miércoles, 18 de febrero de 2015

CLAIRE. (NUEVA EDICION) Capítulo primero

 Claire. (NUEVA EDICION)



RELATO: Claire.
Preambulo: La niña y la lamparilla.

Mi nombre es Alberto y la historia que voy a contar me ocurrió hace años, en mi querida Barcelona, aquella cuya luz puede brillar con la transparencia y la nitidez de los colores primarios, como que se oculta entre la neblina de algunas mañanas brumosas que traen para sí olores de mar y sal y lo inundan todo hasta el más pequeño de los rinconcitos, plateando con la humedad del rocío los guijarros de las pocas calles empedradas que aún nos quedan.
Esos tonos acerados del atardecer sobre el asfalto van cubriéndolo con una suave pátina pulida que se ve confusa en el anochecer, cuando las farolas emiten su reflejo entre sus múltiples matices cromados y tendentes al grisáceo. Es entonces cuando el ruido va abriendo espacios e invita a sentarse en cualquier banco frente al mar. De ahí en adelante cada cual es dueño de su ensueño.
Entre una de esas calles solía pasear yo hace años, testigo mudo de mi desazón, pero con la juventud todavía palpitante entre mis manos, y sus deseos, y sus anhelos e ilusiones. Entre esas calles siempre recordará mi mente una niña que por Gloria pusieron, mirar abstraída hacia el cielo; y no es al cielo adonde miraba, pues siendo niña en ella misma lo hubiera encontrado, sino a una pequeña lamparilla verde que arriba de unas vigas colgaba, bordeada toda ella de ribetes cromados. Muchas veces he recordado la imagen de la niña y la lamparilla y tantas otras las he intentado inmortalizar, pero hasta hoy no me he atrevido, quizás porque intrínsecamente siempre he querido tenerla solo para mi, celoso de compartir un espectáculo tan sencillo y tierno a la vez, pero tan mío. Me pregunto qué será de esa preciosa niña y si algún día los albures de la vida me harán volver a verla... Seguro que seguirá mirando a esa su lamparita de cristales verdes que pendía con el viento y exhalaba brillos cadenciosos, acicate para su imaginación.
Pero mi historia es mucho más profana que todo esto, si bien es en esas calles por donde me movía en aquella etapa de mi vida, y fue el día que le conocí uno de esos que podemos denominar como aciagos. Allí, en el cajero de mi banco habitual y a deshoras de la ya noche. Parece ser que me había estado observando durante algunos momentos antes de introducir la tarjeta en el cajero, un sábado por la noche. Lo cierto es que un individuo al que no pude identificar, me empujó violentamente y me arrancó de facto los billetes de la mano, todo esto en décimas de segundo. Pero hete aquí que Gabriel (así es como se llama el personaje que pronto presentaré y describiré siquiera de manera sucinta) se encontraba a escasos metros recogiendo unas pinturas que exponía sobre el suelo y, sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre él y lienzo en mano le atizó en toda la cabeza, de tal forma -eso fue lo que vi-, que el ladrón cayó de bruces sobre el pavimento mojado y como quien ve al mismo diablo, salió corriendo por el callejón contiguo hasta perderse entre el tamizado de la noche.


Claire. Capítulo primero.

No mal he utilizado la expresión "como quien ve al diablo", mas esta no quiere hacer alusión tanto a la fealdad de su cara como a la variopinta apariencia que sus ropajes le conferían y, que por ende le otorgaban un aspecto más que sospechoso, una especie de, si no diablo, si ángel expulsado por indecoroso.
Todo sucedió tan rápido que no atendí a otras mas que a agradecer lo que a todas luces había sido un acto no muy estandarizado en nuestros días. Lo cierto es que al poco estábamos tomando una cerveza en el bar de la esquina.
No debo dejar escapar que desde un primer momento esto me producía cierta suspicacia. Llegué incluso a dudar de él en los primeros momentos y evidentemente, mi sospecha hacía elucubrar toda clase de susceptibilidades de co-autoría, pero, mientras todo esto maquinaba mi cabeza y él no dejaba de hablar, la simple retrospección mental de los hechos no dejaban lugar a la duda.
Por descontado que estaba ante un tipo "diferente" -por llamarlo de alguna forma-. Según entramos en la taberna pidió "lo de siempre" y el camarero, mirándole con una ceja más alta que la otra le inquirió de no muy buenas formas prorrumpiendo en un "¿qué es lo de siempre?". Claramente mis ojos pasaron de contar baldosas a la cara del camarero para ir a finalizar en la de "mi ángel guardián", deseando que todo fuera nada mas que un chiste tonto.
-¡Bourbon, por favor! pidió a gritos mientras se dirigía hacia una de las mesas del fondo, donde se sentó tras dejar todos sus embalajes, telas, trapos y pinceles. 
-Una cerveza para mi.. y me cobra - acerté a matizar por mi parte -.
Allí al fondo, sobre una mesa de madera, a la luz tenue de una lamparilla (que envidiaba otras que gozaban de la frescura que otorga la libertad de las calles y que para mayores eran admiradas por una linda chiquilla, que un día llegaría a plasmar con pinceles un onírico mundo de belleza nunca antes imaginada), a la luz de esa lamparilla que sin duda también fue espectadora de mejores tiempos, allí comenzó nuestra amistad.
El tipo hablaba mejor que pintaba, a tenor de lo que pude observar en sus lienzos, y no dejó de hacerlo hasta que, bien entrada la noche, nuestro mencionado camarero apagó la luz. Para entonces él llevaba más de cuatro whiskies y yo otras tantas cervezas. Decía ser " triconomásico", una especie de alteración visual que padece un tanto por ciento muy reducido de la población y que, consiste en una debilidad para distinguir entre ciertos colores (de ahí la paleta empleada en sus obras). Días mas tarde supe que odiaba el Bourbon por si solo, pero que mezclado con uno de esos cigarrillos con forma de trompetilla -que liaba pacientemente-, le otorgaban un placer sensitivo cercano a los paroxismos de la ingravidez.
Bien, reunidos hasta aquí estos exiguos datos relatados, ya pueden comenzar a darse cuenta del asunto y la situación que se me planteaba.Nada explicaría lo que a continuación ocurrió: yo era desde luego dueño de mi vida, pero lo cierto es que estaba pasando por delicados momentos económicos y necesitaba cualquier ayuda. Por otro lado estaba ante la coyuntura y la necesidad de corresponder con otro noble gesto a la sugerencia que salio de sus labios:
-¿Sería mucho pedir que pasara esta noche bajo techo?
¡Qué podría haber dicho si no! Lo cierto es que proferí un tímido y mecánico asentimiento, ¡sin saber apenas si era yo mismo el que hablaba!
Efectivamente, no supe qué otra cosa decir mas que dejarme llevar por la gratitud para con una persona que había de alguna forma puesto en peligro su vida, amén de ahorrarme la pérdida del dinero que iba a emplear en un nuevo portátil con el que seguir trabajando en el diario gratuito, donde comenzaba a proyectar mis primeros pasos como periodista. 
Salvo algunas excentricidades que no me afectaban o molestaban de manera desmedida, no distinguí en un principio nada sospechoso en su personalidad que fuera causa para mantenerme receloso. Muy al contrario, su interior albergaba una naturaleza cándida y noble que se escapaba a través de sus ojos. Por cierto que en esto quiero incidir brevemente siquiera en análisis privado y, siempre como resultado de la observación particular: Cuestión para mi de vital importancia es el mensaje que resulta de la mirada, del iris, de la expresión misma en el rictus que circunvala todo el globo ocular; siempre he considerado este como una ventana del alma que conecta con la percepción del que te observa y así lo he tenido en cuenta y así también he procurado controlarlo en toda medida, teniendo presente que el observador, el interlocutor, recibe múltiple información tuya a todos los niveles, materia ingente que se deposita en el entramado neuronal y que va desplegando ulteriormente datos, que ya de manera reflexiva metabolizamos en la calma, cuando nuestro cerebro conecta con ese nivel  de la meditación. ¡Ay, amigos, me pregunto qué ocurrirá durante el sueño, ya sea inducido o no, durante esos niveles más profundos de nuestro puente entre lo físico y el alma, ese oscuro túnel que va desde lo percibido como real a lo imaginado, y si lo imaginado persistirá a la vida como tal la concebimos! Pero esas serán tareas sobre las que meditar posteriormente; disculpen por esta extraña divagación que quizá pudiera parecer no venir a cuento y que sigue senderos un tanto delicados por conectar dos estados completamente equidistantes a la realidad de la misma vida en su totalidad. Empero, tendremos ocasión de refrendar sobre la acertada alusión a estos conceptos, si procediera.
Después de otra breve charla en la que me informó de la muerte de sus padres, no hacía mucho tiempo, en un viaje en barco por el Ártico Noruego -y cuyo recorte de prensa pude leer de sus propias manos-, decidimos distribuir nuestro espacio en el apartamento. Tuvo a bien pasar la noche en un arcón que llevaba tiempo arrinconado en el salón. Mientras lo abría daba la sensación de haber renacido a sí mismo; de hecho toda su energía parecía exhalar luminosidad hacia el exterior. Llegué a percibir su felicidad e incluso logró contagiármela. Tomó una ducha, estrechó mis manos y, agradecido, se tumbó todo él a lo largo, sacando los pies más allá de donde cubrían las mantas. Yo por mi parte me encerré en la habitación, junto a mi dolor de cabeza y un apreciable vahído, cerrando no obstante la puerta en previsión de sobresaltos inesperados.
Tardé bastante tiempo en conciliar el sueño, sin duda motivado por esa sensación que experimentamos aquellos que no estamos acostumbrados a tal profusión de alcohol en nuestras venas. La noche era agradablemente fresca y decidí abrir la ventana, que da a un patio interior. Tuve tiempo de pensar en tanto, que al final se me agolparon las penas, incertidumbres y toda clase de sombras de la noche. Creo que no me dormí hasta bien entrada la madrugada, aunque no puedo decir lo mismo de mi invitado, quien comenzó a roncar al poco. 
El lado positivo vino por la mañana cuando el agradable olor a café despertó mis sentidos. Efectivamente, tenía el desayuno preparado, y no me lo llevó a la cama porque la puerta estaba convenientemente cerrada, como ya he mencionado.
"Buenos días" fue todo lo que acerté a decir mientras me crinaba el cabello con los dedos y expelía cierto sonido de complacencia no exento de sorpresa o estupor. -" veo que no te ha sido difícil encontrar todo", pensé-.
Pero él no parecía darse por enterado en estas u otras circunstancias de gestos o matices por mi parte, ni en estas ni en otras muchas ocasiones y, digo tantas, porque pasó de ser mi huésped de una noche hasta el día de hoy, en perfecta sincronía y equidad a todos los niveles, también en el económico.
Ustedes se preguntarán, tanto de buena fé como si en el fondo aciertan a distinguir la siempre estúpida ingenuidad que me caracteriza, cómo es que lo que iba a ser una noche se convirtió en un estado indefinido. Es posible que todo forme parte de la magia de la palabra y el entendimiento. No es que yo le indujera a ello, pero el día finalizaba y ya nos conocíamos mejor: el con sus proyectos en el mundo del arte (algo sobre lo cual no puedo decir que tuviera grandes expectativas) y yo con los míos en el campo del periodismo (donde las expectativas podríamos calificarlas de huérfanas de momento) De modo que, teniendo un alquiler que abonar, que cada vez se me hacía más difícil, un poco de soledad también y, bueno..esa imagen suya de indefensión cuando se despidió en el rellano de las escaleras. Todo ello fue más que suficiente para que yo me negara a dejarle marchar y el se negara a marcharse.
Era Gabriel un tipo enjuto, de rasgos bien marcados y dorados por el aire y el sol. Su pelo caía a media melena, ondulada, ocultándole media frente. Fibroso de cuerpo, lucía unas proporciones casi perfectas: su nariz recta y alargada guardaba simetría adecuada con las otras partes de su cara; cejas de suave curva, medianamente pobladas y ojos rasgados, con la comisura exterior formando un cálido pliegue que nacía dotándole de un agradecido espacio para esos ojos verdes bronce implacables, penetrantes, de mirada profunda, que parecían escudriñar la tuya, pero sincera. Todo ello no era más que la traducción de su propio carácter: duro y afable a la vez; noble y desprendido, llano, creíble.
Sin embargo era el mío suspicaz, quien como siempre intentaba escrutar en lo obvio, en lo plausible si se quiere. Mi perfil aquel del que se percibe o cree ver sombras en lo llano y sencillo. Tal era mi afectación, que al poco de conocerle cambié mi postura y hallé en mis recelos ciertos aspectos que me son difíciles de expresar pero que me hacían percibir algo profundamente intrigante, una especie de desasosiego. Deseaba saber más de su pasado, pero él parecía pasar de soslayo por su anterior vida. Lo máximo que lograba sonsacarle, cuando a propósito de esta intención última comentaba ciertos recuerdos desagradables de mi niñez, era su resolución implacable de pensar que todos debemos borrar de nuestro consciente el lastre de aquello que no permita resolver libremente el presente.
Cierta vez le descubrí escribiendo en un pequeño cuaderno de tapas forradas. Fue una noche que desperté con una terrible sed, al pasar por el salón, camino de la nevera. Tuve la impresión de que intentó ocultarla de manera instintiva. Yo por mi parte actué como quien no observa, pero la verdad es que posteriormente este hecho incentivó mi curiosidad, de modo que cuando él no estaba en el apartamento, revolvía con cuidado su espacio y sus pertenencias con la intención de hallarla. No fue fácil dar con ella -eso ocurrió mas adelante- y lo que descubrí ya lo mencionaré en su momento, cuando vuelva a revivir aquellos episodios.
Pemítanme reiterarme en la observación de lo agradable de nuestra convivencia: cada uno dedicaba el tiempo a sus actividades: yo escribía durante toda la mañana mi columna para el diario gratuito, intentando que mis expectativas profesionales cambiaran su contingencia, asistía a reuniones y entrevistas de trabajo etc. En mi tiempo libre paseaba o dedicaba las tardes a la lectura de mis grandes autores predilectos, tanto de literatura de viaje como en el campo del periodismo de guerra. Él por su parte se las ingenió para montar un pequeño estudio de pintura, en la terraza acristalada que daba a un pequeño parquecillo, donde sobre todo las madres llevaban a sus hijos entre oleadas de polvo seco. El olor de las pinturas y disolventes que empleaba era lo suficientemente fuerte como para que inundase la estancia interior, pero finalmente llegué a acostumbrarme y, a pesar de la inusual mezcla de colores que utilizaba, con el tiempo comencé a apreciar y valorar positivamente sus trabajos. Gustaba recrearse en las marinas: barcos surcando mares violentos, donde olas gigantescas se esforzaban por atraparlos, como grandes garras, a babor o estribor; obenques y crucetas destrozadas, velas rasgadas a jirones; niebla que se mezclaba entre los rostros aterrorizados de la tripulación, proas vencidas como a punto de sumergirse en las profundidades de mares acerados y espumosos. Confieso que alguna de ellas llegó incluso a transportarme como por hipnosis a esos lugares y sin darme cuenta, pasaba mucho tiempo observándole, desde el interior, mientras ojeaba alguno de mis libros. Y es que su labor comenzó a parecerme hechizante. Su nivel de concentración era digna de análisis: tomaba la paleta con su mano izquierda, el pincel con la derecha y un cigarrillo que se consumía por si solo en la boca, acercándose al lienzo hasta rozarlo con la nariz, retirándose mas tarde varios pasos atrás con la intención de visionar el conjunto, cerrar los ojos o arquear la cabeza, casi bailar otras veces en torno al caballete, dejar dos minutos todo en el suelo, asomarse a la barandilla de la terraza y volver a escrutar el conjunto, y así una y otra vez de manera incansable durante horas. Creo que comencé a envidiar su exquisito mundo interior, que le hacía olvidar todo lo que acontecía a su alrededor. Sus obras iban poco a poco tomando cuerpo, tanto como mis deseos de encontrar, o mi decepción por no hallar algo similar en mi vida profesional.
Su prolífica obra comenzaba a inundar todos los rincones de la terraza. Normalmente disponía de dos bastidores que el mismo había confeccionado. En uno trabajaba mientras que el otro sujetaba otra obra en proceso de secado, en la que normalmente también trabajaba, de manera que iba alternando uno y otro. Finalmente, cuando daba alguno por terminado, arrancaba las grapas que lo sujetaban y lo dejaba secar durante días en una pizarra de corcho que colgó de la pared. Inmediatamente que se había producido el secado necesario, los introducía dentro de una voluminosa carpeta de cartón y retomaba otra tela que previamente cortaba él mismo. Para que su gasto no fuera excesivo, siempre utilizaba materiales económicos: telas enteras como sábanas, pinturas para escolares, pinceles que aguantaban mal las embestidas etc. En definitiva, observarle hacer todo esto me producía un raro sentimiento de complacencia que iba camino de ser dependencia.
Conseguí encontrar un lugar en la redacción del diario para colgar sus pinturas, de forma que llegó a vender alguna de ellas. Los compañeros que las observaban, siempre me expresaban encontrar en ellas un remanente excesivo de desolación, de opresión, que en cierta forma echaba atrás a muchos pero que cautivaba a otros. Le comuniqué esa impresión tan sutilmente como fui capaz, pero él, sin aparentar prestar atención, seguía plasmando sobre el lienzo aquello que se le antojaba, o quizás atormentaba.
Un buen día por el contrario me sorprendió en ese aspecto. Al regresar del trabajo, me encontré con la sorpresa de tener a alguien que no esperaba en mi casa. ¡Y puedo jurar que quedé mudo durante varios segundos al observar a la modelo completamente desnuda que, tumbada sobre el sofá desplegaba para nuestra delectación la mayor belleza que jamás hubiera soñado! Perdónenme a partir de ahora si no soy capaz de contener siquiera un poco la efusión que guardo en mis entrañas, perdónenme.
Clamaría al cielo eternamente repitiendo una y otra vez lo preciosa que era, tanto que pensé que no fuera real. Quedé paralizado seguramente durante sólo unos instantes, pero en mi mente fue eterno, porque una y mil veces venía a mi memoria o quizá no la abandonara nunca, de forma que llegó a convertirse en una obsesión.
Estaba allí en el diván, tumbada a lo largo, con la cabeza flexionada y uno de sus brazos recogiendo su melena dorada de suaves curvas ondulantes; impulsivamente mi mirada se dirigió a sus grandes pechos nacarados y tersos, rebosantes de juventud y vida; su vientre de ligeras y suaves curvas se me antojó delicioso en forma desmedida, sentí ganas de besarlo mil veces, de apoyar mi cabeza sobre ella y aspirar sus efluvios como vampiro que necesita parasitar para seguir viviendo; y esos pies pequeñitos, de dedos angulosos, vestidos por unos bonitos zapatos de afilado tacón . Deseé también besarlos y beber de ellos un veneno amnésico que me hiciera borrarla de inmediato.
Y Gabriel impasible frente al lienzo, dirigiendo su vista de manera fugaz de la tela a la modelo, a impulsos eléctricos, trazando con el carboncillo como un poseso, sin parar, proveyendo aquí y allí mil trazos como imbuido por el espíritu de un paranoico.., y ella, y su sonrisa, mirándome; sus labios grandes y carnosos, y esa comisura que dulcemente daba paso a unos molletes rosáceos, y mi corazón que más que palpitar cabalgaba por momentos, y mi respiración entrecortada, y su "hola" musicado, y mis manos temblorosas, y mi garganta áspera y sedienta de fluidos, y mi boca que no acertaba expeler palabra alguna... 
Sólo acerté a sonreír tímidamente y, alzando la mano me dirigí a mi cuarto. Intenté abrir la puerta pero regresé tras lo andado con la torpeza de mis ebrios pasos; me acerqué al caballete y observé lo dibujado y pensé en la estupidez que plasmaba el pintor entre trazos inconexos, allí donde mis sentidos veían lo más deseado que hubiera podido imaginar en mis más descabellados sueños.
Ganas me dieron de tirar al pintor y su lienzo por la terraza y así quedarme a solas con ella. Besarle la boca, acariciarle el pelo, dejar que mis labios se deslizaran por los suyos y perderme en cada vericueto de su cuerpo; abrazarla toda ella y sentir su calor, su olor, y empaparme de cada hormona y fusionarlas con las mías, pero al final acabé por confinarme en mi habitación, dejándome caer sobre el suelo, y disfrutar de ella en la soledad, mientras escuchaba las risas y bromas de ambos.
Si bien no me sentí con ánimos de reprocharle nada -tampoco tenía muchos argumentos que siquiera me convencieran a mi mismo-, sí acertó a adivinar que en un principio no me había gustado la presencia de una tercera persona; mas que otra cosa era algo así como una especie de farsa que me veía obligado a dramatizar, con la excusa de que no se me llenara la casa de gente desconocida, aunque ya se pueden hacer a la idea de que estaba encantado con la presencia de esa mujer de salvaje belleza. Evidentemente, tomé como argumento que aquel era mi apartamento y el hecho de que compartiéramos gastos no significaba que se viera con derecho de llevar a quien quisiera; por lo menos -le hice saber-, debería comentármelo antes. De manera que, como descubrió en mí un trato un poco más distanciado y seco, a la mañana siguiente fue motivo de charla. Yo personalmente solo le hice notar esa apreciación que he expuesto antes. Al final, sin mayores incidentes, bromeé acerca de lo terriblemente hermosa que era; sin embargo, cuando le pregunté quien era, su respuesta no me satisfizo en ningún modo "una amiga".
Pasé todo el día pensando en ella, en lo bonita que era, en su sonrisa, en su piel inmaculada, tersa, brillante, de una blancura virginal. De ahí en adelante no veían mis ojos otra cosa que su cuerpo desnudo. Confieso avergonzado que incluso me sorprendí a mi mismo intentando arrancar con el olfato retazos de su cuerpo, allí en el sofá; me arrastraba como un sabueso a la busca de su perfume o del perfume mismo de su piel; cualquier rastro de fragancia que percibiera como suya enervaba mis pasiones. Por las noches permanecía tiempo insomne pensando en ella, recordándola, siempre desnuda. Recorría plácidamente mi vista por todo su cuerpo: primero por su carita dulce y su cabello ondulado como olas doradas; imaginaba mimarlo dócilmente y asirlo hacia mi para embriagarme de su aroma más de cerca. Luego bajaba inmediatamente hacia su pecho, que tanta excitación me producía, allí donde me hubiera gustado refugiar mi cabeza; unos senos que deseaba besar tiernamente, apaciblemente; luego era su vientre curvo tan femenino; su sexo, cerrado como cueva inescrutable, se me antojaba el último de los premios a conseguir y por último sus piernas  prietas que imaginaba acariciar suavemente hasta los tobillos. Fraguaba historias que se repetían día tras día en las cuales nuestros cuerpos se iban juntando lentamente y nuestras temperaturas se equilibraban mutuamente fundiéndose en una sola; acariciaba su espalda de tacto sedoso, hasta llegar a las nalgas mientras nos derretíamos. Y su mirada siempre idéntica, sonriente, como extasiada, ajena al mundo exterior, sólo participando del placer que yo era capaz de ofrecerle. En fin, qué más puedo expresar.
El día siguiente fue gris, como tantos otros llegaron a partir de ahí; días (podría argumentar poéticamente) en los que el sol, aunque luciese en todo su esplendor no evitaba que siguiera siendo gris, porque así era mi estado de ánimo. Al menos me hubiera apetecido pisar sobre el asfalto húmedo, entre fachadas mohosas de calles estrechas; me hubiera gustado que todas las horas fueran un atardecer y seguramente no encontrarme a nadie más que a ella en el camino. Me Imaginaba sentado a su lado en el banco de cualquier parque sin niños ni madres, ni abuelos ni nadie. Me hubiera gustado estar a su lado y que hasta los comercios estuvieran cerrados, ella y yo solos; que las luces de las calles fueran aún más mortecinas; que el aire portara efluvios opiáceos que nos hicieran vagar por el mismo éter, a ella y a mi, solos.
La tarde pasó también entre un lúgubre juego de luces y sombras, embriagándome con mis propios paroxismos, escondido entre las sábanas de la cama, en la alcoba. Volví a recordar la imagen de la niña y su lamparilla, aunque esta vez se me antojaba más distante; la imaginaba bailando en sus propios sueños entre un idílico escenario de princesas y príncipes apuestos; esa niña, que  durante un tiempo existió y que ahora pertenecía ya al recuerdo. Entonces sentí ganas de llorar, allí, tumbado en posición fetal, como cuando siendo niño huía también de otros lóbregos juegos de luces y sombras, igualmente aterradores que ahora. De repente sentí ganas de haber conocido a aquella pequeña, haber tenido su misma edad y haber podido compartir con ella sus bailes; haber hecho de príncipe y ella de mi princesa; echaba en falta haber podido compartir nuestra imaginación para volar entre los bloques de pisos que nos rodeaban, hasta las nubes blancas. Sin embargo, entre sueños, imaginé como las nubes se hacían cada vez más grises -tanto que parecían negras-; la niña se escapaba, se alejaba mientras nos mirábamos, hasta disiparse entre la noche. Creo que alcé los brazos  y agité fuertemente mis manos como intentando asirla, pero mi niña se escapaba, se alejaba y la distancia se hacía inmensa y era consciente de que la perdía más y más. Después creo que la soñé siendo mujer, con grandes senos, curvas delicadas, rizado cabello y pies delicados, pero su rostro era el de Claire; fue entonces cuando creí haberla perdido para siempre.
Al despertar de la siesta, empapado en sudor, Gabriel recogía los utensilios en la terraza, ordenaba los lienzos con calma; parecía que los inspeccionaba con mirada crítica, pero siempre lo hacía una y otra vez, como si fuera la primera, como si acabara de pintarlos, con actitud tozuda.
Caminé hacia el salón, casi arrastrando los pies, con cierta vergüenza, como sintiéndome observado, como el niño que después de haber sido castigado por una travesura, sale de su cuarto. Sé que Gabriel me miraba de soslayo. Opte por sentarme, allí donde Claire yació sintiéndose deseada. Ese simple pensamiento conseguía agravar mis más bajas pasiones. Cerré los ojos y de nuevo, compulsivamente volví a recordarla, desnuda. Luché de manera encomiada por desterrarla de mi mente pero fue en vano; su imagen estaba esculpida como de mármol blanco entre mis cejas. Sentí de nuevo deseos de poseerla y, es que su aroma en el diván me embriagaba como un suave licor de profundo paladar. Sin ser consciente en ese momento me tumbé a lo largo, rozando con mi nariz el paño que ella había tocado. Inconscientemente me incorporé de un salto.
Gabriel acabó al fin de poner orden en sus utensilios. Accedió al salón con una media sonrisa, aunque callado. Eligió un disco y se sentó enfrente para disfrutar de la música. Los acordes de una sinfonía de Rachmaninov inundaron la estancia mientras me servía una copa y él tomaba otra. Alzó la suya y sin premisas brindó contra la mía, esgrimiendo su siempre gesto afable. Creí encontrar el momento oportuno para retomar el tema de Claire y así lo hice. Me mostré profundamente interesado por el cambio de rumbo de sus pinturas. Mi argumentación parecía convencerle, lo leí en su rostro. Se incorporó de súbito, como impulsado por un resorte y se dirigió a la terraza. Al segundo estaba en sus manos el lienzo con el boceto del día anterior, se sentó a mi lado y fue explicándome poco a poco los trazos que había tomado. Yo apenas acertaba mínimamente a distinguir entre ese laberinto; intentaba esforzarme por parecer creíble, mirando detenidamente cada uno de ellos: líneas rectas, curvas, círculos, notas imprecisas etc. Pensaba que a mí seguramente no me haría falta tanto preparativo para plagiar sus formas, sus curvas, la expresión de su cara y todo lo demás; luego me reía de mis propios pensamientos, que procedían de alguien incapaz de dibujar lo más simple.
Convenimos en que Claire vendría siempre que él lo estimara necesario, tanto para la realización de la obra como cuando quisiera; me la presentaría y estaba seguro de que me gustaría. No podía imaginar lo mucho que así era, ni yo di muestras especiales de agrado ante tal expectativa, pero lo cierto es que ansiaba que llegara el nuevo día; solo el pensamiento me aceleraba el ritmo cardíaco.
Aprovechando el momento tan relajado opté por preguntarle acerca de sus ventas. Casi todas las tardes salía a la calle a exponer sus pinturas. No siempre se ubicaba en el mismo lugar. La calle donde nos conocimos era uno de ellos pero, también le gustaba acercarse a el parque x donde solían hacerlo pintores como él. Tenía amistad con muchos y entre ellos se ayudaban en todos los sentidos.
-¿Vendes mucho?-inquirí sin mucho entusiasmo, la verdad.
-No mucho. La gente se para, toca y se marcha. No saben valorar por lo general ni el arte ni al artista-. Tomó un trago pausadamente; parecía como meditar la respuesta. -No son buenos tiempos; nunca son buenos tiempos para el arte, para lo que viene de la mano de la expresión artística. Se valora más por lo general más el continente que el contenido. Si la obra se encuentra en un lugar de prestigio tiene salida. A menudo se venden verdaderas basuras si quien las expone es una empresa acreditada, solo por el lugar y por quien las ofrece. -Gabriel se animaba a hablar. -Sin embargo- siguió argumentando-, hay artistas en la calle que son verdaderos genios proscritos, relegados a la indiferencia de aquellos que tienen la posibilidad de organizar una atmósfera de exquisitez y fácil salida, para adinerados que no suelen entender más que el llenar el vacío de una pared o realizar una buena y fácil inversión.
Sonreí asintiendo, pues así lo creía yo también. En todos los aspectos del arte se da la misma tesitura. Es una circunstancia que se escapa de la propia coherencia, como tantas otras cosas y que a mi mismo en cierto modo también me ocurría. Pero también intuía que la coherencia es una virtud que abarca solo una parcialidad, la de tu propia visión de las cosas, las que tienen que ver con tu capacidad o tu aprendizaje y por ende tu interpretación ulterior.
Volvió a servirse otro poco de Whiskey; opté por acompañarle. Seguro que el motivo y la finalidad última se enlazaban con nombre de mujer, incluso fumé un cigarrillo y él se lió uno de los suyos. La tarde comenzaba a apagarse lentamente, pero yo me sentía a gusto conmigo mismo, y con él. Salimos a la terraza, entre olor a pinturas, disolventes y la mezcla de su pitillo. Olía a verano. Cada estación tiene un perfume singular; lo apreciamos mejor cuando está a punto de entrar, luego nos acostumbramos, pero hay momentos a lo largo del día que tiene especial intensidad. Aquel era uno de ellos.
Hay pocas cosas que se puedan igualar a una buena conversación con un amigo en un buen ambiente. EL humo de los cigarrillos se balanceaba suavemente, parecía tener peso. Cambié el disco del reproductor; sabía que le gustaba Bruckner y así hice de manera lisonjera, lo sé. De repente me acordé de lo que me comentó acerca de sus padres, de forma que aprecié en ese un buen momento para que me aclarara algo sobre aquel incidente con el barco. Me miró fijamente a los ojos por instantes; luego de bajar la cabeza y perder su mirada al frente, como si necesitara concentrarse inhaló un par de caladas
-Aquellos días quedan lejanos en la memoria ya, aunque no haya pasado tanto tiempo. Mi vida era completamente distinta a lo que es ahora. Vivía con mis padres; soy hijo único. Disfrutábamos de todo lo placentero que una familia que se quiere te puede dar; nada hacía pensar en un desastre de ese tipo, nada de eso era posible en mi mente, en el entorno de recogimiento y seguridad de las paredes de mi hogar. Teníamos una bonita segunda casa en Cavourg, en medio de un valle eternamente verde, rodeado de setos, arbustos y árboles centenarios, un tipo "bocage"; allí pasábamos gran parte de los veranos. Éramos felices. Recuerdo levantarme habitualmente muy temprano, con el frescor de la mañana, aspirando los primeros efluvios del heno fresco impregnado de rocío, perder la mirada hasta donde las colinas sitiaban el valle, respirar aspirando fuertemente mientras nos tomábamos una taza de café caliente, desperezarme al tiempo que planeábamos qué hacer, con una seguridad pétrea de que nada alteraría la armonía y el descanso. Era maravilloso, aunque supongo y creo que nada es eterno en este mundo.
No sé muy bien por qué circunstancia las palabras de Gabriel, tanto ahora como siempre, producían en mi una sensación placentera de relax, incluso de incitación al ensueño, de forma que de manera inconsciente, viajaba o imaginaba o vivía -casi podría decir-, mientras el describía. Conseguía transportarme mentalmente, como lo hacen los niños. Cualquier tema que tratase era sentido por mi como si yo mismo fuera el protagonista, como si los sucesos fueran propiamente míos.
-Llevábamos tiempo navegando con el velero de unos amigos de mis padres, con la intención de pasar unos días agradables, relajados, visitando pequeños pueblos, desconectando del mundo un poco en medio del mar, un poco en medio de la nada. Es una sensación extraordinaria; sabes que no es tu medio natural, pero a la vez, te sientes como di te encontraras en el mismo útero de la madre naturaleza. Viajamos varios días en los que el mar estaba en calma. Siempre recordaré esa primera parte del viaje como algo especial y, aún así, a pesar de lo que ocurrió, sueño con volver a embarcar, con tener algún día un velero en propiedad. Siempre tuve esa inquietud desde pequeño y no he dejado de tenerla a pesar de las circunstancias -Gabriel parecía necesitar explayarse con sus recuerdos y yo sentía necesidad de que alguien distrajera mis pensamientos. Mientras hablaba, venían a mi mente sus cuadros: barcos luchando contra grandes olas, con las velas ajironadas; tripulantes aterrorizados, algunos saltando por la borda, en un mar inmenso que parecía capaz de tragarse hasta el mas grande de los buques. Era perfectamente consciente de que esa era su inquietud permanente, algo que se habría quedado sellado dentro de su mente a fuego, como le sucedió a Julius Von Payer, quien se dedicó a plasmar en sus óleos el mismo tipo de tragedias tras un infructuosos intento por descubrir una vía ártica hacia el polo. Dejé que hablara sin interrumpirle lo más mínimo-. Durante el viaje -siguió-, aprendí algo de navegación, de la mano de Dominique, un buen amigo de mi padre...
Debo volver a expresar la sensación que me producían estas pinturas; era algo similar a un letargo hipnótico que dominaba mi sistema nervioso, a la vez que un sentimiento desagradable que partía desde el mismo epicentro de mi estómago; una suerte de deseo y rechazo fácil de sentir, pero difícil de expresar.
-De manera que tuvo un mal final ¿verdad? -comenté posando mi mano sobre su hombro-.
-Todo acabó para ellos, desgraciadamente. -susurró fijando su mirada en el exterior, con gesto compungido; de hecho, sus ojos se tornaron vidriosos con el recuerdo. Comprendí que no debía seguir indagando en el tema. Me vino a la memoria de nuevo su enigmático cuaderno de notas y me pareció adivinar que, sin duda debería tratarse de algo así como un diario donde descargar miedos, tensiones, sueños, añoranzas. Yo también las tenía, pero, siempre que había intentado escribir algo, al poco lo rompía, bien porque lo escrito producía en mi un efecto inverso, o porque no me satisfacía plenamente lo expresado. En ese momento le hubiera abrazado, pero no lo hice.