas, déjame si cabe rozar mis labios en ellas; déjame tocar tu pelo; sólo rozarlo con mis dedos; déjame derramar mis lágrimas en tu cuerpo para que me lleves allí donde estés; viérteme las tuyas, el cáliz de tu boca sobre la mía y no volveré a beber más hasta la misma muerte; déjame dormir en tu regazo y soñar que te tengo aunque sea una quimera; mi bien, mi alimento, mi paz, mi anhelo último, mi sentido final, sólo quiero eso de ti, y tendré toda la vida, la verdad misma entre mis manos, entre mis ojos, en mi corazón abierto hacia la eternidad! ¡Déjame mecerte, acunarte y cantarte una dulce nana mi amor; déjate llevar por mí, volando a través del cosmos, flotando hacia el infinito mismo, cariño mío, sólo eso deseo!
Locura es la palabra, locura inconsciente y desbocada; principio y fin de la materia; éter y roca; agua y fuego; sentido inenarrable...Y me besó las mejillas -presiento-, lo olvidé, no era consciente; era un objeto, un ser inerte, traslúcido. Y se sentó allí mismo, a mi lado, casi rozándome mis piernas, en el mismo diván donde la soñé, donde la vi la primera vez; su naturalidad máxima me embaucaba, yo asentía y reía, pero la miraba y deseaba que me rozase; intentaba alcanzar unos solos milímetros para tocar sus piernas con las mías. 
Así pasaron minutos, quizá media hora, hasta que comenzaron a prepararse para seguir con la pintura. Ese fue un momento de incertidumbre máxima para mí: Gabriel se dirigió hacia el caballete, colocó el lienzo y sus pinceles etc. Mientras tanto ella comenzó a quitarse los zapatos, luego la falda, la blusa de raso.., y yo sin saber muy bien qué hacer me dirigí hacia la posición del artista, mirando sin ganas el boceto y observándola a ella. Me miraba de soslayo, con cierta mezcla de ingenuidad y picardía entremezclada, sabiéndose observada minuciosamente, y por supuesto deseada. Volvía a ver su tierno cuerpo en su desnudez total; la escruté fotográficamente, descaradamente, tumbándose a lo largo, adoptando la misma postura: flexionando una pierna, recogiendo su cabello hacia un lado, relajando su abdomen; sus pechos cayendo, inmaculados; su sexo semioculto; me miraba y sonreía, dejaba escapar una precoz risita y su feminidad se apoderaba de mis sentidos, de mis intenciones, de mis pensamientos, de cada gesto de mi cara, de cada movimiento de mi cuerpo. Entonces la deseé tanto que hasta mi boca babeaba como un tigre hambriento; cada poro de mi piel se erizaba, cada vértebra de mi columna parecía tensarse; cada hormona de mi cuerpo se erigía hasta convertirme en un salvaje animal, en un lobo hambriento que luchaba contra el instinto reflexivo, racional. En cambio, me sentí maniatado, o torturado; embriagado más bien, siendo consciente de mi incapacidad, de mi locura descarada. Gabriel me miraba y sonreía de manera ladina mientras conversaban y yo asentía y gesticulaba estúpidamente o profería sonidos grotescos o inconexos, desafinados.
Así pasó la tarde: yo de allí al sillón, del sillón al balcón; fumaba y fruncía el ceño y meditaba qué hacer; escrutando qué postura o decisión tomar: debía declararme, confesarle mi devoción, mi enajenación entera, y debía hacerlo cuanto antes. Deseaba conocerla, tenerla toda mía, ser su esclavo, su compañero, su amante incansable, su lacayo, su sombra y también su apoyo y su guardián eterno.
Sin saberlo, esa brutal y enfermiza atracción, me estaba conduciendo por caminos tan insondables como delicados .


Claire: Capítulo 3.



Poco tardó la vida en ofrecerme la posibilidad de estar a solas junto a ella. Fue una tarde en que Gabriel había salido, como muchas otras. Lo que ocurrió fue que, sencillamente llamaron a la puerta y la encontré de frente, al otro lado. No sería necesario decir que toda clase de pensamientos y deseos lascivos inundaron mi mente, aún antes de que siquiera pisara el apartamento. Volví a ver la eterna sonrisa de su boca expresar mi nombre; mi vista extasiada con el movimiento de sus labios mientras lo hacía; esos fueron los primeros instantes. Luego de pasar y haber besado sus mejillas, haber rozado mi cara con la suya y haber sentido de nuevo el tacto sedoso de su pelo, nos sentamos, el uno junto al otro y estuvimos viendo un bonito block de dibujo que traía con la intención de que lo ojeara Gabriel. Estuvimos allí un largo rato, en el sillón, pegados; ella concentrando toda su atención sobre los dibujos y pegatinas que había confeccionado cuando aún era una niña, toda divertida, y yo intentando demostrar toda la admiración como me era posible; reía y la miraba, pero también aspiraba sus efluvios florares y casi se rozaban nuestras cabezas; mis piernas y las suyas ahora estaban totalmente unidas y mi atención pasó casi de manera exclusiva a su cuerpo, y sobre todo su blusa, que se transparentaba con el sol menguante que entraba a través de los cristales de la terraza. Mis ojos no cejaban en la delectación que me ofrecían sus ondulados senos, curvos, grandes y duros como su misma juventud. Cada movimiento de su cuerpo era seguido por mis ojos con avaricia y con un sentimiento de gula carnal, que fue poco a poco en aumento hasta vivir en un auténtico desenfreno que incluso me entrecortaba la respiración y me hacía imposible hablar.

No tengo reparos ni me importa crítica alguna por parte de quien algún día pueda leer estas palabras, pues mi intención es únicamente la de expresar, como buenamente pueda, los sentimientos exacerbados que esa mujer produjeron en mis sentidos; siento no poseer más que un limitado juego de palabras para exteriorizar lo que solo los sentidos por si mismos pudieran hacerlo, pues, era tan grande la belleza que atesoraba de pies a cabeza, que cualquier hombre en mi caso, hubiera enloquecido de igual manera.
Poco a poco, según pasaba la tarde fui perdiendo las riendas de mi conducta, aunque puedo jurar que luché de manera encomiada contra ello.
Llegó el momento, mientras reíamos con los dibujos y las anotaciones que escribió siendo niña. Posé mi brazo sobre su hombro, notando el cálido contacto de su cuerpo. Poco a poco fui bajando mi mano hasta rozar su espalda; me detuve justo a la altura del nacimiento de su pecho. El tacto sedoso y casi imperceptible de la blusa le imprimía la sensación de estar tocando su propia piel.
Lentamente su sonrisa fue mutando hasta convertirse en un gesto de asombro. Aun así, no hizo movimiento alguno para librarse de mí. Únicamente me miró fijamente, con una especie de plácida contemplación, serena. El brillo de sus ojos verdes cristalizó los míos en instantes. Fui recorriendo su rostro detenidamente: su frente despejada, su nariz pequeña y respingona; el labio superior de su boca, sutilmente levantado dejando ver los incisivos, como dos gemas nacaradas; ¡la hubiera comido en ese momento, y quizá por eso, encontrándome en el epicentro de mi lucha titánica, no supe reprimirme todo lo que debiera, de manera que, teniéndola ahora de frente, afiancé su cuerpo con mis manos por debajo de las axilas y la conduje hacia mí, suavemente, hasta llegar a posar mi boca sobre la suya.
Claire me miraba, muda; no hizo gesto alguno ni intentó en ningún momento liberarse. Sólo seguía mirándome de manera impasible
-¡Perdóname Claire, pero te amo! -expelieron al fin mis labios-.
-Solo me deseas- acabó pronunciando sosegadamente después de unos instantes de silencio. Cualquier palabra suya en ese momento me hipnotizaba. Volví a detenerme en su mirada y en cada detalle de su rostro.
-¡Te amo; creo que voy a enloquecer!
Claire expelió una sutil sonrisa en tanto bajaba la mirada. De nuevo se dirigió a mí.
-Alberto, no puede ser- y otra vez sus ojos se encontraron con los míos. Mi nombre en su boca sonó a mis oídos como el canto de una coral barroca. La tomé de los brazos con más fogosidad si cabe; acaricié sus mejillas con ambas manos; las paseé sobre su pelo sedoso mientras me devanaba el cerebro por expresar algo convincente, pero quedé en blanco durante unos segundos.
-¡Eres mi vida, toda mi vida; sin ti no quiero ya nada, te quiero y deseo!- y volví a besarla, pero sus labios no se movían. Entonces, presa de la sinrazón, comencé a desabrocharle la blusa, dejando desnudo su torso; la despojé completamente de él, pero ella seguía impasible. No sé cómo mi mente tradujo esa situación, solo sé que me dejé llevar por un arrebato incontenido, cuya fuerza era cien veces superior a la razón pura: acerqué mi cabeza a su pecho y comencé a besarlo tiernamente; acaricié con mis labios sus senos, pero ella seguía inalterable, algo que causó en mí una gran confusión. Rocé con mis labios sus axilas y luego su vientre; la curva del ombligo fue dibujada con mi lengua y me supo a pura miel; subí besándola lentamente hasta perderme entre su cuello, extasiado de placer hasta llegar de nuevo a su boca; nuestros ojos se encontraron y de golpe sentí vergüenza, un tremendo rubor que me hizo apartarme de ella, impelido por un repentino alud de raciocinio. Todo mi yo comenzó a sentirse profundamente turbado. ¡Deseaba que esto no hubiera ocurrido; el sentimiento de culpa se cernió sobre mi conciencia sin piedad ninguna!
Claire me miraba como se mira a un niño. Entonces me arrodille ante ella, llorando, tomando sus manos entre las mías. Me erguí de golpe y la cubrí con su blusa. La abracé cariñosamente y entre sollozos suplique perdón y le pedí se marchara. Sus ojos ahora se bañaban en un incipiente caudal, pero no pronunció una palabra hasta que se hubo incorporado, tomado su block y, ya junto a la puerta de la calle, me miró, limpió sus mejillas y pronunció un "no te castigues" que no olvidaré.

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A partir de aquel día mi vida tomó otro cariz. Después de esas sesiones de pintura que he mencionado, vinieron otras, pero yo procuré mantenerme alejado, pues no era así como mi corazón quería amar; de hecho, aquella manera de sentirla o desearla me parecía nacer estigmatizada y por tanto se me hacía sucia ya desde un principio. No sé si mi educación en el seguimiento de la moral cristiana tuvo que ver, es posible, pero al margen, mi propia conciencia me avisaba o me recriminaba la libidinosa esencia con la que se gestaba un sentimiento que debería mostrarse libre de mácula. Sencillamente estaba avergonzado de mí mismo.

Durante ese tiempo me dediqué a mi trabajo con más empeño; tomé, por otro lado, la costumbre de caminar, a veces raudo, otras disfrutando de los escaparates, de las gentes, de los monumentos y de todo lo que me rodeaba. Procuré distraerme de cualquier forma: visitaba exposiciones o asistía a conciertos; también me dediqué más profundamente a la lectura de los clásicos: por mi mano pasaron Flaubert, Dovstoievsky, Unamuno, Sthendal, Galdós o Hesse, pero confieso que la imagen de Claire no desaparecía de mi mente, aunque con el tiempo mi querencia quiso ser otra muy distinta: comencé a amarla con la mirada de quien necesita la esencia, no de quien desea encontrar en lo mundano el placer de los sentidos más primarios. Muchos fueron los momentos que incluso llegué a olvidarla, de modo que esto, lejos de apenarme, me producía una sensación placentera de bienestar, un sentimiento de paz y armonía que me transmitía felicidad. Escuchaba de labios de Gabriel su nombre algunas veces, pero mi mente dejó de imaginarla  desnuda. Su imagen en mi retina pasó a ser únicamente el de su rostro, sus ojos. Creo que me sentí a gusto conmigo mismo por una vez; así era como mi conciencia quería o deseaba sentir.
 El lienzo con la imagen de Claire ya secaba por aquellos días sobre la pizarra de corcho. Cuando me sentaba en el salón, comencé a observarlo, en la distancia, y tuve la sensación de que su parecido era cada vez mayor; sin embargo, al acercarme solo distinguía los clásicos trazos de una mujer tendida, como cualquier otra.
La despedida de Gabriel llegó pronto, y para entonces ya era distinta nuestra amistad. Su ida dejó una herida y una soledad que eché de menos con toda la aflicción que hubiera podido imaginar; fue doloroso el adiós en el andén de la estación, lleno de bultos y maletas, con su chaqueta de cuero gastada, sus vaqueros blanquecinos y sus siempre únicas zapatillas deportivas. Ocultó sus ojos tras unas gafas de sol, pero no pudieron hacerlo sus quebradizas palabras y su fuerte abrazo, y su mano tendida hacia la mía, y su nuevo abrazo último antes de subir al vagón. Tampoco pude yo adulterar mi alma compungida –siendo yo mismo el primer sorprendido-, porque con él se marchaba un bonito espacio de mi vida: con él había conocido la realidad de una amistad verdadera, había aprendido a valorar lo diferente o lo enigmático; a estimar el placer de compartir. La amistad había sido y era él en todos sus valores. Gabriel ofrecía sin reparar en el qué o para qué como contrapartida; Gabriel no conocía la ambición; su sueño era la pura creación por el placer de vivir su espacio en la vida, por iniciativa natural; por el más primario de los instintos, ese que nace limpio, transparente, incontaminado; ese que se ofrece, que se abre a la humanidad, que se nutre a sí mismo, que se complace con un gesto o la palmada de un amigo. Esa manera excelsa de sentir la vida también me la enseñó, y yo pensé que comenzaba a vivirla y a hallar sentido en ella.
Pero Gabriel debía encontrarse con su pasado y prefirió hacerlo cuanto antes. A él le esperaban las sombras y los recuerdos, más también la misma luz y un futuro por conquistar, y una seguridad en el reencuentro; su niñez; su adolescencia misma y sus viejas amistades le esperaban y él era consciente; sabía que entre las paredes de su casa al fin conocería su principio, conocería que aún no estaba solo porque la llamada no era ajena sino parte de su misma parte.
-¡Adiós, amigo -escribí en mi mente- hasta pronto compañero, te llevas un pedazo de mi vida también, pero ese espacio estará siempre colmado de apoyo hacia ti; allí será donde mi corazón llene con los mejores deseos, la copa que un día tomamos, y brindaré por ti siempre, y cuando me encuentre solo, sé que estarás a mi lado, aunque no volvamos a vernos!
El tren comenzó su lento camino y puso un punto de ruptura en nuestras vidas, pero a la vez un nexo intangible y una nueva prueba que superar. Allí permanecí hasta que mi vista sólo divisó una mancha en el horizonte, entre el paisaje urbano.

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Capítulo 4




Necesité tiempo para creer haber puesto en orden mi cabeza, mis ideas. Pero el sueño de aquella noche fue a la vez placentero y reparador, y actuó a modo de dietario, organizando un poco mi jeroglífico interior.

El lienzo con la imagen de Claire ya secaba por aquellos días sobre la pizarra de corcho. Cuando me sentaba en el salón, comencé a observarlo, en la distancia, y tuve la sensación de que su parecido era cada vez mayor; sin embargo, al acercarme solo distinguía los clásicos trazos de una mujer tendida, como cualquier otra.
Más adelante, mirándola relajadamente, observé un detalle que me había pasado desapercibido quizá. En un comienzo lo tomé como un trazo inconexo sobre la parte alta del lienzo; algo así como una mancha. Cuando me acercaba a él, esa especie de brochazo de pintura de tonos imprecisos, parecía mezclarse con el contexto, camuflándose totalmente. En principio no tuvo más interés que la simple anécdota, por ello prefiero dejar aquí este breve apunte para referirme a él más adelante.
Los días siguientes dejaron en mi mente impregnado un leve susurro quizá; una quietud, una paz en mayúsculas. Comenzaba mi andanza sin saberlo a penas, y ese estado me permitía disfrutar con plenitud de pequeñas cosas; circunstancias normales que la vida pone ante nosotros y de las que no somos conscientes o no valoramos; aquellas que aprecias cuando ya han pasado; que echas de menos cuando ya es tarde: la conversación con un amigo, sin prisas; la luz de una tarde soleada o los simples juegos de los niños en los parques. Posiblemente algo estaba cambiando ya dentro de mí. Me apreciaba restaurado, aunque también diferente o extraño entre los demás.

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Mientras pertenecía en el apartamento, entre idas y venidas, me era imposible dejar de mirar sus trazos, aunque solo fuera fugazmente. Muchas veces, aún habiéndola observado hasta la saciedad, quedaba paralizado penetrándola con la mirada como quien desea escrutar en la noche ciega; conocía cada trazo, cada gota de pintura sobre la tela, pero aun así, cada vez encontraba que mis sentidos habían sido susceptibles de percibir algo esencial que parecía tomar vida propia. Tanto es así que mi obsesión fue creciendo a medida que transcurrían los días; a veces me consolaba a mí mismo en la tranquilidad de que fuera producto del propio secado, pero tan pronto pensaba eso, mi mente lo negaba con mayor seguridad si cabe.
Me sentaba en el diván, solo, y mis ojos la buscaban como hipnotizado, con miedo incluso; con la esperanza de encontrarla exactamente igual que antes, pero no era así. Incluso sus colores me parecían cambiantes, si no fuera porque la luz del sol pudiera conferirles diferentes tonalidades. Me acercaba y me alejaba, alternativamente, una y otra vez, y siempre percibía que en la distancia Claire era cada vez más exacta; descubría cada día nuevos matices que iban poco a poco otorgándole una perfección fotográfica; sin embargo, luego me acercaba y su rostro parecía mutar; era cambiante, diferente, aún en la forma más sutil. Y aquella mancha inconexa, también se me antojaba que fuera perfilando cada vez más una silueta.
Comencé de hecho a sentir una sensación desagradable. Un día, ya entrado el otoño, convencido de que hubiera secado -más en mis deseos que por otra circunstancia-, toqué una de sus esquinas para cerciorarme, pero lejos de ello, me manché abiertamente los dedos, como si acabara de pintarse. Di dos pasos hacia atrás, como impulsado por un resorte. Sabía que ese hecho no era coherente, de manera que la circunstancia me erizó cada vello de mi cuerpo.
Aquello comenzó poco a poco a obsesionarme de tal forma, que llegué incluso a no salir a la terraza. Sin embargo, por otro lado, su visión me hechizaba, me invadía plenamente. 
La realidad era que Claire debía venir a recogerlo, pero pasaba el tiempo y no lo hacía. Evidentemente que mi interpretación se limitaba a ser la de su rechazo hacia mí, su voluntad de no volverme a ver. Esto me atormentaba especialmente, ya que toda mi intención era hacerle ver que yo había cambiado rotundamente. Sin embargo, desconocía su paradero y por supuesto su domicilio, por tanto, descartaba toda iniciativa plausible por mi parte. El sentimiento de culpa fue lentamente acrecentándose con los días, aún en la intención profunda de olvidar todo lo que había sucedido entre nosotros dos.
Por descontado que hubiera ido al fin del mundo de haber conocido la forma de encontrarla, pero no era así, de manera que debía esperar pacientemente hasta que ella hiciera intenciones de llamar a mi puerta, y mientras tanto, debería seguir viviendo con la contemplación del óleo, que día a día me iba incomodando más.
Solía por aquella época acudir a parques y otros lugares públicos para escribir los artículos del diario, pues encontraba en el bullicio una mayor concentración, así que tomé esa actitud como costumbre, y me fue muy bien. Recibí la llamada de una editorial cuyo interés era el de agrupar en un libro mis artículos, que solían tratar temas de pensamiento, crítica social o los más básicos sentimientos humanos. Había reunido ya tal cantidad de ellos como para escribir no uno, sino varios tomos. A veces solía convertirlos en pequeñas historias o relatos encaminados al análisis psicológico; otras, sobre todo en la última época, habían hecho mención a aspectos relacionados con el amor, indudablemente influenciado por mi etapa personal. 
Llegamos al fin a un acuerdo mediante el cual, se decidió editar una pequeña tirada titulada "más allá del periodismo". Estoy hablando con esto de un espacio de tiempo no menor a un año de mi vida. Como tuvo bastante éxito entre el público femenino, se imprimió una segunda tirada, y poco a poco mi carrera periodística fue abriéndose camino, pero más direccionada hacia la literatura propiamente dicha que la mera redacción periodística. Esta nueva coyuntura personal me animó considerablemente, de forma que pasaba horas y horas escribiendo, estudiando argumentos e intentando expresar con todo el interés y la profusión que me eran posibles. Prontamente la editorial consideró que mis historias de amor eran sin duda las que más interesaban a este tipo de público, por lo que me alentaron a que orientara decididamente hacia allí la literatura de mis artículos. Por otro lado, estudiamos con ilusión el proyecto de una novela, algo que comencé a construir poco a poco en mis ratos de ocio. 
De tal forma me cambió la vida en el aspecto profesional, que pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo y escribiendo hasta bien entrada la noche, sin otra pausa que las horas de la comida o la cena. 
Un día de saturación, decidí pasear tranquilamente por los aledaños de mi domicilio. Inmediatamente se me vino a la memoria la niña que bailaba al son de la música que nacía desde su más tierno interior; aquella cuyos ojitos soñaban quizá con un infinito mundo de colores, comprimido en su pequeña lamparilla de cristales verdes. La eché de menos; simplemente la eché de menos, aunque tenía la convicción de que volveríamos a vernos.
Olvidé comentar que recibí carta de Gabriel poco más de un mes después de su partida. Era una carta sencilla, corta y concisa. Me expresaba con ilusión sus progresos en la adaptación a las nuevas circunstancias de su vida. Me alegró saber que superaba sus miedos y que su vida había experimentado cambios, si bien, Madrid no llegaba a tener la proyección que Barcelona en el aspecto artístico, según su criterio. No obstante había hecho amistades nuevas en el Parque del Retiro, donde acostumbraba a exponer, o en la Plaza Mayor, cuyo lugar le traía a la memoria recuerdos de la infancia.
Le leí feliz, y así intuí que se encontraba. Cuando contesté a la suya, no hice referencia alguna al óleo, pues por aquellos días no era tema que me preocupara, como ocurrió con el tiempo. Pero fueron muchas las cosas que sucedieron y que ni yo ni nadie esperarían en condiciones normales.

Una de las tardes en que disfrutaba de mis paseos, me senté en las escaleras de una iglesia a la que solía ir de joven, entre su arquitectura románica, y se me vino Claire al pensamiento, pero con más fuerza de lo que lo había hecho en los últimos tiempos. Tuve unos momentos de desfallecimiento anímico, de manera que comencé a maldecir no haber podido verla de nuevo. En cierto modo, no asimilaba que el destino nos hubiera apartado así de esa forma y no me hubiera dado la ocasión de haber tenido un momento para poder expresar las palabras necesarias para hacerme sentir en paz. Aquella fue una tarde realmente triste en mi interior, en la que sentí mi alma completamente deprimida, y bastante sola también.

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Debo seguir narrando mi historia, queridos amigos, pero en tanto lo hago, a veces me invade un hondo pesar cuando recuerdo lo que todavía no puedo relatar. Hondo y doloroso se me hace ahora, en la distancia, recordarla, tan llena de vida, meciendo su cabello con cada gesto. ¡Amor, te echo tanto de menos; daría tanto por estar a tu lado, dormirte entre mis brazos y mirarte eternamente; ser apenas tu compañero, tu guardián, quien respirara como esencia tus palabras; recibir tu perdón y llorar a tus pies clemencia; te echo tanto de menos que mi vida no la tengo por ingrata, sino que es la crueldad misma, amor; se me llena la boca de ti y al mismo infierno quisiera ir si purgara uno solo de mis impuros pensamientos del ayer!

¡Si pudiera abrazarte ahora, si la vida en ti fluyera y la muerte segara la mía, abriría más que una estrecha vereda ante tus ojos! Pero ahora debo someterme al sortilegio del remordimiento y lo desconocido, y aunque te siento a veces, no puedo verte. La locura misma habitará en mí seguramente dentro de poco, mas la daría por buena si con ella dejara esta vida abrazado a la tuya. Son muchos los días en que, la sinrazón me lleva a hacer locuras como dibujar  la curva de tus labios con mi índice, en el aire; el suave arco de tus ojos verdes como hojas de castaño; escucho la música de tu voz entonando la más dulce de las melodías y creo no poder vivir más abatido. Quitarme la vida quisiera si con esto pudiera revivir nuestro último encuentro, por un momento siquiera.
Perdónenme una vez más pero lo que para mi significaba la vida seguramente hubiera acabado con el relato, de no ser que las circunstancia te van haciendo cada vez más inhumano en muchos sentidos, y esto te hace sobrevivir.
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Pasó algún tiempo; no sé cuánto. Pero aquella noche alguien me despertó, lo juro; sentí sus dedos sobre mi brazo descubierto. Tardé un momento en reaccionar pero no fue un sueño. Alguien me había tocado, me había llamado; en aquella madrugada me llamaron.

Recuerdo cada momento como si en este mismo instante ocurriera. Escuché susurros fuera, en el salón; sentí frío, un terrible frío interno que me hacía tiritar. Luché contra ello pero salí a su encuentro. Por momentos sentí erizarse todo el vello de mi cuerpo; sabía que no estaba solo, lo notaba allí cerca; su presencia me acompañaba, casi podía percibir hasta el olor de su cuerpo. ¡Y me era muy cercano, por Dios que sí! Pero en ese momento no acerté a identificarlo; tenía miedo, verdadero miedo; terror. Caminé agazapado entre el marco de la puerta y el pasillo, escondido en mi silencio y sin una sombra que su luz tuviera. Temblaba todo mi cuerpo a cada susurro que percibía. ¡Y ese sonido de roce, acompasado, idéntico en cada movimiento! Algo empecé a presentir de pronto, pero mi mismo yo lo rechazaba rotundamente. ¡Sería un sueño! Comencé a tocar mi cara por descartar no encontrarme despierto. Pero lo estaba y todo había sido cierto, como ciertos eran los ruidos que del salón llegaban, y la mano que tocó mi hombro con un suave balanceo. Seguí caminando, tan despacio que apenas yo era consciente, como el que no quiere llegar nunca a su fatal destino. Creí estar loco, lo prometo. Poco a poco fui observando hacia afuera y lo que vi casi paraliza mi corazón entero: el lienzo, si, el lienzo. Su pintura se movía sutilmente, y con cada movimiento, con cada trazo, el susurro se clavaba en mis oídos. Mis ojos eran dos cuencas abiertas. ¿Saben lo que es sentir miedo? Ahora era espectador en mi incomprensión misma de la magia de esos cambios en el óleo; ahora mi locura se aproximaba a sus más grotescos paroxismos. De repente, entorné un poco los ojos, pues algo había apreciado entre la oscuridad, solo apenas interrumpida por la luz de una lejana farola. Entorné como digo los ojos para dar crédito a lo que era testigo, y pude ver una fugaz figura humana; un espectro etéreo danzar casi en su lucha: de atrás adelante, otras rozando casi el cuadro; después retroceder dos pasos y otra vez adelante, incansable, una y otra vez hasta que al fin, arruinada mi integridad ante esa escena, quien fuera giró su cara y creí percibir aún en la ausencia de rostro, entre esa materia violácea, la figura de un fatal presentimiento. Tal fue mi nivel de excitación que caí desplomado y amaneció el día encontrándome tumbado sobre mi diván, acariciando su lecho, perdido ya su perfume, pero todavía en mi recuerdo; por siempre.



Como no podía ser de otra forma, mi propia casa se convirtió en un tormento insufrible, pues no conseguía pegar ojo, aterrorizado como estaba por la experiencia de la noche que acabo de relatar. Opté por cerrar a cal y canto puerta y persianas de la terraza, de manera que no tuviera la más mínima oportunidad de presenciar absolutamente nada. Los primeros días escribía en cualquier lugar menos en mi mesa de trabajo; comía y cenaba fuera. Cuando accedía al interior, de noche, lo hacía siempre con la desagradable sensación de ser observado, algo que me producía un profundo escalofrío que recorría toda mi columna vertebral de abajo arriba y me erizaba el cabello. Pueden hacerse a la idea de que esta situación no era en absoluto asumible, en primer lugar porque mi salud pronto se vio menoscabada, desde luego. Me tumbaba en la cama y, tanto si me mantenía con los ojos abiertos o cerrados, comenzaban formas extrañas a danzar en torno a mí: objetos inanimados que iban y venían; aparecían y desaparecían como pequeñas luces con formas diferentes e incluso se movían de aquí allá, dándome la sensación de que en algún momento iba a ser objeto de otra sacudida por parte de aquellos dedos sobre mi hombro, impulsándome a levantarme; desagradable situación en todo punto e inaguantable por mucho tiempo. Mis oídos se aguzaban en extremo ante el temor de escuchar el mismo sonido de roce, o ese susurro cavernoso que me producía estremecimiento solo de pensarlo. Sentía tanto terror, que las noches pasaban contando las horas una tras otra.
Uno de aquellos días conocí en la redacción a un tipo interesante, llamado Martin G. Landa, quien había dedicado parte de su carrera periodística a cubrir la información de países de Centroamérica. Tuvo la suerte de ejercer de corresponsal en una etapa muy delicada de la historia de Nicaragua, Honduras y México, trabando amistad con sacerdotes Jesuitas de la llamada “Teología de la Liberación como Andrés Aubry o el propio Obispo Samuel Ruiz. Portaba orgulloso en su hombro una "herida de guerra" que le ocasionó la “Contra” Nicaragüense en un incidente del cual salió milagrosamente vivo. Mi amistad con él comenzó de casualidad en un seminario titulado “periodismo: la fuerza de la palabra escrita” al que confluyeron numerosos colectivos y que iba encaminado a poner de manifiesto los distintos procedimientos mediante los cuales, el valor de la palabra impresa influye en las distintas corrientes de opinión, en el ámbito político, social y religioso de los pueblos. Como por aquellos días mi vida estaba un poco carente de sentido o, dicho de otra forma, necesitaba una mayor motivación que mantuviera mi mente apartada de otras circunstancias, me interesé abiertamente por esta forma de periodismo.
Martin era una persona muy cercana, como todos los que habían vivido experiencias de ese tipo en alguno de aquellos países. Me parece que sólo el hecho de pedir un destino semejante ya te confiere una connotación especial. Se puede ejercer la profesión desde la base, en el campo de batalla, vistiéndose con los mismos jaeces que el pueblo llano, o desde el sitial de los intocables cuyo distanciamiento, les hace del todo incompatibles con los conceptos éticos más primarios. Su pensamiento era este, y su actitud la de una renuncia sin paliativos a la traición de sus convicciones; de marcado signo agnóstico, pero con una vinculación de justicia muy comprometida con la causa de los oprimidos.
Como mi interés era tan grande, tuvo a bien acompañarme y compartir unos vinos conmigo, mientras conversábamos acerca de este ministerio, que tuvo tan grande repercusión a nivel mundial y marcó quizá un punto de ruptura con el pasivo sometimiento a que se veían impuestas las clases indígenas.
Pasada la tarde le hablé un poco de mi incipiente carrera y mis intenciones claras de darle un sentido mayor a mi vida profesional. Me pareció curiosa una reflexión suya con respecto a ese interés innato de muchos seres humanos, por trascender a la propia existencia terrenal mediante la obra legada, ya fuera en materia de inventiva o en el descubrimiento o, simplemente en la lucha encaminada hacia un bien común, de manera desprendida, siendo consciente de tu propia mortalidad y la duda existencial que a veces genera, en tanto se cierne la pregunta de para qué vale algo que perdura si tú no lo haces también; de dónde y por qué nace ese sentimiento .
Quizá fue el alcohol quien hablo por mi boca –que hay que decir que fue haciéndose buen compañero mío-, pero lo cierto es que le comenté mi experiencia pasada y las sensaciones tan extrañas que me había generado; el sinsentido mismo de aquello y la ansiedad o preocupación con respecto a mi amigo Gabriel. Me escuchó con total atención, asintiendo de cuando en cuando e incluso tomando notas escritas sobre una servilleta. Sus consejos me ayudaron bastante, si bien me pidió un estudio más detenido y solicitó mi permiso para comentarlo con un amigo que también era conocedor de la mucha literatura que hay sobre estos temas. Aquello hizo que mis ánimos se tranquilizaran un poco; pensé que podría existir todavía una puerta de salida que pusiera un punto de coherencia y que me hiciera vivir en paz.
-Vamos a hacer una cosa, si te parece - pronunció tras unos segundos de meditación-. Tengo la impresión de que lo que me cuentas es verídico, o sea, no quiero decir que dude de tu palabra, sino que las sensaciones que has tenido son reales –volvió a meditar durante unos segundos, frunciendo el ceño mientras perdía la mirada. Al tanto, yo le observaba como quien observa la resolución de una película en sus minutos finales. -Vas a dejarme recurrir a una práctica que conozco –siguió diciendo- y que no he usado desde que vine de Méjico. Me estoy refiriendo a un hongo que utilizan allí algunos indígenas desde antes de ser colonizados. Será interesante saber si estamos en condiciones de conectar con experiencias en otro plano de vida. Podemos estar ante un caso claro y no debo personalmente dejar escapar esta oportunidad ¿Qué me dices?
Evidentemente que se me erizaba el cabello solo de observar la seriedad con que se tomaba mi experiencia. Parecía decidido por completo a tomar cartas en el asunto e incluso insistió en visitar mi apartamento el día siguiente, a lo cual, contesté de manera afirmativa, viéndome un poco en un callejón sin salida, aunque de igual forma hubiera accedido si esto hubiera significado ir inmediatamente. Parecía tan seguro de lo que decía que lo consideré como mi única salvación.
-Cuenta con ello, Martin; estoy dispuesto- proferí, sin meditar mucho mi respuesta.
-¡Bien –exclamó-, no se hable más, mañana a la misma hora volvemos a vernos y te acompaño!- y emitió una estentórea carcajada al tiempo que estrechábamos las manos.
Por el camino de vuelta intenté convencerme a mí mismo de que esa era la única o última solución que había de plantearme antes de abandonar la casa. También es cierto que en los siguientes días no había vuelto a ocurrir nada plausible o digno de mención, pero dentro de mí tenía la extraña sensación de que nunca me había abandonado ese ser que creí ver a través de los cristales de la terraza. Pronto me arrepentí de haber comentado el asunto con alguien. No tuve que esperar siquiera a la noche para ser testigo de fenómenos extraños, sino que ya desde el momento en que pisé el apartamento empecé a sentir presencias ajenas que parecían seguir cada uno de mis pasos. Toda la piel de mi cuerpo se erizaba de continuo; encendí cada luz de la casa pretendiendo huir del terror que me embargaba de pies a cabeza. “¡Qué quieres de mi –gritaba-, quién eres, déjame de una vez!” Pero no encontraba respuesta alguna ni fuera ni dentro de mi consciencia. Caminaba de un lado a otro de la casa, como un excéntrico, sin parar en ningún lugar un solo minuto. Bebí entonces más de la cuenta; en realidad acabé la botella de whisky que aún quedaba en la alacena y un paquete de tabaco completo. Por fin, medio borracho, fijé la mirada en la puerta de la terraza, anclada a cal y canto con sus herméticas persianas; me dirigí hacia ella con el ánimo resuelto y comencé a subir las lamas que ocultaban el exterior, poco a poco y con un temblor que inundaba mi misma alma. Mientras lo hacía, descubrí medio oculto entre las patas de una pequeña rinconera, la libreta de Gabriel, pero mi atención se desvió de nuevo al escuchar pequeños susurros, que mis sentidos traducían como risas macabras, como reconfortadas en la complacencia de haber conseguido su objetivo. Cada tramo de persiana que era subida por mis brazos parecía amplificar el volumen de esos susurros, de esos sonidos acompasados, tal y como los oí la primera noche, pero ahora mi espíritu estaba decidido a plantar cara a esta locura, con total resolución y sin titubeo alguno.
Poco a poco la luz de la noche entró a través de los cristales. Todavía siento escalofríos cuando recuerdo aquellos momentos en que mi ebria visión comenzó a detectar una macabra presencia justo enfrente de donde me encontraba, tras sólo una lámina de cristal, con su sonrisa estática, sus ojos traslúcidos, la forma transparente de su cuerpo, sus extremidades perfiladas, como flotando en medio de la nada. Mi cuerpo entero dio un salto hacia atrás, impulsado por la espantosa visión. La sórdida mueca de su rictus no cambiaba ni un ápice en todo momento, pero sus cavernosos ojos, como galerías siniestras, no cesaban de atrapar los míos soporíferamente. Al poco, mientras hube retrocedido hacia atrás todo lo que el espacio del salón me permitía, cambió su posición, se acercó al óleo y continuó, como aquella vez, irrumpiendo contra él, de manera mecánica, impulsando sus dedos entre la pintura y manipulándola como si de verdad pintara sobre ella, con golpes atropellados y sincrónicos, alejándose y acercándose raudamente. Mi mirada pasó a ser espectadora de los cambios que se operaban dentro del óleo, y puedo jurar que éste modificaba su aspecto, aunque solo fuera de forma exigua. La figura que se plasmaba sobre él era una reproducción fotográfica de mi amada Claire; era tanta la fidelidad de los rasgos, de los trazos, del color empleado, de la utilización de la perspectiva, de las cantidades de pasta utilizada en cada lugar de la tela, que la figura de Claire parecía incluso estar allí mismo. La observé entonces embelesado, hechizado, y fui acercándome más y más hasta perder la atención sobre todo lo que me rodeaba. Mis pasos me aproximaban cada segundo a ella; mis manos querían acariciarla y mis sentidos vivirla de nuevo; parecía incluso mirarme dulcemente, con su sonrisa sagaz y sus brazos extendidos, como queriendo abrazarme. ¡Mi corazón amenazaba con estallar, con salirse del pecho, con liberarme del peso de la vida! ¡Nada humano podía llegar a conseguir tal perfección! Esa imagen era Claire; no se parecía, ni siquiera podría conceptuarse como una pintura hiperrealista, ¡era la imagen fiel y viva, de ella! Caí de rodillas, por fin, sin apartar la vista ni un instante de la figura fantasmagórica que a mi lado tenía, del gesto ahora amable de su cara, de la imagen sagrada de mi amada que yacía sobre el diván, dentro del lienzo. Lentamente me incorporé de nuevo, mientras el espectro desaparecía como si fuera humo difuso, como si su función hubiera acabado con la terminación de su obra. ¡De su obra -pensé-. Gabriel! ¡Eres tú -gritaba-, dime si eres tu, amigo! Fui acercándome lentamente, henchido de gozo con la contemplación de mi amada. ¡tanto la deseaba que por un momento creí tenerla allí mismo! Me acercaba lentamente, con el hechizo de la pasión más ardiente y el vértigo mental producido por el alcohol que había ingerido. Mi boca se convirtió en una mueca de placer mientras disfrutaba de lo que parecía realmente la imagen viva de Claire, desnuda, con una explosión de fogosidad que me llamaba, que me invitaba a amarla; que deseaba ser amada ardientemente. Todo el espacio circundante me daba vueltas, como si girara en torno mío, pero ella permanecía quieta y con el aspecto de poseer vida real, fresca como una planta inundada de rocío. Mis ojos eran flechas clavadas en su imagen perpetua, acercándome más y más, tan lentamente que era inapreciable el movimiento de mi cuerpo. De repente, cuando ya parecía dispuesto a abrazarla -así me pareció en ese momento-, algo comenzó a cambiar en ella. Su cuerpo empezó a velarse ante mis ojos, como si estuviera cubierto por una especie de pátina de barniz. A medida que ganaba unos centímetros solo, tuve la impresión de que el aspecto de lo que le rodeaba no era el mismo; el entorno era otro lugar. El diván se convirtió en un lecho de colores vivos: rojos, azules como el cielo; magentas con forma de corazones, amarillos con la alegría misma del sol; de hecho había soles dibujados por doquier, y nubes blancas y árboles de verdes ramajes y troncos ocultos entre prados extensos. La pintura se convirtió en una película ante mis ojos: las hojas de los árboles volaban impulsados por la suave brisa del aire; bandadas de pájaros iban y venían, y se posaban sobre las ramas o sobre el verde campo reverdecido. Todo era una explosión de vida, de frescor; tan fuerte era la sensación, que parecía salir y acariciarme la cara. Cerré los ojos un momento, aspirando fuertemente la refracción que sentía nacer de allí mismo y me inundaba como brisa catártica. Pasé así un tiempo que me es imposible determinar; era tanta la felicidad misma que penetraba en mis entrañas, que hubiera permanecido quizá hasta el fin de los tiempos. Cuando abrí los ojos nuevamente, observé la figura que dormía dulcemente entre sábanas de vivos colores; quedó mi mirada fija sobre su rostro, el rostro de una niña, con toda la ternura de su dulce expresión de reposo, de serenidad. La niña que un día hubo en ella, en Claire; seguramente la niña que seguía habitando en un rincón dentro de su corazón; el espejo mismo de su alma pura, el alma que muchos seres humanos llevan adherida por siempre para ventura suya y que otros desconocen o desprecian. Puedo jurar que nada agradezco tanto como aquella experiencia puesta en mis manos, en mis sentidos en estado natural, de manera genuina, como nunca había vivido hasta entonces. Era de nuevo la imagen de la inocencia, hasta ahora simbolizada por mí en aquella niña preciosa con la que comencé el relato; era el mismo mundo candoroso, idealizado, de añorada pureza, el más mágico de los retablos donde la única verdad se cernía en torno a la más impoluta y virginal de las esencias, el néctar del amor, quizá cósmico, eterno.
Entonces toqué el lienzo, ahora completamente seco, como si llevara años pintado, pero con la frescura de la pintura recién mezclada, lleno de magia y color. Allí estaba mi vida; allí estaba Claire en su ayer y en su hoy, aunque no en el mañana, que querría haber sido yo quien lo pintara, yo quien lo viviera junto a ella; yo debería haber sido quien permaneciera allí dentro también, a su lado, aunque no hubiera sido más que un objeto inanimado, pero a su lado siempre, con la simple complacencia de la delectación misma de su cuerpo, de su presencia. Y en cierto modo es así, pues día tras día acudo a mi cita, la cita que me da el sentido mismo. Aunque existieran cientos de mundos más, allí estaría, fiel a mi voluntad férrea. ¡Amor, sé que me reconoces, que soñamos en el renacer; en un mañana juntos! Pero nuestras almas lo están ya, no lo dudes, yo te pertenezco aún en nuestro infortunio y tú en mi eres el sentido, la magia de vivir aún en la muerte; la misma realidad detrás de una quimera ¡Mi pequeña!
Y así pasé la noche, despierto, o soñando una vida paralela tan real como cualquiera, abrazado a mi amor y sin otra medida que la de buscarla, como único destino, como única meta.

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Cuando mis ojos se abrieron, no recuerdo la hora, estaba aturdido, pero extrañamente descansado. Mi primera mirada fue hacia el lienzo, que tapé con un paño como se tapa a una criatura recién nacida, con el celo de la protección, pero también como se oculta el cuerpo de tu amada a los ojos de otros hombres, con la pretensión misma de hacerlo sólo tuyo. Me sentí feliz, aún en mi soledad y en la excentricidad que lo envolvía todo.
El libro de notas de Gabriel apenas contenía unos apuntes de ideas que le habían surgido en algún momento sobre la resolución de sus trabajos. Disponía de unos bocetos garabateados y anotaciones entremezcladas. Nada más importante que eso, salvo la última de ellas, que era la de Claire, y que evidentemente fue la única que me llamó la atención: había compuesto varias disposiciones posibles, diferenciadas cada una de ellas por pequeños matices, como la postura de un brazo o una pierna, o una leve inclinación del torso. Ninguna cosa más contenía esa libreta, y por supuesto nada que debiera haber alimentado mis estúpidas sospechas del pasado.
Martín acudió a la cita como habíamos planeado. Aquella tarde me encontraba totalmente renovado; era feliz, y él lo notó y me lo hizo saber. No podía imaginar la razón misma de todo ello, pero ahora tenía más claro que nunca que mi lugar de encuentro con ella no debería cambiar nunca. Tomamos unos vinos y hablamos, y fueron varias las veces que se reiteró en su admiración sobre mi admirable cambio. ¡Me producía risa pensarlo, pero me callaba como se calla el más preciado de los secretos: teniéndolo para ti; disfrutándolo en el mutismo, en el silencio total! Sentía ansias por saber qué iba a ocurrir, pero en el fondo mi alma se encontraba reconfortada; era curiosidad más que otra cosa, por comprobar si mediante esos estados alterados de consciencia que me prometía, podría llegar aún más lejos de lo que había sido capaz por mi mismo la noche anterior. Traía un hongo, que ingerimos masticándolo minuciosamente, sentados en el mismo suelo, sobre una alfombra, y no pasó mucho tiempo hasta que comencé a sentir los efectos: primero físicamente, me sentía mareado, con una sensación nauseabunda que iba desde el estómago a la garganta. Todo lo que había a mi alrededor comenzó a dar vueltas y a cambiar de color; tan pronto era centelleante como que cambiaba y me sumía en la total oscuridad. Creo que me levanté varias veces sintiendo que se me escapaba la vida; luego volvía a sentarme o me tumbaba agitadamente, con movimientos espasmódicos. Martín parecía controlar más los efectos: entrelazaba las piernas, en la clásica postura de yoga y dejaba caer su cabeza hacia el pecho y así estuvo durante toda la primera parte. Más tarde, esos primeros efectos fueron pasando poco a poco, haciéndome sentir mejor en ese aspecto, pero me di cuenta de que tenía la sensación de flotar, como si mi cuerpo no pesara, como si levitara por encima del suelo; era una sensación placentera, como de ingravidez. Todo lo que me circundaba comenzó a tejerse con colores muy vivos, totalmente irreales, pero de una vistosidad impensable, como si cada objeto estuviera compuesto de miles de puntos brillantes, como si fuera capaz de ver cada átomo de la materia. Yo mismo parecía estar rodeado de una especie de aura de colores radiantes; algo digno de ver e imposible de imaginar en toda su extensión. Flotábamos los dos como si fuéramos materia etérea, despreciando la misma gravedad, a la vez que nos invadía una sensación de plenitud tanto física como mental. Escuché a Martín su recomendación de que intentara focalizar mi atención en aquello que quisiera conocer a fondo, aquello que me inquietara. Lo primero que se me vino a la mente fue Claire, pero decidí saber antes de nada la situación de Gabriel, su estado de salud. Esto era lo que más me preocupaba; tenía un mal presagio que deseaba dirimir cuanto antes, y no me fue necesaria una gran concentración; bastó pensar en él para, poco a poco ir entrando como en otro espacio que parecía estar apartado de mi mundo; era como quien dobla una hoja de papel que previamente ha dibujado y parte de esos dibujos caen hacia un lado y los otros hacia el contrario; esa era la sensación que tuve. Aquel otro espacio era diferente pero igualmente hermoso. Sin embargo me costó mucho estabilizar su imagen; parecía como si se encontrara allí, pero a la vez estuviera yo dentro de él y esto me hacía muy difícil percibirlo como estamos acostumbrados a hacerlo. Al poco la imagen se desgranó como en millones de átomos de colores y fueron a parar justo al centro de mis ojos, como cuando observamos a través de un caleidoscopio; su cara y su cuerpo fueron tomando forma, adquiriendo dimensión propia; sin embargo no era su mismo cuerpo tal y como le recordaba, era una suerte de vapor denso con forma y con cierto aura plateada a su alrededor. Parecía querer decirme algo, pero no movía sus labios; me percaté de que era capaz de escuchar su mensaje, pero sus palabras no sonaban; era mi mente la que traducía sin ningún esfuerzo lo que me decía. Se reiteraba en lo inmensamente feliz de su estado; quería que no me preocupara en absoluto por él, pero yo le sentí ajeno, como en otro plano; tardé décimas de segundo en tener la seguridad de que Gabriel había muerto físicamente, sin embargo, en ese momento no me importaba, porque los efectos del hongo me hacían sentirme en su mismo espacio, algo que anulaba la tristeza de la pérdida. Viví en la seguridad de una existencia supra terrenal, algo impensable de contar o hacer creer a alguien que no haya pasado por la misma experiencia. Al verle aprecié que ambos teníamos la sensación de no habernos despedido nunca, como si no hubiera pasado tiempo desde la última vez. Sin embargo, cuando intenté saber por qué se encontraba allí, Gabriel comenzó a despedirse; sin dejar de sonreír, poco a poco se marchaba, se difuminaba su figura, y mi mente traducía un correcto “hasta siempre” que me hacía feliz. Poco a poco fui perdiéndole, sin saber exactamente la cantidad de tiempo que había transcurrido. Lo cierto es que, no solo él se evaporaba, sino que todo mi nivel de consciencia lo hacía al mismo tiempo. Mis percepciones pasaron a ser otras muy diferentes: ahora comenzaba a encontrarme como en un estado profundo de paz, de meditación, de reflexión. Entonces observé a Martín, que mantenía cerrados los ojos, en la misma posición. Una miríada de pensamientos se agolpaba en mi mente, una cantidad ingente de información supra consciente; era esa extraña seguridad la diferencia más radical con respecto a la respuesta de nuestro cerebro en un estado normal, donde es común la incertidumbre. Aquí no: Gabriel había fallecido; el cómo no pude averiguarlo, no había tenido tiempo quizá, o no había sabido conducir mi mente hacia esa resolución, pero confiaba en poder hacerlo pronto, si Martín se prestaba a llevar a cabo otra sesión de este tipo. Pero por otro lado estaba Claire, mi deseada Claire, de la que no había tenido noticias desde la última vez que la tuve cerca, más de un año ya; entonces mi interés se centró en buscarla, pero los efectos del hongo habían pasado a otro estadio en el que se me hacía imposible trabajar. No obstante comencé a sentir una verdadera aflicción, que parecía salir del epicentro mismo de mi intestino, una fortísima sensación de angustia o ansiedad. Me encontraba agotado, pero a la vez extrañamente ilusionado.


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Capítulo cinco


Aquel otoño fue invernal, intensamente frío y ventoso. La hojarasca cruzaba ruidosa de aquí allá entre remolinos que subían y bajaban del asfalto. El parque estaba solitario a esas horas de la mañana y se hacía difícil apreciar la lejanía entre la niebla. Aun así distinguí su silueta mucho antes de que se acercara. Martin no se hacía esperar.
-Querido Alberto –espetó nada más llegar extendiendo la mano- ¿cómo pasaste la noche?
Me incorporé del banco. Estreché su mano y subí la solapa de mi abrigo.
-No ha ido mal –contesté esgrimiendo una media sonrisa-. Tomemos un café ¿Te apetece?
-Me alegro; sí por favor ¡Este tiempo no es normal!
Visitamos una de las cafeterías donde solía ir a escribir; desayunamos sobre una de las mesas que daban justo a una pequeña ventana, la misma que portaba aquella lamparilla a la que hice referencia al comienzo de mi relato; allí donde Gabriel me habló por primera vez de su vida. Aquel lugar, con el tiempo, había pasado a ser uno de mis “lugares de poder” -permítanme una subrepticia referencia que quizá muchos no entiendan-, quizá por lo que llegó a representar nuestra amistad o porque en sí mismo la mesa se ubicaba en un espacio de discreto y acogedor distanciamiento. Era bonito mirar a través de esa ventana el invierno, estando rodeado de maderas y una humeante taza de café. Martin no tardó en hablarme.
-Creo que no deberías tomar más de esa sustancia  -fue directo al grano-, por lo menos hasta que tu cuerpo se haya restablecido un poco. No soy partidario, Alberto.
Encendí un cigarrillo. Aquellas palabras me disgustaban profundamente porque todo mi interés ahora se centraba en buscar, de cualquier forma a Claire. Esa mañana me encontraba aturdido, por lo que imaginé que podría deberse efectivamente a los efectos del peyote  en la sangre, en el hígado. Aún sin entender gran cosa, en el fondo lo comprendía y sabía que quizá pudiera  constituir un peligro para mi salud. Por otro lado, era esa nueva sensación de ambigüedad  que se había instalado en mi interior la que yo mismo extrañaba, o sentía ajena y placentera a la vez.  Tomé un sorbo.
-¿Tú crees que no es recomendable? ¡Necesitaría tanto saber dónde se encuentra Claire!
-Efectivamente. Personalmente creo que deberíamos dejar pasar un tiempo. No creo que sea tan urgente como para no poder esperar uno o dos meses; solo hasta que vuelva de viaje. 
-Bien –expresé escuetamente-, como tú quieras. ¿Qué viste o sentiste ayer?-le pregunté con cierta ansiedad-.
-Eso quería comentarte. Para mí fue una sensación placentera. Creo que lo presencié todo como mero espectador –sonreía agradablemente. Su mirada abierta me daba buenas sensaciones en todos los sentidos; era una especie de afirmativa cordialidad que me reconfortaba-. Mi cuerpo está más acostumbrado a esta sustancia –siguió diciendo-, o quizá también mi mente. Sé lo que me espera antes de tomarlo –emitió una pequeña carcajada-. En fin, lo mío fue más un trance hipnótico, muy relajante. 
-¿Viste algo especial, o lo sentiste? –insistí de nuevo pues me encontraba ansioso por escucharle.
-Pues, la verdad es que fue como circundar en torno a la persona de que me hablaste, como estar muy cerca de ella, pero a la vez, creo que os percibí a los dos en sendas que a veces convergen pero no en el mismo tiempo. Seguro que os cruzáis en el mismo espacio, pero a horas diferentes.
No acababa de entender. Tomé otro cigarrillo, nervioso ya. Últimamente aparte de juguetear con la bebida, me había hecho un fumador compulsivo.
-Explica un poco más. ¿Quieres decir con eso que quizá pisemos la misma baldosa de cualquier calle pero a diferentes horas del día?
-¡Efectivamente!-comenzó a reír de esa forma escandalosa con que solía hacerlo.
-Ya, entiendo…
-Sin embargo –siguió hablando-, su paso es más ágil; su vida es diferente a la tuya en todos los sentidos. Creo que ella no se detiene en nada ni en nadie: no crea lazos, no los quiere. No sé, esa es la sensación que tuve en esos momentos. Focalicé todo lo que pude mi atención, aún sin conocerla, y esa es una de las percepciones que me acompañaron durante toda la sesión, salvo cierto malestar último que no sé expresar. Era como estar conduciendo en medio de un túnel y apreciarla a ella en otros adyacentes; va rápida y cambia de trayectoria a menudo, calculadamente y con un objetivo…No puedo decirte más. Yo la olvidaría; esa percepción  también la sentí. 
En ese momento me encontraba abatido con sus palabras; en el fondo comenzaba a considerar que pudiera tener razón. En cierta forma incluso comenzaba a odiarla y a sentirme estúpido.
-Sí, quizá lleves razón-contesté no muy convencido-. Si pudiera hacerlo lo haría. –Mis palabras resonaban en mi interior contundentemente, como queriendo hacer justicia. Creo que ese momento fue crucial. Tuve una extraña impresión de ingrata clarividencia que me hacía percibirme a mí mismo desde otra óptica, una especie de visión de necesario egocentrismo pero que consideraba de justicia. Acabé el café y mi sentimiento hacia Claire temí que hubiera comenzado a difuminarse también. Una gran nostalgia invadió todo mi cuerpo; un golpe de raciocinio brutal, que parecía ubicarme en una realidad extremadamente fría y distante hacia ella. Me sentí deprimido y hasta en cierto modo estúpido por lo que consideraba un tiempo perdido en torno a mi vida. Comencé a pensar bastante más en mí antes que en los demás; no sé si era una necesidad intrínseca o un sentimiento de venganza hacia el resto del mundo del que consideraba no haberme sentido correspondido.
-Bien, Martín –contesté escuetamente- ¿Cuándo vuelves?
-Espérame para dentro de un par de meses. He de hacer un viaje a Haro, donde vamos a asistir a un seminario. No te obsesiones; sinceramente te lo recomiendo, no merece la pena. Mi consejo es –siguió diciendo decididamente- que la olvides; esa mujer no es para ti, lo sé.
Aquellas palabras eran como la consolidación de que el mundo había dejado caer una gran losa sobre mi vida afectiva. Era una sensación decididamente desagradable e hiriente, que hacía nacer de dentro de mí un sentimiento de venganza y odio contra todo. Fue una época marcadamente desastrosa a todos los niveles, donde mi estado de depauperación creciente comenzó a no conocer límites; lo confieso. Dejé de tener esa visión romántica que me había acompañado siempre sobre el amor, engañado como había estado en mi fuero interno, con la perspectiva de poder lograr tener a mi lado a esa mujer que tanto había deseado. La sola circunstancia de que Claire no hubiera vuelto ni siquiera a recoger su oleo, me hacía pensar que de quien huía evidentemente era de mí. Por otro lado me despreciaba a mí mismo por haber caído en la torpeza de dejarme llevar por aquel arrebato de locura, que sin duda marcó una barrera infranqueable a cualquier sentimiento por su parte. Posiblemente sea difícil asumir lo que estoy diciendo, pero puedo asegurar que cuando el cerebro de una persona cae en las redes de la obsesión compulsiva, como caí yo, te crea una telaraña que te hace ver o sentir las cosas de manera distorsionada.
Por otro lado, ahora en la distancia, cuando escribo estas líneas, soy capaz de llevar a cabo un ejercicio de raciocinio lo suficientemente objetivo, como para darme cuenta de que, algo tuvo que ver el peyote que ingerí en aquella sesión que me llevó hacia posibles dimensiones de ultratumba, porque a raíz de ahí mis sentimientos hacia lo que me rodeaba llevaban una fuerte componenda de desprecio, y más aún hacia el género femenino, por el que me sentía estúpidamente ultrajado. De ahí que quiera hacer con estas palabras una mera introducción de lo que a continuación voy a referir y por lo cual me siento marcadamente culpable y afectado en lo más hondo de mi corazón. No quiero ni pretendo encontrar consuelo en palabra o gesto alguno, pero si debo poner de manifiesto que, aún en lo despreciable de mi comportamiento, tengo el sentimiento de haber sido objeto de algún plan maquiavélicamente orquestado; ¡quién sabe si desde los inframundos!

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Virginia Ledesma pasó a llamarse Virginia cuando entró en mi vida y yo entré en ella más veces de las deseadas y menos de las que ella hubiera querido. Era encantadoramente sumisa y agradecida. Ejercía de periodista en una de las agencias de enlace que nos proporcionaba medios externos de manera puntual. No puedo decir que no fuera hermosa, lo era. La noche que la conocí, en una celebración que ofrecía el Cónsul de El Salvador, estaba radiante. Quizá fue mi poco interés lo que más le llamó la atención, el caso es que nos conocimos bastante a fondo; en realidad fue una de las pocas personas con las que hablé. 
Habían pasado seis o siete meses desde que hablara la última vez con Martin. No volvimos a vernos de momento. Me enteré de su nuevo destino allí mismo, mediante un contacto suyo que pululaba a la caza de personajes y del que intenté huir en cuanto me facilitó la información que andaba buscando. Parece ser que una vacante repentina en un rotativo griego fue lo que le puso de camino hacia este país, antes de lo que hubiera pensado. Me alegré en el fondo por él, aunque me sentí reconocidamente decepcionado.
Guardé la tela con la pintura de Claire en un armario, entre paños y en un cajón destinado sólo para ella. No fue fácil, pero lo hice. Ahora la apreciaba sólo como una bonita obra; todo había cambiado bastante. Postergaba el viaje al domicilio de Gabriel en Madrid por diferentes motivos: por un lado, sentía agitación porque efectivamente la vida hubiera sido tan cruenta con él -en el caso de que la hubiera perdido-; por otro lado, de no ser así, era Gabriel mismo quien pasaba a ser el motivo de mi animadversión. 
Profesionalmente, gracias a Virginia, encontré un buen puesto en un célebre diario de tirada nacional. Al cabo de un año más mi novela estuvo casi terminada y, cuando tuvo lugar la presentación, en el Hotel 1898 de Barcelona, el salón de actos se llenó de compañeros de todos los medios que aplaudieron mi comparecencia. Me sentí triunfante, sí, pero vacío en el fondo. Comenzaron las entrevistas en todas las principales radios del país, para repetir una y otra vez lo mismo -algo que cada vez de enfurecía más-, intentando simular la sensación de haber oído preguntas ingeniosas y originales. Luego, de vuelta a casa, Virginia me agasajaba y se ofrecía complacida toda ella. Duro, lo sé.
Cuando se tendía, en la cama, abrazaba mi espalda y juntaba su cuerpo desnudo al mío de manera obsequiosa. Yo, solía abrir los ojos para permanecer así durante segundos, mientras mi cabeza meditaba qué hacer. Casi siempre me costaba poco ofrecerle mi cuerpo, pues la ofrenda física para un hombre puede ser expedida de manera baladí, aunque al final te sientas tan vacío como una noche antártica. Su piel era suave como una pluma; sus caderas redonditas se movían como un potrillo cuando comienza a dar los primeros pasos, ansioso de vida. Todo su cuerpo era precioso, pero no era el que yo tanto deseé. Cuando hacíamos el amor me miraba con la mirada profunda de quien desea ver idéntica respuesta; yo lo sabía, era consciente, por eso cerraba los míos y pensaba en Claire. En estas ocasiones no podía dejar de hacerlo; creo que tomé ese hábito, de manera que cada vez que teníamos relaciones, me disponía a tenerlas con mi verdadero amor. 
Cierta vez, cercanos al orgasmo, me preguntó si la quería. ¡Si la quería; me sentí mezquino y miserable! Le mentí; no la quería, o quizá sí, pero de otra forma. Mi querencia para con ella era la de la misma utilidad, la del pragmatismo de que fuera ella quien me hiciera olvidar y progresar en mi carrera profesional. Yo intentaba que esto no fuera así, pero era como luchar contra un muro de hormigón. Me servía el desayuno; la casa brillaba; en la cocina no pudo superarse más, todo para dejar que mi tiempo de escritura no se viera interrumpido ni menoscabado. Todo lo hacía ella y, cuanto más intentaba complacerme, mayor era mi desprecio; hubiera preferido ser insultado, que me hubiera lanzado algún plato contra la cabeza. ¡Tanta sumisión me emborrachaba, me hastiaba, me empalagaba como quien ingiere un bote de miel! Comencé a descubrir en mí un ser miserable e infame; mi carácter había cambiado rotundamente, y cada día que pasaba más me odiaba a mí mismo y más a los demás. A veces, cuando era consciente de mi maldad, yo mismo hacía propósitos de constricción, aunque esto duraba no más de medio día. Pero de momento ella lo aceptaba con sometimiento pleno. A veces se sentaba sobre mis piernas, allí, junto a la mesa de mi estudio para hacerme arrumacos; otras, se acercaba vestida con un camisón de raso que dejaba prácticamente al descubierto sus lindas tetitas morenas. En la cocina, solía gustarle ofrecerme y compartir conmigo algún bocado de esos que preparaba con tanto esmero y que tanto dolor me ocasionaban. De esa forma pasamos casi cuatro años de nuestra vida, hasta que su carácter fue cambiando también. Cierta vez la vi llorar en la soledad de nuestro cuarto; se escuchaban sus gemidos contenidos. Yo escribía una novela sobre el amor pasional de un escritor y una modelo: escribía sobre mí mismo. Aquel intento de novela fracasó, porque odiaba expresar mis propios sentimientos. Cada párrafo que era escrito suponía para mí una grave confesión que me derrumbaba y me sumía más profundamente en el pozo de la depresión. Intenté romperla más de una vez, pero continuaba al siguiente día con los últimos hálitos de interés por sacarla adelante. Muchas veces se sentaba en mis piernas, me abrazaba posando su brazo alrededor de mi cuello y comenzaba a leer. La novela era contundente. Cuando leía una de esas frases atroces que solía verter de cuando en cuando, me miraba sorprendida, con la mirada instigadora del que quiere convencerse de que es pura fantasía. Yo bajaba la mía o esgrimía una simple mueca, pero sé que a ella no le gustaba que aquellos pensamientos nacieran siquiera de forma literaria de mi mente. Otras frases eran obscenas en gran medida: acertaba a imaginar escenas de un alto contenido lascivo que mi imaginación recreaba como si yo mismo fuera quien las protagonizara. Algunas veces, en la cama, se esforzaba por emularlas, pero yo lo sabía bien y esto me causaba también desprecio. Sí, sé que el despreciable fui yo, pero, cuanto más ruin me mostraba, más depravados eran mis sentimientos; se retroalimentaban. Muchas veces hacíamos el amor y, por cualquier circunstancia química que no puedo defender ni comprender, la trataba con violencia, o la insultaba llamándola zorra; ella lo aguantaba, pero sé que esas palabras le hacían mucho daño, le producían un profundo sufrimiento que ocultaba, pero no a mis ojos. No logro explicarme cómo pudo aguantar tanto.
El año siguiente, un equipo del rotativo marchamos para intentar grabar los tanques de Milans del Bosch paseando por las calles de Valencia. A mi vuelta ya me había abandonado. Sólo me dejó una triste nota que seguramente escribió con todo su corazón destrozado. Su letra era temblorosa, como mis manos al leerla. Aquella noche no pude dormir; la pasé llorando, pero no sólo por ella, sino por mí mismo, pues, decir que me sentía abominable sería una dulce nana. Lloré como un niño, frente al espejo de nuestra alcoba, avergonzándome de mi misma visión reflejada, sintiéndome infame, indigno; sintiendo verdadera vergüenza de mi imagen. A media noche, de madrugada, salí a la calle; hacía un frío atroz y caía una densa lluvia que calaba; pero a mí me apetecía sentir el agua caer sobre mi cabeza, sobre todo mi cuerpo; era como sentir las lágrimas del mismo diablo derramarse sobre mi podredumbre. Cuanto más caminaba más deseaba estar muerto y menos interés sentía por lo que la vida misma me había querido obsequiar. Las calles de Barcelona parecían las mismas carreteras del infierno y sus luces se difuminaban a mis ojos sangrantes de dolor. No sabía qué hacer, sólo necesitaba caminar y encontrar el escarnio por mí mismo, y toda desgracia me parecía poca. Caminé sin rumbo hasta secar mis entrañas y caer rendido a las puertas de un burdel de aspecto marchito y sucio. Tomé una copa e invité a la primera que se acercó; una cuarentona que mas bien andaría en los sesenta, y cuyo aliento parecía salir de las mismas cloacas; aun así tuve sexo con ella y conseguí hundir más mi despreciable conciencia. El día me descubrió con un nauseabundo hedor mezcla de sudor, vómitos y el perfume barato que la ramera dejó sobre mi piel.
Aquella vez que descubrí a Virginia llorando, debí haberla ofrecido consuelo, debí haberla venerado, pero lejos de esto disfruté de su desgracia; no sé porqué me producía placer su sufrimiento.
Parecería suficiente todo esto, pero no lo fue. Sucio y desaliñado me espeté en la redacción donde trabajaba; me dijeron que estaba de baja. Me miraban con miedo y estupor a la vez; con el recelo con que se trata a un mendigo, a un indigente, pero yo me reía para mis adentros y era mucho mayor el menosprecio que abrigaba hacia ellos. Caminé hacia su casa paterna con el ánimo de redimir mis culpas. El trayecto era largo, pero preferí hacerlo a pie, sintiendo que el aire fresco calmaba mis ánimos y de alguna forma me relajaba. Sabía que me sería fácil convencerla y así fue, a pesar de la violenta contrariedad de su anciano padre, cuyo carácter no heredó. Como se me impidió la entrada al bonito chalet, proferí gritos de perdón desde el jardín, mientras observaba su silueta detrás de los visillos de su dormitorio. También aprecié los abrazos de su madre, y hasta allí llegaban sus lloros que se unían a mis gritos como una patética sinfonía de dolor profundo y desgarrado. Comencé a suplicarle como si mis palabras fueran dirigidas a la misma Claire, con toda la pasión que pudiera nacer de la más contrita de las almas, arrodillado sobre el barro que bien pudiera haber sido creado por mis propias lágrimas. Cuando se abrió lentamente la puerta supe que de nuevo había vencido, algo que me llenó de orgullo. Lentamente se acercó y mientras lo hacía pareció que era la misma Claire quien venía a mi encuentro; tal era la belleza que la desgracia dibujaba en su cara. La abracé fuertemente mientras nos bañábamos mutuamente en ríos de lágrimas; creo que fue la primera vez que realmente me excité en sus brazos.
Sé que quien lea estas palabras sentirá animadversión hacia mi persona; yo mismo me odiaba y lo sigo haciendo a medida que escribo, a medida que recuerdo y revuelvo mi pasado. Retomamos nuestra vida con el ánimo de comenzarla desde cero, como si nada hubiera ocurrido, pero esto fue un error desde el principio del planteamiento, porque el recuerdo siempre estába presente como sombras en la noche, y no se olvida tan fácilmente. La pobre no sabía cómo actuar; estaba indecisa y con recelo de causarme algún desagrado. Esa actitud redundaba en mi inexplicable repulsa hacia ella. Al principio conseguí contener mi violencia y comencé a jugar con ella como si fuera un objeto impersonal. Cuando escribía y venía hacia mí, de cuando en cuando, la obligaba a desnudarse como si se tratara de una prostituta -en ese momento no entendía mi atracción hacia ese tipo de mujeres, aunque en un futuro tuve ocasión de entender un poco el porqué-; la incitaba a sentarse sobre mis piernas y a cometer actos decididamente vejatorios, que aún o quizá nunca me encuentre en disposición anímica de relatar.
Seguramente que ella misma, en su fuero interno comprendió desde un primer momento que estaba siendo utilizada y vejada, pero su ingenuidad era tal, que llegaba a confundir los sentimientos, o sus percepciones se vieron influidas por mis cariñosos aditamentos, que en realidad sólo pretendían adueñarme de su voluntad. A veces pensaba o temía que la causa de mi conducta pudiera venir de la ingesta del maldito hongo, pues más de una vez creí tener dentro al mismo Satanás.
Así pasamos más de un año en el que poco a poco me convertí en el más cínico de los personajes imaginados: cuando requería su presencia, siempre por interés propio, la llamaba, y ella acudía rauda con su eterna y dulce sonrisa, y sus ojos despiertos. Cuanto mayor era mi muestra de cariño, mayor era el sacrificio que pretendía pedirle a continuación. Hasta tal punto llegó la tortura que, cierto día, la obligué a desnudarse delante de un incauto vendedor de enciclopedias que llegó a mi casa. ¡Deberían haber visto la cara de los dos! Fue una situación extremadamente tensa que a mí me procuraba una excitación cercana al orgasmo.
Evidentemente esto constituyó el final definitivo, porque allí mismo comenzó a hacer sus maletas, otra vez entre llantos. El pobre comercial salió huyendo como del mismo infierno, y yo, gritaba por ahuyentar de encima mi propio desprecio mientras tomaba con fuerza un enorme cuchillo que teníamos en la cocina, con el que intenté quitarme la vida.
Virginia salió horrorizada de casa, envuelta en gritos e inconsolables llantos, al tiempo que mi garganta aullaba emitiendo sonidos guturales, como quien siente arder su cuerpo sobre una pira demoníaca, tumbado boca arriba, con los ojos a punto de abandonar sus cuencas y la mandíbula desencajada.
No puedo saber cuánto tiempo pasé en esa situación extrema, solo sé que fue la policía quien me recogió, y alguien quien me internó en un sanatorio.


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Capítulo seis



Todas las mañanas salía al jardín y tomaba asiento en un pequeño banco de piedra enmohecido, desde donde se veía un pequeño bosque de pinares, al pie de una cordillera de perfiladas crestas, seguramente frías como los mismos hielos que no la abandonaban durante la primavera. Ese era también el lugar donde el sol se perdía entre tonos anaranjados, cada día, en un espectáculo que me embriagaba. Cada tarde acudía a la misma cita, como se acude al misal, con una especie de devota religiosidad. En realidad eso era lo venerado por mí en esos momentos, de tal forma que no permitía que nadie me molestara, hasta que se ocultaba el último hálito de luz. Cada mañana salía también a pasear entre los almendros, los castaños y los olivos, con mi libro en una mano y en la otra el cigarrillo; con la muñeca vendada y mi pañuelo en el cuello.
Conocía cada grano de tierra sobre el pavimento de rocas que iba a perderse entre ese soberbio espectáculo de recogimiento. Nadie soñaría un mejor lugar para encontrar la paz. A lo lejos, el macizo de Montserrat me evocaba fantásticas historias y me llamaba a perderme entre sus encinas y sus cumbres despojadas de vegetación, como si algo o alguien se encontrara allí esperándome entre la maleza, entre una roca perdida. Solía recrearme en la imagen de mi cuerpo surcando en vuelo alto sobre esas verdes praderas y sus lustradas cumbres, con las alas desplegadas como halcón de plumas blancas; hasta allí peregrinaba mi alma viajera con el aire limpio y fresco de cada mañana.
Como por entonces mi situación mental era marcadamente confusa,  me era difícil hacerme a la idea de haber pasado tres semanas inconsciente a causa de la profundidad de la herida. Con el paso del tiempo comencé a preguntarme sobre el origen de ese estado de depauperación en el que había caído, si bien, como ya he argumentado,  yo mismo me sentía víctima de todo y nunca dueño de mis actos.
Los continuos paseos y la fuerte medicación fueron poco a poco paliando y equilibrando mi energía y mi estado anímico, de manera que pronto consideré que mi salud tanto física como mental se restablecía. Paralelamente recibía un rígido tratamiento alternativo de la mano del prestigioso profesor Joan Amigó, por iniciativa de Virginia, algo de lo que tuve conocimiento la primera tarde que fui consciente de su visita.
Estaba radiante, realmente linda, pero su sonrisa y el brillo de sus ojos habían desaparecido; tampoco era su trato el mismo, sino distante y seco; lo supe desde el momento en que me negó un simple beso. Aun así, seguía interesándose por mí.
-¿Cómo estás? –me preguntó tras unos segundos en los que tomó asiento, allí en el jardín. Creo que incluso el tono de su voz me resultó ajeno.
-Voy… -respondí lacónicamente a la vez que apartaba mi vista de sus ojos, inclinando la cabeza.
-Mejorarás poco a poco, tranquilo
-Sí, eso espero –contesté escuetamente.
-¿Eras tú realmente quien me trataba de esa forma, Alberto? –pronunció con una seguridad que nunca había escuchado de sus labios. Permanecí mudo, solo asentí.-No dejes de tomarte todo lo que te han prescrito; en poco tiempo te recuperarás.
Lo cierto es que ni yo mismo era consciente de mi propia identidad, ni qué quedaba de mi lejano pasado. Sólo acertaba a recordar ese funesto espíritu que había habitado en mí durante los últimos años.
-Lo nuestro acabó. ¿Verdad? –proferí ingenuamente-.
Virginia dirigió su mirada hacia las montañas, en la lejanía.
-No pienses en eso ahora.
-¡Necesito saberlo; no quiero ocasionarte más daño del que te hice!
Virginia permaneció callada durante segundos, por lo que interpreté que así sería.
-Bien, será lo mejor para ti –aseguré tajantemente-.
-¿Me quisiste alguna vez? –Me preguntó de repente de manera contundente.
-No sé. Posiblemente no como tú te merecías.
Dejó escapar una contracción seca, aseverativa. Su tono era extremadamente áspero.
-En eso estamos totalmente de acuerdo.
-Virginia, te agradezco todo lo que has hecho por mí –proferí de manera quejumbrosa-. Deseo pedirte perdón.
Sonrió, pero sus labios no expresaban lo que en el pasado. Era una sonrisa amarga.
-Tengo todavía facultades como para perdonar; no te inquietes. Sólo debes recobrar la salud.
Eso era todo lo que deseaba, más que nada; quizá sólo para restituir mi remordimiento por el daño que le había ocasionado, aunque daba por hecho que nada ni nadie podría hacer que retomáramos nuestra relación; quizá sería mejor, es más, así lo deseaba en cierto modo yo mismo, si con eso dejaba de atormentar sus sentimientos.
-Volveré cuando pueda –dijo por fin, mientras se alejaba a través de los setos que bordeaban el pequeño jardín, cuyas incipientes flores se me antojaron entonces marchitas, y aún hasta el aire me parecía viciado; tal era el efecto de la soledad y mi continuo pesar.
Poco antes de recibir el alta, volví a disfrutarla, al final del verano. Estaba radiante. Su piel morena lo era aún más. Vestía una delgada blusa que a veces no conseguía ocultar su torso. En una ocasión descubrió como mi mirada se recreaba sobre su lindo cuerpo, escrutando cada una de sus curvas, recordando que un día fue mío: su delgada cintura y sus femeninas caderas; esos hombros redonditos que apenas podían contener la parte superior de la tela. Sus tiernos senos. En ese momento la deseé, como aquella vez que lloró entre mis brazos, al pie del jardín de su casa.
-Me imagino que habré perdido el empleo en la redacción –expresé convencido. Ella expelió un sonido afirmativo.
-Pero aún te queda la editorial. ¡Comienza a escribir cuanto antes, seguro que tendrás mucho que contar.
-No sé, creo que estoy perdido -proferí mientras volvía a disfrutar de su sensualidad-.
-Eso que miras lo perdiste; hazte a la idea.
Evidentemente que aquello ya lo sabía, de hecho era algo que esperaba oír en cualquier momento, pero necesitaba escucharlo. No obstante, pensar que su cuerpo pudiera ser rodeado por otros brazos, o su boca besada por otros labios, era una imagen que no acababa de aceptar; me rebelaba interiormente contra esa coyuntura, que temía sería la real; paradójico sentimiento, tan desequilibrado como mí mismo espíritu. Al fin le expresé la única frase que conseguí arrancarle a mis labios.
-Si puedo hacer algo por ti, sabes que estoy en eterna deuda –.Acabé por decir, aun sabiendo que esas palabras iban envenenadas, pues mi único interés era utilizar la compasión como estrategia, algo que en otro tiempo funcionó. Sin embargo su respuesta fue contundente, y sonó como el golpe del cincel contra el granito.
-Haz algo por ti, Alberto –fue su única respuesta.
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La vuelta al apartamento fue desagradable, en tanto que los viejos fantasmas del pasado volvían a danzar en torno a mi vida. Todo me recordaba a Virginia, y en cada esquina rememoraba un episodio funesto: la habitación era especialmente un lugar que me lastimaba; el escritorio conseguía hacerme sentir blasfemo; la terraza deprimía toda mi alma con sus monstruosas visiones de fantasmas; el salón iba unido a Martin y los recuerdos de su maldita sesión; y por supuesto el cajón del armario, donde se encontraba el lienzo de Claire, cuya pintura hacía aproximadamente un año que no había vuelto a ver. Fijé mi atención en ese espacio y sentí cierto recelo cuando pensé abrir su puerta, pero, por otro lado, no podía sucumbir a la curiosidad de volver a recrear mi mirada en él; era como un potente imán que me incitaba, o como si alguien me llamara.
Coloqué un vinilo sobre el giradiscos e intenté disfrutar de la música durante unos minutos, mientras seguía sin apartar la vista de ese lugar. Poco a poco fui acercándome, como quien obedece una orden a pesar de no ser tu voluntad. Agarré con fuerza el pomo y fui tirando de él lentamente hasta el final. En ese momento fue cuando mis ojos quedaron perplejos al encontrar el lugar vacío.
Comencé a dar vueltas, intentando encontrar una justificación satisfactoria, y emprendí una retrospectiva minuciosa de todo lo que había hecho con él, pero los recuerdos bailaban en mi mente con una danza macabra y mordaz a la vez. ¡Estaba seguro de haberlo guardado allí, luego era imposible que hubiera desaparecido, salvo que alguien lo hubiera retirado! Al momento recordé que Virginia tenía una copia de la llave; eso me tranquilizó bastante, pero tenía que asegurarme. De inmediato me incorporé dispuesto a llamarla, pero en ese instante mi mente me condujo hacia la puerta de cristales que daba acceso a la terraza, y un escalofrío profundo volvió a recorrer mi espalda.
De inmediato volé hacia allá para hacer girar la manivela que abría la persiana. A cada golpe de vuelta que daba, más me temblaban las manos y se erizaba cada vello de mi cuerpo, hasta que por fin pude comprobar que alguien había colgado la tela de nuevo.
Fui dando pasos hacia atrás, hacia el teléfono, lentamente, cuando de pronto, observé el lugar donde por aquel tiempo creí descubrir una mancha inconexa, arriba, en la parte superior de la pintura. Mis ojos se clavaron como espinas sobre ese lugar. La mancha había mutado su forma y se había tornado en el de una lamparita. ¡Una preciosa lamparita de cristales verdes, cuyos ribetes cromados lucían como si fueran de oro!
Comencé a temblar con un frío intenso que nacía de mis propias entrañas y que me helaba el sudor, que expelía mi cuerpo a borbotones por cada poro de mi piel. Con una total confusión, agarré la primera botella que encontré a mano y bebí sin control para aclarar siquiera mi garganta, ya que mi mente se derrumbaba sin arreglo posible. Bebí aterrorizado, mientras me sentaba sobre el diván, un trago tras otro, sin recordar siquiera los efectos que el alcohol pudiera tener junto al tratamiento que llevaba, hasta caer sonámbulo sobre él.
Me despertó una tarde soleada, o el timbre del teléfono, que no dejaba de sonar. Me encontraba entumecido física y mentalmente. Torpemente lo así como pude y escuché la voz de Virginia que me insistía de manera apremiante en que debía presentarme en la editorial cuanto antes, para llevar a efecto la firma de un nuevo contrato. Todo me daba vueltas; mis palabras salían como encadenadas, como si se arrastraran a través de mi boca. Ella lo notó.
-¿Estás bien Alberto? –Su tono volvía a ser rudo y distante.
-Sí, sí; creo que no he dormido bien…
-¿Has mirado la hora? Son las cinco de la tarde.
Sentía golpes continuos en el mismo epicentro de mi cerebro, la habitación me daba vueltas y noté que las fuerzas me faltaban.
-¿Has entrado en el apartamento desde que me ingresaron? Dímelo.-le pregunté con ansiedad-.
-Por supuesto que no, Alberto; no lo he hecho –me contestó de manera rotunda-.
Evidentemente que aquella respuesta suponía el acicate final como para no querer volver a pisar aquel lugar. Me dirigí hacia la editorial, donde efectivamente me esperaban para la firma de un nuevo contrato, en el cual se me exigía la redacción de un par de libros en los próximos dos años. Lo acogí con una mezcla de ilusión y recelo personal ante mi propia inseguridad de poder acometer esa tarea, ya que de momento, parecían haber desaparecido las ideas de mi cabeza; como si las musas de la imaginación hubieran muerto o escapado a través de mi sangre.
Pasé toda la tarde hasta bien entrada la madrugada deambulando de un lado a otro, intentando de manera atropellada comenzar el argumento de la primera de las novelas; en la mesa de la cafetería o en la de un garito de copas donde acabé por fin, entre ruido, como solía gustarme. Emborroné varias hojas de una libreta que compré, con multitud de tachones y continuos cambios, hasta que decidí que ese no era el día. En realidad creo que también, de manera inconsciente, retrasaba la vuelta al apartamento, hasta que decidí armarme de valor.
Aquella noche descansé medianamente bien, pero previamente volví a acercarme a la tela, con el arrojo que me proporcionaban un par de copas, y pude volver a comprobar que su imagen era preciosa, tal y como la recordaba, e increíblemente precisa; casi una imagen fotográfica. Volví a rememorar aquella tarde, cuando la encontré totalmente desnuda sobre el sofá; recordé la explosión que la belleza de su cuerpo causó en mis sentidos, mientras Gabriel no cesaba de tomar notas con el carboncillo sobre la tela. Recordé la sonrisa de sus labios y su voz, su pelo dorado cayendo sobre esos contundentes senos de formas ricamente redondeadas, y su vientre femenino, que tanto deseé besar, y sus piernas que tanto quise acariciar. Recordé esa boca que besé, y el perfume de su cuerpo salvaje que con tanta pasión aspiré. Recordé tantas cosas que al final sentí una gran excitación, mientras observaba aquellas simples manchas de pintura al fin y al cabo. ¡Pero era tan fácil recrear esos recuerdos teniendo esa tela allí presente, con esa inusitada perfección de rasgos que parecían cobrar vida propia!
Creo que finalmente llegué a venerar su imagen con una pasión casi religiosa; como hacen los feligreses ante la imagen de una diosa. Cada mañana o noche me acercaba a ella y la besaba, como si estuviera realmente allí conmigo; la besaba de arriba abajo, cada centímetro de su cuerpo, y cada vez que lo hacía volvía a sentir la excitación en mis venas. La idolatraba con el café de la mañana o con la copa de la noche, a todas horas. Tomaba asiento y la miraba; más que eso, confieso que terminé hablando con ella como si realmente estuviera allí mismo. Le pedía consejos, inspiración, e imaginaba lo que me habría contestado y entonces emprendía una conversación conmigo mismo; era consciente de ello, pero me gustaba y me hacía paliar la soledad que encontraba en el interior de mi hogar.
Sin embargo, como ya he mencionado, mi imaginación parecía haberse extinguido; no encontraba argumento alguno que me satisficiese; todo lo contrario, en cada intento, siempre encontraba estúpida alguna sucesión de hechos, o los diálogos no me parecían creíbles, o las circunstancia irreales, o los personajes decididamente estúpidos; encontraba también especial dificultad en la descripción de lugares, escenas, hábitats o simplemente sentimientos. Aquello con el paso de los días empezó a causarme una lógica preocupación, de forma que solía caminar, con mi libreta y mi lápiz, sin rumbo fijo.
Pasó el tiempo y aquel año tuvieron lugar las Olimpiadas de Barcelona y, con ese motivo la ciudad se llenó de corresponsales y medios de comunicación de todo el mundo. Martin fue uno de ellos. Me telefoneó y se interesó por mi estado de salud, del cual seguramente le habían informado en la redacción. Pretendía venir a verme, pero mi ánimo no estaba para nada que tuviera que ver con él, ni me apetecía volver a rememorar la experiencia de su maldita seta, de manera que decliné su visita por motivos varios, algo que creo que entendió perfectamente.
Pasaban, como digo los días y mi inventiva cada vez era más torpe: pretendía hacer una novelita donde el hilo conductor fuera un amor empalagoso de palabras placenteras y cálidos abrazos; mujeres lujosamente ataviadas y hombres engominados; grandes carruajes de caballos, sedas y joyas por doquier; una novela ambientada en el XIX de una sociedad burguesa y unos acaudalados inversores del Banco de Barcelona; una historia de intriga e infidelidades varias, donde al final se mataban unos a otros. Así visto parecería interesante, pero ni yo mismo era capaz de hilarla, y mucho menos hacerla creíble, de forma que seguí con la costumbre de beber y beber, pretendiendo encontrar entre el alcohol la chispa de luz que me faltaba.
Llegó la hora de entregarla y no fui capaz siquiera de que pasara la primera revisión; se me echó para atrás repetidas veces hasta que el editor, cansado y apremiado por las prisas decidió editarla aún con defectos de forma y fondo. Fue un rotundo fracaso que no logró pagar ni la mitad de la inversión. Las cosas comenzaron a pintar mal: gritos y reprimendas salían de su boca, amén de amenazas de cancelar el contrato si no era capaz de hacer algo interesante, no ya de calidad.
Todo ello no hacía más que causarme una tremenda inseguridad y obcecación que se anudaba por sí misma. Por más que me estrujaba el cerebro no conseguía sacar a la luz un argumento y menos una construcción equilibrada. El alcohol comenzó a hacerse dueño de mis actos, tal y como lo había hecho en el pasado. Los días comenzaban a ser oscuros y, o bien me sentaba a soñar frente a un acrílico que compré por aquellos días con la imagen de los montes de Montserrat, esperando que de entre su bonito paisaje naciera la idea final para encontrar el éxito, o me extasiaba con la contemplación de Claire, cuya sola visión me inundaba de sueños eróticos no confesables.
Virginia no era ajena a todo esto, todo lo contrario; su voz era cada vez más hiriente e imperativa. Era consciente de que mi vida comenzaba de nuevo a retomar el negro pasado que me llevó al borde de la locura; y yo también, pero no era capaz de hacerme con las riendas. Por al contrario, mis pensamientos eran cada vez más siniestros. Cierto día acabó visitándome al fin, con todo el arrojo que ello suponía. Me encontró desaseado por no decir mugriento, con un desorden total de enseres desparramados por toda la casa: platos sucios, polvo e inmundicia entre muebles; vasos y botellas sucias y vacías; olor a tabaco impregnado en cada rincón. Yo en el fondo era consciente, pero siempre relegaba el momento de poner orden, pues para ello debería haberlo puesto antes en mi propia cabeza. Al ver esto comenzó a gritarme y a abrir ventanas; tomó los útiles de limpieza que aún me quedaban y me ordenó de manera imperiorsa en que lo hiciera yo también. Estaba hermosa, muy hermosa, y aquella manera de tratarme me excitaba hasta un punto que no era capaz de contener. Comencé a poner orden en el salón mientras la observaba limpiar platos y vasos amontonados sobre el fregadero de la cocina. La energía y decisión que tomaba en el trabajo me producía un placer extraño que me hacía permanecer inmóvil en la delectación, cada vez con más ganas de tenerla entre mis brazos y estrecharla contra mi cuerpo. Sus gritos me extasiaban más cada segundo y hubiera hecho lo que sea porque así no fuera, pero les juro que me moría de placer solo con verla.
Lentamente fui acercándome hacia ella, con una ceguera total. La tomé por la cintura y apoyé mis manos en sendos pechos, con fuerza, mientras mi boca buscó su cuello. Aquello le causó tanto asombro que no supo cómo actuar, solo acertó a girar su cara hacia la mía, impidiéndome que encontrara el lóbulo de su oreja. Nuestras miradas se cruzaron; la suya incrédula. Busqué sus labios pero se me negaban una y otra vez. Mis manos tomaron su cintura, teniéndola de frente, mientras de su boca salían improperios e intentaba desasirse de mis brazos; palabras que me excitaban aún más a cada momento. La vi tan salvaje en ese instante, que hubiera sido capaz de cualquier cosa por poseerla, pero no fui capaz de conseguirlo porque me amenazó de manera violenta, con unas tijeras en su mano y el odio contenido en su mirada, o el terror mismo de sentirse acosada. Me empujó violentamente y salió de allí entre gritos e insultos. Aquella fue la última vez que la vi y la última también que escuché su voz, pero yo no sentí remordimiento alguno de aquello; muy al contrario, me arrepentí de no haber seguido adelante, pues así quizá, con suerte hubiera clavado esas tijeras en mi cuerpo y yo habría tenido un final merecido. Por aquel entonces mi estado iba camino de la degradación total, de nuevo.
Pasó casi otro año y lo único que hice fue gastar los pocos ingresos de que aun disponía; eran suficientes para vivir, pero no para derrochar como hacía habitualmente. El alcohol volvió a ser mi único compañero y casi mi único alimento. Normalmente me acercaba al bar y antes de sentarme ya tenía una jarra de cerveza en la barra, dispuesta para emprender la jornada. Comenzaba a escribir y escribir, imaginando historias que la mayoría de las veces me parecían absurdas al releerlas, y vuelta a comenzar hasta que la vista se me nublaba o me quedaba dormido. Muchas veces me despertaba el mismo camarero al finalizar su jornada laboral, al borde de las doce de la noche; otras, si me encontraba repuesto después del sueño, me marchaba a algún antro donde seguir mi ingesta. Poco a poco me fui aficionando a las cavernas nocturnas y en especial a las más cutres, no sabía muy bien porqué, pero así era. Con el tiempo llegué a conocerme prácticamente todos los antros de Barcelona y sus alrededores, y cuanto más burda y grosera era la fulana más excitado me sentía. Sólo exigía ser tratado con desprecio y frialdad, algo que causaba tanto asombro en ellas como excitación en mi cuerpo.
Llegó el tiempo en que debería haber entregado mi siguiente novela, pero como no tenía nada digno de mención, me limité a reunir una cantidad de relatos desconocidos de juventud que mantenía guardados entre cajones. Así logré aglutinar lo suficiente como para publicar el libro exigido. Fui incluso felicitado por todo el equipo editorial; el jefe me daba la enhorabuena por haber conseguido volver a la calidad de mis comienzos. No imaginaba la verdad pero yo la sabía bien, como también era consciente de que acababa de terminar con mis reservas y esto no era más que posponer mi estancia un año más en el corredor de mi ocaso. Al menos me dio la opción de firmar otros dos años más, con el consiguiente seguro de que durante ese tiempo no me faltarían los ingresos mínimos. La novela comenzó a venderse muy poco a poco, pero a medida que pasaban los meses, los ingresos se incrementaron hasta llegar a estar entre las diez más vendidas en todo el país; como en los viejos tiempos. Volvieron a surgir las llamadas de medios de comunicación de toda Cataluña y otras de ámbito nacional, a las que acudí devotamente, pues era algo que ayudaba a las ventas de manera significativa. Mi figura se puso otra vez de moda y mi cuenta bancaria volvió a estar exultante, hinchada. Muchos lectores que no me conocían, comenzaron también a comprar novelas anteriores, incitados por la calidad de esta última, con lo que mis ingresos llegaron a su punto más álgido. Pensé que esto me ofrecería la posibilidad de tener más tiempo para recrearme en el mismo estilo de mi juventud y seguir vendiendo como entonces. Al fin y al cabo, creo que menosprecié a mis lectores pretendiendo engañarles una y otra vez, con las mismas aventuras, las mismas palabras e idénticas situaciones.
Mientras tanto, seguía también despreciándome a mí mismo más que a nadie. Muchas veces mis remordimientos me acosaban con el peso de una losa mortuoria. Por mis recuerdos no pasaba más que una vida vacía, sin sentido. Lo único que odiaba estaba dentro de mí y otras veces iba mezclado con lo que ingería. Litros y litros de cerveza o alcohol entre basura humana no más baja que la mía propia. A menudo fornicaba como un animal con quien se ofreciera en los más repugnantes antros que puedan imaginarse, y con las más repugnantes prostitutas sospechadas, por el precio de una simple copa de whisky. Otras veces llegué a frecuentar locales donde seguramente la más libre de ellas estaría sentenciada a muerte por cualquier chulo hijo de puta. A veces en mi soledad lo meditaba e imaginaba historias en las que yo era quien las salvaba de su encarcelamiento y me casaba con ellas; pero luego era yo mismo quien ejercía de chulo a la vez y me mostraba con total violencia. Esto era lo que imaginaba, cuando me tumbaba borracho en la cama en mi más lúgubre soledad. Muchas veces terminaba llorando y ahogándome entre mis propias babas o vómitos. El estómago comenzaba a avisarme de mi mala vida.
Pasaron otros dos años en los cuales las ventas fueron decayendo, pero no obstante mantuvieron unos niveles de ingresos suficientes como para poder seguir disfrutando de mi colapso final. La luz del sol pasó a serme ajena en todo punto, pues mi vida comenzaba con el declive, aquel que tan bonito me pareció ocultándose cada tarde entre el macizo de Montserrat; aquel que seguía recordando tantas veces mientras disfrutaba de la pequeña pintura sobre la pared.
Los dos siguientes libros emularon historias narradas ya mil veces; el primero de ellos tuvo buena salida pero el siguiente fue un rotundo fracaso, pero no solo mío, sino de la editorial también, en tanto que se les ocurrió titularlo con un “segunda parte” que los engañados compradores del primero no quisieron repetir. Seguramente que cualquier otro título hubiera sido una farsa, pero engañosa me parecía toda la vida, y despreciable. De todas formas, no dejé de recibir ingresos que provenían de todas las obras que había escrito durante mi carrera. Amén de esto, la editorial hizo una reedición de las primeras, reuniéndolas en una pequeña colección de libros de bolsillo que tuvo una buena salida.
En una revista literaria también se me ofreció por aquel tiempo la posibilidad de escribir un artículo semanal, donde podía tratar cualquier tema que me interesara, o incluso podía dedicar el espacio a la recomendación de títulos de otros autores o a los grandes clásicos. Por supuesto que acepté el proyecto con ilusión, porque en definitiva, esto me acercaba más a mi primera y verdadera afición, la periodística y creo que me sentía muy a gusto con ello, y los ingresos eran también mayores en comparación. Quiero asegurar que nunca llegué en mi vida a tener el nivel adquisitivo de aquella época.
Pero las prostitutas llamaban mi atención de manera irremisible e incomprensible; era una atracción lasciva, libidinosa; como la más atrayente de todas las manzanas de paraíso, por eso, mi vida seguía circulando en torno a ese epicentro, entre las luces de neón y las sombras de la noche; entre olores de perfume barato y rastros de sudor de otros.
Cierta noche en que el alcohol hubiera podido matarme y conservarme incorrupto a la vez, encontré de casualidad un viejo local, cuyas luces eran las únicas en kilómetros a la redonda, en una carretera que podría considerarse camino. Jamás se me hubiera ocurrido entrar allí de haber estado sobrio, pero ese no era el caso. Aparqué el automóvil allí mismo, en una especie de recinto de tierra parcialmente vallado con tela metálica; era una noche calurosa de verano donde la chicharra cantaba aburrida y los grillos seguramente habrían fallecido. Todo me daba vueltas, de manera que no sé cómo fui capaz de llegar con vida. Vomité allí mismo, entre angustiosos dolores de estómago que parecían retorcerlo completamente. Creo que hasta la luna se compadecía de mí, y seguro que nadie hubiera manchado sus manos de haberme visto tumbado en el suelo; era una sombra de algo, un fantasma en pena, pero aun así seguía empeñado en mi idea del suicidio lento; mi mente no acertaba a digerir siquiera un rastro de cordura. Era tan mala mi salud en ese momento que se me hacía poco menos que imposible tener fuerzas para abrir siquiera la puerta, mientras la música de su interior zumbaba entre mis sienes como si me golpearan con dos maderas secas. Volví vomitar una vez más ya cerca del local, mientras el aire fresco de la noche me saludaba con un hálito de vida; me tumbé y pasé allí un buen rato cuyo tiempo me es tan impreciso como efímera parecía mi vida. Dormí de hecho tumbado entre el polvo seco y una oscuridad que ahuyentaba seguro al mismo diablo. Al despertar pude escuchar que la música seguía pero su volumen parecía más suave; me encontraba un poco mejor, pero creo que me había orinado encima sin darme cuenta. Mi aspecto seguro que era repugnante, pero yo no era en absoluto consciente ni de eso ni posiblemente de nada. Caminé despacio, sediento y con ganas de llorar entre los brazos de alguien, lo aseguro. El interior se me antojó precioso, como todos los locales de ese tipo: luces por doquier; neones con forma de mujer que vibraban incesantemente; camareras cuyos senos desnudos vibraban de igual forma con el ajetreo. Estaba en mi ambiente. Me acerqué a la barra y pedí algo de beber mientras encendía un cigarrillo y agradecía la escasez de luz que arropaba mi vergüenza toda ella. La música romántica lo embargaba todo, con sus suaves compases, y las chicas acercándose, con los modales sugerentes que tantas veces había visto repetirse, siempre igual, pero siempre tan atrayente a mis ojos. Sin embargo no sé por qué pero aquella noche era distinta; o quizá lo piense ahora, pero lo cierto es que desde el primer momento me pareció haber sido dirigido hacia esa carretera muerta en medio de la nada, con la nulidad absoluta entre mis cejas y un sinsentido pleno por seguir con vida. Algo me llevó hacia allí, lo sé; no pudo la casualidad seguir tan distraídos pasos, en el mismo momento y en el mismo lugar, con tanta distancia de por medio, cuando la misma baldosa podría haber sido pisada un millón de veces pero a distintas horas. Ese lugar era el mismo fin del mundo; era el paso a otra vida; las mismas tinieblas, pero era el lugar de encuentro que tanto había soñado durante mi corta vida. No puedo describir sin emocionarme una y otra vez lo dulce que hubiera sido morir en ese instante, pero era todo lo contrario; aquello era un único renacer en la distancia, una semilla primera en la ilusión por vivir; por vivir, sí.
En un primer momento no pude darme cuenta; serían más de las tres de la mañana, muy tarde para pensar, lo sé. Tomaba despacio el cubalibre, cuyo número me era incierto en aquellos momentos, pero que de seguro vomitaría pronto, cuando mi vista se posó en alguien que se sentaba debajo de una enorme pantalla que exponía fotografías de mujeres en posturas tremendamente obscenas.



Capítulo siete



 Mi corazón dio un vuelco, como si la señal primera y única sobre todas las cosas que habitaba en mi vida me hubiera abrazado. Quedé totalmente paralizado, con una emoción tan excelsa que me embargaba de pies a cabeza y no me hacía capaz de reaccionar. Mi pecho henchido quería explotar en ese instante; el pulso se aceleró por momentos y mis ojos aguzaron su caudal como un torrente arrollador. Dejé temblorosamente la copa sobre la barra y apagué el cigarrillo dentro de ella. A punto estuve de caer al descender de la banqueta donde permanecía sentado. Lentamente y con un hormigueo que me corría por ambas manos, me dirigí hacia allí con la intención de asegurarme de lo que mis ojos veían. A medida que me acercaba la seguridad que tuve fue mayor, aunque mi raciocinio hacía esfuerzos por hacerme creer que eran visiones. Mis ojos pronto pasaron a nublarse de lágrimas al enlazarse con los suyos. Fueron segundos de una tensión y emoción difícil de olvidar. Su mirada era apagada, triste y perdida a la vez. Era también la mirada de quien cree reconocerte entre la duda. Sentí un profundo dolor interior, contenido, que me amenazaba con estallar de un momento a otro. Su pelo era un recuerdo de lo que fue alguna vez: conservaba el color pero no así el brillo de la lozanía de aquellos días; era mustio a pesar de sus ondulantes rizos, e  incluso creo que había perdido una buena cantidad.
-¡Claire! -grité-.
Me miraba como si fuera la primera vez que nos viéramos.
-¡Claire! ¿No me reconoces?
Echó un vistazo a ambos lados, como queriéndose ocultar de alguien; con miedo.
-¡Soy Alberto! ¿Te acuerdas? -No podía creer que no me reconociera. Su mirada era opaca, perdida. Volvió a mirar en derredor y, tímidamente, llevó el índice a sus labios, esos labios que un día fueron carnosos y que hoy se estrechaban con el peso del sufrimiento.
-¡Vida mía, qué te han hecho, por Dios!
Mis lágrimas formaban ríos que se mezclaban con mi babeante boca. Fue la primera vez que odié realmente encontrarme en ese lamentable estado. Toqué o acaricié sus manos y las besé y rocé con mis mejillas.
-¡Claire, Claire, Claire! -lloraba su nombre- ¡Claire, bonita! ¡Qué te han hecho, mi vida!
Y comencé a llorar atropelladamente como si fuera un niño, repitiendo mil veces su nombre, diciendo que la quería. Me arrodillé ante ella y quise emular la escena de Ramonovich en "Crimen y Castigo", besándola los pies. Y su gesto fue el mismo que en aquella novela, pasando a ser protagonista de la más deliciosamente apasionada de las escenas que jamás hubiera soñado.
-Mi Claire, mi niña, ven junto a mí, que yo te cuidaré! 
En esos momentos comencé a darme cuenta de que había pasado a ser centro de todas las miradas cercanas, a pesar de que la música ocultaba en buena parte mis palabras. Claire, sin duda nadaba entre la confusión y el último aliento de esperanza, pero con el miedo entre sus huesos. 
-Paga por mí, Alberto, paga y hablamos, por favor, calla que nos oyen, que nos ven!
-¡Mi dulce Claire, mi dulce sueño, mi vida y mi ilusión; mi pedazo de vida o mi vida misma! 
Volví a sentir ganas de vomitar, pero aguanté entre tremendos dolores de estómago; creo que me oriné de nuevo con la emoción. Todo en mi era podredumbre, y un amargo olor a fermentación salía expelido de cada poro de mi piel. El sudor me empapaba la camisa y hacía que los restos de vómito emanaran un hedor ácido y repulsivo. Maldecía mil veces mi vida por no haber dado con ella antes; ahora se me hacía tarde ya, aunque por otra parte, de mi interior más profundo nacía la esperanza de comenzar una nueva vida, con ella, y no dejaba de llorar, como un niño abandonado; como un niño maltratado. Y ella comenzó también a llorar, con las exiguas lágrimas que aún le quedaban en esos ojos secos por el sufrimiento.
Fuimos yendo hacia un reservado, lentamente y sin llamar más la atención, deseando que se cerrara la puerta para poder abrazarla y estar a su lado durante un tiempo siquiera; así lo hice, sintiendo su delgadez y su fragilidad ¡Tan distinta a lo que un día fue! Pero eso no me importaba ¡Era ella, mi amada, mi siempre esperada Claire, el principio y fin de mis sueños y la única excusa de mi locura! Acaricié sus mejillas, con toda la suavidad de que era capaz, besándolas dulcemente, observándola como se observa un tesoro; pero su aspecto no era el mismo de entonces; se palpaba que la salud había desaparecido, por lo menos la que tuvo alguna vez, y eso me llenaba de tristeza: su piel tenía pequeñas manchas rojas y de su cuello nacían ganglios que no me gustaban en absoluto, además de esa tos persistente que se me clavaba en las sienes.
Metí la cabeza debajo del grifo de un lavabo que había tras unas pegajosas cortinas de tela áspera, dejando caer el agua por todo mi cuerpo, con la intención de sentirme un poco más sobrio y me sequé con una toalla de dudoso color. Claire me esperaba, con la vista clavada en la bombilla que pendía del techo, semidesnuda. Desabroché mi camisa y mi pantalón, todo empapado en agua y marché a su encuentro echando la sábana sobre nuestros cuerpos. La abracé tanto como pude mientras lloraba desconsoladamente. Ella gemía, con la mente absorta como en otro mundo, pero sé que también con el sentimiento de ser querida, quizá como desde hacía mucho tiempo. Llegué a excitarme, pero de manera diferente a como lo había hecho tantas otras veces con mujeres con las que no tenía ni quería otra cosa que la descarga de mis instintos; ahora mi excitación era más que nunca la exteriorización de un sentimiento puro, algo incontrolado que nacía de mi verdadero amor y pasión hacia ella; la expresión natural de la vida. Besé cada centímetro de su rostro y lo uní al mío mientras repetía que la quería, una y mil veces. Después de bastante tiempo tuvo fuerzas para hablarme, con los ojos cerrados y sus lágrimas cayendo a torrentes por sus mejillas. Al fin me explicó que estaba amenazada de muerte por esos chulos desde hacía muchos años; que la droga había hipotecado su vida y que no tenía deseos de vivir.
-¡Yo te sacaré de aquí, mi amor; yo te sacaré y viviremos juntos toda la vida!
Cuando escuchó estas palabras comenzó a llorar amargamente, como cuando de golpe sientes que lo has perdido todo, pero también como cuando creyendo tener la muerte encima, alguien te tiende una mano para librarte de ella y surge la esperanza
-No podrás Alberto; te matarán, lo sé. También lo hicieron con Gabriel
-¡Gabriel! -grité-
-Por favor, calla; nos oirán
-¿Qué pasó con Gabriel? Cuenta por favor. -pregunté de manera acuciante-
-¡Le mataron! -susurró, tapando sus labios con la sábana-¡Por favor, ahora no puedo contártelo; llevamos mucho tiempo aquí, vete y ven otro día, por favor; o déjame morir; mi vida tiene los días contados!
-Ni hablar, Claire. Tu vendrás conmigo -le aseguré al oído, al tiempo que escuchaba pasos en el exterior, cerca de la puerta. Pasos que me hacían pensar que alguien estaba seguramente pendiente de que saliéramos, o incluso escuchando, quizá. Al poco se oyeron fuertes golpes en la puerta y una voz que nos exigía salir ya. Opté por actuar con la inteligencia de que era capaz en ese estado en el que me encontraba, aunque mentalmente había mejorado de manera sustancial. ¡En mi vida había luchado tanto contra una borrachera como aquella noche! Me vestí las prendas empapadas en agua cuyo olor ahora percibía más profundamente. Otro golpe de tos me hizo vomitar sobre la letrina, cuyo hedor ya de por sí era nauseabundo; todo alrededor era un espectáculo dantesco y caótico, como nuestras vidas. Volvieron a golpear la puerta otra vez, de manera insistente e hicieron amagos de abrirla. 
-¡Ya vamos! -grité desde dentro, mientras me calzaba. Claire se mostraba ahora muy nerviosa, ansiando creer en la fuerza de mis deseos, que eran más que nunca los suyos también. Opté por simular una gran borrachera mientras salía de la habitación. Fuera me esperaba una especie de oso descerebrado que acompañaba a un viejo no menos pestilente que yo, cuya obscena mirada hubiera arrancado con mis propias manos en ese momento. Pagué la cantidad que me pidió y volví a mirar hacia atrás, observando como Claire se tumbaba de nuevo sobre el viejo catre, con su mirada perdida en la desnuda bombilla que colgaba de un delgado cable, dispuesta a dejarse manosear por esa figura hedionda que cerraba la puerta tras de sí. A través de las dos únicas ventanas que daban al exterior pude ver los primeros claros del alba; suficiente oscuridad todavía como para poder actuar. 
Volví a tomar asiento sobre uno de los bancos solitarios que había en la barra. Me di cuenta de que salvo el pendejo que estaba ahora junto a Claire -y que hubiera matado siquiera para ser feliz durante unos segundos-, sólo continuaban en el salón dos individuos más. Otras dos fulanas hablaban con ellos, sonrientes, pero con la mirada perdida también; una tercera me miraba de hito en hito desde el otro extremo de la barra, con recelo, o con asco quizá. Volví a pedir otra copa, que me fue servida por la que seguramente sería la "madame" de todas ellas; la única que no desnudaba sus tetas, aunque sí lucía un amplio escote de lentejuelas. La música seguía sonando con su ritmo pesado mientras en la enorme pantalla no dejaban de salir mujeres y hombres fornicando de todas las posturas posibles. Sentí ganas de arrasar con todo; de quemarlo y salir corriendo con mi gran amor en los brazos. De vez en cuando los chulos iban y venían, mirándome de reojo con cierta suspicacia; eran dos monstruos bien fornidos y tatuados de arriba abajo. Algunas veces hablaban con la alcahueta de la barra o entraban al habitáculo interior, donde multitud de cajas de bebidas se apilaban desordenadamente. Observé que ese lugar tenía acceso al exterior a través de una vieja puerta de madera que se cerraba con una especie de travesaño, y que era lo suficientemente oscuro como para poder ocultarme. Pasó el tiempo y comenzaron a apagar lentamente las luces, en clara invitación a que abandonáramos el local. No sabía explicarme por qué mis nervios estaban tan templados, pero así era. Salí al exterior y me dirigí al automóvil. Arranqué deprisa y tomé la curva que me ocultaba tras un par de pinos y arbustos, a unos quinientos metros. Lo alejé de la vista de ellos, pero salí pronto y me fui diligentemente hacia el local, con la intención de ocultarme entre la maleza que había cerca de la puerta de esa especie de cocina. Tuve oportunidad de ver cómo el local era abandonado por quien quedaba todavía dentro de él. La mañana empezaba a refrescar el ambiente y corría un aire que se me antojó muy apetecible. Escuché como discutían dentro; también oí golpes sobre alguna mesa y algún grito. Mi sistema nervioso se templaba con la sola contemplación del rescate final de mi amada. Allí esperé, cerca de la puerta de atrás, entre la maleza, a la espera de que alguien saliera a apilar las cajas vacías de bebida junto a otras decenas de ellas que había al lado de la verja del aparcamiento.
Poco a poco se fueron apagando las luces de neón del exterior y las interiores que provenían del salón; sólo un tímido resplandor parecía provenir de dentro del local. En cambio observé que en el cuarto de detrás de la barra del bar se encendían otras luces; podía verlo a través del hueco que la puerta dejaba a ras de suelo. También escuchaba voces que se acercaban cada vez más. Podía escuchar como discutían acaloradamente en torno al tema monetario.
Tras un rato se abrió la puerta, y tal como había calculado, uno de ellos se afanaba en hacer rodar las cajas por el suelo con la intención de llevarlas junto a las otras; iba pegándolas patadas de vez en cuando, armando una pequeña humareda de polvo. 
De repente escuché el motor de un automóvil que se acercaba. Dentro seguían escuchándose voces como si discutieran acaloradamente. El que empujaba las cajas dio un mal golpe a una de ellas, de forma que tropezó con una pila de botellas que había a no más de diez metros de donde yo me encontraba agazapado, de tal forma que muchas cajas cayeron rodando haciendose añicos los cristales. Este incidente produjo la contrariedad de la mujer, quien salió dando gritos e insultos. La discusión subió entonces de tono. A todo esto, el automóvil aparcó cerca de donde había tenido yo el mío. Un elemento de aspecto rudo pero de edad madura descendió de él, con muy malos modales. Cerró la puerta con fuerza y empezó a blasfemar dirigiéndose al que había desparramado las cajas, llamándole inútil en el mejor de los casos. Comencé a temer ser visto, pues no dejaba de ir de aquí para allá, de manera nerviosa. De repente preguntó de quién era el automóvil que estaba aparcado detrás de la curva
-¿De qué automóvil me hablas? -vociferó el gorila del incidente.
-¡Detrás de la curva! ¿No os habéis dado cuenta, panda de imbéciles?
En ese momento creí que todo estaba perdido. Desde la situación en que me encontraba todo se veía bastante feo; tanto, que incluso empecé a temer por mi integridad. En el fondo no me importaba mucho, a no ser porque cualquier incidente podría dar al traste con lo que realmente me importaba: sacar a Claire de allí.
-¿Qué clase de auto es? -preguntó la mujer, altamente contrariada.
-Un volvo -respondió secamente-; marrón, para más señas.
Se hizo un breve silencio. La señora -por ser amable con el apelativo- pareció pensar por un momento. Después preguntó:
-¿Es grande? Había un coche grande antes aparcado ahí fuera, pero no se distinguía el color. ¿Le viste, Marcelo?
Parecía dirigirse a uno de los gorilas; contestó:
-¡No me di cuenta, no puedo estar en todo!
Al momento salió el otro de dentro, que había estado escuchando la conversación
-Sí, era un volvo. Creo que del individuo que vino a última hora; el borracho.
La mujer pareció ponerse en guardia
-Ve a echarle un vistazo. ¡Rápido!
Cada minuto que pasaba parecía crecer la tensión que acumulaba, y ya no sabía muy bien que hacer. Podía atajar campo a través y meterme dentro del vehículo y hacerme el dormido, pero entonces me alejaría de mi objetivo y no tendría la oportunidad de penetrar dentro del local; pero por otro lado, un coche que había sido reconocido y abandonado en medio de la carretera levantaba muchas sospechas. En ese momento tuve que tomar una elección rápida y opté por permanecer en el lugar a la espera de algún despiste por parte de esa manada. Me dio la sensación de topar con gente malvada pero sin mucha inteligencia.
-¡Vente conmigo Alex! -pronunció el mayor de ellos, mientras que el compañero siguió recogiendo el desaguisado que había causado con los cristales y las cajas. Por su parte, la mujer penetró dentro, dejando la puerta abierta. Poco a poco fui deslizándome a través de los matorrales hasta quedar a menos de dos metros de la entrada. Rogué a Dios que el que barría se fuera cuanto antes hacia la parte contraria de donde me encontraba, justo donde habían caído la mayoría de los vidrios; parece que el Altísimo escuchó mis ruegos, de tal forma que comenzó a alejarse hasta donde divisó el último de los cristales rotos, ya dentro del área de aparcamiento. En ese momento y ayudándome además por la oscuridad de la noche penetré sigilosamente en el recinto, con los cinco sentidos puestos en cada movimiento de mi cuerpo. Podía escuchar a la fulana como si se encontrara a mi lado, tarareando una vieja canción. Parecía estar subiendo sillas encima de las mesas. De momento me pareció que se acercaba, por lo que opté por meterme dentro de un armario desvencijado, en cuya parte superior había una pequeña vitrina de cristales oscurecidos por el tiempo. A penas podía ocultar mi cuerpo allí dentro, de hecho una de las puertas no cerraba del todo; suerte que estaba tras una vieja barra de bar de esas que estaban de moda y que mucha gente ponía en su propia casa. La ramera dio vueltas de un lado a otro, como buscando algo. Al poco se acercó al lugar donde me encontraba y sentí hasta el roce de su falda; mis nervios parecían estallar de un momento a otro. Contuve la respiración tanto como pude
-¡Quién será el hijo de puta del coche!¡Estuvo tonteando mucho con la rubia!
El otro, al que llamaban Marcelo, no parecía oírla, o quizá tan solo no la hiciera caso. Escuché como sus pasos se alejaban hacia el exterior mientras seguía hablando con él insistentemente. Fue entonces cuando abrí un poco la puerta y encontré la ocasión de penetrar dentro de la estancia, pero antes de eso me pertreché de un cuchillo de buenas dimensiones que había en la parte interior de la barra. Mi pulso se agitaba fuertemente; en ese momento hubiera sido capaz de atravesar los intestinos de cualquiera. Pero ahora me encontraba con la duda de cuál de entre todos era el sitio donde dormía Claire. Mis opciones de salir con vida de allí me parecían tan escasas que decididamente acepté la muerte, pero no sin antes llevarme a unos cuantos por delante. 
Poco a poco fui deslizándome a través de la sala, pegado a la pared y entre la penumbra de su poca iluminación. Al fondo, a no más de cinco pasos estaban los aseos e inmediatamente a su izquierda la habitación donde había yacido junto a Claire. Sin duda opté por comenzar por aquella, con la esperanza de tener un poco de suerte, aunque hasta ahora, pensé que decididamente había gozado de demasiada.
Reconocí inmediatamente sus accesos de tos, que no provenían de allí, sino de una de las habitaciones que había justo al lado de la enorme pantalla de tela, donde se proyectaban las imágenes. En ese lugar estaban ubicados tres reservados. Poco a poco y con el cuchillo escondido debajo de la chaqueta fui acercándome. De repente escuché la voz del viejo decirle a la señora que había ordenado al tal Alex que se quedará cerca del automóvil, escondido, a la espera de que alguien se dirigiera hacia allí, lo que suponía una nueva contrariedad para mis objetivos. También pude escuchar a la madame preguntar si le habían sido suministradas las dosis a las chicas.
-¡Has tenido tiempo de preguntárselo antes! –respondió a voces, seguramente refiriéndose al que se había quedado vigilando mi coche.
Con una tensión constante, y con golpes de tos que tenía que aguantar como podía, además de un intenso dolor de estómago, fui acercándome entre las sombras que me llevaban hacia los dormitorios. En ese momento mi situación estaba claramente a la vista de cualquiera, pero era mi única opción. Un pequeño pasillo de no más de dos metros de largo por uno de ancho, daba cabida a las habitaciones. En ese momento el silencio era total. Mi intuición me llevaba a pensar que posiblemente el dormitorio sería compartido con las otras dos chicas y el instinto me hizo pensar que se trataría del que se encontraba en el centro; aun así decidí empezar por el primero que tenía a mi derecha. En ese momento escuché al desgraciado que había derribado las cajas, entrando en el salón. Se quejaba de su “puta vida”, lo que producía una risotada grotesca por parte de la señora. Me arrimé todo lo que pude a la pared, intentando no moverme ni un ápice para no ser visto ni oído. Pasó cerca de mí y se dirigió hacia una mesa mientras le ordenaban que se asegurara bien de haber metido la “mierda” a las chicas. Eso significaba que yo debería desaparecer de allí en segundos. No encontré otra opción que intentar abrir la primera puerta, pero al ir a hacerlo encontré que estaba totalmente anclada. Apremiado por los pocos segundos de que disponía, metí el cuchillo entre ésta y el marco e hice palanca con un golpe seco. Desde allí adentro, escuché como llegaba y abría una de las otras puertas. Comprobé también que las ventanas estaban cerradas con rejas, algo que dificultaba más aún mi huida. Volví a escuchar la tos de Claire. En ese momento sentí ganas de matarlo. Salté al pasillo y comprobé que efectivamente había entrado en el cubículo del medio. Impulsado por una fuerza demoníaca me dejé caer sobre la puerta y entré corriendo, sin darle tiempo a reacción alguna. Estaba de rodillas ante uno de los camastros, inspeccionando el brazo de una de las desgraciadas. Sin mediar palabra, me abalancé sobre él y aprovechando la postura en la que se encontraba, hundí el cuchillo en su garganta. Apenas pudo pronunciar media palabra, mientras se llevaba las manos al cuello intentando contener los borbotones de sangre que salían expelidos como un manantial. En segundos su cuerpo cayó al suelo entre guturales quejidos y unos ojos que parecían salirse de las órbitas. Tal era el estado en que se encontraban esas criaturas que ninguna se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Me dirigí acto seguido hacia Claire, con las manos y la ropa manchada de los chorros que me habían salpicado y la tomé rápidamente entre mis brazos. Su cuerpo era un peso muerto que caía sin control alguno; su mirada entreabierta se perdía en la nada absoluta. Poco a poco fuimos saliendo de allí, mientras escuchaba a la mujer que llamaba a gritos a quien ya nunca le respondería. La luz del alba comenzaba a emitir los primeros signos del nuevo día. La vida parecía comenzar allá afuera, entre los primeros tonos de color todavía mortecinos. 
No sé de donde saqué fuerzas en aquel momento, pero lo cierto es que tuve que cargar con el peso de Claire hasta la puerta principal, cuya salida era la única que no estaba custodiada por la figura de ninguno de ellos. Por suerte permanecía abierta todavía, lo cual me dio la facilidad de adentrarme en el bosque de pinos que había a no más de cien metros. Mis planes no podían entrar más de lleno en la nulidad absoluta: me encontraba sólo, con el cuerpo de mi amada en brazos y sin posibilidad de acercarme al automóvil. Para colmo de males no tenía ni idea de en qué lugar ubicarme, pues el recorrido que hice hasta allí fue dirigido sin rumbo ninguno, y ya no recordaba siquiera cuánto tiempo había estado conduciendo. 
Seguramente que no tardarían en darse cuenta de lo que había ocurrido, con lo cual indudablemente saldrían todos en desbandada a mi captura, lo que me ofrecería pocas posibilidades de escapar, pero en tanto eso ocurría, mi alma parecía surcar los siete cielos, allí al lado de mi amor, salvándola del infierno en el que había caído y felicitándome de haber sido su salvador y haber dado muerte por lo menos a uno de ellos; bien sabe Dios que habría me habría producido un placer inmenso hacerlo con todos. Entre matorrales y hierbajos fui dando pasos de gigante, uno tras otro, impelido por una fuerza descomunal, que parecía venirme del mismo diablo. Entre tanto, besaba su cara y la ofrecía palabras de amor o locura. De cuando en cuando atisbaba destellos de agradecimiento, o por lo menos así lo entendía yo, con lo cual mi fuerza aumentaba hasta convertirse en la de una verdadera fiera, a pesar de que mi corazón se empeñaba en salir del pecho.
A lo lejos escuché un disparo de arma, cuya intención ignoro: posiblemente fue una señal para que el que vigilaba el auto volviera a su encuentro. Seguro que ya se habrían dado cuenta del suceso. Solo pensarlo me producía un placer interior cercano a la enajenación, que me daba energías para seguir adelante, pero a la media hora aproximadamente caí rendido sobre el suelo, al lado de un claro que se extendía paralelo a una carretera de segundo orden. Sin duda mis fuerzas no daban más de sí. Comencé a toser y a arrojar esputos sanguinolentos mientras mi corazón entraba en un estado peligroso de colapso. Claire parecía estar un poco más consciente que antes y comenzaba a expresar palabras inconexas. Necesité tiempo para recuperarme y hacerme a una idea de cuánta distancia habría conseguido poner de por medio; calculé que alrededor de unos tres kilómetros, entre piedras, hierbas y desniveles continuos.
Mi confusión era grande en ese entorno. Decidí cruzar la carretera con la intención de volver a introducirnos dentro de la espesura del bosque, sin saber muy bien adonde dirigirme. Claire comenzó a andar por sí sola, aunque su paso era lento. 
No más de cinco minutos después, escuché el motor de un automóvil que se acercaba; parecía que lo hacía lentamente. Indiqué a Claire que se cobijara entre la abundante maleza, tumbada, mientras me parapetaba detrás de un árbol, a no más de cincuenta metros de la vieja carretera, de forma que pude ver que el coche de estos asesinos rodaba muy despacio, con las ventanillas bajadas, y a ellos mirando hacia ambos lados. El día era claro ya y los primeros rayos de sol comenzaban a caer inclinados sobre la copa de los árboles, en un juego de luces realmente hermoso. No más de cien metros más allá, el vehículo paró el motor y fui capaz de ver como salían de él armados de rifles. Consideré que habrían estudiado la dirección que habíamos tomado así como la distancia que pudiéramos haber recorrido. Comencé a pensar que había menospreciado sus capacidades. El mayor de ellos se adentró en la zona boscosa que acabábamos de salvar; la mujer permaneció apostada junto al automóvil, con la puerta abierta y el otro se dirigió justo hacia donde nos encontrábamos, algo que me hizo temer que nuestro fin estaba cerca; de hecho me derrumbé anímicamente, y es que en verdad que no le teníamos a más de veinte metros, cuando un segundo automóvil llegó y paró a escasos metros del otro. Escuché una voz que les gritaba para que se acercaran.
-¡Alex; Norberto! 
En ese momento giró y se dispuso a desandar el camino. El individuo que había llegado era un tipo trajeado que iba acompañado de otros dos, que portaban igualmente armas.
No sé si era más desagradable el temblor que me recorría todas las extremidades o la ansiedad contenida que me azuzaba el pecho, pero el caso es que cuando vi que el tipo volvía a tomar pie en la calzada, ordené a mi amor que se pusiera en marcha otra vez. Aquello nos dio tiempo de llegar hasta otra nueva entrada en la carretera desde donde se divisaba una especie de bar solitario, cuya parte superior parecía tratarse de una especie de Motel de carretera. Mi duda en ese momento era razonable, pero opté por seguir adelante y arriesgarme a entrar en él antes de proseguir errantes a través de un terreno que, para colmo de males, se hacía mucho más árido, con lo que seríamos un claro objetivo.
El local daba a la carretera a través de un pequeño camino polvoriento con espacio a ambos lados para el estacionamiento de vehículos, pero sin duda que eso tuvo que ocurrir muchos años atrás.
Empujé la puerta y comencé a vociferar anunciando nuestra presencia. Doblé la chaqueta con la intención de ocultar los rastros de sangre que la impregnaban y me atusé un poco el cabello como pude. Grité de nuevo, pero nadie atendía mis palabras. Miré entonces a través de la ventana que daba al descampado con actitud vigilante, pero no se divisaba un solo alma. De repente alguien salió aprisa de entre unas puertas giratorias que estaban en uno de los costados de la barra. La que entró era una señora de mediana edad, con un aspecto más bien desaliñado.
-¡Perdonad, estaba en el aseo! ¿Qué puedo ofreceros? –nos observó ágilmente pero sin abandonar la sonrisa.
-Necesitamos una habitación. Veo que usted tiene en el piso de arriba. ¿Verdad?
Dudó unos segundos en contestar, en los cuales no dejaba de observar a Claire. Por fin se decidió a hablar:
-Hace ya tiempo que no se usan. Por aquí apenas pasa nadie desde que hicieron la autopista –volvió a cavilar unos segundos-. Veremos qué puedo hacer. Venid conmigo.
Nos invitó a seguirla, a través de las mismas puertas giratorias de madera, cuyos rastros de suciedad se expandían por toda ella. Mientras ascendíamos unas estrechas escaleras, se detuvo, me miró fijamente y espetó de golpe
-¿No querrás robarme, verdad?
-¡No por Dios, señora, nada más lejos de eso!
-De acuerdo –sonrió-; no me llames de usted, me hace sentirme mayor.
Y siguió subiendo, con un movimiento de caderas que se me antojó insinuante.
Las habitación expelía un fuerte olor a cerrado. Era bastante espartana, pero perfecta para nuestras necesidades. Tumbé a Claire en la cama y la arropé con todo el cuidado y mimo de que era capaz. A todo esto, la dueña no se movía de allí; por el contrario, nos observaba meticulosamente, esgrimiendo de vez en cuando una tímida sonrisa que más bien parecía mueca. Cuando hube terminado de acomodarla, me concitó a que la siguiera hacia el oscuro pasillo de suelo y paredes enteladas.
-¿De dónde venís? –me soltó de golpe. Intenté ser tan claro como ella.
-Nos vienen siguiendo; nos persiguen y nuestra vida está en peligro –nuestras miradas eran dos rayos directos-; no me queda otra opción que obligarte a cerrar el local de momento. Si intentas delatarnos te mataré. No temo por mi vida, pero si le ocurriese algo a mi amiga, soy capaz de llevarme por delante a quien sea.
Abrió los ojos como dos faroles y dejó escapar una sonrisa. 
-¡Nunca había escuchado nada igual en mi aburrida vida.
Comenzaba a caerme simpática la señora. Al punto volvió a preguntar:
-¿No tendréis nada que ver con el disparo que se escuchó esta mañana?
-Digamos que es posible –y comencé a comentarle brevemente lo que me había ocurrido en las últimas horas, haciendo hincapié en el asesinato que había cometido contra uno de ellos; me pareció un buen aviso. La expresión de su rostro no era otra que la del asombro. Tragó saliva más de una vez y hasta sus ojos se humedecieron con la emoción. En cuanto hube acabado de narrar, pronunció:
-Oye, tu amiga tiene algo más que heroína en el cuerpo. ¿Sabes?
Quedé unos segundos pensativos.
-Cierra la puerta del bar y apaga las luces –ordené-.
Así lo hizo inmediatamente, y tan pronto como acabó volvió a subir a la estancia y me espetó de golpe.
-Creo que necesitas una ducha
-Oh, sí, yo también lo creo; debería también lavar mis ropas, si no tirarlas.
-Creo que de momento pueden servirte las de mi marido
-¿Tu marido –pregunté poniéndome en guardia-, dónde está tu marido?
-Él ya no las necesita. Murió hace un par de años.
Siempre me había mostrado reticente a usar las ropas de alguien muerto pues es como dejarme abrazar por el mismo dueño de ellas, pero en aquella ocasión lo consideré un mal menor, cuanto menos hasta que se secaran las mías.
Claire, tumbada plácidamente en la cama de la habitación, gozaba de un dulce sueño, algo que me alegraba enormemente. Por fin nadie la molestaba ni se aprovechaba de ella; por lo menos de momento. Consideré apremiante que la atendiera un médico en cuanto saliéramos del atolladero en el que nos encontrábamos; si conseguíamos salir de allí. Por el momento, el descanso y una buena alimentación le procurarían una ayuda en su recuperación, aunque me preocupaban los efectos de la carencia de heroína, cuando se produjeran. Seguía tosiendo de cuando en cuando, y el sudor que expelía su cuerpo parecía acentuarse más con el tiempo.
Decidí tomar un baño en tanto, ya que los acontecimientos allá afuera parecían habernos concedido una tregua. El agua de la ducha me pareció una de las mayores bendiciones, mientras enjabonaba profusamente cada parte de mi cuerpo, en una especie de ejercicio de limpieza y liberación de cada rastro del pasado. En tanto procedía a hacer esto, descubrí cómo se abría la puerta de baño y nuestra anfitriona accedía al mismo, totalmente desnuda. Llevaba el cabello suelto y un gesto de complacencia en su rostro que la hacía muy atrayente. Su cuerpo, a pesar de la madurez gozaba de una tersura apetecible. Acto seguido, simplemente decidió unirse a mi particular fiesta, sin mediar palabra, tomando la esponja de mis manos para seguir siendo ella misma quien frotara con el jabón todo mi cuerpo. Poco a poco y sin dejar de mirarme fue haciéndolo por cada zona de mi cuerpo, mientras el agua caliente nos empapaba mutuamente. Su fogosidad era tal que no podía contener los gemidos de placer que salían de su garganta. La besé profundamente y la abracé, sin remedio. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Comenzó a gritar de tal forma que tuve incluso que tapar su boca en previsión de ser escuchados desde el exterior; como una gata, lamentándose del tiempo que no sentía un hombre dentro de ella, algo que me producía una excitación a la vez que un orgullo excelsos. Era tan grande la maestría con la que obró, que consideré estar ante la misma 
Astarté; pienso que, aun en mi disposición innata para confundir sentimientos, creí comenzar a enamorarme de ella. 
Ya limpio y relajado me dispuse a vigilar a mi verdadero amor, que seguía tumbada pero despierta; parecía consciente y con capacidades como para dialogar. En su boca no encontré una sonrisa, pero sus ojos sí emitían una actitud de agradecimiento; esa especie de mágica manifestación de la que hablé al comienzo de mi relato, con la que los seres vivos se entienden incluso más profundamente que con las palabras.
-¿Qué ocurrió con Gabriel, Claire? –Pregunté en cuanto llegué-
-¡Alberto..! –gimió.
-¿Cómo has acabado en este mundo? –volví a preguntar, intentando contener tantas y tantas dudas que me asaltaban, ansiosamente; aunque sobre todo, lo que se me hacía prodigioso era la manera en que había sido conducido por la vida hasta llevarme a su lado. Una suerte de conjuro mágico.
-Mi vida siempre ha sido esta, si es a lo que te refieres, Alberto. Cuando me conociste también, aunque todo era diferente, pero ya había entrado en este repugnante mundo –y se miró el brazo-. Gabriel me amaba; y yo creo que también sentía mucho por él
-Pero… ¿Qué le ocurrió?
-Al poco de marcharse a Madrid, volvió hacia mí con la intención de salvarme de esta gente, tal y como tú has hecho. Yo ya tenía grandes deudas con ellos a causa de la droga, y poco a poco me vi envuelta en una trama en la que debía vender mi cuerpo a cualquiera para saldarlas. Como no era capaz, me secuestraron y pasé a trabajar para ellos, hasta hoy. A Gabriel le mataron a los meses de despedirse de ti; a los meses de marcharse, allí, en Barcelona; creo que borraron todo rastro de su cadáver.
-¿Cómo que allí en Barcelona? Querrás decir aquí, Claire
-Estamos muy lejos Alberto ¿Qué te ocurre?
Lo que me ocurría simplemente es que había conducido borracho durante no sabía cuánto tiempo, entre carreteras perdidas, de manera que desconocía el lugar donde nos encontrábamos. De repente, volví a escuchar el motor de un automóvil que llegaba hasta allí. Me dirigí con extremado cuidado hacia la ventana y comprobé que se trataba del segundo vehículo que tuve oportunidad de ver en la vieja carretera. De él salieron efectivamente los tres individuos que pude observar desde el interior del bosque, armados hasta las cejas con fusiles automáticos. Aquello efectivamente podía ser el principio del fin, de nuestro fin.

Capítulo ocho

Desde la ventana donde estaba apostado y oculto tras los visillos, pude ver y escuchar cómo aporreaban la puerta del bar. Elena, la propietaria, acudió aprisa con un semblante que para sí quisieran los hielos árticos. Su expresión rogaba una respuesta por mi parte, lo que sin duda era pedir demasiado, pero era obvio que debíamos tomar una determinación inmediata, de forma que sugerí que abriera la puerta e intentara ganar un poco de tiempo, mientras tanto, nosotros accedíamos a una especie de buhardilla de ridículas dimensiones que se encontraba en uno de los costados de la planta. El habitáculo era tan estrecho que difícilmente hubiera podido entrar uno de esos gorilas, pero era nuestro único medio de intentar salir indemnes de la situación.
-Si nos delatas te juro que serás la primera en caer –le advertí, sin saber siquiera cómo llevaría a cabo la venganza.
La expresión de su rostro, a no ser por el peligro que se nos echaba encima, era cómica. Claire sudaba y temblaba como si tuviera fiebre, además de que su rostro se me hacía cada vez más demacrado y sus ojeras abarcaban toda la cuenca ocular; necesitaba urgentemente asistencia sanitaria. Debíamos salir de allí sin demora, pero tal y como se precipitaban los acontecimientos, nuestras posibilidades de éxito eran marcadamente exiguas. 
En el transcurso en que Elena bajó, nosotros subimos. Nos acomodamos como sardinas en lata, de tal manera que su piel era la mía y su cara rozaba mis labios, que no dejaban de besarla. El silencio era tal que nos eran perceptibles cada una de las palabras que provenían de abajo. 
-¡Abre ya zorra; aparta! –Escuché que gritaba uno de ellos- ¿Hay alguien contigo?
-Estaba durmiendo. ¿Quién va a haber aquí más que yo?
Se escuchó un golpe y el grito de la mujer. Acto seguido le ordenó que le acompañara. Escuchamos los pasos de ambos a través de las estrechas escaleras-
-¿Sabes que tienes un buen culo? –Soltó de repente- ¡Abre todas las puertas!
Supuse que comenzaba a inspeccionar cada una de las habitaciones.
-¡Aquí ha habido alguien tumbado! –Profirió a gritos-.
-¡Ya les he dicho que estaba durmiendo cuando llegaron ustedes!
-Más vale que no me mientas porque si no, te juro que aquí mismo te mato. No tienes aspecto de haber estado durmiendo.
Claire se contuvo un nuevo golpe de tos, pero a pesar de ello, su garganta expelió un quejido mortecino.
-¿Qué ha sido eso? –Preguntó el matón visiblemente alertado.
-No he oído nada; ¡aquí hay ratas!
-¿Ratas? Sigamos…
Escuchábamos cada paso que daban. Primero se acercaron y acto seguido parecieron alejarse. Los pomos de cada una de las puertas chirriaban como si nunca se hubieran abierto. De repente me dio la impresión de que se acercaban de nuevo.
-¿Esa trampilla de arriba qué tiene? 
-Oh, eso es un espacio muerto que da al tejado. Hace años que no se abre –titubeó. Mi tensión arterial era tal que si me hubiera dado allí mismo un colapso lo habría agradecido. Evidentemente se refería al lugar donde nos recluíamos Claire y yo. Preparé el cuchillo para, en caso de que subiera, poder atravesarle el pecho de parte a parte. 
-¿Que hace tiempo que no se abre? Aparta que yo la abriré –y escuchamos como cargaba el arma-.
-Espere por favor; no me destroce la casa; déjeme buscar la llave y las escaleras.
-¡Date prisa si no quieres que te agujeree el techo de forma que no tengas donde resguardarte de la lluvia!
En el transcurso en que Elena fue en busca de la llave y la escalera, se escuchó una tercera voz que le apremiaba a que acabase cuanto antes.
-¡No tardaré mucho –respondió a gritos-; sólo me queda por ver algo!
En esos momentos pensé que nos lo quitaban de encima, pero el elemento era pertinaz.
-¡Quédate aquí haciendo guardia; si no están todavía pueden venir en cualquier momento! –Siguió gritando alguien desde abajo-.
Esto parece que le hizo olvidarse por momentos de nosotros, de forma que descendió las escaleras continuando con la conversación, a gritos. Consideré por tanto que ese y no otro era el momento de salir de allí a toda prisa. Abrí la trampilla, que salió despedida hacia abajo como un balancín, haciendo sonar las bisagras. Me agarré con fuerza al cerrojo y al marco contrario y logré bajar dando un ligero salto, entretanto, ellos continuaban discutiendo acerca de la estrategia. El cuerpo de Claire cayó desplomado sobre mis brazos, empapado en sudor y con una temperatura que se me hacía mayor a cada momento. El tiempo jugaba en nuestra contra decididamente.
En tanto que la inquilina volvía, subía también las escaleras el matón, al fondo del pasillo. Apenas tuvimos tiempo de ocultarnos en una de las habitaciones que teníamos allí cerca, pero el tipo fue rápido de reflejos e intuyó claramente que la escalera metálica no había sido puesta todavía en su lugar, mientras que la compuerta se balanceaba, de forma que, tras echar un rápido vistazo a su interior volvió a inspeccionar cada habitación de nuevo. Escuché un nuevo golpe y otra exclamación de dolor por parte de Elena, seguramente propiciado con la culata del arma, pero él permanecía mudo. Sentí como abría y cerraba puertas, una tras otra, hasta que lo hizo con la nuestra. En ese momento fue cuando me abalancé sobre él como una verdadera fiera y comencé a asestarle golpes con el cuchillo, uno tras otro y sin medida, allí donde me parecía. El arma que portaba se desplomó sólo un segundo antes que él, impregnado en un mar sanguinolento que empapó paredes y puerta además de mis ropas. ¡En mi vida había pensado que un cuerpo pudiera desprender tanta sangre!
Por entonces creo que comencé a acostumbrarme a la muerte y a ser yo quien la llamara; pasé a abordarla como una simple coyuntura en la vida; me había percatado de lo fácil que es arrancar la vida de una persona y lo rápido que abandona un cuerpo. Era el mismo sentimiento de haber emprendido una carrera de obstáculos, en la cual, el primero es el que te muestra la medida para superar sin miedos los siguientes. No es que sintiera placer con ello, pero sí cierto orgullo y autoestima.
Me incliné sobre el cuerpo sin vida y observé la expresión de su rostro, placida e inocente como la de un niño. Quizá en ese momento, o un segundo antes de morir hubiera vuelto a habitar en él su espíritu infantil, el del bebé que un día fue. Su rictus era sereno, amable, lleno de paz; nada que recordara lo que representó hacía solo unos instantes. Consideré entonces que la muerte nos acerca a nuestro principio, como el final del trazado de una circunferencia perfecta, como un nuevo bautismo en el comienzo de otra forma de vida a niveles diferentes, por el que todos pasaremos alguna vez. En cierta forma significaba un retorno en la elipsis de la vida. Volví a reparar en su rostro apacible y tuve ganas de abrazarlo y exigirle una explicación a su errónea elección, pues se me antojaba objeto también de las arbitrariedades de la existencia misma; era como estar viendo una máquina que hubiera dejado de funcionar, o que obedeciera a la limitación misma de sus componentes. Aquello me llevó a meditar profundamente sobre lo que en realidad somos. 
El espectáculo era dantesco. Claire se llevó las manos a la cara, tapándose los ojos y de su boca se escapó una exclamación de terror.
-Él te habría matado sin pensarlo; nos habría matado –acerté a decirle secamente-.
Me acerqué a la ventana cuando escuché el motor del automóvil que volvía a rugir. Pude ver cómo daba marcha atrás con dos individuos dentro y tomaban la carretera de vuelta. Para nosotros eso había sido un punto muerto que debíamos aprovechar. Elena vino corriendo y marcadamente abatida. Tenía un moratón en uno de los pómulos y los ojos empapados en lágrimas. Sin duda que la noche anterior no se hubiera imaginado lo que iba a cambiarle la vida en tan breve espacio de tiempo.
-¡Qué podemos hacer ahora! –gritaba alocadamente-.
-Debemos salir de aquí cuanto antes. ¿Tienes algún automóvil? –pregunté esperanzado, ya que del mío podía olvidarme completamente.
-Tengo una vieja furgoneta aparcada atrás; ¿Pero a dónde voy yo con vosotros? ¡Mi vida estaba aquí! –protestaba mientras no paraba de llorar como una niña.
-Lo has dicho bien; estaba aquí. Ahora no puedes quedarte pues tu vida está hipotecada también como la nuestra. – Al escuchar esto sus ojos se abrían como ventanas; me parecieron bonitos. 
-Vámonos sin dilación; Claire necesita un médico rápido.
La tarde se echaba encima; era una tarde calurosa de verano, pero corría cierto aire que la aplacaba un tanto. Marchamos hacia la furgoneta, una vieja Citroën que daba la sensación de volcar en cualquier curva y emprendimos el camino contrario del tomado por esos malnacidos. La salud de Claire iba empeorando a medida que transcurría el día, y aparte de eso, comenzaba a sentir los efectos de la falta de heroína. Empezaba a dar pequeñas convulsiones y el sudor le emanaba por cada poro de su piel; la fiebre le hacía balbucear palabras inconexas. 
La carretera se adentraba en un espacio árido, donde de vez en cuando podían verse viviendas diseminadas. Tras una hora de camino llegamos a una población que consideramos lo suficientemente grande como para que albergara un servicio médico donde se nos diera un diagnóstico.
Cayó la noche tras los cristales del hospital, mientras Claire era atendida y Elena curada de sus magulladuras. Entretanto, no paré de ir de un lado a otro. Desde la ventana del segundo piso donde nos encontrábamos pude observar un automóvil que me era conocido: el Peugeot que llegó en segundo lugar mientras escapábamos en el bosque, con al menos tres ocupantes en su interior. Permanecieron aparcados a escasos metros de la entrada principal del edificio, seguramente que esperando pacientemente a que saliéramos. No podía imaginarme cómo habían dado con nosotros, pero así parecía ser, con lo cual, deberíamos escapar de cualquier forma menos por aquel lugar. Elena me miraba de cuando en cuando, con un gesto que iba cambiando entre la tristeza, la incredulidad y el enfado mismo. A veces arrancaba la ira de su interior y dejaba exhalar de su boca toda clase de improperios; ni que decir tiene que cuando le di la noticia del automóvil que esperaba abajo con los ocupantes ansiosos sin duda por darnos caza, el gesto de su cara fue un verdadero poemario. 
-¡No sé cómo se os ocurrió venir a destrozar la paz en la que vivía! –y se enjugaba el pómulo con una solución que le habían expedido.
-Tranquila, saldremos de aquí y todo volverá a ser como antes para ti; volverás a disfrutar del tremendo hastío en el que vivías. –inquirí de manera jocosa. Decididamente mi frialdad en aquel momento era total con ella; solo era otra persona que se había cruzado en mi vida. Podría sentir, es verdad, algo más con el tiempo, pero en ese momento lo único que nos unía era la circunstancia de haber salvado nuestras vidas, y sobre todo la de Claire. Sin embargo, yo era muy consciente que tras su ofuscación, existía una atracción hacia mí, siquiera física; lo decían sus ojos; una vez más los ojos, como puertas de salida y entrada al corazón. No me había dicho su edad, pero debo decir que a pesar de su madurez, la piel de su cuerpo gozaba de la tersura que tuvo en la juventud, y su manera de hacer el amor me había subyugado en cierto modo. Me apetecía tenerla a mi lado y se me antojaba divertido en último caso. Mientras la observaba, allí sentada, a cinco metros de distancia, queriendo demostrar su enfado como si fuera una niña, pero a la vez viviendo interiormente el cosquilleo de la seducción, con la falda a media pierna cayendo sobre sus muslos desnudos, tuve ganas de poseerla de nuevo. 
En esto se acercó el doctor a comunicarnos la dramática noticia de que Claire se moría. Ninguno de sus órganos vitales respondía y para colmo de males, las analíticas en sangre mostraban el nuevo virus del VIH en un avanzado estado. Aquello fue una losa sobre mi vida entera; el fin de mi lucha. Debía quedarse hospitalizada hasta que su cuerpo dejara de latir.
Poco puedo o quiero decir más acerca de esto, tan solo que, entré en su habitación y lloré como un niño allí, de rodillas ante ella, o ante su cuerpo, porque la sedación a la que fue sometida la mantenían semiconsciente. Besé sus manos y las acaricié con mis mejillas; mis lágrimas humedecieron sus heridas que eran las mías también. Volví a pensar en cómo la vida me había conducido hacia ella, a través del submundo de la prostitución, del hampa, siendo consciente de que yo mismo había sido dirigido como un barco con las velas arriadas, al arbitrio de los vientos y las olas; así de esa forma había vuelto a verla justo antes de su muerte. El destino me había reservado el privilegio de ser yo quien pusiera en peligro mi vida para salvar la suya; eso es lo único que agradecía, y por ello hubiera dado por bueno haber muerto, pero ella no ¡Por Dios, ella no!
Sabrán perdonarme si no doy más descripciones de aquellos momentos, pues la angustia que me producen hacen caer mi misma alma hasta la más insondable de las amarguras; no quiero detallar su aspecto, ni nada que tenga que ver con el lamentable estado en el que se encontraba; sólo quiero decir, que aun en la situación que he relatado de manera sucinta, ella respondió a mis te quiero; lo sé porque dejó expeler una tímida sonrisa y unas exiguas lágrimas de felicidad cayeron a través de sus descarnadas mejillas, lágrimas que bebí y me trajeron para sí sabores del mediterráneo, de aquellos años de juventud en mi querida Barcelona, donde la disfruté por primera vez. Le juré amor eterno y la seguridad de que mi corazón estaría a su lado a cualquier hora del día.

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La única vía de salida era la parte trasera del hospital, donde se ubicaba el tanatorio, de modo que nos dirigimos hacia allí, con el corazón en un puño y un nudo en la garganta que difícilmente pude quitarme en mucho tiempo. La sala principal estaba llena de gente que manifestaba sus sentimientos de dolor, vestidos de negro la mayoría y alrededor sobre todo de una sala en especial, por lo que deduje que se trataba de algún personaje popular. 
Al fondo, la pared de cristal se oscurecía con la noche, que caía ya con intensidad sobre sus calles. Únicamente me llamó la atención la figura de un personaje que pululaba solitario de aquí para allá, de traje negro y cuya fisionomía me pareció reconocer como uno de los matones. Quedaba claro que el centro estaba siendo vigilado por ambas partes, con lo cual, la salida se hacía harto difícil para nosotros.
Como tal era la situación, estuvimos estudiando una solución que nos permitiera salir de ese enredo cuanto antes. La gente salía y entraba al habitáculo que daba a la cámara mortuoria, donde seguro se exponía el cadáver. Un continuo tránsito de personas que parecían sentirse enormemente apenadas y que se consolaban mutuamente. Tan cerca nos encontrábamos de ellos, que en realidad parecíamos propiamente parte del conjunto, de forma tal que asentíamos compungidos a los gestos de algunos que pasaban a nuestro lado.
-Buena gente era…-comentaba uno que suspiraba fuertemente-.
-¡Buena.., yo mismo le crié siendo niño. ¡Cuántas veces se me acercó para que le anudara los cordones de los zapatos!
-Un luchador ¿Verdad? –Nos preguntó otro que se acababa de unir al grupo-.
-Sí, claro.., mucho –asentimos-.
Me acerqué a la vitrina de cristal que le separaba de los visitantes, con la curiosidad natural de quien va a ese tipo de encuentros. Todo estaba plagado de coronas de flores; ramos de colores variados que tapaban en multitud el ataúd donde descansaba. Allí junto al cristal se apostaban varias mujeres, entre las cuales, la mayor de ellas seguramente sería su madre, a raíz de los llantos que salían de su garganta. El cadáver descansaba sobre un sólido ataúd de madera de caoba con guarnecidos en bronce y una sola abertura en la parte superior, donde se mostraba la cara del difunto. Un gran pañuelo púrpura de seda le envolvía el pecho y el cuello, pero no así la cara, cuyas facciones me vinieron rápidamente a la memoria.
Salí despacio de allí, sin llamar la atención, hacia donde se encontraba Elena, que hablaba con otra mujer de su misma edad aproximadamente, quien iba de negro riguroso. En ese momento percibí cómo un nutrido grupo de personas se alejaban hacia la puerta con la intención de marcharse, con lo que decidí que esa era nuestra oportunidad. Elena también se dio cuenta y empezamos a unirnos a ellos, deliberadamente y con la lógica ansiedad de sentir que la salida a la libertad pudiera estar a no más de veinte metros, tras el sujeto que comenté y que no hacía más que fumar, yendo nervioso de un lado a otro. 
Lentamente la gente cruzó el umbral de salida y caminó derecha hacia la calle, a través del viejo jardín de flores marchitas y paredes desconchadas. Al llegar a su altura pudimos comprobar que el caballero no lograba contener los llantos y que su estancia allí, probablemente no obedecía a otra cuestión más que a su padecimiento profundo. Ahora en la cercanía mi seguridad acerca de su identidad era total. 
Cuando comenté con Elena quién era el difunto, aquel a quien partí el cuello de un solo tajo, aceleró el paso como si de un momento a otro fuéramos a ser raptados, en esto que el lloroso personaje dejó soltar un grito en un tono profundamente imperativo.
-¡Ustedes, por favor, acérquense!
Nos miramos sólo un instante, durante el cual me mis piernas comenzaron a temblar como si fueran de goma.
-¿Nosotros? –emití tímidamente
-¡Sí, ustedes, todos, por favor, vengan!
Agarré fuertemente la mano de Elena de la que comenzó a brotar un sudor frío. Un gran grupo de gente se nos unió.
-Quiero, ahora que estamos aquí reunidos y antes de que se marchen, darles las gracias por su visita. Son momentos de profundo dolor, en los cuales nos es de gran ayuda la presencia de todos ustedes, que, de diferentes formas, habrán compartido con el difunto momentos de su vida. Todos le conocíamos bien y sabíamos lo desinteresado de su carácter y su afición innata por agradar en todo lo que podía a los demás. Por todo eso es que le recordaremos siempre, además de por su buen humor y la humanidad que desprendía en cada uno de sus actos. Por tanto, desde los deseos de un buen cristiano hacia otro que nos dejó por la mano de un asesino al que buscaremos hasta la muerte, os doy las gracias por vuestra presencia y os emplazo a que vengáis mañana al entierro, que se celebrará en el cementerio de Santa Virgen, de quien era devoto incondicional. ¡Gracias!
Todos los presentes aplaudieron al unísono, dando votos de aprobación algunos, y otros perjurando venganza eterna contra el que hubiera sesgado su vida. Comenzaron a darse la mano como una mayor muestra de apoyo. Elena y yo no sabíamos muy bien dónde meternos, ni encontrábamos el momento de huir de allí sin llamar la atención. De repente tuve un soplo de lucidez en la memoria y recordé perfectamente la cara del que había pronunciado el discurso, identificándole como el tal Alex, aquel que permaneció vigilante al lado de mi automóvil, allí, cerca del tugurio.
-Estamos en el epicentro del huracán Elena –le susurré al oído-
-¡Debemos seguir aquí hasta que se marchen todos!
La gente nos abrazaba y nos daban palmadas en la espalda, a las cuales correspondíamos con la mayor credibilidad. Algunos nos miraban con el interrogante de no saber muy bien si nos conocían o si éramos amigos de parientes o amigos de amigos o parientes de amigos de parientes. La luz mortecina de las farolas nos ayudaba no obstante a pasar el trance de una manera más confidencial. Al cabo de no mucho tiempo, durante el cual siguió llegando más gentío y el murmullo de palabras fue subiendo de tono, donde cada uno narraba su historia, comenzaron a marcharse, cada cual por su lugar: algunos en nuestra misma dirección, o sea, la del aparcamiento. Caminamos despacio y al lado de gente con los cuales habíamos tenido la ocasión de entablar algunas palabras, asintiendo sobre lo injusta que era la vida y otras sandeces eternas, hasta que logramos distanciarnos de todos.
Al poco tiempo nos pusimos en camino hacia algún lugar sin saber muy bien adónde. Cogí el volante a petición suya y tomamos una carretera comarcal con la intención de pasar la noche en el primer hotel que encontráramos. Seguimos con la misma dirección que habíamos traído, es decir, en el sentido opuesto al punto desde donde vinimos, entre un oscuro paraje de tierras de labranza que se teñía con un tamizado parduzco de difícil distinción. El ruido del motor de la furgoneta era atronador. Elena llevaba media ventanilla abierta, desde la cual penetraba el olor a rastrojos quemados. Según rodábamos, la noche se hizo totalmente opaca durante un gran número de kilómetros, sin encontrar entretanto más que luces diseminadas a lo lejos, al pie de algunos montes. Si no hubiera sido por las circunstancias que nos habían llevado hasta allí, el lugar y el momento habrían sido deliciosos. De hito en hito miraba cómo se atusaba el cabello y se hacía una pequeña coleta; se me antojó que iba pareciéndome más atractiva cada vez. Llevaba un vestido completo, que terminaba en una pequeña falda de volantes que caía sobre sus propias piernas y marcaba las curvas de su cuerpo. Mi vista no podía dejar de mirarla, a pesar de las circunstancias que acabábamos de vivir. Al poco tiempo divisamos un cartel iluminado que nos anunciaba la posibilidad de pasar la noche. Ya desde el primer día de nuestra huida, aún con el recelo de los primeros momentos y el miedo de convertirnos en pasto de esa gentuza, a pesar de esos y otros condicionantes, supimos disfrutar, en la manera en que lo harían dos forajidos que temen que de un momento a otro se acabe su libertad, o su vida.
Aquella primera noche nos alojamos en otro viejo hostal de difícil ubicación hasta para el propietario. Era un lugar encantador, porque estaba rodeado de nada más que tierra en kilómetros a la redonda, salvo una estación de producción eléctrica que alegraba más el paisaje, y un polvoriento camino que venía de una carretera de segundo orden. Era uno de aquellos locales que a nosotros nos producían especial placer, porque puedo asegurar que a nadie se le hubiera ocurrido jamás comenzar con optimismo un negocio allí. 
Sin darnos cuenta, o disfrutando al menos de la libertad que nos ofrecía mi cartera, visitamos lugares de un lado a otro, como ni ella ni yo habíamos hecho nunca, hasta dilapidarla, pero para entonces ocurrieron otras cosas que me gustaría escribir más adelante, porque nuestra huida a ninguna parte estuvo condimentada con toda clase de sucesos tan intrigantes como increíbles, y no cambio esta etapa de mi vida por nada. Me hubiera gustado haber podido compartirlo con mi por siempre amada Claire, pero el destino me lo prohibió, y a la vez me descubrió mi yo más secretamente guardado, aquel puramente genuino. Sé que es difícil asumir este comportamiento, porque la sociedad y el lastre que acumulamos en la vida nos envuelven en un estado de miedo o remordimientos continuos, pero mi caso era distinto, aunque soy consciente de que es posible que, si no hubiera vivido en ese periodo de depauperación tan absoluta, aquel en el que me encontraba cuando accedí a ese antro, yo mismo me habría asustado ante la perspectiva de actuar de tal forma, pero la casualidad busco su momento y se convirtió en causa y efecto de todo mi raciocinio. 
Puedo jurar que no ha habido día en que no haya pensado en Claire, pero la vida seguía también para mí, y para Elena, con la que mantuve y mantengo una relación diferente a lo que podríamos clasificar como habitual. Entre nosotros nunca hubo sentimiento de propiedad; disfrutamos con la total libertad que te concede un pacto no hablado, pero sentido. Ella es incomparable y, aun siendo diez años mayor que yo, pronto descubrí que su edad era la mía, pues así lo demostraban sus ansias por disfrutar, por vivir de manera natural; con su sensualidad, y como no, con su manera inigualable de hacer el amor. Ahí quería llegar.


Claire. Capítulo 9. Segunda Parte. (Borrador primero)




Me habría alojado de por vida en aquel viejo hotel, si no hubiera sido porque lo que pretendíamos era escapar del radio de acción de aquellos sujetos. Digo esto porque el lugar era perfecto para permanecer ausente del mundo.
Aquella noche tomamos unos bocadillos allí en el mismo salón, en una de las mesas que se ubicaban frente a una especie de escenario minúsculo, en el cual había un viejo piano.
El encargado era un varón de unos treinta años, de aspecto aburrido o soñoliento, cuyo único interés parecía residir en la lectura de unos comix de terror que tenía cerca de él, con los que pasó buena parte del tiempo, salvo aquel en que tuvo que atendernos para rellenar la ficha de entrada. Debía ser el único que trabajaba a aquellas horas, porque también fue él quien nos dio los bocadillos, y las cervezas.
Al otro lado del salón, una pareja de jóvenes enamorados se abrazaban relajadamente, mientras veían un programa de música que se emitía en la televisión. Al poco de sentarnos llegó otra pareja, ésta de mayor edad. Pidieron algo de beber y se sentaron un par de mesas más allá de donde nos encontrábamos. Parecían haber pasado todo el día fuera porque se quejaban de lo cansados que habían acabado de tanto caminar.
Cuando ya nos disponíamos a marcharnos a nuestra habitación, accedió a la sala un caballero de edad madura, que tras pedir una copa se sentó allí, junto al piano y comenzó a tocar una conocida melodía. De vez en cuando miraba al escaso público que le escuchaba y sonreía, a la vez que correspondía con un gesto de asentimiento con la cabeza. Llevaba un sombrero de fedora marrón, con una cinta grisácea y una pequeña pluma a uno de los lados. Su aspecto me pareció demasiado cuidado para el lugar en donde nos encontrábamos, pero, por otro lado me pareció obvio que se trataba de un bohemio.
Pronto abandonamos la sala, con un profundo agotamiento, para dirigirnos a nuestra habitación, en el único piso que tenía el lugar en la planta de arriba. Mientras Elena se aseaba en el baño, abrí la ventana y encendí un cigarrillo, dejando que la fresca brisa acariciara mi cara. Todo el lugar estaba en una profunda calma. Abajo podían verse los únicos cuatro automóviles que había aparcados. La escasez de luz, hacía difícil poder distinguir algo más a medida que alejabas la vista; únicamente tonos grisáceos a ambos lados de la carretera, sin una luz que se apreciara en todo su recorrido. La calma era máxima, algo que agradecía de manera encomiada después de tanta tensión acumulada durante aquellos días. Lo único que esperaba es que nadie viniera a romperla en ningún momento. Mientras aspiraba el humo del cigarrillo, me vinieron a la mente los dos asesinatos que había cometido, ahora, en la calma. Se me hacía difícil hacerme a la idea de que todo aquello me hubiera sucedido, y de lo que había sido capaz de hacer. Observé mis manos, haciéndome cargo de que ellas habían sido las que empuñaron el arma que quitó la vida de aquellos dos miserables, sin ninguna piedad, de manera que comenzó a surgir una especie de remordimiento y temor a ser encontrado, aunque dudaba que nadie salvo aquellos malnacidos fueran en mi búsqueda.
Mis pensamientos se alternaban también con la paupérrimo recuerdo de Claire, despojada de toda vida y dignidad, y entonces me nacía de dentro otro caudal de violencia que se escenificaba en mi mente como una película en la que comenzaba a asestar puñaladas a todos y amontonaba sus cuerpos como en una pila, la cual procedía luego a prender fuego. En estos pensamientos me encontraba cuando Elena salió del baño. Me pidió un cigarrillo y se lo fumó también observando el entorno. Estaba realmente preciosa, con sus únicas prendas íntimas sobre su cuerpo.
-Esto es absurdo...-me dijo mientras aspiraba profundamente el humo del cigarrillo y perdía su mirada en la nada-. No sé qué hago aquí ni adónde voy. Mejor será que vayamos a cualquier cuartel de la guardia civil y lo denunciemos.
-Ni hablar del asunto. Por lo menos de momento. Esta gente no acudirá nunca a denunciar las muertes; son un atajo de..
-¡De lo que sean! -me interrumpió-. Pero yo no puedo seguir vagando sin rumbo durante toda mi vida. ¡Y con un tipo que no conozco de nada y que se ha cargado a dos personas; debo estar loca!
-¿A quién llamas tu personas, a estas bestias que se dedican a prostituir y a matar a inocentes a base de heroína? No te preocupes, yo tampoco pienso estar toda mi vida yendo de aquí para allá, sin rumbo. ¡Pero ahora es lo que debemos hacer, no nos queda otra solución!
Aquello pareció tranquilizarla un poco. En el fondo sabía muy bien que no nos quedaba otra solución, pues ella, para esos delincuentes, estaba tan metida en el meollo como yo. De todas formas estaba seguro de que aquellas alimañas nunca denunciarían nada; todo lo contrario. Lo único que temía es que hubieran puesto un dispositivo en nuestra búsqueda, pues eso era lo que les interesaba realmente de momento. Esa era la razón por la cual no debíamos parar; todo lo contrario, tendríamos que marchar pronto de allí, cuando descansáramos un poco. De momento consideré que aquel lugar estaba lo suficientemente escondido como para que ni el mismo dueño lo encontrara con dos cervezas en el estómago.
La cama de matrimonio era lo suficientemente pequeña como para no pasar frío y lo medianamente incómoda como para no dormir de no estar cansado. Afortunadamente nuestro nivel de agotamiento era tan tremendo como para dormir placenteramente.
A la mañana siguiente nos sentíamos con otro talante, tanto es así que celebramos que el colchón se hundiera en el mismo centro, donde fueron a parar nuestros cuerpos, que escenificaron un nutrido concierto de sonidos chirriantes motivados por las irracionales convulsiones de Elena. Su cuerpo se movía con tal motivación que pensé que acabaríamos en el suelo por la rotura de alguna de las patas de la cama. Se posó sobre mí y comenzó a brincar de tal forma que más parecía encontrarse encima de una cama elástica, mientras se acariciaba los senos con ambas manos. Nunca había visto nada igual, créanme. Mientras desayunábamos no dejaba de pensar en la joya que había encontrado.
El comedor estaba ya vacío. Era una especie de apéndice anexo al edificio, rodeado por un toldo con bonitas formas de arcos blancos. En alguna de las mesas pudimos ver todavía los restos que habían dejado otros desayunos. Me sentí a gusto en ese momento, pero mi mente no paraba, me llevaba hacia Claire y las circunstancias en las que la había dejado. Pensaba que, después de las penurias que habíamos pasado, la había tenido que abandonar allí, en el hospital, sola. Comencé a hacer una retrospectiva mental de los últimos momentos, mientras Elena recuperaba fuerzas, ingiriendo alimentos en la misma medida en que los quemaba, y llegué a la conclusión de que el automóvil que se apostó frente del hospital no nos había seguido, sino que en realidad pertenecía a la comitiva del difunto, o en todo caso lo único que hacían era vigilar al clan familiar, de modo que comencé a estudiar la posibilidad de volver allí para verla, si es que vivía todavía.
Elena, en tanto, se chupaba los dedos llenos de mantequilla y mermelada, en un gesto tan sensual que difícilmente podría pasar desapercibido. Sus labios carnosos y su boca grande eran una verdadera tentación para cualquier varón; era pura vida y naturalidad.
-Creo que voy a volver a ese sanatorio -acabé por decidir en voz alta-. Elena tardó en reaccionar; por fin exclamó asombrada-
-¿Qué dices, estás loco o qué? Estamos intentando huir de esta gentuza y ahora te vas a exponer a que te cojan. ¿De verdad te vas a meter en la boca del lobo; estás loco?
La observé fijamente mientras meditaba sobre mi decisión, o más bien mi deseo. Mientras pensaba cómo llegar allí, Elena siguió profiriendo palabras con la intención de convencerme de lo insensato de mis pensamientos.
-¿Es que no te das cuenta de que es una verdadera locura? - y quedaba abstraída durante un momento mientras pensaba qué seguir diciendo, o acaso esperando una respuesta por mi parte-. ¡Si se te ocurre ir allí no será en mi coche; por cierto que, no tengas la seguridad de que me encuentre aquí esperándote cuando vuelvas; si vuelves!
-Está bien Elena, tengo que meditarlo. ¡Yo no te pido que me esperes, aunque lo agradecería; es sólo que necesito volver a verla! No puedo creer que Claire pueda morir así de esa forma, y en todo caso necesito estar más tiempo con ella. Creímos que nos habían seguido, pero creo que toda la comitiva era únicamente como consecuencia del velatorio y el sepelio de hoy. Estoy seguro de que esta tarde no quedará nadie por allí.
Evidentemente que no podía obligarla a que me siguiera, todo lo contrario, pero en el fondo estaba seguro de que me esperaría porque se encontraba aturdida y asustada. Ambos necesitábamos tiempo para asentar un poco nuestras decisiones; ni qué decir de nuestras vidas. Su gesto estaba marcadamente contrariado. Tomó una revista que se encontraba en una mesa anexa e hizo como si leyera algo; por fin la dobló y la tiró de un golpe al suelo a la vez que se levantó verdaderamente enfadada. Me gustaban sus formas. Mientras se alejaba, camino de la habitación, su vestido iba balanceándose, marcando sus formas de manera excitante.
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No sé por qué circunstancias pero a medida que fue pasando el día la química de mi mente cambió. Una especie de estado depresivo se apoderó de mi interior, cuya explicación confieso no tener, pero que suele ocurrirme cuando la noche va llegando o después de una mala siesta, como me ocurrió sobre uno de aquellos maltrechos butacones del salón. Quizá sea que el subconsciente obra lo que no pudo o quiso el pensamiento en estado de vigilia. Suele ser ese el mundo en el que se mueven los sueños, donde se manifiestan las inquietudes, las querencias; donde los rechazos, los miedos, las apetencias o las aspiraciones, despliegan sus brazos alados, como queriendo apoderarse de tu vida misma y dejarte expuesto como objeto a su arbitrio. Cuando sus plumas son coloridas solemos no darnos cuenta y por lo tanto permanecemos como ajenos a ella, pero cuando se visten en la penumbra, como en un cielo encapotado, es cuando nos acordamos de los buenos ratos que no supimos apreciar y despiertan los lamentos.
Es ese estado de ensoñación donde suelen abandonarse también los miedos o los tabúes y solemos dar realidad a todo aquello que nunca nos atrevimos, pero también donde se produce la transformación necesaria que nos dirige hacia la evaluación de las circunstancias que nos preocupan, llevando el raciocinio hasta los más altos niveles de que son capaces nuestras facultades; al fin y al cabo es lo que somos, como lo fueron aquellos a los que quité la vida, y a través de cuyos rostros pude ver la paz que otorga la muerte, estado en el que se fusionaron posiblemente con su yo más puro y transparente.
Mi estado era tan depresivo aquella noche, que no sentía otra voluntad que la de querer llorar hasta gastar todas los fluidos de mi cuerpo, como manantial que deja escapar inconscientemente todo el bien que atesora y lo derrama sobre la arena inerte.
Por mi mente pasó mi vida, como pasa por aquellos a los que la muerte ha rondado, rápida pero concisa y con la frialdad de quien se sienta en una butaca a presenciar un espectáculo, o quizá peor todavía, pues la representación es la tuya misma, expuesta de manera resumida ante un implacable tribunal, ávido de dictar sentencia de un momento a otro.
Claire era mi tormento, el objeto de mis tribulaciones, y la consecuencia de esa angustia que me atenazaba. Tanto más la deseaba a mi lado, cuanto mayor era la duda de si lo que había llegado a cometer por ella hubiera merecido la pena; y me era imposible saber a qué lado de la balanza colocar cada una de mis convicciones o incertidumbres. Tampoco sabía si el sentido de la justicia había obrado con la debida racionalidad en mis manos.
De cuando en cuando volvían otra vez a mi mente los recuerdos de las miradas pueriles que la muerte misma había estampado en el semblante de aquellos a los que quité la vida. Y mi conciencia se convertía en un hervidero de sensaciones repulsivas hacia mí mismo. ¿Qué he hecho? me preguntaba. Yo no nací para quitar la vida de otro; una vida no debe nacer nunca para arrebatar otra ajena; no debe hacerlo. Y añado que, ni siquiera, o diría más, mucho menos los Estados deben llevar a cabo esas prácticas, amparados en una hipotética búsqueda de la justicia. La justicia debería llevar a la bondad y al ejemplo de quien desea cambiar el sentido de las cosas. Justicia y amor debieran ser dos nudos de la misma soga, y esa soga nunca deberá utilizarse para dejar pender de ella el cuello de nadie. Un estado que mata nunca imparte justicia, sino venganza, y se convierte en un asesino del mismo calado que al que pretenden juzgar; y más muchas veces, porque ejecuta la acción fríamente; ni se puede llamar democrático y usar ese argumento para explicar que es la decisión de su pueblo soberano. El pueblo debe ser educado por aquellas mentes pioneras que saben ver entre las líneas del horizonte, mientras la muchedumbre no conoce ni de sus propias narices. De la misma forma también que una sociedad no puede seguir amparándose en escrituras que sean tomadas por sagradas y que dictan normas y leyes de épocas arcaicas, porque entonces se anula la posibilidad de la progresión o la evolución. Las costumbres son en sí un impedimento a la evolución; una trampa para construir una sociedad más humanizada, tomada ésta en base a la búsqueda de la verdad.
Pero mi caso no era el de una comunidad o una nación, sino el de un simple individuo que había perdido la cabeza, y que llevado por ese estado de sinrazón, se había transformado en una verdadera bestia sin conciencia de lo que hacía. Verdad es que actué, además bajo los efectos de una emoción incontenible, con el cerebro bañado en alcohol la primera vez, y la segunda con la seguridad de que actuaba en defensa propia.
Elena parecía estar tranquila a esas horas de la noche. Habíamos avisado al encargado del hotel de nuestra partida a la mañana siguiente, y esa decisión pareció gustarle. Era como una especie de huida hacia ninguna parte, pero con ese primer cambio parecíamos sentirnos más libres. Sé que en su fuero interno confiaba en que la idea de volver al hospital se me olvidara, o la desestimara por descabellada. Por mi parte preferí no pensar en ello más de momento. Soy persona de tomar los problemas mayormente cuando los tengo delante, o cuando son un callejón sin salida para mis propósitos, de manera que decidí disfrutar de los últimos momentos en aquel establecimiento.
Aquella noche, como la anterior, después de cenar tomamos una copa, en el mismo lugar y con los mismos vecinos. A eso de las diez y media volvió a sentarse el "pianista" en el taburete y comenzó a tocar de nuevo melodías conocidas por todos. Otra vez su expresión fue la misma, con su media sonrisa y su asentimiento hacia el escaso público, que le sonreía y aplaudía al término de cada pieza. Brindé con Elena y le eché el brazo sobre su hombro entre sonrisas. Estaba realmente guapa; lo era. Tras unas cuantas piezas musicales más, el caballero se acercó hasta nuestro lugar y nos pidió permiso para invitarnos a otras copas. De cerca me pareció mayor; seguramente cercano a los sesenta, pero de aspecto cuidado y buenas maneras. Evidentemente aceptamos su compañía y disfrutamos de la consumición que nos sirvió el mismo camarero de siempre. Besó primero la mano de Elena, que se sintió por ello muy halagada.
-Gracias por permitirme compartir con ustedes unos momentos. Mi nombre es Luigi, pero nací y he vivido en España toda mi vida. El nombre lo eligió mi padre, un señor de la Calabria que convivió unos años con mi madre.
Su expresión era profundamente amable así como distinguidos sus modales. Su mirada era relajada aunque un poco instigadora. Calculé rápidamente su actitud, como la de aquellas personas que intentan caer bien desde un primer momento. Sin embargo, yo no estaba como para fiarme de nadie, y mucho menos de una persona que sin conocerla se acercaba a nuestro asiento y pedía permiso para compartirlo. Elena, en cambio, se sentía visiblemente incómoda, si no molesta; lo intuí rápidamente.
-Muy bien Luigi, muchas gracias por su invitación. En realidad ya nos marchábamos a nuestra habitación, si no fuera por el placer que supone escucharle con el piano nos ha hecho quedarnos a disfrutar de su música -acerté a decir mientras esgrimía una tímida sonrisa. Elena profirió un amplio gesto de asentimiento-,
-Oh, muchas gracias. Hace mucho que no toco de verdad, pero allí donde veo un piano, no puedo resistir la tentación de hacerlo. Les agradezco mucho sus palabras.
-Es usted un músico extraordinario -le manifestó Elena, que le tenía a su lado-. ¿Lleva mucho tiempo tocar de esa forma, o se nace ya con las facultades? -su expresión marcaba una abierta sonrisa, pero el número de veces que sorbía el vaso delataba su incomodidad. Luigi rió abiertamente-.
-Bueno, verá, para tocar como lo hago yo, no se necesitan muchas horas. En realidad estoy seguro de que usted aprendería mucho antes. Veo en su cara unas aptitudes innatas para el mundo de las artes.
Elena sonreía placenteramente y gustosa de oír aquellos cumplidos. Comenzó a sentirse más relajada a medida que la conversación iba fluyendo.
-¿Ha tocado usted alguna vez un piano? Venga, acompáñeme y toquemos una canción fácil. Eso sí -y me miró cortésmente-, con el beneplácito de su marido.
Asentí y gesticulé ampliamente con las manos apoyando la iniciativa.
-¡Desde luego.., por favor!
El tal Luigi, se incorporó y tomó galantemente la mano de Elena, que pareció sentirse profundamente ilusionada a la vez que halagada ante tanta demostración de cortesía. Fueron caminando hacia el piano y se sentaron juntos, hacia las teclas. El caballero parecía arroparla con sus brazos, dirigiendo sus manos de un lado a otro, mientras intentaban tocar una vieja canción de cuna tan conocida como simple. De cuando en cuando Elena me miraba con una amplia sonrisa, como esperando la mía, y así lo hice, mientras pensaba, o más bien meditaba acerca de todo; absolutamente todo. Tras esa pieza continuaron con otra; esta vez una canción de Disney, seguramente de más difícil ejecución. El elemento seguía abrazándola desde atrás y parecía desde allí que su cabeza se dejara acariciar por el cabello de Elena; demasiado juntos para mi criterio. Dejé que el asunto fluyera por sí solo, aunque aquello comenzaba a molestarme un poco. Tras unos minutos volvieron a la mesa, con sus gestos felices y su conversación distendida. Elena reía como no le había visto hacerlo en los pocos días que nos conocíamos; la encontraba mucho más relajada y feliz. Aquello al menos parecía merecer la pena.
-Habéis estado geniales -atendí a expresar, sin saber qué otra cosa decir-.
-¡Oh, me encanta el piano; no sé como nunca me había dado cuenta de ello. Creo que voy a estudiarlo!
-Desde luego, querida. Te compraré un teclado para tu próximo cumpleaños.
Aquella apreciación le hizo volver a la realidad; su gesto cambió significativamente, y creo que Luigi se dio perfecta cuenta de ello, aunque no supiera siquiera por qué circunstancia.
-Sí sí, cómprese uno y dé clases, seguro que las aprovechará mucho. ¿De dónde son ustedes?
Aquella pregunta nos puso un poco fuera de sitio.Nos miramos de soslayo.
-Somos de Cataluña, pero estamos haciendo un pequeño recorrido de vacaciones.
-¡Oh, no hay nada como ir de un lado a otro sin prisas y sin nada estudiado! Me imagino que será así como lo habrán planeado ¿Verdad?
-Pues sí, algo así -contesté secamente-.
-Recuerdo que cuando vivía mi mujer solíamos hacer algo parecido. Siempre me ha gustado viajar como un vagabundo errante, conociendo lugares perdidos en tu propio mundo. ¡Hay muchos; este es uno de ellos, por ejemplo! ¡Quién puede imaginarse un lugar más apartado de la civilización que este, y a la vez tan cerca de todo!
Elena y yo volvimos a mirarnos con cierta incomodidad. Este tal Luigi era sin duda de esas personas, cuya conversación parece contener de manera subrepticia un doble sentido. La misma expresión de sus gestos era abiertamente antipática en ese momento.
-Sí, es muy placentero y es bueno para relajarse.
-Ya lo creo, madame. En fin, supongo que todavía les quedará mucho que andar. Yo también estoy de vacaciones, solo que desafortunadamente es el primer año que las hago en soledad. Es triste, como lo fue la muerte de mi mujer hace cuatro años ya. Durante todo este tiempo la he guardado luto. ¿Saben ustedes qué representa para una persona enamorada la muerte de su pareja? ¡Es horrible!
Aquellas palabras hicieron que se me subiera toda la sangre a la cara. Seguramente que si hubiera habido más luz, habría podido corroborar que mis ojos estaban inyectados en el líquido rojo. No sabía bien que hacer o decir. Preferí asentir de manera comedida y sin mirarle a los ojos, pues, cada una de sus palabras parecía querer dar en el blanco de mis pensamientos secretos.
-EL muerto al hoyo y el vivo al bollo-, soltó de repente Elena, quien seguidamente intentó suavizar la frase-.Quiero decir que al fin y al cabo, el que muere es el que pierde; y el que queda vivo debe seguir su vida
-Es ley de vida cariño -espeté de pronto esgrimiendo una sonrisa forzada-. Todos sabemos que la vida sigue ¿Verdad amigo Luigi? Sin embargo, nunca se olvida a la persona que perdemos.
-Correcto, correcto. Nunca la olvidaré. Ella fue la única persona en el mundo por la que hubiera hecho lo que fuera; incluso lo más atropellado que pudieran imaginarse. Era mi vida y mi ilusión, pero Dios quiso tenerla a su lado antes de lo que debería haber hecho... Bien, no quiero recordar tan tristes momentos; creo que me marcho a dormir un poco. ¿Van a permanecer más días en este lugar?
-Creo que no caballero -contesté-. Posiblemente mañana abandonemos este sitio para seguir nuestro periplo.
-Estupendo -contestó cortésmente mientras nos alargaba su mano. Besó primero la de Elena -que no estaba muy acostumbrada a esa clase de protocolos-, y luego estrechó la mía, de esa forma suave que tienen algunos y que tantas susceptibilidades me provocan.
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A la mañana siguiente nos pusimos de camino antes de que siquiera se quitara las legañas el encargado de la recepción. Como los equipajes eran tan exiguos como la nada misma, lo emprendimos raudos a través de esa misma carretera y en la misma dirección. El día estaba claro y el viento en calma. La furgoneta bramaba quejumbrosa, pero más que nada por los años que hacía que no recorría un trayecto semejante. Elena se encontraba contenta. Seguramente que pensó en la falta que había hecho en su vida algo parecido, aparte de que claramente aumentaba su atracción por mí. Por aquellos momentos ya me miraba como se mira a un novio; comenzaba a tener la seguridad de tenerme y a descubrir en mí la causa de la rotura de su confinamiento en su tediosa vida anterior. Bien podía estar segura de ello, porque no creo que hubiera hecho otra cosa en los últimos dos años desde la muerte de su marido, que mirar la vida como desde los barrotes de una mazmorra.
Se crinaba el cabello con ambas manos, con esas manos de dedos pequeñitos y descuidados, acostumbrados a trabajar firmemente; esas manos que en el amor sabían acariciar con presteza y serenidad y que a pesar de todo, gozaban de una suavidad femenina muy apetecible. Su vestido, como siempre, caía por su peso, dejando al descubierto unas piernas cuya textura y color me incitaba a tocarlas, y proseguir hasta la altura de su sexo. Era tan apasionada que aquello encendía toda su libido.
Rodamos por espacio de una hora hasta llegar a una localidad donde pudimos acceder a una comisaría. Allí denuncié el robo del automóvil, tomando como lugar de los hechos el establecimiento de Elena. Más tarde compramos algo de ropa para los dos en un pequeño centro comercial, donde por fin pude desprenderme de la de su difunto esposo, al que pedí disculpas y di las gracias.
No obstante, durante todo el trayecto no cesé de meditar acerca de Claire y la forma en que la había abandonado, de tal manera, que cada metro que me alejaba de ella más aumentaba mi deseo de dar marcha atrás. No habíamos recorrido diez kilómetros desde el lugar donde hicimos las compras, cuando, entre campos de labranza pude ver un cartel hecho a mano donde se ofrecían habitaciones. El camino entraba desde la carretera de segundo orden por la que circulábamos, entre tierra y polvareda y campos de cereales quemados por el sol abrasador del mediodía. Era una casa de pueblo bastante vieja y descuidada, regentada por un matrimonio de ancianos decrépitos pero extremadamente afables, que nos acogieron cual matrimonio que acabara de contraer su enlace. El caballero era un amante de la tierra, que mantenía una magnífica y variada huerta todo alrededor de la casa. A pesar de la antigüedad de la estancia, la cama era mucho más confortable, algo que agradecimos, por no hablar de la extraordinaria cocina de su esposa y los productos frescos de la huerta.
Allí, en esa habitación fue donde decidí tornar sobre mis pasos con la intención de volver a ver a Claire. No sé cómo podría explicarlo de forma que pudiera dar credibilidad a mis palabras, pero mi más hondo sentimiento se encontraba enlazado con ella, de tal forma que me era inútil intentar escapar de lo que consideraba más a cada instante el motivo que daba sentido a mi vida. ¿De qué me valía seguir huyendo de un lado a otro si en mi interior no lograba encontrar la paz que tanto ansiaba? Intenté explicárselo a Elena de la mejor manera que pude, y con las palabras más adecuadas de las que era capaz. Creo que ella ya había meditado profundamente sobre ello, de manera que también en su fuero interno tenía claro que era estúpido imaginar otros finales que no tuvieran que ver con lo que me inquietaba. Era obvio que una vida compartida conmigo debía comenzar por dejar zanjados ciertos cabos que me ligaban con mi pasado.
Mientras lo hablábamos, en el comedor de esa agradable casa, entre las idas y venidas de la señora Antonia y sus platos a cual más delicioso, miraba a Elena y descubría en ella la mujer perfecta para emprender una relación estable y para toda la vida; es decir, cada día que pasaba a su lado me encontraba más cómodo y atraído por todos sus encantos -que eran realmente incontables. Es más, dudo que hubiera en el mundo hombre que no fuera capaz de sentirse en plenitud a su lado-.
Mientras degustábamos los platos caseros que nos preparaba la mujer, me sorprendió con unos comentarios y apreciaciones que jamás hubiera imaginado.
-Aquel luigi es alguien de quien no debemos olvidarnos.
-¿Por qué dices esto Elena?
-¿Te acuerdas de cuando estuvimos tocando el piano?
-Sí, ¿y?
-Ese tipo tenía una pistola escondida entre la chaqueta. Me rozó con ella; no quiero ni puedo imaginar que aquel objeto duro fuera otra cosa.
Aquel comentario último me produjo risa.
-¿Estás segura? -inquirí de manera incrédula, mirándola fijamente a los ojos. Elena se acercó un poco más hacia mí, después de mirar en derredor.
-Segurísima, querido. Si piensas que me sentía complacida por haber aporreado durante unos momentos aquel piano viejo, estás muy confundido. No puedo saber quién es, pero desde luego, a mí personalmente no se me olvidará su cara.
-No lo dudo; le tuviste bien cerca -y emití una sonora carcajada, pero en el fondo me hizo recapacitar profundamente-.
-Sí, ríete todo lo que quieras, pero ya me explicarás de quién es ese coche que se esconde tras esos tísicos árboles.
-¿Coche?
Miré a través de la ventana y efectivamente, parecía haber un auto aparcado como a diez metros poco después de la salida al camino.
-Ese coche puede ser de cualquiera -protesté esperando una aclaración-.
-De cualquiera que haya estado también en el anterior hotel que nos alojamos. Ese mismo coche estaba aparcado allí, muy cerca del nuestro.
-Me sorprendes Elena; eres impredecible. ¿Qué quieres decir?
-Quiero decir solamente que más vale que nos mantengamos alertas.
Me hablaba con tal contundencia que me cortó totalmente las ganas de bromear. Por un momento sus palabras me recordaron lo trágico de nuestro inmediato pasado, por lo que mi actitud podría en alguna forma tacharse de inconsciente, al no haber permanecido más cauto ante cualquier detalle. Elena empezaba a tomar las riendas de mi vida, pues parecía estar más en la realidad. La miré fijamente mientras ella mantenía su mirada en la mía a la vez. En ese momento comenzamos a dialogar a través de los ojos, como lo hacen los matrimonios que llevan tiempo conviviendo; ese lenguaje del que he hablado anteriormente.
Después de la comida, tomamos unos cafés y reposamos durante las horas de más calor al cobijo de nuestra habitación. Nuestra ventana -como las de las otras cuatro habitaciones-, se orientaba hacia la entrada principal; es decir, que podíamos vigilar al automóvil mencionado, que permanecía estacionado en el mismo lugar, como pretendiendo esconderse quizá de nuestra visión. Todo esto pensaba mientras inhalaba el humo de un cigarrillo, tras los visillos. Por otro lado -y como para compensar los miedos, algo muy común entre los mortales, que nace quizá de un sentimiento de rebelde orgullo ante el peligro-, intentaba racionalizar en alguna medida las sospechas de Elena: seguramente que autos como aquel habría miles en la comarca y con el mismo color, por lo tanto esas elucubraciones me pareció que había que tomarlas como consecuencia del temor natural de quien se siente acorralado; es el clásico miedo del ratón frente al gato. No podían ser más que susceptibilidades nacidas de un sentimiento de temor natural. Sin embargo, y a pesar de ello, tal consideración me puso en guardia, y es que la vida me había enseñado que nunca se debe menospreciar la opinión que nace del análisis de una mujer, porque entonces, si te va la vida en ello, morirás.
Pasamos un par de horas tumbados, aunque de vez en cuando me levantaba y volvía a mirar a través de los cristales. En una de esas, descubrí que el automóvil se había marchado sin darnos cuenta de ello y sin sentir siquiera el ruido del motor, a pesar de la total calma a aquellas horas. Elena dormía plácidamente.
Volví a mirarla detenidamente, allí tumbada, y cada vez que lo hacía me parecía más atrayente; y cada vez también que me ocurría esto, me volvía a la memoria la imagen de Claire, y con ella, la duda de si debería haber actuado de otra forma en su rescate, porque esas muertes, cada día pesaban más sobre mi conciencia. En esos mismos momentos incluso mi mente dudó de si en verdad no estaría mi amor verdadero encarnado en la persona de Elena. Su pelo era de igual forma sedoso y brillante, y sus pómulos redondos, como los de Claire. Sus hombros femeninos me atraían fuertemente, y esa forma natural y sin complejos de vestir, de comer, de dormir, de peinarse, de besar; esa apariencia de vivir en lo pragmático, de lo tangible, y esa manera suya tan fogosa de actuar en el amor. Procuré no molestarla hasta que se despertara por sí misma. Cuando lo hizo se desperezó como si fuera una gata, revolviéndose sobre las sábanas, abriendo sus piernas y extendiendo los brazos, que acto seguido irguió incitándome a que volviera a su lado. Me arrodillé sobre la cama y comencé a besarla los labios, pasando de la comisura hasta penetrar en su boca, que se abrió cálidamente hacia la mía. Su lengua comenzó a caminar sobre mis labios también, mientras desabrochaba los botones delanteros de su vestido, dejando su cuerpo desnudo rozar contra mi pecho. Acaricié con mi boca sus mejillas y lentamente fui bajando a través de su cuello hasta rozar sus pezones erectos, mientras notaba el profundo y acompasado palpitar de su corazón ardiente. Siguió quitándose el vestido hasta dejar su cuerpo totalmente desnudo, a la vez que se movía sinuosamente deseando ser poseída, como las flores en la mañana por el rocío fresco. Esa era Elena.







CAPÍTULO 10



Aquella mañana siguiente comenzó con el recuerdo de un sueño que desearía que se hubiera prolongado durante toda la noche; deseaba llorar, pero algo me lo impedía.
Era una imagen macabra, ambientada en una noche cuya luna emitía reflejos azulados entre la bruma, sobre un escenario espectral, plagado de tumbas cuyas cruces y lápidas  se extendían alrededor, hasta perderse en la penumbra. Allí de pie, sobre alguna de sus losas enmohecidas, nos encontrábamos Claire y yo; ella con un rictus sereno en su semblante, como si la juventud nunca le hubiera abandonado, con la misma lozanía de aquellos días en los que me procuró tan exacerbados sentimientos. Ahora, en la mañana, mientras permanecía tumbado y con los ojos abiertos, mi mente se perdía entre los rincones de mis propias elucubraciones. Imaginé el cuerpo seguramente corrupto de mi amada, bajo alguna losa, pudriéndose y perdiéndose ya para siempre. Sentí profundamente en ese momento la seguridad de que Claire pudiera haber muerto; era como tenerla a mi lado, y con esa pérdida haber llegado yo también al final de un sentido estúpido; algo tan liviano e incomprensible como la nada absoluta Sin embargo, la pregunta ante su imagen llena de vida en aquel sueño era tan trascendente: ¿Había amado algo más en ella que sus labios, sus senos o el olor de su piel llena de juventud? ¿La había deseado en la plenitud que comportan los sentidos más profundos? Ese sentimiento que trasciende a la corporeidad, acotada por la existencia terrenal misma. ¿Qué nos quedaba ahora a los dos, si no una hipotética alma en común? Todo lo más, los recuerdos y una vida, la mía, anclada en el pasado y en la quimera de lo que mi imaginación pretendiera obrar.
Allí, sobre esas lápidas nos dimos la mano, y ese simple gesto era más contundente que el mayor de los placeres imaginados.
Me despertó la mañana, pero juro que si la felicidad no atiende a estados, el de vigilia era odiado en ese momento por mí. Hubiera preferido haberme mantenido así, eternamente dormido a su lado, porque despierto nunca llegué en mi vida nada tan profundo que elevara mi espíritu a un estado que rayaba en la religiosidad misma, de puro excelso.
Elena se desperezaba con su clásico ronroneo y me buscaba de nuevo, posando sus manos y acariciando mi pecho, y sentí su sexo caliente sobre mis piernas, rozándolas suavemente mientras de su garganta salían gemidos de placer. Su pecho se apretaba fuertemente cubriéndome la espalda. Pero fue precisamente aquello lo que rompió el muro de mis ojos, y lo único que pude derramar fueron mis propias lágrimas.




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El desayuno en el hotel fue especialmente distante. Nunca la había visto tan comedida en sus formas ni tan parca en palabras, ni con la mirada tan huidiza como en aquellos momentos. Por mi parte, ni que decir tiene que, si compungidos eran mis gestos, atenazada estaba mi alma, hasta el punto de que el nudo que se encontraba en mi garganta, apenas me dejaba ingerir el café de la mañana.
Pagamos la estancia, en completo silencio mutuo, y así pasamos buena parte del camino, por esos campos de rastrojos, áridos y arrasados por un sol que quemaba como el de algunas piras incendiadas cuyo olor penetraba a través de las ventanillas de la furgoneta.
Poco a poco y a medida que transcurría el tiempo, o quizá por el segundo café que tomamos mientras repostábamos gasolina en un surtidor, mi estado de ánimo fue cambiando. De entre el silencio su voz me trajo a la realidad.
-Coge el primer desvío que veas y acelera si puedes.
-¿Qué ocurre?
-Nos siguen -aseguró mientras volvía a girar la cabeza hacia atrás-.
-Creo que estás obsesionada -pronuncié con bastante calma-.
-Tú estás en otro mundo, despierta ya.
Miré por el espejo retrovisor y pude ver efectivamente un automóvil que llevaba nuestra misma dirección, pero la distancia a la que se encontraba me hacía imposible distinguir la marca o el color. Ni que decir tiene que tome buena cuenta de su advertencia y, más adelante giré sobre un camino arenoso y polvoriento que hacía imposible la visibilidad trasera de la carretera. Como estaba plagado de baches, tuvimos que rodar despacio porque la amortiguación parecía estar a punto de romperse.
Al poco comenzamos a temer que la elección de aquella ruta no hubiera sido la correcta, en tanto que parecía llevarnos a un callejón sin salida. Noté la tensión en el rostro de Elena, que no dejaba de mirar hacia atrás continuamente, con el gesto visiblemente alterado.
Después de poco más de media hora, entramos en una especie de aldea que se encontraba ya casi al final del camino, y muy cerca de una vía transversal que llevaba a una localidad importante. Era una agrupación de casones que se situaban a ambos lados de la carretera, con entradas y salidas a través de cuestas de difícil acceso, y donde parecía no vivir nadie. El silencio era tal, que parecía como si la vida se hubiera trasladado a otro lugar. Bajamos por una de esas empinadas cuestas entre dos casas de piedra centenarias y rodeadas de árboles frutales y huertas abandonadas, a cuyo alrededor se amontonaban como en pilas desordenadas montañas de leña, chatarra de toda índole, bicicletas oxidadas, aparejos de labranza, un viejo motor de tractor y hasta un carro antiguo desprovisto de ruedas y del que solo quedaba la carcasa. Los grillos o las chicharras no dejaban de emitir su sonido estridente mientras el sol abrasaba implacablemente. Al fondo escuchamos el canto de un gallo, que posiblemente fuera el único ser vivo en el entorno.
Apagamos el motor de la furgoneta entre unos manzanos y maizales de considerable altura, mientras nos mirábamos sin saber muy bien que hacer o adónde ir. Caminamos con precaución y con los sentidos aguzados ante el temor de que alguien en verdad nos siguiera. Aquellos fueron seguro buenos momentos para la reflexión mutua, acerca de la clase de vida que llevábamos.
Elena se sentó sobre un murete que bordeaba una especie de bebedero de bestias, cuyos restos de agua verdosa daban fe de no haberse utilizado durante algún tiempo. Una manada de gallinas salió de entre unos matojos de plantas rodeadas de una alambrada baja y descuidada; detrás de ellas el gallo parecía seguirlas orgulloso, con la cresta erguida. Nada más parecía haber.

Comenzamos a rodar, carretera arriba, con un calor sofocante y el estómago lleno de agua. Sin darnos cuenta penetramos en una cordillera que parecía no tener fin, donde el sol y el desnivel empezaron a calentar el motor de la furgoneta. Aparcamos a un lado durante una hora. Luego, proseguimos nuestro camino en lo que parecía una zona de serranías continuas.
-No volvamos a hacer esto más. Además, podemos arriesgarnos a quedarnos tirados en medio de algún lugar donde no pasé ni un solo alma. Deberíamos llevar al menos un mapa de carreteras
-No volverá a ocurrir, tranquila. En cuanto paremos compraremos uno.
-Debo asearme cuanto antes, aparte de que me estoy orinando.
-Si quieres paramos y lo haces donde sea...
-¡Puedo aguantar un poco más; dale caña!
Pero la carretera no parecía alentar velocidades muy altas, todo lo contrario. Comenzábamos a subir un puerto donde la vía se estrechaba entre pinares y bosques de eucaliptos, sobre una montaña que daba la impresión de haber sido reforestada. Pronto el follaje fue tan espeso, que tapaba incluso buena parte de la luz del sol. A ambos lados de la cuneta crecían espesos helechos, zarzas y plantas silvestres de las que nacían bayas de un fuerte color rojizo. La carretera se hacía impracticable en alguno de sus trayectos, entre baches y grietas en el asfalto. Tuve que reducir la velocidad de manera notoria, en previsión de no reventar un neumático o de caer por el precipicio, cuyo borde de la carretera se encontraba exento de señalización.
Según ascendíamos, una espesa niebla comenzó a cubrirnos de manera acuciante, de tal forma que, tuve que poner en funcionamiento los limpiaparabrisas para intentar poder ver algo más que la exigua luz que emitían los faros. Mi compañera comenzó a ponerse nerviosa.
-Ten cuidado; aminora la marcha, por favor. Nos vamos a salir de la carretera. ¡Me estoy meando!
-Te dije que lo hicieras hace media hora. ¡Ahora no podemos volver! Si quieres paro por aquí...
-¿Tú quieres que me precipite por el barranco? Sigue; algo tiene que haber por algún sitio.
Pero continuábamos avanzando a una velocidad no mayor al paso de una persona, y nada hacía prever que la situación cambiara. Fue necesario continuar otra media hora para dar con una especie de mirador, arriba sobre un cortante rocoso que ensanchaba un poco el camino. Aparqué allí, en un espacio cuya dimensión no daba más que para otro vehículo.
Mientras Elena hacía sus necesidades, en cuclillas y emitiendo gemidos de placer parecidos a los que expelía su garganta cuando hacíamos el amor, encendí un cigarrillo y me parapeté sobre un pequeño y enmohecido murete que circundaba el recodo. El aire empujaba la niebla y la precipitaba hacia abajo, dibujando un pequeño remolino que luego ascendía, y dejaba ver por unos instantes el amplio valle poblado de casas diseminadas entre huertos y árboles frutales, espectáculo que me sobrecogió.
-No hay placer como el de hacer las necesidades de cada uno...-decía mientras se subía las bragas y se alisaba la falda.
-Creo que estamos cerca de una población.
-¿Ah, si? Me alegro; ya es hora de desayunar algo. ¡Estoy hambrienta!
-Pues démonos prisa. No perdamos más tiempo.
Unos pocos kilómetros más adelante, la carretera comenzó a descender, todavía entre esa espesa niebla, que fue aclarándose a medida que avanzábamos. También iba cambiando el decorado poco a poco, dando paso a pinares de siluetas más recortadas, encinares silvestres y castaños, y de igual forma fue cambiando la animosidad de Elena, sobre todo cuando entramos en el pueblo, rodeado de granjas y fértiles huertas, cuyas tres o cuatro calles, parecían constituirlo en su totalidad.
Hacia la mitad aproximadamente de la calle principal, por donde transcurría la carretera, divisamos un bar, que bien podría tratarse del único que hubiera en kilómetros a la redonda. Eran más de dos del mediodía y el hambre acuciaba.
En el momento en que abrimos la puerta, todo el mundo que se encontraba en su interior nos miró extrañados. Por unos instantes se produjo un silencio sepulcral. A la izquierda, en la barra, el camarero, un hombre entrado en los sesenta, se afanaba en la limpieza de vasos y platos. Poco a poco el ambiente se cubrió con los murmullos de las conversaciones y disputas de cada cual, solapando un poco nuestra presencia y haciéndonos encontrar un poco más cómodos. El camarero, prontamente solicitó nuestra atención.
-¿Qué van a tomar los señores?
-Desearíamos comer algo -dije escuetamente-.
-Carne a la brasa y huevos tengo; y buen vino.
Elena me miró y sonrió por la tosquedad del sujeto.
-Nos vale  -contestó alzando la voz y de manera sonriente-.
De repente alguien llamó nuestra atención desde el fondo de la sala.
-¡Signorina; caballero!
Reconocimos instantáneamente la voz de Luigi, quien nos requería para que compartiéramos mesa a su lado.




-¡Qué grata coincidencia!
EL elemento se levantó de su asiento y salió a recibirnos. Algo en mi interior me empujaba a mantenerme en guardia, aún encontrándome todavía inbuido por las secuelas del supuesto sueño de la noche anterior.
-No me parece tanta coincidencia -expresó Elena, con total seguridad -. ¿Nos sigue usted?
Luigi forzó un gesto de sorpresa en su rostro que pareció metódicamente estudiado, ireal.
-¡Por favor Madame, ¿Qué dice usted?
Le tomó la mano y nos animó a tomar asiento. Yo permanecía callado. Dejó escapar unas risas marcadamente forzadas.
-En todo caso serían ustedes quienen siguen mis pasos; algo que me agradaría en extremo.  ¿Qué van a tomar?
-Parece ser que no hay mucho dende elegir, segun el camarero. Ya hemos pedido señor Luigi.
-¡Oh sí, aquí no disponen de una carta muy amplia, pero lo que tienen es bueno. ¿Qué tal señor Alberto? Le encuentro muy callado.
-Sí, disculpe, es..
-¿No ha dormido bien? -me interrumpió-.
-¿Le parece a usted así?
-Oh, tomen una copa de este buen vino; gracias Gerardo.
El camarero acababa de poner sobre la mesa una jarra de barro llena de vino, así como un par de vasos más.
-¡Brindemos! -prosiguió diciendo-
Ciertamente que nuestra incomodidad era palpable; se respiraba, asi como esa especie de comedia que parecía querer seguir interpretando el individuo.
-Parecemos furtivos ¿Verdad? En cierto modo, cuando se emprende un viaje, huímos de algo; o quizá escapamos de nuestro pasado, o de nosotros mismos. ¿Qué les parece esto que digo?
-Señor Luigi -prorrumpí con cierto aire cortante- no sé adónde quiere llegar usted con tanta paráfrasis. Me gustaría que fuera al grano si no le molesta, porque a nosotros sí nos desagrada esa manera suya de hablar.
Aquello alteró un poco el rostro del enigmático personaje. EL camareno en tanto, sirvió una bandeja de carne de cerdo a la brasa, un bol con huevos codidos y una bandeja de pan de hogaza recien horneado.
-Ponlo en mi cuenta Gerardo.
-Usted manda, señor.
Tomó un sorbo de vino y una presa de carne, que mordía con apetito, chupándose los dedos de cuando en cuando. Entre esto, parecía meditar calmadamente qué contestarnos.
-¿Tienen ustedes ya pensado dónde pasar la noche? Por aquí no hay donde elegir.
-Eso ya lo pensaremos caballero -contestó Elena, alterada-.¿Qué quiere de nosotros?
-Sí por favor; déjese de evasivas. Usted nos sigue.
-¿Piensa usted que les sigo?
-Sí, es evidente -dijo Elena-.
-La persona que sigue a otra es quizá porque le gusta o necesita algo de ella.¿Cierto?
-¿Qué quiere, señor Luigi? -pregunté sin rodeos.
-Quizá ustedes me gusten.
-Siga, por favor -inquirí-.
-Señor Alberto Buarde, es usted un buen escritor, pero aún así ha pasado por momentos muy irregulares en su vida profesional.
-¿Sí? -Elena me miraba atónita-.
-¿Eres escritor, Alberto? -pronunció asombrada.
-Seguro que no ha tenido un argumento totalmente satisfactorio en los últimos tiempos como para emprender una novela interesante.
Mi cara era un poema; solo tragaba saliva.
-Ahora creo que ya tiene uno realmente bueno: su misma vida -siguió hablando-.
-¿Qué quiere decir usted?
-Sabe bien a qué me refiero. EL ser humano es capaz de todo por amor. ¿Se acuerdan de que les comenté algo parecido el día que nos conocimos? Yo hubiera hecho cualquier cosa por mi mujer, incluso matar.
Aquellas palabras supusieron una daga en mi pecho.
-¿Usted mararía por amor, señor Buarde?
-Por amor simplemente, no.
-La cruz de aquello viene luego. Uno piensa siempre bajo la duda. Uno piensa si esa misma tespuesta hubiera sido la de la otra persona en el hipotético caso al contrario. ¿Realmente mereció la pena? ¡Vamos señor, cambie usted ese rictus; va a enfermar!
-¿Quién es usted? -preguntó Elena, que estaba a punto de explotar. Luigi la miró, con una amplia sonrisa en su semblante. Cogió un cigarrillo y nos ofreció.
-Alguien que la admira, señora.
-¿Que me admira? ¡Déjese de bobadas! ¡Vámonos Alberto!
Yo asistía atónito, con los ojos como los de un pez. Sabía que me conocía bien, y estaba al tanto de lo que me había ocurrido en los últimos días.
-¿Adónde van a ir? No pueden seguir escapando de la realidad toda su vida, señora. Mire a su compañero; no es capaz de pronunciar palabra alguna. Sabe que yo sé, aunque su mente intenta todavía rebelarse a la evidencia; pero la verdad es implacable.
-Señor Luigi...-acerté a decir. Estaba notoriamente derrumbado.
-Siempre hay una solución para todo, señor Buarde; menos para la muerte.
-¿Qué quiere usted de nosotros? -Preguntó Elena con un tono de voz que comenzaba a sonar resignado-.
-Siéntese a mi lado -Elena me miró. Luego se levantó y ocupó la silla vacía que había a su lado. Le miré con odio en los ojos. Una vez se hubo sentado, a su izquierda, Luigi posó su mano sobre sus piernas y las acarició suavemente -. Usted me atrae enormemente, Elena; no puedo evitarlo. Me excita en gran medida. ¿Qué puedo hacer frente a eso? Estoy acostumbrado a fornicar con prostitutas desde que mi mujer murió; antges también, pero ella no lo sabía. ¿Para qué? Solo es la simple satisfacción de un impulso animal; no es amor. Pero usted me gusta.
-¡No se puede tener todo lo que uno desea en esta vida; aparte esa mano! -Gritó de manera contenida, para no ser oída por nadie-.
-No siga por ese camino o aquí mismo le mato -le amenacé contundentemente. Luigi soltó una sonora carcajada-.
-Señor Buarde, no le daría tiempo de levantarse del asiento -dijo mientras echaba una ojeada a su alrededor. Le imité, pero no ví más que hombres entretenidos en sus cosas-. Podemos llegar a un acuerdo: Usted también me gusta, pero por otras circunstancia -volvió a emitir risas, pero esta vez forzadas-.
Tuve ganas de matarlo en ese momento, pero me sentí impotente. VOlvió a llevar su mano a las piernas de Elena, que parecía estar anertesiada. Las acarició y  la llevó hacia su sexo. Elena cerró los ojos. De repente sacó de su cartera un billete de 10.000 pesetas y se lo metió por el escote.
-Lo que acabo de hacer vale esto.
Se levantó de la mesa, con la parsimonia de quien controla absolutamente todo. Al poco dijo:
-Como su furgoneta se ha estropeado, deberán pasar aquí la noche, si no quieren caminar entre montañas plagadas de lobos. Les espero para la cena en el Motel que tenemos aquí al lado.







Claire. Capítulo ONCE. Primer borrador.




Después de aquello nuestro estado de ánimo no era muy exultante. Salimos a la calle, unidos en el cuerpo y en la desgracia. Lo primero que se nos ocurrió fue desaparecer de allí cuanto antes, pero la furgoneta efectivamente estaba inservible. No creímos que hubiera llegado en tales circunstancias por sí misma, pues seguro que nos hubiéramos dado cuenta, sin embargo, al llegar a ella pudimos comprobar que se encontraba sobre una gran mancha de agua, como si el radiador tuviera un boquete; estaba totalmente destrozado.
Nos miramos mutuamente y acto seguido caminamos hacia un lugar sombreado que había junto a una pequeña fuente pública. Nos apoyamos en el murete y nos dimos la mano. No sabíamos qué decirnos.
Miré a Elena de soslayo cuando advertí que se llevaba un pañuelo a su cara. Se enjugaba lágrimas silenciosas. Lo peor de todo es que yo no encontraba palabras que pudieran tranquilizarla; advertí que aquella situación pasaba por ser una búsqueda de estrategias de supervivencia.
-Vámonos de aquí; nos puede ver a través de los cristales, y no quiero que nadie me vea en esta situación –dijo-.
-Podemos subir al hotel y descansar un poco. Es posible que se nos ocurra algo.
-No me fío; puede haber micrófonos.
Se hizo un silencio en tanto caminábamos hacia el interior de la aldea. La soledad era absoluta a aquellas horas. Sólo pudimos ver algún gato caminar cansado entre la maleza que crecía por doquier. Aun así el calor comenzaba a disminuir. Encendimos unos cigarrillos, sentados y reclinados a la sombra sobre la pared de una casa.
-Hemos de jugar a su forma de momento hasta que encontremos una vía de salida –comentó Elena, cuya vena pragmática comenzaba a liberarse-. Me pregunto quién será este cabrón.
-No sé. Sólo lamento en lo que te he metido sin querer; yo te quiero, Elena.
Me miró sorprendida y pude ver por primera vez un brillo especial en sus ojos; a pesar de las circunstancias, sonrió y echó a llorar con más ganas. Reclinó su cabeza y me abrazó fuertemente. Después de un rato cambió su postura.
-No sé quién me manda a mí; con lo tranquila que estaba…
-Si echamos a andar campo a través no sé a dónde llegaríamos.
Al decir esto, alzamos la vista por entre la espesura de los bosques de hayas y pinos, en cuya base se retorcían matorrales inexpugnables. La noche no tardaría en llegar y seguro que ésta nos encontraría a poca distancia de allí, perdidos y sin saber adónde ir. El bosque nos engulliría. Abracé su cuerpo y besé su pelo; me sentía culpable, pero no sabía cómo sacarla de aquella situación. Entretanto, alcé la vista y me di cuenta de que teníamos el hotel a veinte metros. Esperé a que se tranquilizara un poco más para poner un plan a nuestras vidas. Sin embargo, de ella era de quien salían siempre las mejores sugerencias.
-Alberto –le costaba hablar-, creo que será mejor tantear a este hombre y saber hasta dónde podemos llegar. Si salimos bien de esta, creo que tendrás algo que escribir.
Al decir esto me miró fijamente. Sonrió tímidamente y besó mis labios. Elena, por entonces creo que ya estaba totalmente enamorada de mí.
Al pisar el hotel , nos recibió cordialmente un joven al que llamaban Willy de manera amistosa. Sus modales exquisitos chocaban con lo que esperábamos del lugar. Parecía esperarnos.
-¿El señor Buarde y señora?
-Sí, efectivamente.
-En un segundo les entrego las llaves de su habitación.
-Sacó un cuaderno grande donde apuntó mi nombre y acto seguido buscó la llave entre un cajetín de madera compartimentada. Sin abandonar la sonrisa y la cordialidad, nos hizo entrega de ellas.
- Deseamos que pasen una feliz estancia; la cena se sirve a partir de las ocho y media de la noche –dijo-.
Asentimos simplemente. Subimos por entre las escaleras a la primera planta, sobre un acogedor suelo enmoquetado. Arriba un único pasillo daba cabida a las habitaciones. Calculé que no habría más de diez, pero posiblemente todas vacías. El interior de ella tenía un fuerte olor a cerrado. Abrimos las cortinas y la ventana para dejar paso a la luz del día y el aire limpio y acto seguido Elena se sentó en la cama durante un momento. Sabía que su cabeza no paraba de dar vueltas, como la mía; bien es verdad que mi carácter es más tendente a tomar decisiones rápidas, no elaboradas. En eso hacíamos un buen tándem. La miré y la encontré tremendamente hermosa. En ese momento me di cuenta de que comenzaba a gustarme de verdad; es más, toda ella me parecía inexplicablemente atrayente y sensual, salvajemente seductora. Me dio por examinar su cuerpo parte por parte: su tupido pelo exhalaba vida a rabiar; el dibujo de su cara era sencillamente perfecto: de frente despejada y curvas onduladas en los pómulos, acababa en una barbilla redonda que contenía una boca grande. Su nariz respingona y sus cejas arqueadas, sobre unos ojos verdes profundos y redondos, acababan de conferir los rasgos de una muñeca. A sus treinta y cinco años tenía la juventud que otras quisieran con dieciocho. Según iba desnudándose con la intención de darse un baño, la observé, situado sobre el marco de la puerta. Sus hombros de una redondez carnosa daban paso a un torso de suaves curvas, cuyos abultados senos caían suavemente, pero con la firmeza y tersura de su todavía juventud. Aprecié en su vientre la lisura que confiere el no haber dado a luz nunca; sus nalgas partían con una suave curva y se ensanchaban a medida que rayaban con las piernas, con una abertura entre ellas tan femenina como enloquecedora. Cuando la miraba, Claire desaparecía de mi pensamiento y creía comenzar a considerar que Elena y no otra era la mujer de mi vida. Decidí darme un baño junto a ella, pero no llegué a tocarla; lo juro. En ese momento mi sentimiento era muy superior. Elena pasó a ser algo más que un capricho.
La hora de la cena llegó, no sin antes haber hablado largo y tendido, si bien entre murmullos y susurros. El salón no era muy grande, más bien todo lo contrario, no había más de seis o siete mesas. Al fondo, sobre una chimenea, apagada en este tiempo, se exponía el cuadro de unas lindas bailarinas de Degas; a continuación había otras reproducciones, como “la danza” de Matisse o un cuadro que me gusta especialmente de Zandomeneghi, titulado “Ragazza con fiori” entre otros. Aquellas eran reproducciones bastante aceptables de obras que necesitaban de cierta sensibilidad en la elección misma. Algo que no hacía más que ahondar en la gran incertidumbre sobre aquel sujeto.
La camarera era una educada mujer cuyo gesto satisfecho nos hubiera causado verdadera delectación, a no ser porque la situación de incertidumbre que se nos planteaba por delante nos mantenía en continua tensión. Una suave música con las cuatro estaciones de Vivaldi parecía salir de entre las paredes. Al poco vimos llegar a Luigi, con gesto sonriente. Se acercó a nuestra mesa y posó la mano sobre nuestros hombros.
-Discúlpenme, por favor. Voy a tardar unos minutos; tengo que hacer una llamada –y juntó sus manos en posición de oración-. Espero que se encuentren a gusto.
Cuando se marchó, nos miramos, fascinados. Entretanto, nos habían servido un vino extraordinario y unos aperitivos deliciosos. Mi interior comenzó a considerar que la cosa no iba tan mal como había pensado en un momento; no obstante, ¡aquello era tan extraño!
-No me fío ni del vino; puede estar envenenado –pronunció Elena, pero a mí no me lo pareció-.
Afuera, la noche comenzaba a tejerse entre los cristales. Una total calma lo invadía todo; creo que incluso llegué a sentirme cómodo, y expectante, desde luego.
Al cabo de unos minutos, Luigi llegó, ufano, sentándose frente a nosotros, en esa mesa circular vestida de largos faldones de tela magenta y servilletas de algodón bordado.
-Espero que les haya gustado la habitación. Este hotel hace años que no funciona salvo para los amigos, por lo que habrá cosas que no encuentren como corresponden seguramente; les pido disculpas por ello.
-No se preocupe caballero; está todo perfecto –contestó Elena. Yo me limité a asentir con la cabeza-.
La camarera nos entregó los menús de una manera extraordinariamente cordial. Pedimos de entre una exigua pero apetitosa carta.
-Madame, está usted más bella si cabe; señor Buarde, felicidades por la elección.
Elena se sonrojó y me miró de reojo.
Quizá fue estúpido por mi parte, pero como no sabía qué decir, le hice una positiva mención acerca de los cuadros y su elección.
-Oh, gracias -y volvió la cabeza para echarlos un vistazo-; son sólo copias, pero me encargué en su día de elegirlos. Fue hace años, un pintor muy joven que se dedicaba a vender a establecimientos de este tipo. Me pareció bueno y le compre algunos. ¿Le gusta el arte, señor que Buarde?
-Sí, desde luego, pero no soy un entendido; me gusta aquello que me resulta accesible a mis conocimientos.
Elena nos miraba sin querer formar parte de la conversación; sé que pensaba en otra cosa más pragmática, porque, al poco, nos interrumpió con la pregunta que todos esperábamos.
-Señor Luigi, por favor, indíquenos qué quiere de nosotros.
Luigi esgrimió una suave sonrisa, con la cabeza agachada, dando vueltas a la copa de vino.
-Verán ustedes, es muy sencillo: me gustaría que trabajaran para mí.
-¿Que trabajemos para usted; de qué? -preguntó escuetamente. De momento yo solo escuchaba; era como si la situación me hubiera superado-.
-Alberto, usted es capaz de cualquier cosa; eso me gusta. Quiero tenerle a mi lado; quiero que sea mi mano derecha. Usted, madame, es un capricho que me gustaría compartir con usted, caballero. Trabajará para mí también. Miren, les explico...
-Sí; hágalo por favor -acerté a decir-.
-¡Capricho; yo no soy un objeto! -protestó Elena-.
-Sé bastante sobre ustedes dos; más de lo que se imaginan. Madame, usted me apasiona físicamente; deseo su cuerpo, y cada minuto que pasa más -le rozó el hombro desnudo-. Verán, yo poseo un pequeño imperio; son locales de alterne, de diversión; sitios donde la gente va a pasárselo bien, a desfogarse.
-¿Locales de prostitución? -preguntó-
-Bien señora, llámelos como quiera, pero, la palabra no me gusta mucho. Sí, formalmente se ejerce la prostitución -al decir esto emitió una risa forzada-. Usted sabe de eso verdad, señor Buarde -le miré tímidamente-. Usted y yo tenemos mucho en común, por eso me gusta y por eso quiero tenerle a mi lado.
La camarera comenzó a poner bandejas de pescado, verduras y otras cosas.
-Usted lleva dentro el estigma del diablo, como yo; pero no es una mancha en sí, es una manera no hipócrita de proceder. Ese alma salvaje que se rebela contra lo que otros obedecen. Este mundo está plagado de supuestas almas cándidas, pero sólo unas pocas lo son de verdad; hay mucha falsedad vestida con lindas telas. Pero usted y yo somos naturales; no nos hace falta escondernos, o si lo hacemos es porque permanecemos aletargados, como la serpiente después de la ingesta. Nuestro veneno es la envidia de muchos de los que pretenden que ardamos en los infiernos, porque en el fondo es lo que ellos querrían ser pero no se atreven -volvió a reír-. Madame, usted debe ser mía, y con el tiempo se va a alegrar mucho de la suerte que ha tenido, porque no va a faltarle de nada. Tengo muchos planes en la cabeza para nosotros tres.
-Señor Luigi, no puede hacer eso con nosotros -dije-. Es cruel; solo queremos vivir en paz.
-Alberto, una vida en paz es lo que quiero para ustedes dos, pero a mi forma, si me lo permiten. Les estoy dando una gran oportunidad. Verá usted -dejó los cubiertos y me miró directamente a la cara, señalándome con el dedo-, esos dos a los que usted mató, trabajaban para mi. Con el primero de ellos, tengo que decir que me hizo usted un favor. Verán, tengo dos tipos diferentes de locales: los que divierten a los ricos y los que divierten a los pobres; soy muy democrático -volvió a reír-. Aquel en el que estuvo usted, borracho perdido, aquel pertenece al de los miserables. Me encanta ese local, pero los que lo llevan me causan muchos problemas; no dejan de quejarse, no tienen fondo, siempre piden más y más y nunca están contentos con nada. Particularmente al que usted quitó la vida era un verdadero mostrenco; no así el segundo, pero aun así, usted fue más listo que él, por eso creo que el cambio ha merecido la pena.
-No puedo creer que todo esto sea verdad, caballero -dijo Elena, soltando los cubiertos de su mano y empujando el plato hacia adelante-. ¡Es usted un verdadero hijo de puta!
-¡Me encanta usted -dijo entre una estentorea carcajada-; cada vez más! Mire, Elena, usted solo va a tener que deleitarnos a Alberto, a mí y a un cliente muy importante que tengo, porque va a ser la dama de las damas; va a trabajar en mi mejor local. No es un lugar al uso, sino una verdadera casa de lujo en una localidad cercana, donde va la crema de la sociedad. Usted señora va a satisfacer además a un obispo muy importante, quien se morirá al verla, se lo aseguro, porque sé de sus gustos por la amistad que nos une desde hace años.
-Le voy a matar; lo juro -pronuncié marcando bien cada letra, con un odio difícil de expresar-.
-¡Ese es el Alberto que yo quiero! No se preocupe, Elena va a vivir como una reina. Por cierto, el señor obispo vendrá vestido de sotana pues es así como le gusta. Como resiste la tentación hasta el límite, cuando aparece por aquí la primera vez no tardará mucho en derramarse; necesitará tiempo para reponerse y volver a la carga, pero ya en estado normal, digamos. Eso es lo que me han comentado todas las compañeras con las que ha estado. Es un tipo muy afable, aunque puede que no sea el ideal de belleza para usted. Sepa que siempre en todos los trabajos hay cosas que no son muy agradables, pero es una gran persona.
-Me está dando asco usted, el obispo y la madre que los parió a los dos; prefiero morir antes de pasar por esto. Le voy a atravesar con este cuchillo ahora mismo -soltó Elena-.
-¡Esto es repulsivo; espero que todo sea una broma. No puede esperar nada, caballero! Mas bien le diría que se cuidara de nosotros, porque en cualquier momento le mato; se lo juro -dije agarrando la botella de vino con fuerza, como si fuera su cuello-.
-Ustedes harán lo que yo les digo, desgraciadamente -acto seguido llamó al tal Willy, que acudió presto, con un "sí , señor"-.
-Por favor, acérqueme un teléfono.
El muchacho se dirigió a un aparador que se encontraba justo detrás de donde nos sentábamos, agarró el teléfono y lo puso a su izquierda. Luigi sacó sus gafas de un estuche y acto seguido busco entre los papeles de su cartera, con toda la calma del mundo. Por fin tras elegir uno de ellos, marcó.
-Buenas noches -pronunció-. Le habla el comisario principal; póngame con el señor Tobarra, por favor.., sí, transfiérame la llamada si es tan amable.
Elena y yo nos miramos asombrados, sin creernos todavía lo que nos estaba ocurriendo. Luigi siguió hablando:
-Gracias, gracias -tras unos momentos de espera, contactó con quien quería-. Tobarra, buenas noches. ¿Estás allí, verdad?...bien, bien, pónmela al teléfono. ¿Cómo dices que se llama? Ah si, Claire; ponla al teléfono, por favor.
Al oír su nombre se me erizó cada vello de mi cuerpo; un escalofrío me recorrió hasta la punta de los dedos; los ojos se me llenaron de lágrimas y la garganta se me secó como si tuviera arena en la boca. Comencé a temblar; sentí un frío que me nacía desde la médula. Miré a Elena sin verla; estuve a punto de volcar la mesa sobre la asquerosa cara del sujeto, pero preferí esperar a ver en qué terminaba todo esto.
-Hola bonita -dijo por fin-. ¿Qué tal estás, mejor? -hubo una pausa-. Me alegro mucho. Sí, sí, te paso con una persona que conoces -entonces dirigió su mirada hacia mí y me alargó el teléfono -. Creo que hay alguien que quiere hablar con usted, señor Buarde.
Me temblaban las manos. Tomé un trago de vino.
-¿Sí? ¡Claire, mi vida! ¿Estás bien, cielo? -Su voz me sonó como la de un verdadero ángel. ¿Sí, te estás recuperando dices? -no entendía nada. Al poco me quitó el teléfono de las manos-.
-Oye bonita, mira, es que ahora no podemos hablar más. Te llamamos muy pronto; sigue con el tratamiento; se fuerte, tu puedes hacerlo.., bien bien, espera nuestra llamada pronto. Ahora debes descansar -decía el mismo diablo con una falsa ternura repulsiva-
-¡Era Claire! -atendí a decir solamente, como sin poder creerlo todavía. ¡Está viva! -y le miré a los ojos, esperando una respuesta-. ¿El médico dijo...?
-Eso pensábamos en un principio. Ahora esta enfermedad nueva tiene obsesionada a toda la comunidad científica, pero afortunadamente no era SIDA; eso sí, está pasando por un tratamiento carísimo de recuperación en ese hospital donde la llevaron ustedes, a mi costa -y con esto sonrió abiertamente-.
Elena me miró y descubrí mil pensamientos pasar por su frente; de todo, lo sabía. Para calmarla en algún aspecto especial, posé mi mano sobre la suya y la apreté fuertemente.
-Míreme, Alberto. Ustedes seguramente no querrán que abandonemos a esta preciosa chica en lo que será una muerte segura. ¿Verdad? Estuve con usted la noche que llegó a ese local donde trabajaba ella. A veces me gusta visitar mis más lúgubres antros, como a usted; el alcohol nos incita a los dos, de manera que parece que traguemos al mismo belcebú. ¿Sabía usted que hay personas a las que les sucede eso; se transforman con la ingesta de alcohol? Somos muy parecidos; ya se lo dije. Sin embargo -continuó-, yo no estaba muy borracho esa noche. Le vi llegar, apestaba, era usted la sombra de un ser vivo; se arrastraba, sus ojos estaban cristalizados, turbios; casi se le salían de las órbitas, como si estuviera poseído. Querido Alberto: el alcohol nos posee a los dos, por eso yo prefiero ser cauto, pero usted estaba perdido. Cuando se percató de la presencia de esta chica, comenzó a gritar, aunque usted no se diera cuenta; usted solapaba a la música incluso; todo el mundo escuchó lo que dijo. Yo le observaba en ese momento como el que observa una representación, divertido. Luego marcharon al reservado, y pasaron mucho más tiempo del acostumbrado. Tuve que ordenar a uno de esos gorilas que aporreara la puerta, porque temí por mi pobre Claire -en ese momento sonrió mofándose de sus mismas palabras-. Me picó la curiosidad y acto seguido pasé yo, como si fuera un cliente más; nos cruzamos por el camino, aunque no sé si me vio: usted iba tremendamente borracho, señor Buarde; al borde del coma etílico.
Encendió un cigarrillo y nos ofreció uno. Los dos se lo aceptamos; no se como pudimos hacerlo; creo que estábamos en un estado de estupefacción irracional. Con su misma parsimonia prosiguió:
-Al salir volví a verle allí, y entonces no dejé de apartarle la vista. Estuve al lado de una de las chicas. ¡Usted no se enteraba apenas de nada, pero intuí algo raro! Yo siempre le hago caso a la intuición; son los espíritus que nos siguen quienes nos hablan -y comenzó a reír-. Cuando se toma nota de la intuición, uno se hace más inteligente. Señor Don Alberto, usted no tuvo relaciones con esa chica; eso es lo que más me llamó la atención. Por eso esperé pacientemente a que usted se marchara del local. Debo confesar que cuando lo hizo en su vehículo, deseché por unos momentos las sospechas, pero le seguí con la vista. Tomó la curva demasiado despacio y con las luces de emergencia encendidas. Discúlpeme, pero por mi profesión estoy acostumbrado a este nivel de observación. Aquello me llamó la atención mucho: usted paró el coche al poco, lo pude ver, y esa fue la señal de alerta final. Intuí que volvería, por eso me escondí también, como usted. Para cuando salió con la chica, ya era usted mi ídolo; de la muerte me enteré más tarde. Me dije: "¡Este cabrón es grande!" Por supuesto que no le seguí campo a través. Entré en el local junto a esos cenútrios y fuimos todos testigos de la masacre. Volví a verle un poco más tarde, con mis prismáticos y desde el automóvil. Le venía siguiendo desde lejos, pero a usted en ese momento le cegaba el espíritu diabólico que llevaba dentro.
Tomó un largo sorbo de vino. Ni Elena ni yo sabíamos qué decir. Continuó hablando:
-Esperaba que mis hombres dieran con ustedes, pero no fue así. Cuando les vi salir de su bar -miró a Elena-, les seguí con mi automóvil; lo he hecho durante todo el trayecto.
-¡Lo sabía -gritó Elena-; sabía que alguien nos seguía!
-Sí, así fue. De la muerte de mi segundo hombre me enteré después de haberles conocido en persona. Lo demás ya lo saben.
-Me entregaré a la Policía...-acerté a decir; estaba rendido. Aquello sin embargo, fue lo que más gracia le causó; una risa estentórea y macabra irrumpió de sus pulmones. Sus lágrimas eran expelidas como ríos a través de sus ojos, que parecían salirse de las cuencas. Entonces, me levanté de golpe con ganas de asesinarle allí mismo, pero en ese momento sacó una pistola que llevaba en uno de los costados y dijo:
-Ya está usted con la policía -Elena rompió a llorar-.
-Es usted cruel y malvado como no he visto nada igual.
-Querido amigo, cruel es la vida misma. Usted también lo fue cuando asesinó a esas dos personas. Todos somos crueles; hasta el Estado, que pretende ofrecer la apariencia a sus ciudadanos de que viven en un mundo lleno de protección y seguridad, legalidad, justicia; que velan por su educación, su sanidad bla bla bla.., pero a la vez, ese mismo estado paternalista envía a sus hijos a la muerte en guerras caprichosas. ¿Cree usted en la justicia, señor Buarde? Tendrá que esperar al más allá para disfrutar de ella -y volvió a reír-.
-Yo no soy un objeto -espetó Elena de pronto, que seguía pensando en lo que de verdad le preocupaba-. Yo no tengo nada que ver en todo esto; de echo me acabo de enterar de muchas cosas...
-Madame, usted ha estado sin querer en el lugar ideal; su vida va a cambiar, ya lo verá. Tendrá a su alcance los mejores vestidos, las joyas que se le antojen, los más caros perfumes; y nos tendrá a Alberto y a mí.
-¡Y al puto obispo; tío guarro sinvergüenza!
Luigi comenzó a reír como no le había visto nunca; se tocaba el estómago, se levantó del asiento y comenzó a toser con la cara colorada a punto de estallarle. Después de un rato se calmo y dijo:
-Me pone usted como una verdadera moto, señora. Con el obispo no va a tener problemas. Viene una vez cada mes aproximadamente; cuando se siente curado de los remordimientos de la vez anterior; eso sí, como ya le dije, cuando viene es porque su cuerpo ha acumulado tal cantidad de pasión libidinosa, que explota al primer contacto, pero paga muy bien. Piense en las cien mil pesetas extras que se va a llevar por noche, más el sueldo que le daré yo; usted misma será quien me pida mas clientes de ese tipo. Puede llegar a acumular una fortuna. Aparte usted los escrúpulos durante unas horas; hay mucha gente que tiene trabajos que son ciertamente desagradables, como por ejemplo aquellos que cuidan ancianos decrépitos, y por un sueldo miserable.
La noche había caído plomiza allá afuera; negros nubarrones cubrían el cielo, y se notaba una presión en la atmósfera como si fuera a descargar una tormenta de un momento a otro. Eché un vistazo alrededor. Willy se sentaba distraido con algo en la mano sin mucho más que hacer. La camarera parecía haber desaparecido del espacio. Me levanté calmadamente, bajo la mirada de Luigi; Elena se cubría la cara apoyando los codos sobre la mesa, sin haber cenado apenas. Mi plato también estaba casi lleno. Me dirigí hacia una de las ventanas, abatido. En el reflejo de los cristales observé como se levantó y agarró a Elena por la espalda y la abrazó, besando su cara o rozando con su piel las lágrimas que caían de los ojos de mi compañera. Escuché que le decía algo al oído, pero Elena al escucharlo rompía a llorar más fuertemente. En ese momento se me ocurrió que podría abalanzarme hacia él y golpearle la cabeza con algo contundente, algo que le dejara sin sentido o le matara en el acto. Sin embargo no me atreví porque la distancia era demasiado grande como para que me diera tiempo. Pensé que en algún momento se daría la ocasión de llevar a cabo algo similar; solo deberíamos tener entereza como para esperar. Comencé a caminar, con las manos en los bolsillos del pantalón; me dirigí hacia el tal Willy. Según me acercaba alzó la vista y me sonrió. Estaba haciendo un crucigrama o algo similar. Intenté hablar con él de algo.
-¿Lleva usted mucho tiempo trabajando aquí?
-¡Oh, sí, ya son más de cinco años.
-¿Para el señor Luigi; como le conoció? -volvió a sonreírme-
-Bueno, verá, es una historia larga; él me sacó de la miseria; me ofreció trabajo y un futuro. Es un ser especial-
-¿Un ser especial dice usted?
-Sí, ya lo creo; a Beatriz le ocurrió lo mismo; ahora formamos una familia.
"¿Una familia?" -pensé, mientras le inspeccionaba de arriba abajo. Sus modales eran tan refinados que más bien parecían femeninos. También observé la belleza de su rostro y de su cuerpo, algo en lo que no había deparado antes. Imaginé que Beatriz sería la camarera; una joven jovial y educada y de una extraña belleza muy atrayente-.
-Viene poca gente por aquí, verdad.
-Si, poca, de hecho solo se utiliza para la comunidad.
-¿La comunidad? -pregunté con gran curiosidad-.
-¡Sí! -me miró extrañado-.¿No la conocen? Cuando lo hagan no van a querer vivir si no es dentro de ella. Creo que he tenido suerte; soy realmente feliz, señor-
Entretanto me hablaba, miraba a Luigi de reojo. Había adelantado posiciones y ahora arropaba a Elena desde la espalda, posando las manos sobre sus senos, y los sobaba abiertamente mientras se perdía entre su cuello. Me ardía el estómago, pero supe contenerme. Volví luego a mirar a Willy y su cara me pareció la de un iluminado; lo era, pero parecía feliz, que al fin y al cabo es lo que importa en esta vida. ¿No son sino sectas otras órdenes o sociedades conocidas y la gente vive contenta en su seno, con la exención de quebrarse en el pensar por uno mismo? ¿No es acaso más sencillo creer en lo que todos creen y no entrar en el error de intentar cambiar lo establecido? En eso pensaba, a su lado, cuando vi que Elena se levantaba de su asiento impelida por Luigi, agarrada a su mano y con la otra enjugándose las lágrimas. Pasaron por delante de nosotros y tomaron dirección hacia las habitaciones. Elena ni siquiera me miró; iba con la cabeza agachada y la vista anclada en el suelo. Su pañuelo no dejaba de secar fluidos.
-Diviértase, señor Buarde -me dijo-. ¡Beatriz, corazón, acompaña al señor y ofrécele lo mejor de tí!
-¡Voy ahora -gritó desde el interior de algún cuarto-; no tardo!
Afuera, la tormenta era seca; con un fuerte aparato eléctrico. Los relámpagos todavía se veían lejanos y apenas se escuchaba su estruendo, pero se sentía en el interior.
-¿Pero qué es esto?-pensé-.
Capítulo doce

Confieso que en ese momento volví a no estar a la altura; podría argüir que la culpa fue de Beatriz, quien se presentó ante mí con toda la argucia contenida en las artes seductoras de las sirenas y las amazonas juntas, justo en el momento en que Luigi llevaba de la mano a Elena.
Si hiciéramos un estudio, aunque fuera somero, encontraríamos no la disculpa pero sí la respuesta: En mi fuero interno me sentía impotente ante la situación que se nos planteaba, por lo que me parecía inútil intentar cualquier otra opción que no fuera la mera resignación. Ciertamente que se me enervaron los nervios cuando observé el gesto compungido de Elena, dirigiéndose sin resolución posible hacia alguna habitación donde el villano la haría suya, pero confié en que sabría salir airosa por ella misma, pues me apetecía sentirla lo suficientemente fuerte. Por otro lado, seguía  siendo la imagen incólume de Claire lo que más me importaba, y era por tanto una o la razón de más peso para seguir hacia adelante; aquella a quien debía proteger de la muerte segura. Pero también estaba la tentación irresistible de aquella joven, cuyos rasgos caucásicos y su piel morena, nublaron mis sentidos. Tenía el pelo muy corto, a escala sobre su espigado cuello. Sus ojos grises rasgados hicieron pedazos mi imaginación, pues nada parecido hubiera sido capaz de soñar por mí mismo. Me miró fijamente, con una provocadora sonrisa dibujada en sus labios de silueta perfilada, cuyas comisuras acababan en dos paréntesis deseosos de llenar su espacio por mi boca. Confieso nuevamente que mi vista se nubló. Vestía ahora con una delgada y ceñida camiseta que dejaba percibir todo el contorno de sus curvas, sobre todo la de sus enormes senos, grandes y derramados hacia ambos lados, cuyos duros pezones parecían desear ser amamantados.
Tomó mi mano y la llevó a su sexo ardiente, sin apartar su mirada de la mía; únicamente cerró por un instante sus ojos cuando mis dedos la rozaron; comencé entonces a sentir una fuerte erección. Ahora en la distancia, pienso que Luigi sabía bien de mis gustos a través de mis novelas.
Me fue llevando de su mano hacia una habitación reservada en la primera planta. Pisé los mismos escalones que acababan de pisar Luigi y Elena, pero preferí no pensar en ello.
En la habitación procedió dándome un leve empujón para que me sentara a los pies de la cama, mientras iba despojándose de la ropa que le cubría hasta dejar desnudos sus amplios y achatados senos, que vibraron por su enorme volumen al verse libres.  Sin apartar sus ojos de los míos y con esa sonrisa incitadora, a cuyos lados de la cara esculpía un par de hoyuelos, fue desabrochando primero mi camisa y más tarde el pantalón. Me tumbó hacia atrás y lentamente fue posando su índice a través de cada músculo de mi torso, arrodillada. Más tarde fue su lengua la que exploró el mismo camino hasta llegar a mi cuello. Entonces, se tumbó  sobre mí y, completamente desnudos los dos, fue rozando con el manantial de su sexo el mío, cuya erección parecía hacerle explotar.
Lo que vino después me van a agradecer que no lo cuente, pues sé alguno de mis lectores pudiera sentirse ofendido. Solo quiero dejar constancia de que me hizo sentir que cada partícula de mi cuerpo fuera a desintegrarse, como cuando la explosión de una estrella en el cosmos hace que nazca otra nueva.
Más tarde, totalmente agotado, caí rendido en un profundo sueño hasta pasadas las cuatro de la madrugada.
Me desperté sin saber muy bien dónde estaba: el alcohol y seguro que alguna otra sustancia desconocida me hacía muy difícil la concreción más simple. Reconozco que lo primero que se me vino a la mente fue la excitante sesión que había tenido lugar horas antes, pero luego se me acordé de Elena, y esto me produjo una explosión de ansiedad. Mi boca no repetía más que su nombre, una y otra vez, y mi conciencia me maldecía y despreciaba. Estuve a punto de caer al poner los pies sobre el suelo; creí encontrarme bajo los extraños efectos de algún narcótico de diferentes secuelas a las del alcohol; era consciente de ello. Un fuerte dolor de cabeza me recorría desde la nuca a la frente y me producía pinchazos entre los ojos, mi visión era ligeramente turbia y me costaba bastante poner en orden mis ideas. Aun así, me dirigí hacia la habitación donde se encontraba Elena, que yacía en posición fetal sobre uno de los costados de la cama. Sin embargo pude comprobar que no dormía porque sollozaba quedamente, y puede que aun más al sentir mi presencia.
-¿Estás bien Elena? –esa fue la menos estúpida de las preguntas que se me ocurrió en ese momento, pero ella parecía no querer hacerme caso en ese momento; seguía con sus compungidos sollozos. De cuando en cuando se llevaba el pañuelo a la cara y se despejaba la nariz.
Decidí arroparla con mis brazos, pero fue esto lo peor que pude hacer, porque de inmediato se liberó, violentamente, a la vez que se incorporaba de la cama y encendía la luz.
-¡Eres un miserable!
-¡Elena, veras..! –intenté dar alguna explicación, pero mi cabeza daba vueltas y toda mi piel expelía olor a otra hembra por cada poro.
-¡No eres un hombre; eres una bestia de la misma calaña que el hijo de puta que nos retiene aquí!
-¡Elena, qué te hecho!
-¡No ha llegado a tocarme porque le he pedido al menos una noche de piedad, pero lo que he visto en ti ha sido bastante como para saber con quién estoy, y de quien creí estar enamorada; eres un ser sin principios, despreciable y repulsivo! ¡No vuelvas a ponerme un dedo encima! Dejaste que me llevara a la habitación sin levantar un dedo para impedirlo, mientras mirabas embobado a esa zorra con la que te has acostado. ¡No he visto un ser más deplorable que tu; me das asco!
-Lo siento Elena; creo que me han echado algo en la bebida –pronuncié sin pasar a creérmelo ni yo mismo-.
A veces uno siente que lo que alguien te está diciendo es verdad, pero por alguna circunstancia que posiblemente obedezca a nuestro sentido innato de supervivencia, intentamos darle la vuelta a los argumentos, siendo conscientes de que nos estamos engañando a nosotros mismos. Ese era mi sentimiento en aquel momento. Le miraba a los ojos, llenos de lágrimas y enrojecidos por la ira misma, y era consciente de que la razón estaba de su parte, pero aun así, en mi propia vergüenza, intentaba solapar la evidencia. Me sentía despreciable e incluso puede que arrepentido, pero mi pensamiento no paraba de buscar argumentos que atenuaran mi repugnante comportamiento.
Más tarde, bajo una visión retrospectiva, llegué a odiarme a mí mismo incluso, pero, cada vez que volvía a mi mente la mujer con la que había mantenido sexo, y recordaba el extremo placer que me había hecho sentir, volvía a desear tenerla entre mis brazos; ansiaba en última instancia una segunda parte al menos.
Pensé que, efectivamente el estigma del maligno habitara dentro de mí y dudé de que alguna vez fuera capaz de ahuyentarle. Elena se tranquilizó un poco, después de haberme insultado repetidamente, algo que me causaba placer y hacía que lo apreciara como una purga de mis pecados. En cambio, no aguantaba que derramara una solo lágrima por mí; eso me enfurecía. Volvía recordar por instantes mi vida junto a Virginia, y no quería que eso volviera a producirse; aquello era una losa que llevaba soportando cuando volvían a mi memoria. A veces me preguntaba qué sería de ella y me gustaba imaginar que todo aquello hubiera sido propiciado por el “peyote”; otra forma de pretender llevar el engaño hasta mi misma conciencia para exonerarme de toda culpa. Por eso, ahora, cuando volvieron a asomar los mismos síntomas, el primero en asustarse fui yo mismo.
-No llores Elena, por favor; no quiero verte llorar por mí. Necesito que me desprecies, que me insultes, que me grites, que me pegues si quieres, pero no malgastes una sola lágrima por mí; solo te pido eso.
Elena se había incorporado acercándose a la ventana, con la vista perdida en la tremenda oscuridad de la noche, tan siniestra y negra como la boca de tantos lobos que seguro se esconderían entre sus entrañas.
-¿Te ha tocado? –volví equivocadamente a repetir-.
-¡Y a ti qué te importa, cerdo!
Aquello me hacía feliz.
-Disculpa…
-¡Ya te dije que no me ha tocado porque le he rogado una noche al menos para asimilar mi desgracia; y él ha accedido. En eso ha sido mejor que tú!
Curiosamente en ese momento me apeteció pensar que quizá esa gente no fuera tan mala como habíamos imaginado. Fue aquella la primera vez que me sentí atraído y mi interior me pedía formar parte de aquella secta. “Luigi había sido un caballero con Elena, y yo, había tenido un encuentro sexual difícil de describir. Quién sabe si al final Elena no se encontraría a gusto allí”. Aquella idea me atraía, aunque todavía no era plenamente consciente de ello.
-No sé cómo voy a escapar de aquí.
-Cómo vamos a escapar, Elena –rectifiqué-.
-Tú me importas un comino. Como si te pudres.
-¡Soy un cabrón, cabrón, cabrón!  -comencé a repetir en voz alta-.
-Bien lo sabes; tú eres de los que no cambian nunca. ¡Me he llegado a enamorar de ti como una estúpida, y pensaba que tú también lo estaba de mí, y a los cuatro días de conocerte, después de haberte entregado lo mejor de mí, te vas con otra, y lo peor de todo: no mueves un dedo por salvarme de las manos de ese loco. Debo ser idiota!
-Tú no eres idiota; eres una persona buena, capaz de alcanzar sentimientos que yo ni siquiera imagino; eres afortunada. En cambio, yo vivo en el inframundo de los sentidos, donde yacen los cadáveres, y no las almas. Yo pertenezco a lo liviano, a lo superficial; al reino de los sentidos físicos. Desconozco el alma porque ella no alberga en mi interior. Necesito por el contrario de las bajas pasiones para seguir subsistiendo, por tanto, nada bueno puedes esperar de mí, porque por mucho que busques, en mi interior no hay más que nada absoluta.
En tanto decía esto, me parecía que estuviera escribiendo una novela. Había dramatizado la realidad, y solo me di cuenta al final de la frase, cuando descubrí que era otra treta inconsciente utilizada para pretender convencerla, y en último caso, convencerme a mí mismo; al fin y al cabo, qué es la vida sino una gran obra de teatro.
-No volveré a tocarte si no quieres, pero déjame ayudarte –otra argucia maquinal-.
Elena parecía más calmada, mientras seguía mirando a través de los cristales, aunque no pudiera ver más que la negrura del bosque y alguna rama blandiéndose de vez en cuando por la tormenta que no acababa de llegar.
-Mañana escaparé al menor descuido. Prefiero ser carne de lobos que deshonrada por estos mafiosos.
Callé. Me había sentado en el borde de la cama y me pareció que todo comenzaba a solucionarse entre nosotros dos. A pesar de eso, mi cabeza era un laberinto a punto de estallar.
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La mañana nos recibió con ojeras y jaqueca a los dos. El día atmosférico se había atenuado, mostrando la mejor cara del próximo final del verano; los pinos se mecían suavemente por la brisa fresca entre unos incipientes rayos de sol todavía en el horizonte, que pronto comenzarían a plagar el valle de tonalidades diversas. Una pequeña manada de vacas y terneras cruzó el camino, seguidas y vigiladas por el pastor y algún perro; nos vio asomados a un pequeño balcón y nos dio cortésmente los buenos días. Olía a heno y estiercol. Un gallo cacareó varias veces a lo lejos. El aire había empujado las nubes de la noche, y ahora ofrecía un cielo totalmente limpio de un intenso azul. Todo se me hacía placentero y acogedor.
Abandoné en silencio a Elena, esperando que fuera ella la que tomara la iniciativa de dirigirse a mí cuando le resultara oportuno. Parecía haberse tranquilizado, aunque sus ojos mostraban su pesar y su inquietud interior.
Adivinarán quienes lean esto, que tengo la intención clara de llevar mi relato hacia el autoanálisis, por lo tanto, no tengo interés  en ocultar pensamiento o turbación alguna; tanto es así que, como meta última necesito sincerarme como si me encontrara ante un confesor; ténganlo en cuenta. Por tanto, debo reconocer que la situación que se me planteaba era en extremo complicada: debía decidir entre Claire y su vida o Elena y la aventura de huir de allí monte a través hacia lo desconocido. El argumento en favor de Claire tomaba fuerza en sí mismo, pero de igual forma de manera subrepticia ganaba peso en base la posibilidad de vivir una vida plagada de bienes y monumentales mujeres como la de la noche pasada.     
Llevaba al menos una hora esperando que abriesen el comedor para desayunar. Durante ese período me senté encima del murete al que hice anteriormente referencia, que circundaba una fuente de cuyos caños no brotaba ya agua. En este tiempo no renuncié a la posibilidad de convencer a Luigi de que abandonase la idea de utilizar a Elena entre sus planes, aunque se me había realmente difícil conseguirlo. En esto meditaba cuando vi venir a Elena acompañada de un maromo de tez oscura y cabello rizado, quien la traía asida por el brazo. De cerca pude comprobar que de sus ojos caían lágrimas como caudales de río. Inmediatamente me incorporé y les di el alto.
-¿Adónde lleva usted a mi mujer? - El tipejo no me contestó de primeras; tuve que interponerme en su camino para que osara siquiera mirarme a los ojos-.
-Mujer quiere escapar; la llevo al jefe -dijo-.
-Suéltela en este momento si no quiere que aquí mismo le mate
Elena me miró con una última mirada de socorro; aquello parecía ahondar en mi proyecto de ganar terreno en sus sentimientos. El majadero comenzó a reír insultantemente, con tanta fuerza que su cuerpo se retorcía con cada convulsión. Su cuerpo parecía haberse sacado de entre las rocas mismas de aquellos montes; el mentón le delataba claramente en sus formas.  Extendió su brazo libre y lo posó sobre mi trapecio, que comenzó a apretar fuertemente hasta que consiguió ponerme de rodillas ante los dos, mientras mi garganta expelía aullidos de dolor.  Creo que fue la imagen más insultante y patética que he ofrecido en mi vida; mi orgullo se sintió herido de muerte, sobre todo cuando Elena giró su cara atormentada para no verme en aquella situación.
-¡Hijo de puta, suéltame! -grité, pero aquello no pareció más que aumentar sus ganas de reír, de forma que sus carcajadas se escuchaban con eco en la soledad de aquella triste e ignominiosa mañana, perdiéndose entre la serranía. Siguió apretando hasta parecer que me hubiera pegado un bocado en la misma yugular, empujándome fuertemente hacia abajo hasta hacerme pegar la cara con la misma tierra.
-Tú no molestar, señor -dijo, y siguió andando, agarrándola fuertemente  y empujándola de vez en cuando. Sentí ganas de coger una piedra y estampársela en la nuca, pero me contuve hasta hablar con Luigi. Los seguí de cerca, grandemente dolorido y sin dejar de llamarle hijo de puta.      

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Tuvimos que esperar casi una hora hasta que "el jefe" se presentara. Venía de algún lugar desconocido, en su coche, y acompañado por tres personas más: Willy y dos orientales, femeninas. Entró en el salón cantando un aria de "la Traviata", visiblemente contento. Willy parecía tener más ademanes mohínos cada vez que le miraba. Sus rasgos eran claramente femeninos, hasta tal punto que me descubrí a mí mismo embelesado por sus facciones y extasiado por el dibujo de sus labios. Enseguida aparté algunos pensamientos que quisieron brotar en mi mente con su contemplación.
-¿No han desayunado todavía? -nos preguntó. El gorila asía fuertemente el brazo de Elena e intentaba llamar su atención, pero este parecía no darse cuenta de él. Escuché entre tanto ruido de motores de diferentes coches; miré a través de la ventana y observé cómo bajaban de los mismos distintas personas cuya fisionomía me pareció un tanto peculiar. Al poco entraron en el salón donde nos encontrábamos. Willy  y su compañera comenzaron a vestir las mesas y a disponer sobre ellas toda clase de objetos como velas, tazas, cubiertos y demás. Entretanto, el que agarraba a Elena seguía intentando llamar la atención de su jefe; no paraba de decir: "señor jefe; señor jefe señora ir pero yo coger", pero el trasiego de Luigi era imparable; reía con unos, ordenaba a otros; besaba a otras. Las orientales, cuyas falditas no tapaban más de lo que una sombra, se sentaron en una de las mesas. Mi mirada se posó sobre ellas y sobre la maldita tela que ocultaba sus piernas vestidas con medias blancas. Uno de los que entró llevaba el pelo teñido de violeta sobre los hombros y gesticulaba más de lo aconsejable. Su compañera metía cajas y cajas grandes de cartón y las dejaba apiladas sobre otra de las mesas.
-¡Oh, hoy estoy pletórico de felicidad! -gritaba Luigi-. Por favor Amelia, estoy deseando ver el resultado. ¡Comenzad cuando queráis! ¿Pero, dónde está Elena? -y miró en derredor como desesperado-.
-¡Jefe, yo coger en el campo!
-¡Qué dices Sansón, que no te entiendo!
El llamado se acercó hacia él, con el brazo agarrado con fuerza y siguió con la suya. En ese momento le hubiera machacado la boca; de hecho eso imaginaba, y sus dientes desparramados sobre el suelo. También me imaginaba en la escena a él recogiéndolos después con la boca ensangrentada.
-¡No cojas tan fuerte a mi Elena; le vas a causar un moratón en el brazo! -se acercó hacia ella-. ¡Pero qué haces estúpido, le has dejado el brazo morado!
-¡Ella querer escapar; yo coger, jefe!
-¿Cómo va a querer escapar? -y acto seguido le besó las mejillas. Comenzó a reír mientras tomaba galantemente su mano y la acercaba hacia la mesa donde habían dispuesto las cajas.
-Madame, me complace poder obsequiarle con estos presentes -dijo mientras se inclinaba galantemente en una escenificación divertida-.¡Alberto, Alberto -gritó mientras dirigía la mirada alrededor-, venga por favor!
Beatriz salió de entre uno de los departamentos y terminó de vestir las mesas. Me miró pero sin gran efusividad; más bien como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros; aquello me gustaba aun más si cabe. Me dirigí solícito hacia el meollo, en esto que comenzaron a llegar más automóviles y pronto se llenó aquello de coches y gentes que entraban.
-¡Luigi, maestro, cuánto tiempo! -gritó con gesto exultante otro de los llegados, quien vestían una camiseta floreada-.
-¡Querido Genaro, pasa pasa, quiero darte un abrazo!
Otra pareja de camareros salieron de la nada, atusada ella con una especie de faldita años cincuenta y una ceñida camisa de color rojo vivo; en la cabeza portaba una cofia que se abría hacia atrás en forma de peineta; él, llevaba simplemente unos pantalones vaqueros ajustados, dejando su torso musculoso al desnudo, y alrededor del cuello una pajarita roja y negra. La gente comenzaba a comer y beber de todo un poco, entre una gran variedad de embutidos, bollería, zumos y café.
-¡Alberto, mira qué guapa va a estar nuestra Elena! -decía mientras abría una de las cajas. Elena observaba tensa. Los vestidos que sacaron de entre sus embalajes, puedo decir que eran de los más bellos que jamás había tenido oportunidad de ver. Acto seguido, Luigi se echó mano a la chaqueta y sacó de ella una caja de terciopelo y la posó en sus manos.
-¡Ábrela, querida; estoy ansioso por vértelo puesto! Todo el mundo aguantó la respiración  mientras Elena expresaba quizá la primera sonrisa del día. Abrió lenta y temblorosamente la caja y extrajo de ella una preciosa gargantilla de rubíes y diamantes, cuyo valor no fui capaz de imaginar. Fue el mismo Luigi quien se la abrochó.
-Elena, elige uno para este momento y seguimos con la fiesta. ¡Hoy tiene que ser un día especial!
Mentiría si digo que aquello no me gustaba; estaba encantado.
-¡Quiero presentaros a mis nuevas adquisiciones -y comenzó a reír-; Alberto será mi mano derecha; él tendrá poder para resolver cualquier cuestión cuando yo no esté, y os aseguro que estaremos muy seguros con él!
Todo el mundo comenzó a vitorearme, menos el que llamaban Sansón, que dirigió su mirada hacia mí con gesto preocupado. Aquello realmente me agradaba. Habían entrado en ese momento otras personas de mediana edad. En esto estábamos, y en responder a las preguntas de varios de los presentes,  cuando apareció Elena con un vestido ceñido, cuya falda caía hasta el suelo en vuelo y con motivos florales de vivos colores y cuya parte superior estaba fruncido caprichosamente sobre su gran escote; estaba de quitar la respiración. En ese breve espacio de tiempo, el tipo del cabello violáceo, había procedido a peinarla, tendiéndole una coleta que bajaba en cuidados rizos sobre su espalda. Su aspecto era realmente magistral.
-¡Señoras, señores, les presento a Elena, una de nuestras grandes damas, por la cual mi corazón palpita lleno de entusiasmo  -todo el mundo aplaudió y hubo vítores de todo tipo, sobre todo por parte de los varones. Me acerqué al gorila que osó tumbarme hasta rozar la cara contra el suelo y le dije con un tono comedido:
- Sabes que la has cagado; nos veremos pronto. Todavía me duele el cuello.
-Yo no saber. Perdón.
-Me debes una o te irás a la puta calle, mamón.
-No mamón; yo Sansón.
Vuelvo a confesarles que me encontraba en mi lugar ideal; lo siento. Tenía poder, dinero, y sexo variado. ¿Alguien pediría más? Después de aquello, mi único interés era convencer a Elena de que dejara pasar un poco el tiempo: "seguro que llegarás a sentir cariño hacia Luigi, amor; nadie te cuidará tan bien" le dije aquella noche, mientras dormíamos uno a cada lado de la ancha cama. "ya sabré yo lo que debo hacer; A mí no hace falta que me cuide nadie. Buenas noches y no me dirijas la palabra más hasta mañana" –me contestó-.
Todo el mundo comía y bebía, hablaba y reía. Se nos acercaron varios a darnos la enhorabuena; otros nos abrazaban o besaban. Siempre hablaban de lo bien que se sentían en esta gran familia que formaban desde hacía lustros. Al fondo de todo descubrí a las dos orientales que me llamaban, entre la intimidad de unos biombos. Presto me dirigí hacia ellas de manera cautelosa, pensando que aquella era la prueba irrefutable de que Luigi había leído mis novelas y sabía acerca de mis gustos. Me rodearon de manera delicada con sus brazos mientras hacían por sonreír más de lo natural; posaba una su índice sobre mis labios y luego lo llevaba a los suyos, en tanto que la otra me ofrecía un masaje sensual, allí, de pie, rozándome con todo su cuerpo mientras llevaba sus manos hacia mi pecho.
-Luego nos vemos -dijo una-
-Luego -repitió la otra.
Maravilloso; realmente maravilloso, ¿Cómo no había de quedarme? ¿Qué significa la vida si no el disfrute de los placeres que nos ofrece; acaso importa tanto el modo, la razón o el por qué mismo? ¿A qué llamamos moral; a algo impuesto de manera costumbrista o como consecuencia de una dogmática religiosa represora y sin sentido? Somos carne, y por lo tanto, es la carne y toda clase de placeres lo que nos atrae. ¿De qué nos vale fortalecer valores abstractos que recomiendan la mesura y la castidad, y consideran pecaminoso aquello que nos proporciona gozo? ¿Por qué insistimos en tomar como pecado todo aquello que nos produce placer? ¿Quién, pensante, puede seguir creyendo en todas esas majaderías que nos amenazan con un infierno de crujir y rechinar de dientes, sino alguien que haya sido criado bajo el miedo, o cuyo nivel intelectual no tenga más pretensiones que el seguimiento de un determinado credo? ¿Quién ha ganado en todo esto? ¿Tiene potestad y argumentos un personaje tan indeciblemente malvado como el dios bíblico, para hacernos considerar que el disfrute del sexo es pecaminoso? Es absurdo.
Cuando volví a reunirme con el grueso de la reunión, advertí que Elena hablaba medianamente animada con un señor de aspecto impoluto que fumaba un gran puro cohiba. El ambiente olía a mantequilla y café; era un aroma acogedor, familiar. Una chiquilla de no más de veinte años se me acercó interesada en hablar conmigo; era hermosa. Más allá, grupos de cuatro o cinco personas intercambiaban tertulias animadas y distendidas. Miré a Beatriz mientras la chica me contaba anécdotas; iba de aquí para allá con una soltura y energía increíble. Willy sujetaba una taza de café apoyando su codo con la otra mano. Era hermoso en verdad. Su media melena se mecía desenvuelta a veces por un gesto con el que retraía la cabeza hacia atrás, mientras crinaba su cabello. Era muy delgado, pero de formas cuidadas y proporcionadas. Me descubrí a mi mismo admirando su abultado paquete, en aquellos vaqueros ajustados que marcaban cada músculo de sus piernas; su pecho moreno y esculpido y exento de vello alguno me llamó también la atención. Cada vez me encontraba más seguro de su homosexualidad, pero también de su enorme belleza, y el hecho de admirarla, ponía en duda la mía propia.
Luigi salió de la casa posando su mano sobre el hombro desnudo de Elena, quien, de vez en cuando tocaba la gargantilla y la miraba con gesto admirado; brillaba ante cualquier rayo de luz, como sus ojos. Sentí celos, pero también me sentí dolorido por el despropósito que le había ocasionado, y era consciente de que ella había sido capaz de ofrecerme en cuatro días más de lo que yo seguramente hubiera sido capaz en toda una vida. Ese aspecto de mi capacidad de amar era algo sobre lo que no podía ejercer control alguno. En ese momento me imaginé que se enamoraba de Luigi, y éste se negaba a compartirla con aquel Obispo; quizá fuera aquello lo que anhelara en el fondo: los imaginaba felices, bailando, besándose, paseando de la mano sobre esos verdes prados; ella recogiendo flores y haciéndose con ellas un pequeño ramo que ataba a un lado de su cabello, y a él cogiéndola en brazos mientras cruzaban un cristalino riachuelo. Eso era en realidad lo que deseaba, pero, entonces estaríamos hablando de otra mujer y de otro hombre.
Pasando a la realidad de lo que ocurría en esos momentos, parecían mis pensamientos no estar muy desencaminados, en tanto que el grupo comenzó a pasear por un sendero que entendía haberse creado adrede justo al lado del río. Era un camino llano, como el valle, que discurría entre una espesa arboleda que ocultaba los rayos del sol y ofrecía una saludable frescura. Se escuchaba el sonido cristalino de las aguas descender lentamente a nuestro lado. De cuando en cuando había rocas cortadas a modo de bancos. Charlé con varias personas de las que saqué una idea grata y el sentimiento de pertenecer a una misma familia. Algunos hablaban de negocios, otros de arte; algunos eran aficionados al ajedrez o a las cartas. Hablé con varios durante las dos horas que duró el relajante trayecto. Al mirar atrás me di cuenta de que tenía muy cerca de mí a Beatriz; le dediqué un tan simpático como estúpido saludo con la mano, que fue correspondido por otro no menos artificial. Se había vestido con unos vaqueros que dibujaban su silueta como si hubiera sido cincelada por el mismo Leonardo. Sus senos se balanceaban debajo de una blusa ajustada, tras la cual no había ropa interior alguna. Caí enfermo solo con verla.
Al final del sendero entramos es un espacio abierto donde se nos solicitó sentarnos en derredor, formando un pequeño círculo en el cual nos dimos la mano alternándonos por sexos, de manera que una mujer tomaba la mano de dos hombres a su lado, y viceversa. Luigi, comenzó más tarde a recitar unas hermosas palabras que más parecían salir del cerebro de un predicador. Repetíamos sus mismas frases cuando él nos lo indicaba y la gente lo hacía con exacerbado convencimiento, como si les fuera la vida en ello. Nunca había visto nada igual, salvo en las misas a las que asistía en mi infancia, cuando la muchedumbre repetía lo que el párroco les indicaba; de hecho la similitud simbológica era enorme: en medio de la representación, Luigi sacó una copa de grandes dimensiones y, echando vino sobre ella comenzó a decir algo parecido:
-¡Oh señores de la vida, de los mares, de las montañas, de los ríos; oh dios de la luz en cuyo sol te ves representado, que germinas sobre la naturaleza y cuya mente suprema nos es inmanente en el nacimiento y nos une en la muerte, te pedimos que tengas misericordia ante estos tuyos pobres seguidores, cuyo único anhelo es seguir los caminos hacia la eternidad por ti concedida en la primera de las esencias. Haz que te encontremos en la búsqueda de nuestro verdadera identidad y algún día, en el más allá cuyas puertas nos abres mientras alzamos la vista al cielo, seamos parte de ti en una nueva forma de vida en nada imaginada por nuestras limitadas capacidades.
En tanto pronunciaba estas y otras palabras, nos pidió que cerrásemos los ojos, pero a mí, debo confesar que aquello me importaba menos que nada. Lo único que me interesaba era la señora cuya posición acuclillada dejaba ver tras la falda su sexo exento de ropa interior. Lo demás me parecieron bobadas que posiblemente justificarían mi sueldo y nuestra propia supervivencia.











CLAIRE. CAPÍTULO TRECE. (primer borrador)
No me juzguen, porque tengo una razón para escribir esto. De mis errores he aprendido, que ya es bastante, y por lo tanto, he sabido ver la viga de mi ojo antes que la paja en el ajeno. Seguro que habrá quienes crean que todo esto no es más que un relato, y a esos mismos les digo que si yo contara todo lo que llegué a ver y oír, me tomarían por el mayor de los embusteros, algo que no me importa lo más mínimo, pues si debiéramos alimentarnos por los criterios ajenos, mas muertos que vivos estaríamos todos.
He comprendido al fin que el ser humano no tiene solución, por lo menos a medio plazo, y si nos atenemos a lo que la historia ha depositado en nuestras bibliotecas, comprenderán que no es objeto de fe alguna: posiblemente es más satisfactorio pensar que la evolución, entendida como es, ha sido una continua vuelta atrás; tanto es así, que deberíamos entender al mismísimo mundo de los homínidos como un sinónimo nuestro, y a la madre naturaleza como lo más excelso hacia donde volveremos, pero convertidos en polvo.
¿Se imaginan siquiera de manera sucinta lo que se tejía en aquellos encuentros? Seguramente que en su ingenuidad no, como lo era yo, a pesar de mi dudoso pasado. Jamás habría podido soñar pesadilla igual, porque la realidad siempre abarca y supera a la más perversa de las ficciones. Debo repetir que hay cosas que no puedo mencionar, pues todavía creo que mi vida pueda estar en grave peligro, y además, ese grupo de palabras que edificaría frases cuyo relato nace de lo más impúdico y pecaminoso, aberrante y carente de la más mínima moral, me produce una brutal ignominia. Pasaré por tanto a hacer un relato frío, sin pormenorizar en ciertos aspectos, cuyo lastre quizá solo pueda ser purgado por un confesor espiritual al borde de mi propia muerte.
Cada día que pasaba -aunque en un principio me sintiera tan atraído-, dejaba dentro de mi alma una carga de porquería emponzoñada que intentaba limpiar con alcohol; mi olvido por tanto era tan causal como ficticio y mi espíritu se dejaba envenenar como atraído por el suicidio. Solo en sueños era capaz de preguntarme hacia dónde pretendía llegar y cuál era el sentido que quería darle a mi vida.
Aquella tarde, por ejemplo, después de comer opíparamente y haber bebido hasta la enfermedad uno de los mejores vinos del país, fui arrastrado hacia una habitación en penumbra por la ramera que se sentó enfrente, durante el despreciable sainete litúrgico. Lo que sucedió allí no debiera contarlo, ni quizá sabría pues la cabeza me daba vueltas sobre mi propio vacío y mi nulidad aberrante. Aun así, la madurita me desnudó e hizo lo que le dio la gana conmigo; posteriormente supe pronto que era la mujer de Luigi; alguien tan insana como él y tan endiabladamente siniestra y lasciva como los intersticios infernales. Pero ese era su procedimiento con todos los novicios.
Apenas dormí, desnudo y empapado con su sudor y su olor, que eran manchas tumorales en mi conciencia, pero aun en esas, viví en los espejismos, entre vómitos, lloros y quejidos continuos. Me agazapé sobre mí propio cuerpo hasta que el llanto acabó de secar mis entrañas y me recogió el sueño como un sucedáneo de muerte y paz.
Al salir del salón, en aquella tarde de sábado, me dirigí tambaleante y con un potente dolor de cabeza y sentimiento de suciedad interno hacia la soledad de los campos. Enfrente se sentaba Sansón, que manipulaba tranquilamente un trozo de rama con su navaja. Me acerqué a él y posé mi mano sobre su hombro.
-¿Qué haces Sansón?
-Se giró de un salto y se puso en pie.
-Aquí jefe. ¿Quiere algo? – dijo; debe confesar que aquello de “jefe” me gustó.
-No, buen hombre; sigue con lo que haces –necesitaba pensar que alguien de los que me rodeaban fuera de verdad un “buen hombre”.
-Jefe, perdón por daño.
-Ya hablaremos de eso alguna vez. Me conformo con que me seas fiel.
-Yo siempre fiel –soltó en un idioma que parecía el de los indios americanos de las películas; a propósito de esto le pregunte:
-¿De dónde eres Sansón?
-Yo nací en tribu Orinoco.
-¿Orinoco; allí conociste a Luigi?
-No, yo conozco a señor aquí. Me trajo señor Genaro. Yo allí pobre y mis padres muertos y muchos hermanos, pero no sé dónde.
-¿Que tienes muchos hermanos muertos?
-No, muertos no; no sé dónde hermanos.
-Ya.
De vuelta al caserón me topé con los “feligreses”, que departían en grupos a lo largo y ancho del espacio. Como el comedor era exiguo para tanta gente, todo este salón se vistió de mesas y sillas para la cena. Me uní a la conversación que mantenía el que llamaban Genaro, por la curiosidad que comenzó a surgir en mí tras la conversación con Sansón. Era un tipo de estatura baja, cuya cabeza calva intentaba ocultar con largos cabellos que surgían a uno de los lados, y que pegaba con algo así como brillantina de forma transversal. Siempre he desconfiado de quienes intentan ocultar la alopecia pues me ha parecido que, además de un indudable complejo, pretenden encubrir algo más. El tipo se apaisaba los lacios cabellos a base de inclinaciones nerviosas con la palma de mano, y hacía un movimiento posterior como queriendo fijarlos aún más, de una forma parecida a como los pajarillos insertan ramas en su nido. Sus cejas eran pobladas y extremadamente largas, debajo de las cuales se escondían unos ojillos penetrantes e incisivos. Se rodeaba de gente que le adulaba mecánicamente y reían cada palabra o silencio que salía de su garganta. Al parecer, el elemento controlaba una empresa estatal de fabricación de armamento, el cual se vendía de dos formas: por el cauce habitual que llevan a cabo los estados, y por otra parte, de manera subrepticia y sobre todo en América Latina, a ejércitos sediciosos como lo era la Contra Nicaragüense o las FARC de Colombia. Allí no había ideología política ni convicción ética que fuera acicate o revulsivo a la finalidad de sus negocios. La vida de cualquier ser humano se traducía en las ofertas de la venta en función de la demanda o disponibilidad de fabricación. Ciertamente repelente, despreciable y canalla.
Aquella manera que tenía de hablar de un negocio en el que se destruye la vida de hombres mujeres y niños, comenzó a hacerme sentir ganas de puntear su cara a base de puñetazos; mi imaginación comenzó de hecho a producir imágenes en las que su cara se iba ensangrentando con cada golpe de mis puños; una vez derribado me imaginaba tirándole fotografías de cadáveres de niños sobre sus ojillos de serpiente. Lo más indecente era que todo el mundo reía sus gracias, que a mí, no solo no me lo parecían, sino que sentía como ignominiosas.
Miré en derredor, buscando a Elena, y de repente me sentí agobiado por no verla. La busqué con la mirada a través de la gente, elevándome por encima de todos, intentando recordar el color de su vestido; fui de aquí para allá, recorriendo todos los salones, la cocina. Luigi departía con otros muy animadamente, pero no estaba a su lado tampoco. Comoquiera que no se encontraba abajo, decidí subir a los dormitorios y fui abriendo aquellos que se encontraban abiertos, pronunciando su nombre “Elena, Elena, Elena, dónde estás…”, pero en ninguna parte logré verla ni escucharla. Entonces, me paré ante una ventana que estaba situada al final de corredor y que tenía vistas a una parte de los montes. Desde allí pude ver de nuevo a Sansón, que seguía enfrascado en su entretenimiento, sin alzar apenas la mirada. Sentí entonces una especie de ternura por él.
Algo me decía que había vuelto a escapar; estaba casi seguro de ello. Este presentimiento lo guardé durante todo el tiempo que pude cuando volví a incorporarme a la reunión, intentando en mi fuero interno que pasara el mayor tiempo posible, porque algo me decía que, si así era, Elena necesitaría mucho para marchar lejos. Pensé que abría robado alguno de los coches que había aparcados alrededor del caserón.
Al bajar me di cuenta de que entretanto, había llegado el obispo, que hablaba con otro corrillo de personas a las que no conocía. Su figura era la peor de las esperadas o imaginadas por mí: una persona de unos cincuenta años, con una gran alopecia que dejaba al descubierto una blancura insana de piel. Sus facciones eran redondeadas, con blandos cachetes sonrosados. Su boca dejaba entrever unos dientes descuidados y unos labios gordos pero de boca pequeña y siempre húmeda. Según ibas bajando la mirada te topabas con una enorme tripa bajo la sotana, y unos pies vestidos de calcetines blancos bajo unas sandalias de cuero. A pesar de la angustia que comencé a sentir por el vaticinio de que Elena se hubiera expuesto a servirnos una nueva huida, no pude dejar de tener un sentimiento de mofa al ver el aspecto de ese individuo.
Volví a reunirme con Genaro y compañía, que estaban sentados cerca de una especie de barra móvil que utilizaban los camareros. Tomé una botella de agua y me integré en la conversación sin dejar de observar los movimientos de Luigi, pues, quería entretenerle lo máximo posible en caso de que echara de menos a Elena.
-La inestabilidad de algunos países se debe mayormente a causas políticas; a guerras de poder entre gobernantes, que a su vez, causan guerras de sangre entre el pueblo-su cinismo no tenía límites-.
-Son países que nunca progresarán –decía una señora que le acompañaba, todo convencida y sin acordarse de nuestra triste historia como país.
A nuestro lado se encontraba la mujer de Luigi, en otro corrillo. De vez en cuando sentía que volvía su mirada hacia mí, pero yo intentaba por todos los medios no cruzarme con sus ojos; bien es verdad que a esas alturas poco me importaba lo que hubiera ocurrido entre nosotros, pues la triste carrera de mi vida me había vacunado sobre algunos aspectos, lamentablemente, aunque sí es verdad que en aquella ocasión, se había adueñado de mí la sensación de haber sido violado, y eso me producía la triste impresión de sentirme sucio.
-¿No le parece a usted, que con la venta de esas armas, contribuimos a la muerte de cada una de esas personas, señor Montero? –me dirigí a Genaro, abiertamente, a pesar de que la embarazosa pregunta le hizo cambiar de repente su rictus. Se sintió incómodo.
-Verá usted, Alberto; el mundo es el que es; si no se las vendo yo, otro vendrá y las venderá. El problema no está en nosotros, sino en su poca capacidad para llegar a acuerdos de gobierno y justicia –al decir esto miró fijamente a cada uno de nosotros, buscando el asentimiento-¡Es un problema de madurez social!
-Quizá lleve usted razón Genaro. ¡Qué mundo más triste! – Aquel nuevo comentario mío pareció devolverle la expresión normal-.
-¡Pues claro! Si por mí fuera erradicaría todas las armas del mundo, y yo me dedicaría a otra cosa. No es agradable pensar en las barbaridades que se cometen en nuestro planeta, pero la vida es tal cual, lamentablemente.
La gente asentía convencida, dándole la razón desde la primera letra hasta el punto último, con una copa en la mano y rodeados de todas las comodidades posibles. Pensé que así es fácil ver las cosas, como también es sencillo sentirse apenado por las catástrofes que nos rodean; así es sencillo creerse cristiano y orar porque no te haga daño el dentista o porque tu hijo apruebe los estudios o porque te toque la lotería, que ya es el colmo. Una vida de placeres y derroche te facilita mucho toda clase de creencias y fantasías; uno tiene tiempo para delectarse con nimiedades de todo tipo, que en último caso lo único que hacen es tendernos una venda en los ojos. Lo difícil es mantener la fe en la desgracia, o en la miseria; lo difícil es abandonarlo todo y luchar por nuestros semejantes; lo difícil en último caso es ser cristiano, por eso yo me consideraba agnóstico, porque, aunque solo fuera en ese aspecto de mi vida, por una vez me sentía coherente con mi pensamiento y no intentaba engañarme a mí ni a nadie.
Le di una de cal y otra de arena al bueno de Genaro, de manera que utilicé mi falsa ingenuidad para dejar que él creyera en mi total desconocimiento; como si sus palabras fueran en ese aspecto las primeras que escuchaba; como si la suya fuera la dialéctica primigenia en mi aprendizaje sobre la vida y su crueldad. Aquello lo único que hizo fue ahondar más en un discurso en el que se encontraba realmente cómodo, viendo como todas las miradas se clavaban en la suya, y como todas las bocas enmudecían. Eso suele gustar mucho a este tipo de especímenes, cuyo ego no tiene fronteras.
Luigi seguía disfrutando de la compañía que le ofrecían, y había pasado ya casi una hora desde que eché de menos a Elena; íbamos ganando tiempo. La noche había comenzado a enseñar sus primeros grises en el exterior. Sigilosamente me dirigí hacia una de las ventanas desde la cual podía ver a Sansón, con la intención de comprobar si se encontraba todavía en el mismo lugar y haciendo lo mismo. En un primer vistazo no logré verle, hasta más tarde, cuando pasó lentamente muy cerca de mí, dando vueltas, pero con la cabeza gacha, como sumido en sus pensamientos.
El tiempo pasó y como en media hora llamaron a la cena. Entonces percibí como Luigi buscaba a alguien con la mirada; alguien que supuse quién sería. Me acerqué a él y muy cordialmente le intenté entretener, pero él pronto me preguntó por Elena.
-Creo que ha subido a su cuarto –contesté-.
-Ah, bien. La esperaré aquí al pie de las escaleras para cuando baje –dijo-.
De repente se quedó pensativo y comenzó a buscar entre su chaqueta.
-Tengo una cosa para ti.
-¿Para mí?-pregunté asombrado-.
-Sí, espera –y siguió buscando entre los bolsillos-. Ah, mira, aquí lo tengo.
Sacó un sobre blanco medio arrugado y me lo puso en las manos mientras echaba una ojeada alrededor.
-Espero que te parezca bastante de momento. Tengo un trabajito que me gustaría que comenzaras el lunes.
Toqué el sobre, abultado, y lo abrí echándole un vistazo por encima. Dentro había una cantidad de billetes que consideré formarían la suma de un millón de pesetas por lo menos.
-¡Pero Luigi, no sé qué decir!
-No te preocupes por lo que debes decir, sino por lo que tienes que hacer; ya hablaremos.
Con ánimo de ganar tiempo más que otra cosa, aunque la duda del encargo me llenó de curiosidad, le pregunté de qué se trataba.
-Nos traen una nueva mercancía de Yugoslavia. Se trata de cuatro chicas lindas que van a uno de nuestros mejores clubes. Tu misión es esperarlas en el aeropuerto de Barajas y llevarlas a la dirección que te diré pasado mañana. En el local ya están al tanto de quién eres y de la hora a la que llegarás aproximadamente.
-¿Pero? –Dije mientras volvía a mirar el sobre-.
Rió secamente, sin dejar de mirar hacia arriba de las escaleras, como intranquilo y queriendo dejar el tema por ahora.
-No te preocupes por el dinero; acostumbro a pagar bien a mis trabajadores. Por cierto que, en el aeropuerto, mantente alejado de ellas hasta que pasen los controles de seguridad y se encuentren en espacio abierto. Ellas ya saben cómo vas a ir vestido: llevarás un traje negro con un pequeño pañuelo magenta en la solapa; es mi color de la suerte – al decir esto volvió a emitir una pequeña risotada. De repente se me vino a la cabeza el cartel luminoso del local donde volví a ver a Claire y me acordé de que ese era su color. Le pregunté por ella de una manera cordial y cercana, emitiendo un tono de cierta complicidad o sentimiento de comunión.
-¿Qué tal va mi chica?
Me miró con esa mirada penetrante y vidriosa; esgrimió una mueca de y tiró suavemente de mi solapa hacia él y me soltó al oído: “pronto volverás a verla, y más lozana que nunca. Hay que dejar que se recupere.”
-Gracias por todo, Luigi.
-Te ha sonreído la suerte, Alberto –volvió a mirar hacia las escaleras-; en la vida habrías imaginado el poder que estás comenzando a tener. ¿Sabes una cosa? Siempre te he leído, y cuando supe de quien se trataba el que la armó en mi local, el que se llevó por delante la vida de esos dos mostrencos, pasaste a ser una obsesión para mí. Ahora estoy feliz de tenerte a mi lado; espero que no me falles.
Cuando dijo esto último, alzó el dedo índice de su mano derecha y lo posó sobre mi frente. Contuvimos unos segundos la respiración, tanto él como yo, y acto seguido volvió a reír y me echó el brazo por encima del hombro, mientras me instigaba a acompañarle al salón.
-¡Pero por favor, no dejes de escribir; aquí tendrás todo el tiempo del mundo, y toda la tranquilidad que te haga falta!
La gente se había sentado ya a las mesas. A lo lejos vi a los camareros ir de aquí para allá. Entre ellos estaban Willy y también Beatriz, quien parecía llevar la voz cantante. Estaba tan arrebatadora a mis ojos como lo estuvo desde el momento en que la conocí. Volvió a apetecerme tenerla entre mis brazos y escrutar con mi cuerpo la calidez del suyo. La miré y me miró cuando pasó una vez cerca de mí, pero no descubrí en ella ningún atisbo de correspondencia en ese sentido. Más bien parecía que toda la frialdad de los Alpes albergara en su corazón. Era la suya una mirada ajena, vacía; la de una autómata.
Luigi se impacientó de momento y se excusó ante los que le rodeaban, ya sentados. Volvió a dirigir su atención a las escaleras y marchó rumbo a ellas. En ese momento no supe muy bien qué hacer. Me incorporé yo también y me acerqué hacia él para preguntarle qué le ocurría.
-Esto es muy raro; Elena tarda mucho tiempo ya. Espero que no le haya pasado algo –contestó preocupado, como si en verdad le intranquilizara su salud y no el simple objeto que veía en ella-.
-¿Quieres que suba a ver qué ocurre?
-No. Iré yo mismo –dijo firmemente-.
Subió lentamente las escaleras y mientras lo hacía yo mismo le seguía con la mirada. Un revuelo de pensamientos se agolpó en mi cabeza. Volví a mirar hacia la ventana y comprobé que era noche cerrada. Calculé que Elena se habría marchado haría no menos de dos horas, lo cual le ofrecía una ventaja considerable. L a gente comenzaba a comer ajena a esto. Todo el mundo hablaba con entusiasmo y los camareros no dejaban de atender al más mínimo detalle. Sonido de platos, vidrios y bandejas por doquier. Mi estómago había mejorado, pero no tenía especiales ganas de volverlo a llenar con nada. Esperé durante unos cinco minutos, los cuales se me hicieron tan extensos como si hubiera pasado una vida a través de ellos. Escuchaba desde abajo la voz de Luigi que la llamaba, mientras abría y cerraba puertas, una tras otra. Por fin le vi bajar con gesto más que preocupado. Pasó a mi lado y no reparó ni en mi presencia. Se dirigió hacia los compartimentos de la planta baja y siguió buscándola a través de ellos, de uno en uno, mientras seguía pronunciando su nombre. El tono de su voz crecía a medida que pasaban los segundos y no la encontraba. Por fin, le vi venir a lo lejos, hacia mí, pero se detuvo a mitad de camino, justo al lado de la puerta de salida, y me hizo un gesto para que me acercara y le siguiera; llevaba en la mano una linterna. Tragué saliva y me tomé una copa de vino mientras me dirigía hacia él. Su gesto turbado no dejaba lugar a la duda.
-¡Sígueme; aquí no está!
Sin pronunciar palabra por mi parte, nos dirigimos hacia el exterior y comenzó a caminar en derredor, alumbrando con la linterna a todos lados, con gesto más que nervioso. De pronto clavó el foco de luz encima de la pared que llevaba hacia una de las ventanas de los dormitorios, desde la cual hacía codo una tubería que bajaba hasta el suelo. La tocó y comprobó que se encontraba suelta, como desprendida. Comencé a considerar, como él seguramente, que Elena podría haber escapado de la casa a través de esa cañería, que se encontraba justo en la esquina adyacente a la entrada al caserón. Con la profesionalidad que le otorgaba su carrera, dirigió el haz de luz hacia el suelo. Se agachó y comprobó la hierba aplastada que yacía allí mismo. Con mucha parsimonia fue siguiendo las marcas de roces en el tubo y las supuestas pisadas a través del espacio que nos circundaba. Más tarde, sin decirme palabra alguna, comenzó a recorrer con su mirada los automóviles que se encontraban allí, haciendo recuento de todos ellos, hasta que dio con la pista final cuando descubrió un espacio entre dos, donde supuestamente habría habido un tercero. Volvió a reflexionar durante unos minutos, echando una nueva ojeada a todos los vehículos, señalando con el dedo y emitiendo palabras que no lograba identificar. Yo entretanto, había acabado con la copa, y lo habría hecho con otras diez, pues así me lo pedía mi garganta. Encendí un cigarrillo y comencé a exhalar el humo de las profundas caladas.
-¿Y bien, Luigi? – me atreví a preguntar sin saber qué más decir. Me hizo un gesto con la mano para que no le interrumpiera-.
En mi vida había visto trabajar a nadie así, de manera tan pormenorizada, sin dejar detalle alguno en el aire. Prontamente se dirigió hacia el pobre Sansón, que se no dejaba de pasear de un lado para otro. Le preguntó.
-¿Has estado toda la tarde aquí?
-Sí, señor. Toda tarde yo viendo.
-¡Toda tarde yo viendo! –Le remedó enfurecido-¡Falta un coche y no le has visto salir mentecato!
-Yo no mentecato, yo decir verdad; yo no mento
Cuando escuché esas palabras del pobre Sansón, confundiendo mentecato con mentiroso, me dieron ganas de doblarme de risa, pero me contuve y apenas cubrí mi boca con la mano para no dejar entrever la mueca de esta.
-¡Como se haya escapado la mujer que te ordené vigilar lo vas a pagar muy caro, miserable! –gritó fuertemente, tanto, que su amenaza se perdió entre la soledad de los montes. Luigi alzó su mano en tono amenazante, dirigiendo con ella el foco de luz que se perdía entre las estrellas. Sansón bajó tristemente su cabeza en un gesto de sumisión que no recordaba haber visto en mi vida. Juntó ambas manos y suplicó perdón. Era denigrante ver su figura musculosa encorvada, con la que podría habernos quitado del mapa a los dos en un segundo, rebajada al más vejatorio de los espectáculos.
-¡No te muevas de aquí necio; lo vas a pagar caro!
Le miré con verdadero pesar; su voz temblaba pidiendo clemencia, o más bien suplicándola.
-¡Yo no ver nada, yo no ver nada jefe! –repetía continuamente, mientras Luigi se dirigía hacia el interior de la casona. Sin apartar la vista de él, le seguí, con la premura de sus mismos pasos. Le vi como tomó el teléfono. Me acerqué todo lo que pude, como a un metro. Sus manos temblaban mientras pulsaba las teclas.
-¡Tomás, ponme al teléfono con Segovia!
Esperó unos segundos.
-¿Qué no está Segovia, pues quién está al mando?
Caminaba nervioso de un lado a otro en la medida que le permitía el cable.
-Bien, pues Boumediene; ponme con él.
Otro breve espacio de espera y logró hablar con el último.
-¡Boumediene, soy el comisario jefe. Quiero que habrás un control inmediatamente en un radio de acción de unos cien kilómetros desde Ejea, por todas las carreteras de primer y segundo orden, y quiero que empiece la operación en este momento. Mantenme al tanto de cualquier noticia en este número de teléfono que te voy a dar; apunta rápido y da la orden inmediata. Buscamos un vehículo marca Volkswagen, modelo Golf, de color gris-y comenzó a soltar toda clase de detalles acerca del coche en cuestión, amén de la matrícula, mientras mis ojos se salían de las órbitas y mis oídos no atinaban a seguir sus palabras.
Cuando colgó el aparato, se mantuvo enmudecido durante unos segundos, con una de sus manos acariciándose la barbilla. Tomó una copa y se la llenó de vino; echó un trago largo y por fin me habló.
-Es el coche de aquella señora que se encuentra allí, al lado de la repisa de cristales. Es una vieja amiga mía. No le digamos nada todavía; no quiero que se entere nadie de lo que ocurre. La gente seguro que no la echará de menos y es preferible que siga la fiesta. Tú, en cambio, estás de servicio. Come algo porque posiblemente la noche sea larga. Óyeme, espero que no estés metido en esto, porque de lo contrario lo consideraré como una traición y lo pagarías con la vida de esa muchacha a la que tanto quieres.
-¡Yo no, Luigi; yo no sabía nada, por Dios!
-Eso espero.
Volvió a tomar el teléfono entre sus manos y realizó una nueva llamada.
-Oye, soy Luigi, dile a Marcos y Anselmo que vengan para acá; en media hora les espero.
Afuera el sonido del aire rasgaba las ramas de los árboles como si fueran cuerdas de guitarra, y emitía suaves silbidos entre los espacios de las ventanas. La penumbra lo inundaba todo, con el misterio inescrutable con que las sombras visten los bosques en las noches sin luna. Mi mirada se paró entonces en el vacío infinito, a través de los cristales de la ventana, y a través de esos mismos cristales me encontré con mi misma imagen traslúcida, como entre dos caminos, o como si fuera el vago espectro de un susurro. Allí callado, degustando el sabor y el aroma de otra copa de vino me sentí desnudo y avergonzado de mí mismo. Brindé al mismo cielo por ella, y preferí imaginarla muy lejos, a salvo de las macabras garras del gran imperio de depravación que regentaba ese individuo infame. Aspiré el humo de otro cigarrillo, apartado de la mirada de cualquiera, para poder degustar en la soledad el sabor de la victoria de una mujer con la entereza que siempre quise para mí. Volví a salir al exterior y me senté sobre la tierra que daba a un pequeño entrante rocoso cuya vegetación parecía no haberse tocado nunca. Alcé la copa al cielo y volví a brindar por ella, emitiendo un beso que se escapó de mis labios y que se dispersó ágil, volando con la ductilidad y la diligencia del éter a través de aquellos montes, cuyos caminos imaginé como simples marcas efímeras entre la espesura de sus árboles.



Capítulo catorce.





El tiempo transcurría demasiado lento para mis deseos, de forma que cada minuto sin noticias de Elena, era como una bendición. La gente acabó de cenar y más tarde hubo quien se marchó y otros que optaron por pasar la noche en las dependencias del hotel. Luigi estaba especialmente nervioso; no paraba ni un segundo, de aquí para allá, aunque pretendía dar la imagen de tranquilidad, pero yo le conocía ya bastante bien, y estaba al tanto de la contrariedad que le retaba, algo que los demás desconocían.
Al cabo de una hora llegaron los matones que había solicitado él mismo y comenzaron a husmear con linternas por el supuesto lugar desde donde habría huido Elena. Uno de ellos subió a la habitación mientras el otro tomaba notas de cuanto le parecía. A veces hablaban con su jefe, pero siempre se distanciaban de la vista de todo el mundo, incluso de mí, por lo que solo era testigo de las gesticulaciones de unos y otros. Habían traído varios perros, que ladraban desde el interior de la furgoneta en la que habían llegado; gruñidos terribles, como si no pudieran contener una gran ansiedad. El que se había metido en las habitaciones, bajó las escaleras con el vestido que Luigi le había regalado y se unió a su compañero. Juntos abrieron la parte trasera del vehículo, tras lo cual, las fieras sacaron las cabezas y hasta el cuerpo, tirando de las cadenas que los mantenían sujetos, enseñando sus afilados caninos entre espumarajos. La fiereza que demostraban era tal, que no se me ocurrió en ningún momento salir al exterior. El que portaba el vestido, lo tiró dentro del receptáculo  y entonces, comenzaron a escucharse tal cantidad de gruñidos salvajes, que parecían que se estuvieran desgarrando la carne entre ellos. Tras unos escasos minutos, los sacaron afuera y agarraron a dos de ellos cada uno, dividiéndose en ambos sentidos de la carretera. Sus ladridos eran tan terribles, que hasta los lobos hubieran salido corriendo de allí. En un principio se arremolinaban entre ellos mismos, pareciendo que pudieran no salir con vida de allí, de tal forma que, parecía que los dueños no se hicieran con su control, dando saltos sobre sí mismos y mordiendo el cordel que les ataba, como queriendo desasirse con una rabia salvaje. Sentí pánico de la escena aun encontrándome a salvo de sus mandíbulas tras los muros. Tiraban los domadores con fuerza, demostrándoles a quién debían hacer caso, pero, a pesar de ello, uno, de pelo claro y manchado, se abalanzó ferozmente contra él, enseñándole los incisivos, de tal manera que, tuvo que sacar una barra extensible de metal y golpearle con ella. Tras esto, pareció que todos se tranquilizaron un poco, entre aullidos que se me clavaban en el mismo corazón.
Miré la hora y comprobé que, en el peor de los casos, Elena llevaría ya más de tres horas de ventaja, y eso me produjo una felicidad interior difícilmente expresable.
La noche caía siniestra sobre todo el páramo; fresca y opaca; ajena y distante. Era una noche especial para acabar con la vida de alguien y sobre todo, la mía. Una especial tristeza inundo toda mi alma; mis ojos se humedecieron y sentí como me hería hasta lo más profundo de mí mismo. Por mis recuerdos pasaron los más bellos momentos de mi infancia, que tan olvidados creí que estaban; aquellos que posiblemente pensé haber perdido. Cerré los ojos unos momentos, mientras bebía otra copa de vino, y recordé con ternura y añoranza aquella niña que soñaba con los sutiles brillos de aquella bonita lamparilla, que nunca pudo tocar con sus manos, pero que sí inmortalizó un buen día, extraída de sus recuerdos, para cobrar nueva vida inmortal; el empedrado húmedo de esas calles sumidas en la paz de la aurora; el olor del café por la mañana y la acogedora visión de las luces cálidas entre las ventanas. Me vino a la mente también mi familia y su espacio de protección inmaculado, aquel lugar en el que nunca ocurría nada y donde tan salvaguardado me sentía siempre. Otra vez tuve el sentimiento de encontrarme desnudo ante los demás; una impresión extraña que no había tenido jamás, pero que reconocía como un mensaje de huida y cambio urgente hacia mi propio comienzo. Mis lágrimas rodaban sin remedio recordando tu presencia, mi querida Claire: tus cálidas manos y tu blanca piel; tus ojos cristalinos y esa suave caricia que tan excelsa me supo. Entonces creí adormecerme y quise volar, como lo hice entre los páramos de Montserrat en aquellos ensueños que nunca acabaron de abandonarme. Era en verdad una noche siniestra; una noche para el suicidio y el renacer en una nueva vida.
Los ladridos se alejaban entre el espeso bosque que circundaba a ambos lados de la carretera. Cada minuto que pasaba sin escuchar el timbre del teléfono, me hacía creer que Elena había sorteado un nuevo obstáculo hacia su libertad.
Luigi se sentó y pidió un café. La mayor parte de la gente que habían optado por marcharse, lo habían hecho ya. Otros, en cambio, subían a sus habitaciones entre bostezos. Al reputado señor Montero le perdí de vista sin saber qué decisión había tomado, pero sí pude ver al Obispo acercarse junto a Luigi, con el que mantuvo una breve conversación. El seboso mensajero de Cristo miraba tímidamente alrededor, como avergonzado quizá de sí mismo, aunque sus impulsos naturales eran mayores que el raciocinio interno, que le arrastraba al pecado según los criterios de la doctrina que predicaba.
Con el tiempo, aquello quedó en paz. Los ladridos de los perros dejaron de escucharse completamente, y ya solo el sonido de los grillos nos recordaba la presencia de vida en el exterior. Luigi acabó discutiendo con el obispo, que se marchó con el rabo entre las piernas, más que insatisfecho.
Transcurrió como una hora más sin noticias, y sin darme cuenta me quedé dormido sobre uno de los sillones que había cerca de la chimenea, debajo de uno de los bonitos cuadros que colgaban de las paredes, en esto que me despertó el sonido de pasos y la voz contenida de Luigi. Me incorporé un poco con la intención de dirigirme al salón contiguo, donde le había dejado, cuando me topé con él justo al dar la vuelta al pasillo. Venía con los brazos alzados y tras él, Elena, que le apuntaba con su misma arma.
-Elena, ten cuidado –decía-; se puede disparar sin darte cuenta. Todavía podemos llegar a un acuerdo.
Mis ojos nunca estuvieron tan abiertos, ni mi mente tan confusa. Observé que le temblaba la voz y que tragaba saliva, y hasta sus frases eran entrecortadas.
-¿Qué haces, Elena?-pregunté sorprendido, pero no me contestó, es más, ni siquiera me dirigió la mirada más tiempo de lo que tarda en iluminar un relámpago. Solo se limitó a exigir a Luigi que no parara “o te meto el cargador en el cuerpo”
Se dirigieron hacia el exterior y acto seguido, Sansón se levantó y abrió la puerta de uno de los coches, pero antes, Elena le recordó que le atara fuertemente las manos a la espalda; Luigi profirió un quejido mientras lo hacía.
-¡Está bien Elena, te dejaré marchar, por favor; podemos arreglarlo –imploraba-.
Me acerqué y pregunté a dónde íbamos, pero prontamente reconocí la pregunta como estúpida.
-Tú no vas a ninguna parte –me recordó con una seguridad implacable. Aquella manera de hablar me excitó en segundos. Una vez atado el mafioso, cerraron las puertas y Elena dejó posar un par de besos en las mejillas de Sansón, que sonrió complacido y emitió unos suaves gruñidos de regocijo. El revólver cambió de manos y ella tomó los mandos del vehículo.
-¡Elena, por favor, llevadme con vosotros! –grité mientras el automóvil daba marcha atrás para enfilar la carretera, y tras esto, lo único que recuerdo de ellos fue el polvo que levantaron sus ruedas y que cayó sobre mi sudada cara, nublándome los ojos.
Me quedé perplejo y sin saber qué pensar ni qué hacer, hasta que la luz de los faros pasó a ser invisible. De nuevo, los grillos pasaron a ser los protagonistas de la escena, y yo, fumé otro cigarrillo acuclillado sobre la pared de la casa, sumido en mis pensamientos.
Allí estuve, entrando vacío a la casa y saliendo con una copa tras otra en mis manos. Pasaron unas dos horas más y el día comenzaba a clarear, cuando volví a escuchar los ladridos de los perros en la distancia. Me incorporé como pude, pues el alcohol había hecho ya su efecto; salí un poco hacia el camino y comprobé la luz de la linterna de uno de ellos, a lo lejos. Los animales parecían calmados, pero ahora se escuchaban más los improperios que les dirigía el matón. Opté por meterme en la estancia y sentarme en uno de los butacones. Podría haberme ido a mi habitación, pero me imaginé que rápidamente requerirían la presencia del jefe, aunque le dieran por dormido,  por lo tanto, debería engañarles y hacerles creer que se había marchado por su propia voluntad hacia cualquier lugar –quiero que quien lea esta narración, tenga en cuenta todas estas decisiones, que ponían un poco en riesgo mi integridad-.
Tal como supuse, ocurrió: ató los perros en una argolla que estaba anclada a una de las paredes, y acto seguido penetró en la estancia pronunciando el nombre de Luigi; dio vueltas de un lado a otro hasta que fijó su mirada en mí, al final del salón. Me preguntó enseguida por él y yo le dije que se había marchado, pero que no creía que tardara mucho tiempo. Se sirvió una copa y se sentó a mi lado, con cierto recelo y con ánimo de sonsacarme acerca de mi relación con el jefe. Evidentemente que mi relato viajó a través de una complicada red de perífrasis de la cual no creo que sacara conclusión alguna, pero entretanto yo me divertía con el cuento, y con la seguridad de dominarle en el área de la inteligencia. Traía las botas manchadas de tierra y un intenso olor a comino en su sudor que me repelía considerablemente. A eso de media hora volví a escuchar ladridos de perros; supuse que era el otro compañero, pero no me levanté de la silla más que para servirme alguna otra copa. No sé muy bien por qué, pero cuando comenzaba a beber nunca encontraba el momento de dejarlo. Se escuchó un portazo y un sonido de pasos y voces intentando atraer la atención de Luigi; al fin nos vio.
-¿Y el señor Luigi? –nos preguntó-
-Parece que ha salido; pero según este señor, no tardará mucho.
-¿Que no tardará mucho? Necesito hablar con él ya.
-¿Pues qué pasa? –preguntó. Yo me mantenía expectante y a la vez medio mareado.
-¿Que qué pasa? Pues que he encontrado el auto que buscaba.
-¡No jodas!
-¡Sin joder; lo que te digo, entre el bosque del pantano; medio metido en el agua y medio fuera entre arbustos y árboles, a un kilómetro de aquí más o menos!
La cara del otro era el de un besugo cogido con anzuelo; intenté imitarle, aunque interiormente me apetecía reír a carcajadas, e incluso haberme liado a golpes contra ellos.
-¡Como te cuento. He intentado meterme dentro, pero al abrir la puerta de atrás he notado que se movía hacia el agua y me he acojonado; no he visto a nadie en su interior!
-¡Joder, y ahora no podemos decírselo hasta que vuelva!
-Eso pasa por no comprar uno de esos cacharros de ahora.
-¿Qué cacharros? –preguntó, aunque yo ya sabía a qué se refería.
-Uno de esos putos teléfonos móviles. Mucho gastar en otras cosas y luego ahorra en lo que no debe.
-¡Como que te crees que nos va a comprar uno a nosotros!
-¡Pues debería, si quiere que se hagan bien las cosas! –Éste parecía tener peor carácter-. ¿Y no sabe usted a dónde ha ido? –me preguntó-.
-Pues lo siento, pero no tengo ni idea.
-Mi nombre es Marcos –dijo, y me tendió la mano-.
-Encantado, me llamo Alberto
-Yo soy Anselmo –dijo el otro, con ganas de no ser menos a la hora de tenderme la mano-
-Creo haber oído hablar de usted, ahora que recuerdo.
-Espero que bien, ¿no?
Emitió una leve risotada y cruzó la mirada con su compañero. Este tal Marcos parecía más despierto.
-Ni bien ni mal –dijo-; solo que es usted nuestro nuevo encargado, creo. ¿Es así?
-Eso parece –contesté-. Pero no se preocupen, hoy estamos de fiesta.
-¡Aquí nunca estamos de fiesta! –pronunció con ese tono de altanería que confiere el grado de la experiencia en algunos. Como intuí rápidamente sus sentimientos, decidí adularle un poco.
-¿Llevan ustedes mucho tiempo trabajando con Luigi?
-¡Sí! –contestaron al unísono, pero Marcos incidió más en concreciones.
-Llevo casi quince años al servicio del señor –dijo, esperando un gesto de admiración por mi parte. Decidí regalarle la ocasión.
-¡Entonces tendré que pedirle opinión a ustedes en muchas cosas, desde luego; serán mi mano derecha!
¡Ay, Ay; cómo somos! ¡Es normal que aspiremos al aplauso ajeno; a todos nos pasa un poco, si no, ¿con qué intención creamos y nos esforzamos? ¿Para que nadie lo vea; para que nadie te apoye o anime? El solo hecho de dejar en herencia a nuestros semejantes un descubrimiento, una bonita obra o un inteligente invento, ya es aliento para luchar por ello. Pero no todos somos capaces de legar algo de peso; aun así, cualquier bagatela a los ojos de otro, puede tener trascendencia a los nuestros, y ya desde pequeños nos reconforta ser aplaudidos o admirados, de modo que para estos dos, haber servido al sedicioso de Luigi era una labor honorable.
Pasamos un tiempo precioso sin hacer otra cosa más que hablar y hablar, y la conversación se fue, no por los cerros de Úbeda, si no por el Karakorum, y mientras tanto, a cada pregunta que me hacían, una mentira les regalaba a sus oídos. En media hora ya hubiera sido capaz de convencerles de que, en su subnormalidad misma, eran dignos de merecer un laudable reconocimiento. Si deseaban que mi respuesta fuera un sí, lo tenían; si deseaban un no, dos les daba; si necesitaban una exclamación ostentosa, mis ojos eran dos platos de porcelana; si inconscientemente me suplicaban una risa, le ofrecía una estentórea carcajada; mezclábamos charla con toques de hombro y ofrecimiento de tabaco, y el alcohol hacía lo demás. En mi vida imaginé que mi hígado pudiera metabolizar tanto como bebí esa larga noche; la más larga de mi vida. Tal era la profusión del mismo en mis venas, que una cerilla en mi boca me hubiera ocasionado combustión espontánea. Pero ellos estaban peor, mucho peor. Con el advenimiento del alba, salimos al exterior y comenzaron a bailar, danzando como dos bufones medievales, haciendo piruetas; la copa en una mano y el cigarro en la otra. Los perros se animaron al ver esto y comenzaron a ladrar fuertemente, tanto, que di por terminado el sueño de cualquier ser vivo que se hospedara en el caserón. Pero yo me reía como una hiena, mientras les insultaba por lo bajo y les despreciaba en mi interior, a la vez que les ofrecía una sonrisa de pasta dentífrica inmaculada. Al poco rato, el cansancio, el alcohol y el tabaco les hizo comenzar a toser con tal profusión, que pensé que allí mismo se les salieran los intestinos por la esófago, porque así lo anunciaban los esputos que arrojaban por doquier y lo inundaban todo.
-¿Tenéis algún coche? –Pregunté-.
Aquello pareció hacer reflexionar al cabecilla, que aun en su borrachera, intentó ponerse en pie, después de haber estado un buen rato tumbado sobre la hierba fresca de la mañana, con los brazos en cruz. Parece que le vino un fosforescente pensamiento de lógica y me inquirió con no muy buenos modos, aunque apenas podía vocalizar correctamente.
-¿Por qué me he de fiar de ti? –Al decir esto se me acercó tanto a la cara que su saliva incontrolada mojó mis labios. Aguanté el deseo de limpiarme la boca y también el de machacarle la nariz.
-Por la misma razón que yo me fío de usted –dije, utilizando una frase que creí haberla escuchado en alguna película, y que parece que fue de su agrado, porque, tras unos instantes de contención calculada, emitió una sonora carcajada.
-¡Bien, bien, pero iré con usted! Mi compañero se quedará haciendo guardia. Por cierto –comenzó a pensar-. ¿Dónde está mi amigo Sansón?
-Le acompañó en el coche –dije escuetamente-
-Qué extraño es todo esto…
-Parece ser que fue un imprevisto, pero sin importancia –contesté mientras agarraba otra botella de vino con la intención de invitarle a beberla en el caso de que me acompañara en el coche. No obstante, un último intento por hacerle permanecer allí, pareció dar su fruto. Su compañero se había quedado dormido a lo largo de un sofá.
-Marcos, espero que no se enfade Luigi con usted cuando no le vea por aquí.
Aquello pareció hacerle recapacitar, seguro que a causa de alguna mala experiencia anterior, de manera que lo meditó brevemente, llevándose los dedos de la mano al ceño.
-Bien; quizá lleve razón,  pero dígame a dónde va; por si me pregunta.
Lo primero que se me ocurrió fue la historia del aeropuerto de Madrid, de modo que opté por ella, para que mi dubitación no se notara demasiado.
-Tengo que recoger a unas chicas en el aeropuerto de Barajas…
-¡Ah –exclamó-; material nuevo! – Una sonrisa amplia surcó su cara de parte a parte-. Te las vas a tirar a todas antes que nadie ¿eh? –y comenzó a reír con ganas. La risa le produjo tos de nuevo, y un esputo incontrolado estuvo a punto de salir de su boca. Tomó fuerza con los pulmones,  forzando un nuevo golpe de tos y escupió desde la ventana afuera. Les juro que me resultó tan despreciablemente vomitiva su figura y la expresión enrojecida de su cara, que estuve a punto de machacarle allí mismo, sin embargo, le guiñé un ojo. Su compañero roncaba, emitiendo el mismo sonido que los cerdos cuando su dueño les echa unas cáscaras de sandía. De vez en cuando exhalaba gruñidos que parecían articular palabras, y luego cambiaba de postura. Le miró.
-¡Este hijo de puta siempre encuentra el lugar para dormir, y yo en cambio, siempre soy el que resuelve todo!
-A ti te haré jefe de grupo en cuanto hable con Luigi; tienes clase e inteligencia.
Aquello acabó por complacerle casi hasta el éxtasis, cristalizándosele la mirada.
-Espero que no se le olvide; llevo toda la vida dedicándome a servirle y me merezco algo mejor; ya es hora.
-Cuenta con ello, Marcos.
Me entregó unas llaves que sacó de un cajón, y me indicó a qué coche pertenecían. Salió al exterior conmigo, mientras las primeras tímidas luces del día se abrían camino a través de los altos montes. La brisa fresca de la mañana me vino bien; oriné al lado de una de las ruedas y él me imitó. Parecía mirarme con recelo, como presintiendo algo, pero esta clase de gentes no suelen tomar en cuenta la intuición, por eso, en todas las películas son los primeros en morir.
-Cuando llegue a Madrid te llamaré para contarte lo que me encuentro –al decir esto esgrimí una sonrisa maliciosa de complicidad-; si te encuentras aquí todavía. –Cerré el puño y lo alcé con intención de que él me imitara y los chocáramos, como buenos socios. Lo hizo, pero en su mirada seguía el sentimiento de duda-.
Monté en el auto y fui alejándome de allí, despacio, para no aumentar las desconfianzas. Mientras lo hacía, le observaba a través del espejo retrovisor, parado, como una figura estática de plomo entre las penumbras de los árboles y el edificio. Bajé del todo los cristales para que el frescor me despejara del aturdimiento producido por el alcohol y el sueño. Tomé la misma dirección que había tomado Elena horas antes, pero sin saber qué destino tomar. Estuve rodando sin prisas en una carretera solitaria. El cielo tomó color al cabo de un tiempo y pasé un pequeño control de la Guardia Civil, que supuse sería el que ordenó Luigi horas antes, pero no requirieron que parase el coche. Ese momento fue para mí como salir de un gueto o de una prisión y encontrarme con la libertad. Encendí un cigarrillo y hasta ese mismo placer me ocasionó movimientos de vientre. Busqué entre la guantera alguna cinta de música y encontré la ópera de Rigoletto, que me acompañó durante más de una hora.
Sin embargo, aunque me sentía feliz por haber escapado de allí, alguna especie de semilla comenzó a germinar de nuevo en mi interior. Posiblemente eran las consecuencias de la típica depresión post alcohol. Lo cierto es que tuve ganas de llorar, y lo hice. De nuevo mi mente evocó imágenes lejanas de otros tiempos sin mácula; épocas de juventud e ilusión. Sin darme cuenta estaba secuenciando una retrospectiva en la que me acordé de mis padres; de sus abrazos, del tiempo que dedicaron a mi educación, a mi enseñanza; del calor de sus abrazos; del espacio de recogimiento y seguridad que significaban las paredes del hogar para mí. También volví a rememorar el bonito barrio que fue escenario de mi independencia, y las tardes en las que deambulaba entre ellas; sus olores; sus colores y sus gentes. Volví a recordar a Gabriel, por supuesto, y sus extrañas pinturas de barcos a punto de naufragar. Viví de nuevo el momento de nuestra despedida, allí en el andén de la estación y recordé la lenta marcha del tren, perdiéndose entre los edificios, sobre un entramado de vías que se entrecruzaban unas con otras. Se me vino entonces la imagen de Claire, aquella tarde en que la tuve enfrente, para mí sola, y me avergoncé de mi estúpida manera de proceder; el recuerdo del olor de su piel se mezcló entonces con el aire que penetraba a través de la ventanilla, y creí tenerla de nuevo; pero ahora no me excitaba su recuerdo, sino que me producía una brutal pasión por encontrar el abrigo de su auxilio y retorno al pasado. En ese momento la habría abrazado sin más, y habría posado mi mejilla junto a la suya, y le habría preguntado si sentía algo siquiera por mí. Habría requerido su simple amistad, y un poco de tiempo para demostrarle cuánto bien la deseaba, de corazón. Pero inmediatamente después de soñar despierto con las secuencias que mi imaginación creaba, me asaltó la triste imagen de ella misma, entre aquellas paredes de corrupción e inmundicia, a donde llegamos los dos, como dirigidos por un mismo destino cruel e insensible. Todo lo demás, la sesión con aquel hongo que me dio Martin, o la macabra figura que creí ver a través de los cristales de la terraza, pintando un lienzo que parecía tomar una forma más real cada vez, aquellos recuerdos todos, ahora me parecían haber sido soñados.
Sin darme cuenta, había rodado un buen número de kilómetros como un autómata, sin ser verdaderamente consciente de a dónde me llevaba la carretera. A media mañana ya, paré en un restaurante que se encontraba a un lado, en medio de un llano árido. Desayuné un par de cafés, sin nada sólido que llevarme a la boca, que me fue servido por una todavía linda señora, cuyo gesto se hastiaba con cada grito del que sería seguramente su marido, detrás de la barra. Me miró y quiso compartir conmigo su hartazgo, con la simplicidad y la fugacidad que le permitían esos únicos instantes en los que me sirvió la taza hirviente. En otros tiempos la hubiera instado a dejarlo todo y huir de allí. Le habría dicho que se marchara junto a mí a disfrutar de una vida sin destino, pero quizá tampoco hubiera sido mejor mi ofrecimiento. Su cara comenzaba a demacrarse con esos rasgos que son como las líneas de un libro, en cuyas páginas se expresa la desesperanza, la desilusión; la decepción; donde los príncipes azules salen de entre la pecina barrosa y te traen a la realidad, siempre sombría y deprimente. Fui capaz de leer entre sus pupilas un gesto de auxilio y un delirio, que derramaba en cada joven que se parara en su local; siempre atenta y esperanzada en que al fin llegara el destino que tanto gozó entre las sábanas de sus sueños. Y entretanto, desde la barra, el que seguro sería su marido, alzaba monótona la voz exigiéndole que hiciera algo, entre ruido de platos y tazas y olor a cerrado, oprimente como una condena a la perpetuidad.
Al cobrarme, le posé el dinero sobre su mano y se la apreté durante un par de segundos. Sus mejillas se ruborizaron, pero la dejé allí entre sus guisos,  aunque sé que ese simple gesto nunca lo olvidará, y posiblemente en la vejez, su imaginación elaborará historias que llevarán una gran carga de duda y una  mayor tristeza.
Queridos lectores: mi historia comienza a finalizar. Quisiera pedir perdón a todos aquellos que se hayan sentido ofendidos, o a aquellos cuya desilusión frustrada haya expulsado la belleza que creyeron encontrar entre estas páginas, pero la vida no es una bonita historia de cuentos, sino una realidad profana. Mi siguiente capítulo intentará ser el epílogo a una buena parte de mi vida, en la que aprendí sobre todo a sentir.


Capítulo quince.

La carretera pasó a ser mi única compañera, y también mi aliada. Sobre ella rodaron las ruedas de mi automóvil; sobre ella se desgastaron las suelas de mis zapatos; ella fue quien me ofreció las luces de la mañana y las penumbras de la noche cerrada. Fue también artífice quimérica de los más absurdos espejismos, y en sus arcenes, muchas veces me senté tranquilo a reflexionar mientras los recuerdos iban y venían por sí solos. Pero al fondo de todo ello, al final, como si se tratara de la boca de un pozo sobre la que te encaramas, se escuchaban sus aguas, siempre impacientes y amenazantes.
Viajé ya digo, sin prisas, pero sin rumbo también, aunque inconscientemente ansiara encontrarme con lo conocido. Aquí llegaba, y si me gustaba, allí me quedaba. Conocía gentes con las que hablaba, pero siempre encontraba el recelo en la expresión de ellos. ¿Qué hace este hombre solo por aquí perdido? Se preguntarían seguro; y también es cierto que mi carácter había cambiado un tanto, porque en mi fuero interno, no encontraba el lugar donde descansar tranquilo y olvidar mi pasado. ¡Era tan grande mi ansia por renacer, que mi tortura no hacía más que tomar cuerpo en cada día; y cada día me encontraba más perdido! También era sabedor de que esto no se dilataría en perpetuidad, y eso me sofocaba más, porque me sentía como el que es sabedor de los días que le quedan para cumplir la condena. No se puede huir eternamente de uno mismo, y quizá mi peor enemigo lo albergaba mi propia alma.
Al cabo de dos semanas de rotar sobre carreteras que al final me parecían las mismas, como si estuviera dando vueltas sobre círculos concéntricos, me alojé un buen día en una pensión con camas dentro de una pequeña población. Lo regentaba una agradable señora cuya expresión afable era la de la perfecta madre. La limpieza se olía, y su cocina era como para escribir un libro con ella. Siempre sonriente y cantarina y con una palabra cordial y cariñosa a cualquier hora del día. Me gustaba Encarnita y su hogar; me gustaba mucho.
Frente a la ventana, lo primero que divisabas era una estación de servicio, como a cien metros, y más allá la autopista sobre un subiente, debajo del cual,  transcurría la vereda de acceso a esa pequeña aldea. Había entrado allí como de casualidad, en las primeras horas de una tarde de hastío, y aproveché para llenar el depósito con uno de los cuatro únicos surtidores. El dueño de la gasolinera parecía no acostumbrarse bien a la entrada de algún cliente; seguramente que recordaría cada cliente, allí, en esa entelequia hecha realidad sobre la más grande de las arideces.
Felizmente me percaté de la casa de huéspedes, que allí cerca desplegaba tímidamente su cartelito desgastado por el tórrido sol de seguro que muchos veranos. No sé por qué, pero me sentí a gusto con aquel lugar, en medio de todo y en su misma ausencia. Desde que la vi supe que me quedaría algún tiempo; me encontraba cansado de rodar en esa deprimente soledad. Al principio noté también su extrañeza, pero pronto sé que descubrió en mi sonrisa algún atisbo de generosidad en la profundidad de mi alma.
Por la mañana despertaba pronto, con los primeros rayos del sol que caían sobre mi terraza y alegraban desde un principio mi estancia. Abría los cristales de sus puertas y me desperezaba con la vista clavada en cada uno de los habitantes de aquella gran familia: el pastor con sus vacas; el viejo horticultor sobre su pequeña tierra labrada; la tendera sacudiendo el cepillo después de haber barrido su estancia, a cuyos lados de las puertas cubría con frutas o botellas de agua, o bisutería barata, o cestos de panes redondos, bajo un toldo verde envejecido, tanto como todo lo que le rodeaba. ¡Pero tan acogedor; por Dios! Quise creer que ese había sido al fin mi destino soñado; el acomodo para el resto de mi vida; mi lugar de meditación, donde encontrar hasta la paz añorada.
Mi hora preferida era la de la mañana, cuando disfrutaba de sus desayunos; cuando extendía la mantequilla en las tostadas de ese pan esponjoso y recién horneado en su misma casa. El sabor de ese café no podré nunca olvidarlo, y prometo volver algún día, cuando la libertad me lo permita otra vez, para refugiarme para siempre entre un campo de maizales y un par de vacas, y un corral de gallinas. Donde un perro fiel me acompañe y me entienda cada gesto. Allí he de volver, lo prometo, a vivir mis últimos días o meses o años; lo que el destino de la vida me tenga reservado. Allí quiero que me pierda entre cuatro muros de piedra robusta, entre caminos terrosos y maizales altos; entre la lluvia de invierno y las montañas lejanas coronadas de nubes blancas y opacas; donde el azul se degrada y te muestra todos sus tonos. Allí me imaginaba a tu lado, mi eterna quimera tan adorada, vestigio efímero de lo imposible y causa de toda mi desgracia. Y aunque nunca te goce, soñaré que a mi lado te tengo y que de noche me recibieras con un abrazo, enamorada, aunque me consta ya la irrealidad, como ficticia ha sido toda mi vida frustrada y amarga, pero  siempre de sueños y lo que llaman realidad siempre fue superado, aunque en último término ha tendido sin piedad su castigo, cuando ya mis ojos han secado hasta la última de las lágrimas.
La última vez que te vi me heriste el alma, y tu imagen quise que fuera un simple sueño, porque la frialdad que de ellos se escapaba me mataba a cada instante. ¡Claire, no sabes cuánta desgracia almaceno sobre mi espalda!
Suenan los mismos acordes entre los tímpanos de mis oídos, y me trasladan a ese pasado que tan lejano me suena. Llegué a pensar en un principio que tu olor apenas ya percibía y la tristeza me embargaba hasta querer maldecirte; pero aun así te seguía amando, y esperando tu llegada pasaba en la soledad todas mis tardes, y en ese catre creí tenerte a mí lado acostada; rozando distraído con las yemas de mis dedos la almohada como si fuera tu mismo cuerpo, y mis ojos creyendo volver a verte entre la penumbra y recordando aquella torpe tarde en que la locura me arrebató la esperanza. ¿Por qué me has hecho esto, amada; por qué?  Por qué no fuiste tú quien se reclinara sobre mis rodillas y rozaras con tus dedos las teclas de aquel piano. Por qué no sería tu torso el que yo rodeara en esos días de invierno donde el diablo habitó mi alma. Por qué, en definitiva tuve que conocerte, para mi desgracia ¡Y ahora me abandonas como si nada, después de haber sido la causa de mis deseos y de todas mis desdichas! ¡Maldigo mil veces mi vida y acabar con ella quisiera, a no ser porque nunca pierdo la esperanza, y porque sé que si aquí no te tuviera, allí solo encontraré el miedo de la desesperanza eterna! ¡Mi vida; mi vida misma que se escapa como el humo de un cigarrillo entre las manos, y se evapora y se hace nada; se diluye entre mares gigantescos de frías aguas plomizas, para perderse entre la eternidad y lo efímero del mismo infinito cósmico.
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La buena señora no hacía más que hacerse preguntas acerca de mí. Su actitud era objetivamente esa, pues ante todo, lo que ella veía era a un hombre que no parecía tener otro oficio que el de vagar por los alrededores, sentarse a veces en cualquiera de los muretes de piedra que delimitaban cada propiedad, o a lo sumo, escribir -Fue aquí donde comencé torpemente a manchar con los trazos de mi pluma la historia que estoy acabando, después de algún intento fracasado-. Ella no era consciente quizá de que yo a veces era consciente de que me observaba, detrás de la ventana, entre los visillos de alguna de las habitaciones, mirándome intrigada. Un día no pudo aguantar más y decidí explicarle que los escritores somos gente un poco rara, y que necesitamos de esos espacios de soledad para confeccionar nuestra obra. Entonces pareció entenderlo mejor. A sus sesenta años seguramente que habría sido espectadora de algún inquilino extraño, pero no como yo, seguro. Aquello me producía cierta gracia, pero a la vez también ternura: me recordaba a la figura de mi madre, de quien no sabía nada desde hacía años. A medida que escribo esto me siento yo mismo realmente admirado del terrible distanciamiento que se fue tejiendo entre mis padres y yo, aunque bien es verdad que no fue mi entorno el lugar más idóneo como para crear unos lazos de cariño que te lleven a necesitar de ellos; más bien debo decir que el desapego mutuo fue la fuente que primero mamaron mis labios. Me hubiera gustado que no hubiera sido así, e incluso a veces intento encontrar en ello la causa de ciertos aspectos de mi conducta que yo mismo repudio, pero somos lo que hemos heredado y lo que hemos aprendido; no me apetece explayarme más en ello, pues no siento verdadera necesidad de hacerlo, en tanto que las cosas son como se nos presentan,  y nosotros un producto de ellas. Esa es también quizá una razón que me gustaría que llegara a justificar mi marera de proceder con todos aquellos a los que hice sufrir, sobre todo a Virginia, que poco a poco fue tomando notoriedad otra vez en el espacio de mis recuerdos. Había momentos en que me hubiera hecho feliz el hecho de tenerla a mi lado; entonces, mi imaginación volvía a divagar, confeccionando como siempre historias en las que ella se sentaba junto a mí, y yo me arrodillaba enfrente y besaba sus piernas; tomaba sus manos y las acariciaba y besaba también. Entonces me gustaba inventar que de sus ojos escapaban dos riachuelos de amor intenso y verdadero; fiel y desinteresado, y yo posaba mis pulgares sobre sus mejillas y arrastraba tras de ellas esas gotitas de mar, y me agazapaba en su regazo y escuchaba el sonido agitado de su corazón y le imploraba su perdón, en actitud reverente y suplicante.  Es verdad que muchas veces hubiera deseado tenerla a mi lado, y más verdad era que habría dado diez años de mi vida porque el sufrimiento que le propicié, no hubiera ocurrido; me dolía mucho; tanto, que el remordimiento de su recuerdo era muy superior al de los dos crímenes que cometí más tarde. Si soy sincero, lo único que me duele de esto último, no es otro que el sentimiento de desprecio por la ausencia de gratitud por parte de Claire, más tarde.
Pues bien, amigos, aquí pasé cerca de dos meses en los que viví gracias al dinero sucio que me entregó Luigi; había suficiente como para pasar dos años sabáticos.  Aquello también encontraba su espacio en mi conciencia, pero no podía hacer otra cosa, o quizá sí: morirme de hambre y abandonar este mundo, o haberme tirado a cualquier río para acabar cuanto antes.
Por las noches, después de cenar, solíamos compartir el salón para hablar, tomar algo y ver la televisión. Era un momento del día especialmente agradable. La mujer solía contarme episodios de su vida: cuando se casó, los hijos, y luego la desgraciada muerte de su marido por infarto: una noche, al poco de acostarse y aun despiertos, notó que el cuerpo de su pareja dio varias convulsiones fuertes que hicieron que se moviese toda la cama. En el mismo instante encendió la luz y le preguntó qué sucedía, pero él ya no respondió; sus ojos cerrados y su tez relajada reflejaban la imagen final de que la muerte le había segado la vida.
Una de aquellas noches, estando sentados como siempre alrededor de una mesa camilla, me preguntó:
-¿Vas a hacerme algo?
-¿Cómo? –pregunté-. Su rostro era serio pero tranquilo a la vez.
-Te pregunto si me vas a hacer daño.
-¿Por qué habría de hacerte daño? –inquirí con la aplastante seguridad de que por cualquier circunstancia conocía algo de mí. La intuición, como siempre, me llevó a la verdad, pero, a pesar de eso, mis deseos todavía se resistían a tomar en cuenta la evidencia.
-¿Qué has hecho, Alberto?
Su pregunta se clavó en mi corazón como una daga que lo liberara de toda su sangre. Contuve la respiración todavía unos instantes, y creo que mi expresión se tiñó de rojo. Sentí como mis ojos se inundaban. Bajé la mirada y apoyé la barbilla sobre mis manos. No pude evitar que varias de esas lágrimas humedecieran el tapete que cubría la mesa. Ella seguía mirándome, con ternura, eso era lo peor: sentía ternura hacia mí, compasión; incluso amor fraternal, sentimiento compartido, de tal forma que, muchas veces, mientras la observaba, me imaginaba lo diferente que hubiera sido una vida al calor de su seno.
-¿Qué sabes de mí? –pregunté finalmente-.
-Lo que han dicho en las noticias al mediodía; lo repetirán ahora, seguro.
En ese momento creí que toda la sangre de mi cuerpo se hubiera aguado. Un profundo nerviosismo se instaló alrededor de mi pecho circuncidando el corazón. Apenas podía articular palabra; tuve que tomar un vaso de agua para proseguir.
-Es muy largo de contar.
-Bien, tenemos tiempo, si te apetece.
Aquella invitación explicita a la confesión, acabó por derrumbarme, de forma que comencé a dar forma al relato de mi vida, desde que conocí a Gabriel, mi obcecación por Claire y mi adicción a la bebida, con la consecuente pérdida de moral y sentido en la vida.
Decidí no dejar nada en el tintero, pues a medida que hablaba, mi interior parecía sentirse más en paz. Necesité varios pañuelos para enjugar toda la clase de fluidos que expelía mi cara. A veces, el llanto me era tan desbocadamente necesario, que debía interrumpir ampliamente mi oratoria. Ella se acercó hacia mí y me abrazó profundamente, juntando su cara con la mía, aunque yo intentaba evadirla, pues sentía que manchaba con el mío ese rostro inmaculado.
Efectivamente, la primera noticia del día era un tremendo revuelo a nivel nacional, sobre la denuncia interpuesta contra el comisario principal Luigi y toda su presunta red de droga y prostitución, en la que se encontraban implicados personajes de alta talla política. Elena había vuelto a demostrar su inteligencia y su pragmatismo, a la vez que su valentía. Me encontraba ensimismado. Lejos de ir a la primera comisaría o a cualquier puesto o comandancia de la Guardia Civil, había acudido, pistola en mano a la sede central de una conocida televisión privada en Madrid. La noticia había sido una verdadera bomba, en la que seguro que saldrían a la luz nombres de personalidades relevantes. Un juez muy conocido se había interesado por el caso, que se encontraba bajo secreto de sumario. Por lo que contaban, y a raíz de las primeras declaraciones del principal acusado, se buscaba a una persona, cuya fotografía se exponía en cada una de las cadenas de televisión: esa era mi fotografía y mi rostro.
Pasamos buena parte del tiempo callados: yo reposando mi cabeza sobre los brazos, ocultando mi rostro e intentando no oír nada más de lo que se anunciaba, deseando que la noticia pasara pronto, y ella, acariciándome el cabello suavemente. Se levantó a hacer unas infusiones tranquilizantes.
Cuando hube terminado de contarle mi vida, sin ocultar apenas nada salvo detalles crueles de mi conducta con Virginia, o algún que otro pensamiento, me dijo con su reconfortante tono de voz:
-Debes entregarte, pero no aquí; debes ir a Madrid. Aléjate de estos lugares. No puedes seguir huyendo del destino; sabes que te buscan, luego es mejor que no te arriesgues a que te localice nadie más. Este asunto está emponzoñado y siempre habrá alguien que no salga en los papeles. En estos casos nunca suelen llevarse por delante a toda la organización.
Yo callaba. Preferí no hablar más, porque en definitiva, todo estaba hecho; la suerte estaba echada. Tanto ella como yo éramos conscientes de que aquellos eran los últimos momentos que pasábamos juntos. Nos miramos fijamente a los ojos, y sentimos que desde el mismo epicentro de nuestro intelecto nos unía una gran afinidad. Fue aquella la primera y última vez que descubrí su siempre viva juventud albergar en su interior. Pensé que me hubiera hecho feliz tenerla como a una madre, siempre a mi lado, y es que en esos momentos encontré en sus palabras todo el alimento que necesitaba mi espíritu. Estuve incluso a punto de pedirle que me acompañara hasta la misma puerta de la comisaría, y que luego se despidiera de mí para siempre, si quisiera; sentía verdadero miedo. Después de todo lo que había vivido, ahora sentía miedo. La simple idea de sentarme frente a un juez en una vista que me inculpara de los dos asesinatos, me aterraba. La pérdida de libertad era simplemente enterrarme en vida; pero esa era reconocidamente la única opción, una condición irrefutable para por lo menos saldar mis cuentas con la sociedad.
Recogí entonces mis cuatro cosas, desparramadas todas ellas por encima de la mesa: mi paquete de tabaco, mi mechero, la funda de mis gafas y la cartera. Encendí un nuevo cigarrillo, y tras unas caladas profundas, me despedí de ella. Sus ojos se humedecieron también, a pesar de que una suave sonrisa nunca abandono su cara, y se despidió de mí con un conciso “no te aflijas; volveremos a vernos alguna vez si Dios quiere”.
Pero yo no creía en ese Dios; el mismo que, de ser verdadero, nunca habría consentido toda esa marabunta de podredumbre y destrucción que se tejía por cualquier rincón de este planeta. De existir, no permitiría que tantos niños muriesen por enfermedades, hambre o cualquier clase de penuria, incluida las bélicas; ese Dios no consentiría que tantas almas nobles padecieran en esta su única vida. Por tanto, aquel deseo se me escapaba de las manos, como quien intenta apresar a un pez entre las aguas. Sentía la necesidad de tener fe, porque en este momento era consciente de mi fragilidad, pero mis convicciones me eran tan irrefutables y sólidas como rocas, de forma que, antes de degustar la necesidad de creer, se escapaba, sin darme la oportunidad de forjar una base, aunque fuera engañosa. ¡Que insufrible parece la vida en esa situación de soledad, por ello es entendible la necesidad antropológica e innata de encontrar el amparo en un Dios, en cualquiera de las culturas y en cualquiera los tiempos: por ello en cada época histórica el ser humano había necesitado construir un Dios a su imagen y semejanza y a la medida de sus necesidades!
En la radio del coche sonaba “El Cisne”, del “Carnaval de los Animales” de Saint-Saens, notas que se quedaron grabadas en mi subconsciente a fuego, y que ahora, a veces pido que lo pongan en los altavoces, de vez en cuando.
Tomé la carretera, con tranquilidad, pero esta vez el sabor dulce de la libertad se tornó tan amargo como el de quien se dispone a subir los primeros peldaños del cadalso. Pensé en Claire y la encontré tan inaccesible, que su recuerdo era ya un espejismo solo; a pesar de eso, tenía la seguridad de que algún día volveríamos a pisar la misma baldosa en un mismo espacio de tiempo; era una seguridad, o tan solo un deseo, pero en eso consistía mi única fe en ese momento y en este mundo; en aquello que nacía de mis anhelos.
Cerca ya de Madrid, junto a una clásica ciudad dormitorio, tuve que repostar, y encontré en el encargado del surtidor la persona  idónea para preguntarle acerca de algún lugar de alterne. El tipo, en un principio me miró desconfiado, hasta que le hice una representación muy creíble sobre mi pertenencia a una organización, que rescatábamos personas de ese tipo para la sociedad. Entonces, aun con cierto recelo, me indicó el lugar en plena calle donde podía encontrarlas.
La noche era ya avanzada, entrada la madrugada, por lo que me costó bastante localizarlas. Se mostraban en algunas glorietas de un polígono industrial mayor que muchas ciudades. Según pasaba lentamente con el coche me sonreían, entre las tinieblas de las luces mortecinas de las farolas. Iban medio desnudas, y por sus gestos harían creer a cualquiera que se encontraban allí por decisión propia, pero yo conocía bien ese mundo y sabía que la mayor parte de ellas eran esclavas de su propio infortunio. La idea preconcebida que llevaba en la mente me inclinó a elegir a una de ellas, a la que subí al coche; era casi una niña todavía, y cuando digo eso me refiero a que posiblemente no tendría los veinte años cumplidos.
Observé no muy lejos de allí algún automóvil con alguien en su interior, que posiblemente estaría vigilándolas. La chica comenzó a fingir esbozando una amplia sonrisa, e inmediatamente pregunto “¿Dónde lo hacemos?” con un leve acento del este de Europa, sacó un preservativo de su bolso.
-Donde suelas hacerlo siempre –contesté-
-Podemos ir un poco más arriba, entre esos dos edificios.
Estábamos en una calle principal, y aquellos edificios a los que se refería eran como dos naves que se metían un poco en el interior de un vericueto de callejuelas en la penumbra.
-Está bien; vamos allá –dije-.
Inmediatamente después de apagar el motor me preguntó qué quería hacer; casi mecánicamente. Le dije que quería un completo. Me sonrió, aunque en su gesto pude ver cierta desconfianza cuando miró de reojo hacia el exterior. Acto seguido llevó sus manos al cinturón de mi pantalón, pero yo se las tomé con la más grande ternura que habría sentido nunca.
-Quiero un completo; un completo es solo un abrazo –dije mirándola a los ojos. Aquello acabó por hacer crecer sus recelos hasta los límites máximos. Volvió a mirar nerviosa a través del cristal trasero del automóvil-.
-No temas; solo quiero estar un rato contigo; hablar o simplemente abrazarte y acariciarte la cara –su perplejidad era absoluta; no sabía cómo reaccionar. Seguramente que por su mente se cruzó la idea de que estaba ante un loco, y que había tenido la desgracia de haber sido elegida por él. Toqué sus manos; las cogí y recogí entre las mías y las besé con tanto cariño como quería para mí mismo. No aparté en ningún momento mi mirada de la suya, temerosa y enrojecida por el miedo. Dejó que hiciera a mi capricho, pero bajaba la mirada sin saber dónde posarla; en otros momentos me sonreía, guiada por atisbos o brotes de animosidad, pero temblorosa.
-¿Cómo te llamas? –le pregunté. Me dijo su nombre, aunque lo olvidé al momento, quizá porque pensé que seguramente se trataba de un nombre ficticio, como ficticia era toda su vida e incluso la mía. Tomé su cara con ambas manos y le besé las mejillas, posando mis labios sobre ellas, con una ternura que no había expresado con nadie en mi vida. Recogí su pequeño flequillo y seguí besándola; después la abracé, sintiendo su cuerpo desnudo rozar mis ropas. Cerré los ojos y besé su pelo perfumado con la esencia de la juventud-.
-Si quieres salir de esto vente conmigo –le expresé, sintiendo como de mis ojos brotaban lágrimas. Me miró algo más confiada, pero sin saber que decir. Pasamos callados un par de minutos eternos para ella.
-No puedo ir a ningún lado –me dijo al fin-.
-Sí puedes, si quieres; yo te protegeré. No te faltará de nada y podrás rehacer tu vida.
-No puedo –volvió a decir sin ocultar algún miedo que ahora parecía provenir del exterior; miró a través de los cristales otra vez, y entonces se expresó la niña que había en su interior-. ¿No puedo fiarme de usted; esto es una locura; déjeme, por favor -.
-No me llames de usted. Yo no necesito el “usted” para sentirme respetado.
-Me están vigilando seguro.
-Te vigilan, lo sé, pero podemos salir de aquí ahora y marchar a algún lugar donde no nos encuentren. Ahora estamos solos. Yo nunca te abandonaré; sal de este mundo y comienza una nueva vida; esta oportunidad no la encuentran todas las personas.
-Usted me da miedo –pronunció por último, pero envuelta en el deseo de que aquello pudiera ser verdad; no me cabía duda. Por ello, en aquel momento aproveché ese instante de duda reflejado en su semblante. Tomé su mano y la estreché con fuerza. Acto seguido arranqué y salimos de allí sin ser vistos por nadie; la soledad era total y seguramente que quien controlaba sus pasos no debería encontrarse muy despierto a esas horas. Tomamos la autopista y viajamos, sintiendo como sentía su desconcierto y su justificado recelo. Como era consciente de todo ello, no dejé en todo el camino de hacerle creíbles mis sentimientos y de arroparla y llenarla de nuevas perspectivas para su vida. Sabía que había encontrado en ella a una de entre otras muchas personas que se merecen una oportunidad y mi objetivo en ese momento era comenzar por ello. Con mi ayuda reportaba la suya de igual manera. Durante el trayecto el diálogo pareció ir abriendo su espíritu, de tal forma que conocí la tragedia de su corta vida; una más entre todas las que había tenido la oportunidad de conocer. Se llama Clara, pero yo la llamo Claire.

Epílogo


En este momento me encuentro a la espera de que se celebre mi juicio. Estoy feliz. Han pasado quince meses desde que me presenté en comisaría, después de haber pasado unos días con Claire en los cuales alquilé un viejo apartamento para ella. El dinero que me entregó Luigi lo deposité en sus manos y con ello lleva viviendo durante todo este tiempo; de momento ha sido suficiente, y lo será hasta que publique la siguiente novela que tengo preparada para una última revisión. Recibí varias visitas: Virginia fue la primera. En su rostro se mostraba el lejano desengaño, pero también su eterno cariño. Sentí lástima por ella, aunque más aun por mí mismo, por no haber sabido valorar lo mucho que hizo por mí, y por haber actuado con ella con toda la crueldad digna del más despreciable de los seres; no le merecía como ser humano ni como amante. En mi memoria ha pasado a ser la única mujer de mi vida, y en injusta correspondencia a la que peor trato di. Cuando vino a verme, a través de esos cristales sucios enrejados, lamenté no poder tocar sus manos; mis ojos no dejaron de mirar los suyos –aun cuando bajaba la mirada algunas veces-, y sé que mi expresión fue certera y transparente. No cejé en decirle lo mucho que la apreciaba y cuán grande era mi arrepentimiento y mi cariño hacia ella. Sé que me creyó, porque nunca había descubierto esa parte de mí, que permaneció muerta durante el tiempo que compartí con ella. Si pudiera volver al pasado con alguien, lo compartiría con ella; pero ella rehízo su vida y ahora tiene dos hermosos hijos cuyas fotografías pude ver. La deseo tanto bien, que si pudiera perdería mi misma vida por conseguirlo. Prometimos vernos algún día cuando esto acabara, aunque para ello deban pasar todavía años.
Claire; la gran quimera de mi estúpida juventud, mi amor soñado, mi deseo desbocado; mi pasión cegada; la escultural Claire, cuyo cuerpo era puro germen de vida y feminidad; centro cegador y explosión arrebatadora como nunca volví a ver en mi vida, ella; el inigualable e irrepetible ejemplo de sensualidad femenina, en cuya fuente hubiera bebido el veneno de la pasión hasta la muerte, me visitó al poco de entrar en prisión, y me presentó a su pareja ¡Estúpido de mí! Buen chico será, pero apenas me miró siquiera, y cuando lo hizo su mirada transmitía rechazo y susceptibilidad. La noté muy mejorada; volví a reconocer ciertos aspectos de su juventud, aunque nunca volverá a ser la misma. Tanta belleza acumuló entre sus rasgos, como decepción me dejó con su marcha. Espero que sea feliz, lo deseo a pesar de que no he vuelto a verla más.
Elena viene a menudo acompañando a mi abogado. Hacen buena pareja y creo que hay algo entre los dos; lo noto; eso a mí no se me oculta. Ella fue quien primero citó mi nombre cuando el juez se hizo cargo del asunto. Creo que le debo la vida porque, aunque nunca se suele apresar a toda una organización, sí se sentaron ante el banquillo una buena parte de ellos; aunque no volví a ver a ninguno de los que tuve oportunidad de conocer. La admiro y deseo que no dejemos de vernos nunca.
Por cierto que, en uno de los reportajes televisivos reconocí el local en donde volví a ver a Claire; fue emocionante recordar todo aquello, como emocionante y valiente por mi parte ha sido escribir estas líneas cuyo fin está cerca; emocionante y valiente, no por otra circunstancia sino porque cada frase me ha abierto una herida infectada que debía curar, y creo que lo he conseguido.
Pero tengo reservado para el final lo que me da la vida, y esa no es otra que Clara, mi verdadera Claire, en donde he vuelto a depositar toda la pasión y la ilusión por la vida. La veo tantas veces como nos dejan y cada vez que lo hacemos más grande es nuestro amor. Ella ha hecho que la juventud renazca en mis entrañas como si hubiera estado únicamente aletargada.
En un principio rechacé el hecho de que germinara otro sentimiento hacia ella, que no fuera puramente el paternal, pero el tiempo escribió sus propias líneas y no pude permanecer ajeno a su encanto: Claire es sensual y afectiva a la vez, tierna y voluptuosa. No me importa que sea catorce años más joven que yo, todo lo contrario: su juventud me ha devuelto la mía, de tal forma que actúo como si tuviéramos la misma edad y eso me hace sentir que no he malgastado tantos años de mi vida.
Permítanme que esta última parte de mi historia sea tal cual; cercana, simple y sincera. Pido una vez más perdón si he molestado a alguno de mis lectores, pero este relato ha sido un ejercicio de limpieza interior, una confesión pura; una deuda para con todos vosotros. Mis próximas novelas serán eso, novelas, pero esta no; esta ha sido la historia de mi vida. Es extraño que aun así sienta nostalgia de muchos episodios de mi pasado, a pesar de que otros los hubiera borrado de un plumazo: quitarles la vida a esos dos seres inmundos no me ha dejado remordimiento alguno; me lo dejó la actitud de Claire –la primera, aunque no la principal, desde luego sí la más ingrata. Pero creo firmemente que la vida nos lleva de un lado al otro sin remisión posible, y a mí me llevó hacia mi verdadera Claire, la chica que tanto deseo tener a mi lado y que tanto amor vuelca en mí con cada palabra, con cada gesto, y sobre todo con cada mirada, algo que tanta importancia tiene para mí, como espejo fiel del interior del alma. ¡Claire, mi vida, creo no haber querido a nadie con tanta pasión como a ti!
Nota del Editor:
Por motivos de seguridad se ha ocultado el verdadero nombre del autor de estas líneas, aun en su terquedad por hacer frente a cualquier eventualidad que pudiera ocasionar la narración de las mismas.
“Alberto” está a punto de concluir su condena –que se redujo a doce años, por las circunstancias en las que tuvo lugar y por el evidente buen comportamiento que ha tenido durante la misma. Como personaje público, quiero decir que tuvo “su momento de gloria”, aunque fue tan efímero que rápidamente pasó al olvido  para bien suyo y le mantuvo en el anonimato durante muchos años. Pero yo siempre aposté por él, y les puedo asegurar que nadie más lo hizo. Trabajé en la editorial donde publicó en sus buenos tiempos y con los años comencé la labor de hacer realidad el sueño de tener mi propia firma. Es en esta incipiente aventura en la que nos hemos embarcado los dos, con toda la ilusión por recorrer un nuevo camino lleno de buenas vibraciones. A pesar de lo mucho que me costó seguirle el rastro y de que la vida nos distanció durante un buen tiempo, logré dar con él –algo de lo que me siento orgulloso-, para emprender una nueva etapa en nuestras vidas.
Mi recorrido por buena parte del mundo, me ha alentado en el proyecto de sacar a la luz muchas de esas circunstancias -adversas en muchos casos, pero otras de una intensidad humana tan profunda, que son las que de verdad han dado sentido a mi vida-. De igual manera, aunque por hechos muy distintos, la vida de nuestro protagonista divagó entre esferas de aguas estremecedoras y vientos adversos e incontrolables, pero que por fin tendieron un camino ilusionante a la vez. Su vida y su ambigua personalidad, seguro se encuentra entre los hechos más  curiosos que muchos de ustedes hayan leído, y es por eso por lo que le alenté a que iniciara la narración de los mismos, porque, muchas veces, cuando iba a visitarle la escuchaba de sus labios. Debo decir claramente que nuestra amistad no es casual, como casual tampoco fue nuestro primer encuentro; ni lo fue encontrar a su verdadera Claire, porque en la vida la casualidad no se trenza más que de causas; pequeñas causas que pasan inadvertidas para nuestros propios ojos, y que solo en la templanza de las horas de profunda introspección podemos reconocer tan mágicas como reales.
Nada más me queda que dar las gracias a todos aquellos que hayan leído esta historia, que no es sino la vida de un hombre para quien la juventud, el alcohol y el poder del sexo opuesto fueron las riendas de su vida, pero sin olvidar que, a pesar de su ya mencionada ambigüedad, supo corregir valientemente para el bien de su propia vida. Bueno, eso al menos pienso yo.

J. Martín.