miércoles, 18 de febrero de 2015

CLAIRE.

 Claire. 




Preambulo: La niña y la lamparilla.


Mi nombre es Alberto y la historia que voy a contar me ocurrió hace años, en mi querida Barcelona, aquella cuya luz puede brillar con la transparencia y la nitidez de los colores primarios, como que se oculta entre la neblina de algunas mañanas brumosas que traen para sí olores de mar y sal y lo inundan todo hasta el más pequeño de los rinconcitos, plateando con la humedad del rocío los guijarros de las pocas calles empedradas que aún nos quedan. 

Esos tonos acerados del atardecer sobre el asfalto van cubriéndolo con una suave pátina pulida que se ve confusa en el anochecer, cuando las farolas emiten su reflejo entre sus múltiples matices cromados y tendentes al grisáceo. Es entonces cuando el ruido va abriendo espacios e invita a sentarse en cualquier banco frente al mar. De ahí en adelante cada cual es dueño de su ensueño.

Entre una de esas calles solía pasear yo hace años, testigo mudo de mi desazón, pero con la juventud todavía palpitante entre mis manos, y sus deseos, y sus anhelos e ilusiones. Entre esas calles siempre recordará mi mente una niña que por Gloria pusieron, mirar abstraída hacia el cielo; y no es al cielo adonde miraba, pues siendo niña en ella misma lo hubiera encontrado, sino a una pequeña lamparilla verde que arriba de unas vigas colgaba, bordeada toda ella de ribetes cromados. Muchas veces he recordado la imagen de la niña y la lamparilla y tantas otras las he intentado inmortalizar, pero hasta hoy no me he atrevido, quizás porque intrínsecamente siempre he querido tenerla solo para mi, celoso de compartir un espectáculo tan sencillo y tierno a la vez, pero tan mío. Me pregunto qué será de esa preciosa niña y si algún día los albures de la vida me harán volver a verla... Seguro que seguirá mirando a esa su lamparita de cristales verdes que pendía con el viento y exhalaba brillos cadenciosos, acicate para su imaginación.

Pero mi historia es mucho más profana que todo esto, si bien es en esas calles por donde me movía en aquella etapa de mi vida, y fue el día que le conocí uno de esos que podemos denominar como aciagos. Allí, en el cajero de mi banco habitual y a deshoras de la ya noche. Alguien me intentó robar, empujándome violentamente, arrancándome de facto los billetes de la mano, todo esto en décimas de segundo. Pero hete aquí que Gabriel (así es como se llama el personaje que pronto presentaré y describiré siquiera de manera sucinta) se encontraba a escasos metros recogiendo unas pinturas que exponía sobre el suelo y, sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre él y lienzo en mano le atizó en toda la cabeza con una de ellas, de tal forma -eso fue lo que vi-, que el ladrón cayó de bruces sobre el pavimento mojado y como quien ve al mismo diablo, salió corriendo por el callejón contiguo hasta perderse entre el tamizado de la noche.


Claire. Capítulo primero.
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Todo sucedió tan rápido que no atendí a otras mas que a agradecer lo que a todas luces había sido un acto no muy estandarizado en nuestros días. Lo cierto es que al poco estábamos tomando una cerveza en el bar de la esquina.
No debo dejar escapar que desde un primer momento esto me producía cierta suspicacia. Llegué incluso a dudar de él en los primeros momentos y evidentemente, mi sospecha hacía elucubrar toda clase de susceptibilidades de co-autoría, pero, mientras todo esto maquinaba mi cabeza y él no dejaba de hablar, la simple retrospección mental de los hechos no dejaban lugar a la duda.
Allí al fondo, sobre una mesa de madera, a la luz tenue de una lamparilla (que envidiaba otras que gozaban de la frescura que otorga la libertad de las calles y que para mayores eran admiradas por una linda chiquilla, que un día llegaría a plasmar con pinceles un onírico mundo de belleza nunca antes imaginada), a la luz de esa lamparilla que sin duda también fue espectadora de mejores tiempos, comenzó nuestra amistad.
El tipo hablaba mejor que pintaba, a tenor de lo que pude observar en sus lienzos, y no dejamos de hacerlo hasta bien entrada la noche. 
Bien, reunidos hasta aquí estos exiguos datos relatados, ya pueden comenzar a darse cuenta del asunto y la situación que se me planteaba.Nada explicaría lo que a continuación ocurrió: yo era desde luego dueño de mi vida, pero lo cierto es que estaba pasando por delicados momentos económicos y necesitaba cualquier ayuda. Por otro lado estaba ante la coyuntura y la necesidad de corresponder con otro noble gesto a la sugerencia que salio de sus labios:
-¿Sería mucho pedir que pasara esta noche bajo techo?
¡Qué podría haber dicho si no! Lo cierto es que proferí un tímido y mecánico asentimiento, ¡sin saber apenas si era yo mismo el que hablaba!


Salvo algunas excentricidades que no me afectaban o molestaban de manera desmedida, no distinguí nada sospechoso en su personalidad que fuera causa para mantenerme receloso. Muy al contrario, su interior albergaba una naturaleza cándida y noble que se escapaba a través de sus ojos. Por cierto que en esto quiero incidir brevemente: Cuestión para mi de vital importancia es el mensaje que resulta de la mirada, del iris, de la expresión misma en el rictus que circunvala todo el globo ocular; siempre he considerado este como una ventana del alma que conecta con la percepción del que te observa y así lo he tenido en cuenta y así también he procurado controlarlo en toda medida, teniendo presente que el observador, el interlocutor, recibe múltiple información tuya a todos los niveles, materia ingente que se deposita en el entramado neuronal y que va desplegando ulteriormente datos, que ya de manera reflexiva metabolizamos en la calma, cuando nuestro cerebro conecta con ese nivel de la meditación. ¡Ay, amigos, me pregunto qué ocurrirá durante el sueño, ya sea inducido o no, durante esos niveles más profundos de nuestro puente entre lo físico y el alma, ese oscuro túnel que va desde lo percibido como real a lo imaginado, y si lo imaginado persistirá a la vida como tal la concebimos! Pero esas serán tareas sobre las que meditar posteriormente si procede.
Después de otra breve charla en la que me informó de la muerte de sus padres, no hacía mucho tiempo, en un viaje en barco por el Ártico Noruego -y cuyo recorte de prensa pude leer de sus propias manos-, decidimos distribuir nuestro espacio en el apartamento. Tuvo a bien pasar la noche en un arcón que llevaba tiempo arrinconado en el salón. Mientras lo abría daba la sensación de haber renacido a sí mismo; de hecho toda su energía parecía exhalar luminosidad hacia el exterior. Llegué a percibir su felicidad e incluso logró contagiármela. Tomó una ducha, estrechó mis manos y, agradecido, se tumbó todo él a lo largo, sacando los pies más allá de donde cubrían las mantas. Yo por mi parte me encerré en la habitación, junto a mi dolor de cabeza y un apreciable vahído, cerrando no obstante la puerta en previsión de sobresaltos inesperados.
Tardé bastante tiempo en conciliar el sueño. La noche era agradablemente fresca y decidí abrir la ventana, que da a un patio interior. Tuve tiempo de pensar en tanto, que al final se me agolparon las penas, incertidumbres y toda clase de sombras de la noche. Creo que no me dormí hasta bien entrada la madrugada, aunque no puedo decir lo mismo de mi invitado, quien comenzó a roncar al poco. 
El lado positivo vino por la mañana cuando el agradable olor a café que había preparado despertó mis sentidos.
"Buenos días" fue todo lo que acerté a decir mientras me crinaba el cabello con los dedos y expelía cierto sonido de complacencia no exento de sorpresa o estupor. Ciertamente, pasó de ser mi huésped de una noche hasta el día de hoy, en perfecta sincronía y equidad a todos los niveles.
Ustedes se preguntarán, tanto de buena fé como si en el fondo distinguen la cierta ingenuidad que me caracteriza, cómo es que lo que iba a ser una noche se convirtió en un estado indefinido; es posible que todo forme parte de la magia de la palabra y el entendimiento. No es que yo le indujera a ello, pero el día finalizaba y ya nos conocíamos mejor: el con sus proyectos en el mundo del arte (algo sobre lo cual no puedo decir que tuviera grandes expectativas) y yo con los míos en el campo del periodismo (donde las expectativas podríamos calificarlas de huérfanas de momento) De modo que, teniendo un alquiler que abonar, que cada vez se me hacía más difícil, un poco de soledad también y, bueno..esa imagen suya de indefensión cuando se despidió en el rellano de las escaleras. Todo ello fue más que suficiente para que yo me negara a dejarle marchar y el se negara a marcharse.
Era Gabriel un tipo enjuto, de rasgos bien marcados y dorados por el aire y el sol. Su pelo caía a media melena, ondulada, ocultándole media frente. Fibroso de cuerpo, lucía unas proporciones casi perfectas: su nariz recta y alargada guardaba simetría adecuada con las otras partes de su cara; cejas de suave curva, medianamente pobladas y ojos rasgados, con la comisura exterior formando un cálido pliegue que nacía dotándole de un agradecido espacio para esos ojos verdes bronce implacables, penetrantes, de mirada profunda, que parecían escudriñar la tuya, pero sincera. Todo ello no era más que la traducción de su propio carácter: duro y afable a la vez; noble y desprendido, llano, creíble.
Sin embargo era el mío suspicaz, quien como siempre intentaba escrutar en lo obvio, en lo plausible si se quiere. Mi perfil aquel del que se percibe o cree ver sombras en lo llano y sencillo. Tal era mi afectación, que al poco de conocerle cambié mi postura y hallé en mis recelos ciertos aspectos que me son difíciles de expresar pero que me hacían percibir algo profundamente intrigante, una especie de curiosidad intrigante. Deseaba saber más de su pasado, pero él parecía pasar de soslayo por su anterior vida. Lo máximo que lograba sonsacarle, cuando a propósito de esta intención última comentaba ciertos recuerdos desagradables de mi niñez, era su resolución implacable de pensar que todos debemos borrar de nuestro consciente el lastre de aquello que no permita resolver libremente el presente.
Cierta vez le descubrí escribiendo en un pequeño cuaderno de tapas forradas. Fue una noche que desperté con una terrible sed, al pasar por el salón, camino de la nevera. Tuve la impresión de que intentó ocultarla de manera instintiva. Yo por mi parte actué como quien no observa, pero la verdad es que posteriormente este hecho incentivó mi curiosidad, de modo que cuando él no estaba en el apartamento, revolvía con cuidado su espacio y sus pertenencias con la intención de hallarla. No fue fácil dar con ella -eso ocurrió mas adelante- y lo que descubrí ya lo mencionaré en su momento, cuando vuelva a revivir aquellos episodios.
Pemítanme reiterarme en la observación de lo agradable de nuestra convivencia: cada uno dedicaba el tiempo a sus actividades: yo escribía durante toda la mañana mi columna para el diario gratuito, intentando que mis expectativas profesionales cambiaran su contingencia, asistía a reuniones y entrevistas de trabajo etc. En mi tiempo libre paseaba o dedicaba las tardes a la lectura de mis grandes autores predilectos, tanto de literatura de viaje como en el campo del periodismo de guerra. Él por su parte se las ingenió para montar un pequeño estudio de pintura, en la terraza acristalada que daba a un pequeño parquecillo, donde sobre todo las madres llevaban a sus hijos entre oleadas de polvo seco. El olor de las pinturas y disolventes que empleaba era lo suficientemente fuerte como para que inundase la estancia interior, pero finalmente llegué a acostumbrarme y, a pesar de la inusual mezcla de colores que utilizaba, con el tiempo comencé a apreciar y valorar positivamente sus trabajos. Gustaba recrearse en las marinas: barcos surcando mares violentos, donde olas gigantescas se esforzaban por atraparlos, como grandes garras, a babor o estribor; obenques y crucetas destrozadas, velas rasgadas a jirones; niebla que se mezclaba entre los rostros aterrorizados de la tripulación, proas vencidas como a punto de sumergirse en las profundidades de mares acerados y espumosos. Confieso que alguna de ellas llegó incluso a transportarme como por hipnosis a esos lugares y sin darme cuenta, pasaba mucho tiempo observándole, desde el interior, mientras ojeaba alguno de mis libros. Y es que su labor comenzó a parecerme hechizante. Su nivel de concentración era digna de análisis: tomaba la paleta con su mano izquierda, el pincel con la derecha y un cigarrillo que se consumía por si solo en la boca, acercándose al lienzo hasta rozarlo con la nariz, retirándose mas tarde varios pasos atrás con la intención de visionar el conjunto, cerrar los ojos o arquear la cabeza, casi bailar otras veces en torno al caballete, dejar dos minutos todo en el suelo, asomarse a la barandilla de la terraza y volver a escrutar el conjunto, y así una y otra vez de manera incansable durante horas. Creo que comencé a envidiar su exquisito mundo interior, que le hacía olvidar todo lo que acontecía a su alrededor. Sus obras iban poco a poco tomando cuerpo, tanto como mis deseos de encontrar, o mi decepción por no hallar algo similar en mi vida profesional.
Su prolífica obra comenzaba a inundar todos los rincones de la terraza. Normalmente disponía de dos bastidores que el mismo había confeccionado. En uno trabajaba mientras que el otro sujetaba otra obra en proceso de secado, en la que normalmente también trabajaba, de manera que iba alternando uno y otro. Finalmente, cuando daba alguno por terminado, arrancaba las grapas que lo sujetaban y lo dejaba secar durante días en una pizarra de corcho que colgó de la pared. Inmediatamente que se había producido el secado necesario, los introducía dentro de una voluminosa carpeta de cartón y retomaba otra tela que previamente cortaba él mismo. Para que su gasto no fuera excesivo, siempre utilizaba materiales económicos: telas enteras como sábanas, pinturas para escolares, pinceles que aguantaban mal las embestidas etc. En definitiva, observarle hacer todo esto me producía un raro sentimiento de complacencia que iba camino de ser dependencia.
Conseguí encontrar un lugar en la redacción del diario para colgar sus pinturas, de forma que llegó a vender alguna de ellas. Los compañeros que las observaban, siempre me expresaban encontrar en ellas un remanente excesivo de desolación, de opresión, que en cierta forma echaba atrás a muchos pero que cautivaba a otros. Le comuniqué esa impresión tan sutilmente como fui capaz, pero él, sin aparentar prestar atención, seguía plasmando sobre el lienzo aquello que se le antojaba, o quizás atormentaba.
Un buen día por el contrario me sorprendió en ese aspecto. Al regresar del trabajo, me encontré con la sorpresa de tener a alguien que no esperaba en mi casa. ¡Y puedo jurar que quedé mudo durante varios segundos al observar a la modelo completamente desnuda que, tumbada sobre el sofá desplegaba para nuestra delectación la mayor belleza que jamás hubiera soñado! Perdónenme a partir de ahora si no soy capaz de contener siquiera un poco la efusión que guardo en mis entrañas, perdónenme.
Clamaría al cielo eternamente repitiendo una y otra vez lo preciosa que era, tanto que pensé que no fuera real. Quedé paralizado seguramente durante sólo unos instantes, pero en mi mente fue eterno, porque una y mil veces venía a mi memoria o quizá no la abandonara nunca, de forma que llegó a convertirse en una obsesión.
Estaba allí en el diván, tumbada a lo largo, con la cabeza flexionada y uno de sus brazos recogiendo su melena dorada de suaves curvas ondulantes; impulsivamente mi mirada se dirigió a sus grandes pechos nacarados y tersos, rebosantes de juventud y vida; su vientre de ligeras y suaves curvas se me antojó delicioso en forma desmedida, sentí ganas de besarlo mil veces, de apoyar mi cabeza sobre ella y aspirar sus efluvios como vampiro que necesita parasitar para seguir viviendo; y esos pies pequeñitos, de dedos angulosos, vestidos por unos bonitos zapatos de afilado tacón . Deseé también besarlos y beber de ellos un veneno amnésico que me hiciera borrarla de inmediato.
Y Gabriel impasible frente al lienzo, dirigiendo su vista de manera fugaz de la tela a la modelo, a impulsos eléctricos, trazando con el carboncillo como un poseso, sin parar, proveyendo aquí y allí mil trazos como imbuido por el espíritu de un paranoico.., y ella, y su sonrisa, mirándome; sus labios grandes y carnosos, y esa comisura que dulcemente daba paso a unos molletes rosáceos, y mi corazón que más que palpitar cabalgaba por momentos, y mi respiración entrecortada, y su "hola" musicado, y mis manos temblorosas, y mi garganta áspera y sedienta de fluidos, y mi boca que no acertaba expeler palabra alguna... 
Sólo acerté a sonreír tímidamente y, alzando la mano pretendí ausentarme. Hice amagos de abrir la puerta pero regresé tras lo andado con la torpeza de mis ebrios pasos; me acerqué al caballete y observé lo dibujado y pensé en la estupidez que plasmaba el pintor entre trazos inconexos, allí donde mis sentidos veían lo más deseado que hubiera podido imaginar en mis más descabellados sueños.
Ganas me dieron de tirar al pintor y su lienzo por la terraza y así quedarme a solas con ella. Besarle la boca, acariciarle el pelo, dejar que mis labios se deslizaran por los suyos y perderme en cada vericueto de su cuerpo; abrazarla toda ella y sentir su calor, su olor, y empaparme de cada hormona y fusionarlas con las mías, pero al final acabé por confinarme en mi habitación, dejándome caer sobre el suelo, y disfrutar de ella en la soledad, mientras escuchaba las risas y bromas de ambos.
Si bien no me sentí con ánimos de reprocharle nada -tampoco tenía muchos argumentos que siquiera me convencieran a mi mismo-, sí acertó a adivinar que en un principio no me había gustado la presencia de una tercera persona sin antes habérmelo consultado; mas que otra cosa era algo así como una especie de farsa que me veía obligado a dramatizar, con la excusa de que no se me llenara la casa de gente desconocida, aunque ya se pueden hacer a la idea de que estaba encantado con la presencia de esa mujer de salvaje belleza. De manera que, como descubrió en mí un trato sutilmente seco, a la mañana siguiente fue motivo de charla; personalmente solo le hice notar esa apreciación que he expuesto antes. Al final, sin mayores incidentes, bromeé acerca de lo terriblemente hermosa que era.
Pasé todo el día pensando en ella, en lo bonita que era, en su sonrisa, en su piel inmaculada, tersa, brillante, de una blancura virginal. De ahí en adelante no veían mis ojos otra cosa que su cuerpo desnudo. Confieso avergonzado que incluso me sorprendí intentando arrancar con el olfato retazos de su cuerpo, allí en el sofá; me arrastraba como un sabueso buscando su perfume o el perfume mismo de su piel; cualquier rastro de fragancia que percibiera como suya enervaba mis pasiones. Por las noches permanecía tiempo insomne pensando en ella, recordándola, siempre desnuda. Recorría plácidamente mi vista por todo su cuerpo: primero por su carita dulce y su cabello ondulado como olas doradas; imaginaba mimarlo dócilmente y asirlo hacia mi para embriagarme de su aroma más de cerca. Luego bajaba inmediatamente hacia su pecho, que tanta excitación me producía, allí donde me hubiera gustado refugiar mi cabeza; unos senos que deseaba besar tierna y apaciblemente; luego era su vientre curvo tan femenino; su sexo, cerrado como cueva inescrutable, se me antojaba el más excelso premio a conseguir y por último sus piernas prietas que imaginaba acariciar suavemente hasta los tobillos. Fraguaba historias que se repetían día tras día en las cuales nuestros cuerpos se iban juntando lentamente y nuestras temperaturas se equilibraban fundiéndose en una sola; acariciaba su espalda de tacto sedoso, hasta llegar a las nalgas mientras nos derretíamos. Y su mirada siempre idéntica, sonriente, como extasiada, ajena al mundo exterior, sólo participando del placer que yo era capaz de ofrecerle. En fin, qué más puedo expresar.
El día siguiente fue gris, como tantos otros llegaron a partir de ahí; días (podría dramatizar poéticamente) en los que el sol, aunque luciese en todo su esplendor no evitaba que siguiera siendo gris, porque así era mi estado de ánimo. 
La tarde pasó también entre un lúgubre juego de luces y sombras, embriagándome con mis propios paroxismos, escondido entre las sábanas de la cama, en la alcoba. Volví a recordar la imagen de la niña y su lamparilla, aunque esta vez se me antojaba más distante; la imaginaba bailando en sus propios sueños entre un idílico escenario de princesas y príncipes apuestos; esa niña, que durante un tiempo existió y que ahora pertenecía ya al recuerdo. Entonces sentí ganas de llorar, allí, tumbado en posición fetal, como cuando siendo niño huía también de otros lóbregos juegos de luces y sombras, igualmente aterradores que ahora. De repente sentí ganas de haber conocido a aquella pequeña, haber tenido su misma edad y haber podido compartir con ella sus bailes; haber hecho de príncipe y ella de mi princesa; echaba en falta haber podido compartir nuestra imaginación para volar entre los bloques de pisos que nos rodeaban, hasta las nubes blancas. Sin embargo, entre sueños, imaginé como las nubes se hacían cada vez más grises -tanto que parecían negras-; la niña se escapaba, se alejaba mientras nos mirábamos, hasta disiparse entre la noche. Creo que alcé los brazos y agité fuertemente mis manos como intentando asirla, pero mi niña se escapaba, se alejaba y la distancia se hacía inmensa y era consciente de que la perdía más y más. Después creo que la soñé siendo mujer, con grandes senos, curvas delicadas, rizado cabello y pies descalzos, pero su rostro era el de Claire; fue entonces cuando creí haberla perdido para siempre.
Al despertar de aquel sueño, empapado en sudor, Gabriel recogía los utensilios en la terraza, ordenaba los lienzos con calma; parecía que los inspeccionaba con mirada crítica, pero siempre lo hacía una y otra vez, como si fuera la primera, como si acabara de pintarlos, con actitud tozuda.
Caminé hacia el salón, casi arrastrando los pies, con cierta vergüenza, como sintiéndome observado, como el niño que después de haber sido castigado por una travesura, sale de su cuarto. Sé que Gabriel me miraba de soslayo. Opte por sentarme, allí donde Claire yació sintiéndose deseada. Ese simple pensamiento conseguía agravar mis más bajas pasiones. Cerré los ojos y de nuevo, compulsivamente volví a recordarla, desnuda. Luché de manera encomiada por desterrarla de mi mente pero fue en vano; su imagen estaba esculpida como de mármol blanco entre mis cejas. Sentí de nuevo deseos de poseerla y, es que su aroma en el diván me embriagaba como un suave licor de profundo paladar. Sin ser consciente en ese momento me tumbé a lo largo, rozando con mi nariz el paño que ella había tocado. Impulsivamente me incorporé de un salto.
Gabriel acabó al fin de poner orden en sus utensilios. Accedió al salón con una media sonrisa, aunque callado. Eligió un disco y se sentó enfrente para disfrutar de la música. Los acordes de una sinfonía de Rachmaninov inundaron la estancia mientras me ofrecía una copa y él tomaba otra. Alzó la suya y sin premisas brindó contra la mía, esgrimiendo su siempre gesto afable. Creí encontrar el momento oportuno para retomar el tema de Claire y así lo hice. Me mostré profundamente interesado por el cambio de rumbo de sus pinturas. Mi argumentación parecía convencerle, lo leí en su rostro. Se incorporó de súbito, como impulsado por un resorte y se dirigió a la terraza. Al segundo estaba en sus manos el lienzo con el boceto del día anterior, se sentó a mi lado y fue explicándome poco a poco los trazos que había tomado. Yo apenas acertaba mínimamente a distinguir entre ese laberinto; intentaba esforzarme por parecer creíble, mirando detenidamente cada uno de ellos: líneas rectas, curvas, círculos, notas imprecisas etc. Pensaba que a mí seguramente no me habría hecho falta tanto preparativo para plagiar sus formas, sus curvas, la expresión de su cara y todo lo demás; luego me reía de mis propios pensamientos, pues procedían de alguien incapaz de dibujar lo más simple.
Convenimos en que Claire vendría siempre que él lo estimara necesario, tanto para la realización de la obra como cuando quisiera; me la presentaría y estaba seguro de que me gustaría. No podía imaginar lo mucho que así era, ni yo di muestras especiales de agrado ante tal expectativa, pero lo cierto es que ansiaba que llegara el nuevo día; solo el pensamiento me aceleraba el ritmo cardíaco. 
Aprovechando el momento tan relajado opté por preguntarle acerca de sus ventas. Casi todas las tardes salía a exponer sus pinturas. No siempre se ubicaba en el mismo lugar. La calle donde nos conocimos era uno de ellos pero, también le gustaba acercarse a el parque x donde solían hacerlo pintores como él. Tenía amistad con muchos y entre ellos se ayudaban en todos los sentidos.
-¿Vendes mucho?-inquirí sin mucho entusiasmo, la verdad.
-No mucho. La gente se para, toca y se marcha. No saben valorar por lo general ni el arte ni al artista-. Tomó un trago pausadamente; parecía como meditar la respuesta. -No son buenos tiempos; nunca son buenos tiempos para el arte. Se pondera más por lo general el continente que el contenido. Si la obra se encuentra en un lugar de prestigio tiene salida. A menudo se venden verdaderas basuras si quien las expone es una empresa acreditada, solo por el lugar y por quien las ofrece. -Gabriel se animaba a hablar. -Sin embargo- siguió argumentando-, hay artistas en la calle que son verdaderos genios proscritos, relegados a la indiferencia de aquellos que tienen la posibilidad de organizar exposicones interesantes.
Sonreí asintiendo, pues así lo creía yo también. En todos los aspectos del arte se da la misma tesitura. Es una circunstancia que se escapa de la propia coherencia, como tantas otras cosas y que a mi mismo en cierto modo también me ocurría. Pero también intuía que la coherencia es una virtud que abarca solo una parcialidad, la de tu propia visión de las cosas, las que tienen que ver con tu capacidad o tu aprendizaje y por ende tu interpretación ulterior.
Volvió a servirse otro poco de Whisky; opté por acompañarle; seguro que en mí el motivo y la finalidad última se enlazaban con nombre de mujer, incluso fumé un cigarrillo y él se lió uno de los suyos. La tarde comenzaba a apagarse lentamente, pero yo me sentía a gusto conmigo mismo, y con él. Salimos a la terraza, entre olor a pinturas, disolventes y la mezcla de su pitillo. Olía a verano. Cada estación tiene un perfume singular; lo apreciamos mejor cuando está a punto de entrar, luego nos acostumbramos, pero hay momentos a lo largo del día que tiene especial intensidad. Aquel era uno de ellos. 
Hay pocas cosas que se puedan igualar a una conversación con un amigo en un buen ambiente. EL humo de los cigarrillos se balanceaba suavemente, parecía tener peso. Cambié el disco del plato. Sabía que le gustaba Bruckner y así hice de manera lisonjera, lo sé. De repente me acordé de lo que me comentó acerca de sus padres, de forma que aprecié en ese un buen momento para que me aclarara algo sobre aquel incidente con el barco. Me miró fijamente a los ojos por instantes; luego de bajar la cabeza y perder su mirada al frente, como si necesitara concentrarse inhaló un par de caladas
-Aquellos días quedan lejanos en la memoria ya, aunque no haya pasado tanto tiempo. Mi vida era completamente distinta a lo que es ahora. Vivía con mis padres; soy hijo único. Disfrutábamos de todo lo placentero que una familia que se quiere te puede dar; nada hacía pensar en un desastre de ese tipo, nada de eso era posible en mi mente, en el entorno de recogimiento y seguridad de las paredes de mi hogar. Teníamos una bonita segunda casa en Cavourg, en medio de un valle eternamente verde, rodeado de setos, arbustos y árboles centenarios, un tipo "bocage"; allí pasábamos gran parte de los veranos. Éramos felices. Recuerdo levantarme habitualmente muy temprano, con el frescor de la mañana, aspirando los primeros efluvios del heno fresco impregnado de rocío, perdiendo la mirada hasta donde las colinas sitiaban el valle, aspirando fuertemente mientras nos tomábamos una taza de café caliente,con la seguridad de que nada alteraría la armonía y el descanso. Era maravilloso, aunque supongo y creo que nada es eterno en este mundo.
No sé muy bien por qué circunstancia las palabras de Gabriel, tanto ahora como siempre, producían en mi una sensación placentera de relax, incluso de incitación al ensueño, de forma que, inconscientemente, viajaba o imaginaba, o lo vivía -casi podría decir-, mientras el describía. Conseguía transportarme mentalmente, como lo hacen los niños. Cualquier tema que tratase era sentido por mi como si yo mismo fuera el protagonista, como si los sucesos fueran propiamente míos.
-Llevábamos tiempo navegando con el velero de unos amigos de mis padres, con la intención de pasar unos días agradables, relajados, visitando pequeños pueblos, desconectando del mundo un poco en medio del mar, un poco en medio de la nada. Es una sensación extraordinaria; sabes que no es tu lugar natural, pero a la vez, te sientes como si te encontraras en el mismo útero de la madre naturaleza. Viajamos varios días en los que el mar estaba en calma. Siempre recordaré esa primera parte del viaje como algo especial y, aún así, a pesar de lo que ocurrió, sueño con volver a embarcar, con tener algún día un velero en propiedad. Siempre tuve esa inquietud desde pequeño y no he dejado de tenerla a pesar de las circunstancias -Gabriel parecía necesitar explayarse con sus recuerdos y yo sentía necesidad de que alguien distrajera mis pensamientos. Mientras hablaba, venían a mi mente sus cuadros: barcos luchando contra grandes olas, con las velas ajironadas; tripulantes aterrorizados, algunos saltando por la borda, en un mar inmenso que parecía capaz de tragarse hasta el mas grande de los buques. Era perfectamente consciente de que esa era su inquietud permanente, algo que se habría quedado sellado dentro de su mente a fuego, como le sucedió a Julius V. Payer, quien se dedicó a plasmar en sus óleos el mismo tipo de tragedias tras un infructuoso intento por descubrir una vía ártica hacia el polo. Dejé que hablara sin interrumpirle lo más mínimo-. Durante el viaje -prosiguió-, aprendí algo de navegación, de la mano de Dominique, un buen amigo de mi padre...
Debo incidir en la sensación que me producían estas pinturas; algo similar a un letargo hipnótico que dominaba mi sistema nervioso, a la vez que un sentimiento desagradable que partía desde el mismo epicentro de mi estómago; una suerte de deseo y rechazo fácil de sentir, pero difícil de expresar.
-De manera que tuvo un mal final ¿verdad? -comenté posando mi mano sobre su hombro y sin saber qué otra cosa comentar-.
-Todo acabó para ellos, desgraciadamente. -susurró fijando su mirada en el exterior, con gesto compungido; de hecho, sus ojos se tornaron vidriosos. Me vino a la memoria de nuevo su enigmático cuaderno de notas y me pareció adivinar que, sin duda debería tratarse de algo así como un diario donde descargar miedos, tensiones, sueños, añoranzas. Yo también las tenía, pero, siempre que había intentado escribir algo, al poco lo había roto, bien porque lo escrito producía en mi un efecto inverso, o porque no me satisfacía plenamente lo expresado. En ese momento le hubiera abrazado, pero no lo hice.




  • Capítulo segundo (Locura)
    Esa noche tuve una pesadilla: navegábamos en un barco, con fuerte viento. Era un barco no muy grande, como de unos quince metros de eslora. A lo lejos divisábamos las costas de algún lugar indefinido. Recuerdo que el mar estaba encrespado; el cielo iba cubriéndose de nubes negras. Bajé al camarote principal, una especie de salón y me senté relajado, tomando una copa, escuchando las risas que provenían de cubierta. De repente pasó Claire, se sentó a mi lado y nos besamos los labios. Sentí la sensación de llevar con ella una relación continuada, estable; como si nos conociéramos de hacía mucho, pero no la presté excesivo interés; en cambio, si estaba preocupado por el tiempo; recuerdo que observaba el parte meteorológico a través de la televisión. Seguramente mediante el sueño expresé mi pánico al mar, sin embargo en el fondo parecía disfrutar de ese balanceo que imprimían las olas sobre la nave. Miré a Claire con el sentimiento de propiedad que miran algunos enamorados, con esa seguridad sobre lo que creen poseer; me aparté de ella no sin antes abrazarla y sentir agradecido el cálido contacto de su cuerpo. Subí a cubierta y tomé asiento junto a dos matrimonios de edad madura cuyos rostros me eran totalmente desconocidos. Reían con anécdotas que yo no entendía; todo el ambiente me causaba cierto desasosiego; en cierto modo creo que permanecía como abstraído, como si fuera un mero espectador. Observé preocupado al que debía ejercer de patrón; su rostro era ajeno, distante, sereno quizás; sin embargo, yo no hacía más que mirar en derredor y observar un ancho mar agitado y amenazante. La línea de tierra parecía encontrarse siempre a la misma distancia. Encendí un cigarrillo y opté por relajarme. Pensé en Claire y marché a su encuentro. De nuevo me vino la sensación de mantener una relación estable junto a ella, como si hubiéramos compartido nuestras vidas por un espacio de tiempo grande; esa sensación engañosa que te hace creerte dentro de un marco de seguridad donde lo controlas todo, pero que por el contrario, no deja de ser una falacia.
    Poco a poco el mar se rizaba más y yo parecía querer ocultar mis temores; algo me impedía expresar esa inquietud, quizá una especie de orgullo interior, o como dijo Herman Melville en su “Movy Dick”: “cuando un hombre sospecha que algo no está bien, ocurre a veces que, si ya está metido en el asunto, se esfuerza sin sentirlo por esconder sus sospechas incluso ante sí mismo”. Pero cuando el destino habla, siempre elige palabras contundentes; su vocabulario es preciso, llano, no requiere de paráfrasis complejas, sino que se presenta como el rostro de un niño ante el fotógrafo, natural y relajado, sin maquillaje alguno. Es entonces cuando buscamos una respuesta satisfactoria sin saber que somos el resultado de las arbitrariedades de la naturaleza; la resolución puede parecernos ajena, o simplemente injusta. Nunca el futuro suele ser como lo imaginamos, a la vez que nuestra prepotencia sucumbe siempre ante la ambivalencia de cualquier eventualidad. ¡Clamamos como proscritos una nueva oportunidad, pero seguimos permaneciendo ciegos ante los signos que nos previenen!
    De manera que bajé de nuevo a los camarotes. El viento azotaba ahora mucho más fuertemente que antes; era salvaje. La nave se balanceaba peligrosamente, tanto que me fue muy difícil mantener el equilibrio por las estrechas escaleras. Era como si me encontrara dentro del guión de una película y tuviera que protagonizarla tal y como el director ordenara; algo barruntaban mis sentidos: escuché gemidos que identifiqué con la voz de Claire. Me puse a buscarla como un loco abriendo puertas que seguramente no podrían haber existido en tal número; una y otra y otra. Con cada una que abría el corazón me bombeaba más intensamente; parecía no acabarse nunca. Abría y cerraba con fuerza, como queriendo romperlas. Los gemidos no paraban y cada vez eran más audibles, más fuertes; eran sollozos de placer y a la vez de llanto. No sabía cómo identificarlos plenamente, pero me sentí cada instante más enfurecido. Por fin la encontré, en brazos de alguien, gozando de una manera irracional: era poseída como por una bestia con forma de hombre: su cuerpo suspendido en el aire arqueaba la espalda hacia el suelo, dejando caer su cabello hacia atrás, los brazos abiertos; y sus pechos se balanceaban brutalmente derramándose a ambos lados de su cuerpo. El enigmático ser de formas inhumanas, sujetaba sus nalgas y piernas con las manos, de pie, con una fuerza irracional, y ella se balanceaba una y otra vez mientras expelían gritos de éxtasis. De repente identifiqué que era Gabriel quien la poseía, me miró, me miraron los dos, pero continuaron, y los gemidos ahora eran risas estrambóticas. Huí de allí como pude, tropezando contra las sillas, mareado; subí como pude las escaleras.
    A partir de ahí el sueño cobró más realismo si cabe: El mar se había encrespado con tal magnitud, que su violencia parecía ir paralela a la de mis sentimientos. Una enorme bocanada de agua, como impulsada a presión, entró por la escotilla de popa y bajó a borbotones por entre las escaleras hasta empaparme todo el cuerpo. Era agua afilada, cortante y fría como gélidos témpanos de hielo, como lo era mi corazón en ese momento. Corrí desbocado y sin atender más que a mi instinto, supongo, resbalando y siéndome muy costoso avanzar, empapado por sucesivos golpes de agua que me hacían casi imposible mantener el equilibrio. El barco se balanceaba como un cascarón, como si no pesara más de unos gramos. Creo que amainaron las velas a la mitad como pudieron, pero alguien gritaba que ya era tarde porque el barco había entrado en un peligroso cabeceo que amenazaba con escorar de un momento a otro. El agua entraba a torrentes en grandes olas que me impedían la respiración, pasando por encima de nuestras cabezas; mientras, íbamos dando bandazos de un lado a otro sin posibilidad de sujetarnos. En otro golpe de mar, caí rodando hacia el costado contrario y estuve a punto de salir despedido cuando la botavara pasó girando, impulsada, a centímetros de mi cabeza, con la fuerza de Céfiro y Neptuno juntos.
    La costa seguía encontrándose a la misma distancia, o al menos eso me parecía a mí. El cielo, negro, parecía querer desplomarse de un momento a otro, arreciando sobre nosotros torrentes de agua en forma de granizo; todo lo que nos envolvía parecía tejerse entre una red fantasmagórica que deseaba abrazarnos, tragarnos. Los gritos se mezclaban entre la espesa bruma y el ruido ensordecedor del oleaje, batiendo nuestros sentidos enteros y sin capacidad siquiera de controlar un solo movimiento. Miré como pude hacia proa, pero no veía más que sombras y la embarcación, picando hasta meterse dentro del mar, quebrando el foque hasta lo profundo, pareciendo que nada se podría hacer más; luego volvía a salir la cubierta como de la nada, con una carga de mar que se abalanzaba al erigirse la proa, así una y otra vez.
    Todo lo que nos envolvía carecía de color, era pardo y grisáceo. Poco a poco y con un esfuerzo inhumano me aferré a los obenques, con las manos y el cuerpo ensangrentado, gateando e intentando tomar aire entre cada golpe de agua, arrastrándome hacia el timón. No era capaz de ver más de dos metros de distancia entre la espesa bruma, la lluvia torrencial y las bocanadas de agua que intentaban abducirme. En ese momento deseé encontrar los cuerpos de ellos dos ahogados, en el fondo de los camarotes; lo deseaba más que otra cosa. Según me acercaba vi una sombra que salía tambaleándose entre la lluvia y que identifique con la de Gabriel. Poco a poco fui deslizándome entre cajas que iban y venían, arrastradas por el movimiento del barco y que me empujaban golpeándome fuertemente. Baje gateando las escaleras, como si me hubiera convertido en una alimaña en busca de su presa. Allí al fondo encontré a Claire que gritaba y lloraba aterrorizada. Me aproximé a ella y nuestras miradas se cruzaron en un segundo, pero entonces no reconocí sus facciones: quedé aterrorizado al contemplar el rostro de una niña, que ahora me observaba con gesto inocente y me señalaba con el dedo hacia el techo, donde su lamparilla verde de ribetes cromados se balanceaba ferozmente hasta caer al suelo y hacerse pedazos.
    Fue entonces cuando desperté empapado en sudor y con la respiración entrecortada.


    Aquella mañana me pareció un buen momento para seguir hablando con Gabriel sobre su pasado. No sé muy bien si sería objetivo comentar que, con el tiempo su caracter había experimentado un ligero cambio, tendente a la introversión, o al menos esa era mi opinión. Lo cierto es que toda la información, o mejor dicho, la poca que disponía me planteaba muchas dudas. No encontraba una respuesta a la forma de vida que presumiblemente había llevado hasta ahora, siendo hijo único y de una familia con un nivel acomodaticio bastante bueno. Así se lo hice saber mientras nos servíamos una taza de café. Parecía estar esperando ese tipo de preguntas, como si supiera que tarde o temprano se la plantearía; por lo tanto, tomó la taza de café, con absoluta parsimonia, encendió un cigarrillo y me miró con cierto agrado mientras seguramente buscaba las palabras adecuadas. Le mencioné la herencia que debía disponer.

    - Oh si, efectivamente, he heredado todo, evidentemente: la casa de Francia, el piso de Madrid donde vivíamos la mayor parte del año, aparte de otras cosas y bienes materiales -hizo una breve pausa mientras me miraba. Dejé escapar un más que evidente gesto de interrogación-. Ese no es el problema -prosiguió-; la cuestión, Alberto, es que no me encuentro preparado para vivir todavía allí; son muchos los recuerdos que penden por doquier: cuadros, muebles, objetos que hemos compartido desde la niñez, cosas que quedaron tal y como las dejamos antes de partir, tanto en una como en otra casa. Pienso que lo superaré desde luego, pero todavía es pronto para lograrlo; lo intenté, creeme. Después de que ocurriera el desastre marché a Madrid y luché por rehacer mi vida, pero todo me llevaba hacia ellos, cada objeto, cada lugar, cada espacio; recuerdos de la niñez, de etapas posteriores. La situación, lejos de mejorar, empeoraba con los días, de manera que acabé tomando ansiolíticos. Hasta tal punto me encontraba afectado que comencé incluso a notar presencias que no lograba ver, pero si sentir; mi nombre se repetía muy a menudo y la voz que las pronunciaba era la de mi madre -al enunciar esto último le tembló significativamente la voz y sus ojos se humedecieron. Tomó otro sorbo de café, aspiró fuertemente el cigarrillo y se aclaró la garganta carraspeando-. De forma que decidí alejarme de todo por un tiempo. Pronto el dinero empezó a escasear y yo a duras penas malvivía con alguna cosita que vendía; lo que lograba ganar debía invertirlo en pinturas también, ya sabes; bueno, lo cierto es que un buen día, no hace mucho, conocí por casualidad a Claire: me encontraba en la travesía de C, ella paseaba por allí, se acercó y le gustó uno de mis cuadros, uno pequeño. Me lo pagó en el acto y entablamos una conversación. Claire es muy importante en mi vida, es una gran amiga, una persona en la que puedo confiar; te gustará, te lo aseguro, nunca encontrarás tristeza en su corazón- Al escuchar su nombre mi atención puedo asegurar que aumentó considerablemente: ¡Claire! Pensé que podría verla en breve; esa simple reflexión provocó en mi estómago un agudo cosquilleo, que me subía hasta el pecho. Durante unos segundos no supe muy bien que decir. Acabé sugiriéndole que se enfrentara con valentía a la situación, que intentara superar esos obstáculos-. Llevo tiempo meditando acerca de eso: verás Alberto -prosiguió-, no quiero ser una carga para ti; la vida nos ha unido en amistad, una amistad que valoro ante todo lo demás, lo sabes. Personalmente creo que pocos son los que hubieran accedido a darme techo, como hiciste tu. No olvido ni lo haré jamás lo que has hecho por mi; estos meses han sido maravillosos, me he encontrado como en mi propia casa, como en mi propio hogar; tu compañía, tus detalles; los momentos tan agradables que hemos pasado no pasarán en vano por mi vida, pero creo que se acerca el momento de que emprenda una nueva ruta. -Yo intentaba persuadirle, más con monosílabos que con verosimilitud, es verdad. En esos momentos tampoco supe muy bien qué podría decirle; no tenía un argumento de peso como para convencerle. No iban bien las cosas en materia económica; no nos iba bien a ninguno de los dos. De hecho, alguna vez se me había ocurrido la posibilidad de volver a la casa materna a mi también, claro que yo lo tenía más fácil: solo debía cruzar la ciudad. Sus facciones eran sinceras, reflexivas. No paraba de fumar; tomamos otro café. Miles de preguntas me asaltaron a la cabeza en ese instante, demasiadas para buscar una respuesta. Se me vino a la memoria el sueño. Estuve a punto de contárselo, pero no sé que fué lo que me llevó a callarlo, puede que me avergonzara hacerlo; era como expulsar hacia fuera mis más íntimos sentimientos: si no hubiera sentido tanta atracción por esa mujer, estoy seguro de que nos hubiéramos reído un rato a costa de mi aventura nocturna, pero muy al contrario, pensé que las formas seguramente me delatarían, estaba convencido. Continuó hablando durante un rato más, luego, cada cual se ocupó de sus menesteres: él, preparando el caballete, las pinturas y el lienzo; yo, telefoneando a hurtadillas a la redacción excusándome de no poder ir por motivos de salud.
    Entretanto llegaba mi ansiada, me encerré en la habitación y me dispuse a leer; fué en vano, claro está. Tan pronto cogía el libro maquinalmente, como lo abandonaba a mi lado; cerraba los ojos, posaba el reverso de la mano en la frente e intentaba centrar mi atención en algo. Los propósitos de Gabriel, sin duda me habían sorprendido, jamás pensé que estuviera meditando acerca de esa posibilidad. No puedo decir que me disgustara sobremanera, pero pensé por primera vez que le echaría de menos. Debería volver a acostumbrarme a la soledad. De repente imaginé a Claire compartiendo el apartamento: mi imaginación comenzó a divagar sin control. La imaginaba yendo de un lado para otro, nosotros dos sólos; siempre la imaginaba muy escasa de ropa, o desnuda, yo mismo fuí consciente de ese detalle y reí interiormente.

    El tiempo pasó lentamente para mi, pero, a media mañana el timbre de la puerta sonó, y con él un alubión de nervios que recorrían mi cuerpo, desde las manos a los pies. Intenté calmarme, pero mis movimientos no eran naturales. Dejé que Gabriel fuera quien se encargara de abrir la puerta, mientras yo me entretenía en husmear la librería en busca de un hipotético tomo. Cogí uno entre mis manos -no sé cual de ellos-, abrí sus hojas y escuché su voz, dulce, musical, susurrante; su risa natural, equilibrada: un aire fresco penetró a través de la puerta que recorrió todo el salón. De soslayo intentaba controlar su entrada, a duras penas contenida toda mi alma por encontrarla otra vez tan lozana, tan blanca, tan pura, tan dulce, tan tierna, tan en mi corazón, mía toda ella.

    Percibí cada instante, como a cámara lenta, su sombra primero y luego su cuerpo vestido, su aroma llegar a mi pituitaria, su mirada, su alegre exclamación al verme, su pelo largo tupido y lleno de vida, de un brillo natural; me embobé con su sonrisa y sus palabras, con sus ojos grandes, con sus dientes nacarados; avanzando hacia mi y yo hipnotizado, la vi acercarse como flotando entre terciopelo, y hubiera sucumbido en ese momento a sus pies; los hubiera besado hasta el infinito, y sus tobillos; me hubiera rendido allí mismo y le hubiera confesado mi locura; hubiera llorado en mi súplica, le habría pedido un minuto de su vida a cambio de toda la mía. Hubiera pronunciado "amor" y se me habría llenado la boca de pétalos rojos, blancos y habría besado la suya aunque mi corazón estallase. 

    Esos fueron los primeros momentos, así los sentí, así los vivió mi alma, mi espíritu palpitante que cabalgaba como queriendo abandonar mi cuerpo. Y yo paralizado sin saber qué decir, qué hacer, qué gesticular, qué imaginar, dónde ir si no a la tumba sin ella. Pero Claire lo invadía todo, con su naturalidad, con la expontaneidad de sus formas, con la soltura de sus movimientos, con su vida, con su líbido juvenil; porque Claire era un torrente, un huracán de vitalidad ; Claire era la luz misma de la creación, el primer fotón de energía, la envidia de los mismos ángeles; y yo a cada segundo que la miraba me sentía más sucio, impuro, inapropiado, mezquino, indigno...¡Claire -clamaban mis entrañas-, bonita mía, déjame acariciar tus mejillas, déjame si cabe rozar mis labios en ellas; déjame tocar tu pelo, sólo rozárlo con mis dedos; déjame derramar mis lágrimas en tu cuerpo para que me lleves allí donde estés; vierteme las tuyas, el caliz de tu boca sobre la mía y no volveré a beber más hasta la misma muerte; déjame dormir en tu regazo y soñar que te tengo aunque sea una quimera; mi bien, mi alimento, mi paz, mi anhelo último, mi sentido final, sólo quiero eso de ti, y tendré toda la vida, la verdad misma entre mis manos, entre mis ojos, en mi corazón abierto hacia la eternidad! ¡Déjame mecerte, acunarte y cantarte una dulce nana mi amor; déjate llevar por mi, volando a través del cosmos, flotando hacia el infinito mismo, cariño mío, sólo eso deseo!

    Locura es la palabra, locura inconsciente y desbocada; principio y fin de la materia; éter y roca; agua y fuego; sentido inenarrable...Y me besó las mejillas -presiento-, lo olvidé, no era consciente; era un objeto, un ser inerte, traslúcido. Y se sentó allí mismo, a mi lado, casí rozándome sus piernas, en el mismo diván donde la soñé, donde la ví la primera vez; su naturalidad máxima me embaucaba, yo asentía y reía, pero la miraba y deseaba que me rozase; intentaba alcanzar unos sólos milímetros para tocar sus piernas con las mías. 

    Así pasaron minutos, quizá media hora, hasta que comenzaron a prepararse para seguir con la pintura. Ese fué un momento de incertidumbre máxima para mi: Gabriel se dirigió hacia el caballete, colocó el lienzo y sus pinceles etc. Mientras tanto ella comenzó a quitarse los zapatos, luego la falda, la blusa de raso.., y yo sin saber muy bien qué hacer me dirigí hacia la posición del artista, mirando sin ganas el boceto y observándola a ella. Me miraba de soslayo, con cierta mezcla de ingenuidad y picardía entremezclada, sabiéndose observada minuciosamente; quizá deseada. Volvía a ver su tierno cuerpo en su desnudez total; la escruté fotográficamente, descaradamente, tumbándose a lo largo, adoptando la misma postura: flexionando una pierna, recogiendo su cabello hacia un lado, relajando su abdomen; sus pechos cayendo, inmaculados; su sexo semioculto; me miraba y sonreía, dejaba escapar una precoz risa y su feminidad se apoderaba de mis sentidos, de mis intenciones, de mis pensamientos, de cada gesto de mi cara, de cada movimiento de mi cuerpo. Entonces la deseé tanto que hasta mi boca babeaba como un tigre hambriento; cada poro de mi piel se erizaba, cada vértebra de mi columna parecía tensarse; cada hormona de mi cuerpo se erigía hasta convertirme en un salvaje animal, en un lobo hambriento que luchaba contra el instinto reflexivo, racional. En cambio, me sentí maniatado, o torturado; embriagado más bien, siendo consciente de mi incapacidad, de mi locura descarada. Gabriel me miraba y sonreía de manera ladina mientras conversaban y yo asentía y gesticulaba estúpidamente o profería sonidos grotescos o inconexos, desafinados.

    Así pasó la tarde: yo de allí al sillón, del sillón al balcón; fumaba y apretaba el ceño y meditaba qué hacer; escrutándo qué postura o decisión tomar: debía declararme, confesarle mi devoción, mi enajenación entera, y debía hacerlo cuanto antes. Deseaba conocerla, tenerla toda mía, ser su esclavo, su compañero, su amante incansable, su lacayo, su sombra y también su apoyo y su guardián eterno.
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    Claire: Capítulo 3. Un principio Gnóstico.


    Poco tardó la vida en ofrecerme la posibilidad de estar a solas junto a ella. Fue una tarde en que Gabriel había salido, como muchas otras. El timbre de la puerta sonó y la encontré allí, de frente, al otro lado, tan hermosa como siempre. No sería necesario decir que toda clase de pensamientos y deseos lascivos inundaron mi mente, aún antes de que pisara el apartamento. Volví a ver la eterna sonrisa de su boca expresar mi nombre, y mi vista volvió a quedar extasiada con el movimiento de sus labios mientras lo hacía; esos fueron los primeros instantes. Luego de pasar y haber besado sus mejillas, haber rozado mi cara con la suya y haber sentido de nuevo el tacto sedoso de su pelo, nos sentamos, el uno junto al otro y estuvimos disfrutando de un bonito block de dibujo que traía con la intención de que Gabriel lo ojeara. Pasamos allí un largo rato, en el sillón, pegados: ella concentrando toda su atención sobre los dibujos y pegatinas que había confeccionado cuando aún era una niña, y yo intentando demostrar toda la admiración que me era posible; reía y la miraba, pero también aspiraba sus efluvios florares y casi se rozaban nuestras cabezas; mis piernas y las suyas ahora estaban totalmente unidas y mi atención pasó casi de manera exclusiva a su cuerpo, y sobre todo su blusa, que se transparentaba con el sol menguante que entraba a través de los cristales de la terraza. Mis ojos no cejaban en la delectación que me ofrecían sus ondulados senos, curvos, grandes y duros como su misma juventud. Cada movimiento de su cuerpo era seguido por mis ojos con avaricia y con un sentimiento de gula carnal, que fue poco a poco en aumento hasta vivir en un auténtico desenfreno que incluso me entrecortaba la respiración y me hacía imposible hablar.
    No tengo reparos ni me importa crítica alguna por parte de quien algún día pueda leer estas palabras, pues mi intención es únicamente la de expresar, como buenamente pueda, los sentimientos exacerbados que esa mujer produjeron en mis sentidos; siento no poseer más que un limitado juego de palabras para exteriorizar lo que solo los sentidos por si mismos pudieran hacerlo, pues, era tan grande la belleza que atesoraba de pies a cabeza, que cualquier hombre en mi caso, hubiera enloquecido de igual manera.
    Poco a poco, según pasaba la tarde fui perdiendo las riendas de mi conducta, aunque puedo jurar que luché encomiadamente contra ello.
    Llegó el momento, mientras reíamos con las anotaciones que escribió siendo niña. Posé mi brazo sobre su hombro, notando el cálido contacto de su cuerpo. Poco a poco fui bajando mi mano hasta rozar su espalda; me detuve justo a la altura del nacimiento de su pecho. El tacto sedoso y casi imperceptible de la blusa le imprimía la sensación de estar tocando su propia piel.
    Lentamente su sonrisa fue mutando hasta convertirse en un gesto de asombro. Aún así, no hizo movimiento alguno para librarse de mí. Únicamente me miró, con una especie de plácida contemplación, serena. El brillo de sus ojos verdes cristalizó los míos en instantes. Fui recorriendo su rostro detenidamente: su frente despejada, su nariz pequeña y respingona; el labio superior de su boca, sutilmente levantado dejando ver los incisivos, como dos gemas nacaradas; ¡la hubiera comido en ese momento, y quizá por eso, encontrándome en el epicentro de mi lucha titánica, no supe reprimirme todo lo que debiera, de manera que, teniéndola ahora de frente, afiancé su cuerpo con mis manos por debajo de las axilas y la conduje hacia mí, suavemente, hasta llegar a posar mi boca sobre la suya.
    Claire me miraba, muda; no hizo gesto alguno ni intentó en ningún momento liberarse. Sólo seguía mirándome de manera impasible
    -¡Perdóname Claire, pero te amo! -expelieron al fin mis labios-.
    -Solo me deseas- acabó pronunciando sosegadamente después de unos instantes de silencio. Cualquier palabra suya en ese momento me hipnotizaba. Volví a detenerme en su mirada y en cada detalle de su rostro.
    -¡Te amo; creo que voy a enloquecer!
    Claire expelió una sutil sonrisa en tanto bajaba la mirada. De nuevo se dirigió a mí.
    -Alberto, no puede ser- y otra vez sus ojos se encontraron con los míos. Mi nombre en su boca sonó a mis oídos como el canto de una coral barroca. La tomé de los brazos con más fogosidad si cabe; acaricié sus mejillas con ambas manos; las paseé sobre su pelo sedoso mientras me devanaba el cerebro por expresar algo convincente, pero quedé en blanco durante unos segundos.
    -¡Eres mi vida, toda mi vida; sin ti no quiero ya nada, te quiero y deseo!- y volví a besarla, pero sus labios no se movían. Entonces, presa de la sinrazón, comencé a desabrocharle la blusa, dejando desnudo su torso; la despojé completamente de él, pero ella seguía impasible. No sé cómo mi mente tradujo esa situación, solo sé que me dejé llevar por un arrebato, cuya fuerza era cien veces superior a la razón pura: acerqué mi cabeza a su pecho y comencé a besarlo tiernamente; acaricié con mis labios sus senos, pero ella seguía inalterable, algo que causó en mí un gran desconcierto. Rocé con mis labios sus axilas y luego su vientre; la curva del ombligo fue dibujada con mi lengua y me supo a pura miel; recorrí con mis labios su cuerpo, besándola lentamente hasta perderme entre su cuello, extasiado de placer hasta llegar de nuevo a su boca; nuestros ojos se encontraron y de golpe sentí vergüenza, un tremendo rubor que me hizo apartarme de ella, impelido por un repentino alud de raciocinio. Todo mi yo comenzó a sentirse profundamente turbado. ¡Deseaba que esto no hubiera ocurrido; el sentimiento de culpa se cernió sobre mi conciencia sin piedad ninguna!
    Claire me miraba como se mira a un niño. Entonces me arrodille ante ella, llorando, tomando sus manos entre las mías. Me erguí de golpe y la cubrí con su blusa. La abracé cariñosamente y entre sollozos suplique perdón y le pedí se marchara. Sus ojos ahora se bañaban en un incipiente caudal, pero no pronunció una palabra hasta que se hubo incorporado y estuvo junto a la puerta. Me miró, limpió sus mejillas y pronunció un "no te preocupes, no es culpa tuya" que no olvidaré.
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    A partir de aquel día mi vida tomó otro cariz. Después de esas sesiones de pintura que he mencionado, vinieron otras, pero yo procuré mantenerme alejado; no era así como mi corazón quería amar; de hecho, aquella manera de sentirla o desearla me parecía nacer estigmatizada y por tanto se me hacía sucia ya desde un principio, mi propia conciencia me avisaba o me recriminaba la libidinosa esencia con la que se gestaba un sentimiento que debería mostrarse libre de mácula.
    Durante ese tiempo dediqué mi atención a mi trabajo con más empeño; tomé, por otro lado, la costumbre de caminar, a veces raudo, otras disfrutando de todo a mi alrededor: de las gente, de las calles, de mis pensamientos. Procuré distraerme de cualquier forma: visitaba exposiciones o asistía a conciertos; también me dediqué más profundamente a la lectura de los clásicos: por mi mano pasaron Dovstoievsky, Unamuno, Nietzsche o Hesse. Confieso que la imagen de Claire no desaparecía de mi mente, pero con el tiempo mi querencia era otra muy distinta: comencé a amarla con la mirada de quien necesita la esencia, no de quien desea encontrar en lo mundano el placer de los sentidos más primarios. Muchos fueron los momentos que incluso llegué a olvidarla, de modo que esto, extrañamente, lejos de apenarme, me producía una sensación placentera de bienestar, un sentimiento de paz y armonía que me transmitía felicidad. Escuchaba de labios de Gabriel su nombre algunas veces, pero mi mente dejó de instantaneizarla desnuda. Su imagen en mi retina pasó a ser únicamente el de su rostro, sus ojos. Creo que me sentía a gusto conmigo mismo, aún en la lucha interna de ansiar una conciliación y un nuevo comienzo.
    El lienzo con la imagen de Claire ya secaba por aquellos días sobre la pizarra de corcho. Cuando me sentaba en el salón, comencé a observarlo, en la distancia, y tuve la sensación de que su parecido era cada vez mayor; sin embargo, al acercarme solo distinguía los clásicos trazos de una mujer tendida, como cualquier otra.
    La despedida de Gabriel llegó pronto, y para entonces ya era distinta nuestra amistad. Su ida dejó una herida y una soledad que eché de menos con toda la aflicción que hubiera podido imaginar; fue doloroso el adiós en el andén de la estación, lleno de bultos y maletas, con su chaqueta de cuero gastada, sus vaqueros blanquecinos y sus siempre únicas zapatillas deportivas. Ocultó sus ojos tras unas gafas de sol, pero no pudieron hacerlo sus quebradizas palabras y su fuerte abrazo, y su mano tendida hacia la mía, y su nuevo abrazo último antes de subir al vagón. Tampoco pude yo adulterar mi alma compungida, porque con él se marchaba un bonito espacio de mi vida: con él había conocido la realidad de una amistad verdadera, había aprendido a valorar lo diferente o lo enigmático; a estimar el placer de compartir. La amistad había sido y era él en todos sus valores. Gabriel ofrecía sin reparar en el qué o para qué como contrapartida; Gabriel no conocía la ambición; su sueño era la pura creación por el placer de vivir su espacio en la vida, por iniciativa natural; por el más primario de los instintos, ese que nace limpio, transparente, incontaminado; ese que se ofrece, que se abre a la humanidad, que se nutre a sí mismo, que se complace con un gesto o la palmada de un amigo. Esa manera excelsa de sentir la vida también me la enseñó, y yo comenzaba a vivirla y a hallar sentido en ella.
    Pero Gabriel debía encontrarse con su pasado y prefirió hacerlo cuanto antes. A él le esperaban las sombras y los recuerdos, pero también la misma luz y un futuro por conquistar, y una seguridad en el reencuentro; su niñez; su adolescencia misma y sus viejas amistades le esperaban y él era consciente; sabía que entre las paredes de su casa al fin conocería su principio, conocería que aún no estaba solo porque la llamada no era ajena sino parte de su misma parte.
    -¡Adiós, amigo -escribí en mi mente con luces brillantes- hasta pronto compañero, te llevas un pedazo de mi vida también, pero ese espacio estará siempre colmado de apoyo hacia ti; allí será donde mi corazón llene con los mejores deseos, la copa que un día tomamos, y brindaré por ti siempre, y cuando me encuentre solo, sé que estarás a mi lado. Volveremos a vernos!
    El tren comenzó su lento camino y puso un punto de ruptura en nuestras vidas, pero a la vez un nexo intangible y una nueva prueba que superar. Allí permanecí hasta que mi vista sólo divisó una mancha en el horizonte, entre el paisaje urbano. Solo pensé en volver a verle.
    ...........................................................................................................
    El lienzo, que intuí fuera un regalo para Claire, seguía secándose lentamente sobre la pared de la terraza y pasó a convertirse en excusa para volver a verla, pero por el momento, mi mente se contentaba con la sola delectación de la obra, que seguía considerando cada día más enigmática.
    Mientras permanecía en el apartamento, entre idas y venidas, me era imposible dejar de mirar sus trazos, aunque solo fuera fugazmente. Muchas veces, aún habiéndola observado hasta la saciedad, quedaba paralizado penetrándola con la mirada como quien desea escrutar en la noche ciega; conocía cada trazo, cada gota de pintura sobre la tela, pero aun así, cada vez encontraba que mis sentidos habían sido susceptibles de percibir algo esencial que parecía tomar vida propia. Tanto es así que mi obsesión fue creciendo a medida que transcurrían los días; a veces me consolaba a mí mismo en la tranquilidad de que fuera producto del propio secado, pero tan pronto pensaba eso, mi mente lo negaba con mayor seguridad se cabe.
    Me sentaba en el diván, solo, y mis ojos la buscaban como hipnotizado, con miedo incluso; con la esperanza de encontrarla exactamente igual que antes, pero no era así. Incluso sus colores me parecían cambiantes, si no hubiera encontrado una excusa en que la luz del sol pudiera conferirle diferentes tonalidades. Me acercaba y me alejaba, alternativamente, una y otra vez, y siempre percibía que en la distancia Claire era cada vez más exacta; descubría cada día nuevos matices que iban poco a poco otorgándole una perfección fotográfica; sin embargo, luego me acercaba y su rostro parecía mutar; era cambiante, diferente, aún en la forma más sutil.
    Comencé de hecho a sentir una sensación desagradable. Un día, ya entrado el otoño, convencido de que hubiera secado -más en mis deseos que por otra circunstancia-, toqué una de sus esquinas para cerciorarme, pero lejos de ello, me manché abiertamente los dedos, como si acabara de pintarse. Dí dos pasos hacia atrás, como impulsado por un resorte. Sabía que ese hecho no era coherente, de manera que la circunstancia me erizó cada vello de mi cuerpo.
    Aquello comenzó poco a poco a obsesionarme de tal forma, que llegué incluso a no salir a la terraza. Sin embargo, su visión me hechizaba, me invadía plenamente.
    La realidad era que presumiblemente Claire debería venir a recogerlo, pero pasaba el tiempo y no lo hacía. Evidentemente que mi interpretación se limitaba a ser la de su rechazo hacia mí, su voluntad de no volverme a ver. Esto me atormentaba especialmente, ya que toda mi intención era hacerle ver que yo había cambiado. Sin embargo, desconocía su paradero y por supuesto su domicilio, por tanto, descartaba toda iniciativa por mi parte. El sentimiento de culpa fue lentamente acrecentándose con los días, aún en la intención profunda de olvidar todo lo que había sucedido entre nosotros dos.
    Por descontado que hubiera ido al fin del mundo de haber conocido la forma de encontrarla, pero no era así, y tampoco le quise hacer mención a Gabriel pregunta alguna sobre su domicilio, llevado por el sentimiento de pudor que me embargaba, de manera que debía esperar pacientemente hasta que ella hiciera intenciones de llamar a mi puerta, y mientras tanto, debería seguir viviendo con la contemplación del óleo, que día a día me iba incomodando más.
    Solía por aquella época acudir a parques y otros lugares públicos para escribir los artículos del diario. Encontraba en el bullicio una mayor concentración, así que que tomé esa actitud como costumbre, y me fue muy bien. Recibí la llamada de una editorial cuyo interés era el de agrupar en un libro mis artículos, que solían tratar temas de pensamiento, crítica social o los más básicos sentimientos humanos. Había reunido ya tal cantidad de ellos como para escribir no uno, sino varios tomos. A veces solía convertirlos en pequeñas historias o relatos encaminados al análisis psicológico; otras, sobre todo en la última época, habían hecho mención a aspectos relacionados con el amor, indudablemente influenciado por mi etapa personal.
    Llegamos al fin a un acuerdo mediante el cual, se decidió editar una pequeña tirada titulada "más allá del periodismo". Estoy hablando con esto de un espacio de tiempo no menor a un año de mi vida. Como tuvo bastante éxito entre el público femenino, se imprimió una segunda tirada, y poco a poco mi carrera periodística fue abriéndose camino, pero más direccionada hacia la literatura propiamente dicha que la mera redacción periodística. Esta nueva coyuntura personal me animó considerablemente, de forma que pasaba horas y horas escribiendo, estudiando argumentos e intentando expresar con todo el interés y la profusión que me eran posibles. Prontamente la editorial consideró que mis historias de amor eran sin duda las que más interesaban a este tipo de público, por lo que me alentaron a que orientara decididamente hacia allí la literatura de mis artículos. Por otro lado, estudiamos con ilusión el proyecto de una novela, algo que comencé a construir poco a poco en mis ratos de ocio.
    De tal forma me cambió la vida en el aspecto profesional, que pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo y escribiendo hasta bien entrada la noche, sin otra pausa que las horas de la comida o la cena.
    Pero Claire no daba señales de vida y desconocía si Gabriel disponía de teléfono en su domicilio, ni había vuelto a contestar mas que a la primera de mis cartas.
    Un día de saturación, decidí pasear tranquilamente por los aledaños de mi apartamento. Inmediatamente se me vino a la memoria la niña que bailaba al son de la música que nacía desde su más tierno interior; aquella cuyos ojitos soñaban quizá con un infinito mundo de colores, comprimido en su pequeña lamparilla de cristales verdes. Seguro que algún día sería capaz de crear todo ese espacio mágico que llevaba dentro de su corazón.
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    Debo seguir narrando mi historia, queridos amigos, pero en tanto lo hago, a veces me invade un hondo pesar cuando recuerdo lo que todavía no puedo relatar. Hondo y doloroso se me hace ahora, en la distancia, recordarla, tan llena de vida, meciendo su cabello con cada gesto. ¡Amor, te echo tanto de menos; daría tanto por estar a tu lado, dormirte entre mis brazos y mirarte eternamente; ser apenas tu compañero, tu guardián, quien aspirara como esencia tus palabras; recibir tu perdón y llorar a tus pies clemencia; te echo tanto de menos que mi vida por ingrata no la tengo, sino que es la crueldad misma, amor; se me llena la boca de ti y al mismo infierno quisiera ir si purgara una solo de mis impuros pensamientos del ayer!
    ¡Si pudiera abrazarte ahora, si la vida en ti fluyera y la muerte segara la mía, abriría más que una estrecha vereda ante tus ojos! Pero ahora debo someterme al sortilegio del remordimiento y lo desconocido, y aunque te siento a veces, no puedo verte. La locura misma habitará en mi dentro de poco, mas la daría por buena si con ella dejara esta vida abrazado a la tuya. Dibujo la curva de tus labios con mi índice, en el aire; el suave arco de tus ojos verdes como hojas de castaño; escucho la música de tu voz entonando la más dulce de las melodías y creo no poder vivir más abatido. Quitarme la vida quisiera si con esto pudiera revivir nuestro último encuentro, por un momento siquiera.
    Perdónenme una vez más pero mi vida seguramente acabará con mi relato, y entretanto tengo derecho a desfallecer aún solo por momentos; sepan que apenas las lágrimas me dejan escribir un momento, y cuando lo hago, aquí la siento, a mi lado. Sueño o percibo sus manos acariciar mi pelo; sé que está a mi lado, pero no la veo. ¡No la veo!
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    Pasó algún tiempo; no sé cuánto. Pero aquella noche alguien me despertó, lo juro; sentí sus dedos sobre mi brazo descubierto. Tardé un momento en reaccionar pero no fue un sueño. Alguien me había tocado, me había llamado; en aquella madrugada me llamaron.
    Recuerdo cada momento como si en este mismo instante ocurriera. Escuché susurros fuera, en el salón; sentí frío, un terrible frío interno que me hacía tiritar. Luché contra ello pero salí a su encuentro. Por momentos sentí erizarse todo el vello de mi cuerpo; sabía que no estaba solo, lo notaba allí cerca; su presencia me acompañaba, casi podía percibir el olor de su cuerpo. ¡Y me era muy cercano, por Dios que sí! Pero en ese momento no acerté a identificarlo; tenía miedo, verdadero miedo; terror. Caminé agazapado entre el marco de la puerta y el pasillo, escondido en mi silencio y sin una sombra que su luz tuviera. Temblaba todo mi cuerpo a cada susurro que percibía. ¡Y ese sonido de roce, acompasado, idéntico en cada movimiento! Algo empecé a presentir de pronto, pero mi mismo yo lo rechazaba rotundamente. ¡Sería un sueño! Comencé a tocar mi cara por descartar no encontrarme despierto. Pero lo estaba y todo había sido cierto, como ciertos eran los ruidos que del salón llegaban, y la mano que tocó mi hombro con un suave balanceo. Seguí caminando, tan despacio que apenas yo mismo era consciente, como el que no quiere llegar nunca a su fatal destino. Creí estar loco, lo prometo. Poco a poco fui observando hacia afuera y lo que vi casi paraliza mi corazón entero: el lienzo, si, el lienzo. Su pintura se movía sutilmente, y con cada movimiento, con cada trazo, el susurro se clavaba en mis oídos. Mis ojos eran dos cuencas abiertas. ¿Saben lo que es sentir miedo? Ahora era espectador en mi incomprensión misma de esos cambios en el óleo; ahora mi locura se aproximaba más a sus grotescos paroxismos. De repente, entorné un poco los ojos, pues algo había apreciado entre la oscuridad, solo apenas interrumpida por la luz de una lejana farola. Entorné como digo los ojos para dar crédito a lo que era testigo, y pude ver una fugaz figura humana; un espectro etéreo danzar casi en su lucha: de atrás adelante, otras rozando casi el cuadro; después retroceder dos pasos y otra vez adelante, incansable, una y otra vez hasta que al fin, arruinada mi integridad ante esa escena, quien fuera giró su cara y creí percibir aún en la ausencia de rostro, entre esa materia violácea, la figura de un fatal presentimiento. Tal fue mi nivel de excitación que caí desplomado y amaneció el día encontrándome tumbado sobre mi diván, acariciando su lecho, perdido ya su perfume, pero todavía en mi recuerdo; por siempre.
    Como no podía ser de otra forma, mi propia casa se convirtió en un tormento insufrible, pues no conseguía pegar ojo, aterrorizado como estaba por la experiencia de la noche que acabo de relatar. Opté por cerrar a cal y canto puerta y persianas de la terraza, de manera que no tuviera la más mínima oportunidad de presenciar absolutamente nada. Los primeros días escribía en cualquier lugar menos en mi mesa de trabajo; comía y cenaba fuera. Cuando accedía al interior, de noche, lo hacía siempre con la desagradable sensación de ser observado, algo que me producía un profundo escalofrío que recorría toda mi columna vertebral de abajo arriba y me erizaba el cabello. Pueden hacerse a la idea de que esta situación no era en absoluto asumible, en primer lugar porque mi salud pronto se vio menoscabada, desde luego. Me tumbaba en la cama y, tanto si me mantenía con los ojos abiertos o cerrados, comenzaban formas extrañas a danzar en torno mío, objetos inanimados que iban y venían; aparecían y desaparecían como pequeñas luces con formas diferentes e incluso se movían de aquí allá, dándome la sensación de que en algún momento iba a ser objeto de la sacudida de aquellos dedos sobre mi hombro, impulsándome a levantarme; desagradable situación en todo punto e inaguantable por mucho tiempo. Mis oídos se aguzaban en extremo ante el temor de escuchar el mismo sonido de roce, o ese susurro cavernoso que me producía estremecimiento solo de pensarlo. Sentía tanto terror, que las noches pasaban contando las horas una tras otra.
    Uno de aquellos días conocí en la redacción a un tipo interesante, llamado Martin G. Landa, quien había dedicado parte de su carrera periodística a cubrir la información de países de Centroamérica. Tuvo la suerte de ejercer de corresponsal en una etapa muy delicada de la historia de Nicaragua, Honduras y México, trabando amistad con sacerdotes Jesuitas de la llamada “Teología de la Liberación como Andrés Aubry o el propio Obispo Samuel Ruiz. Portaba orgulloso en su hombro una "herida de guerra" que le ocasionó la “Contra” Nicaragüense en un incidente del cual salió vivo de milagro. Mi amistad con él comenzó de casualidad en un seminario titulado “periodismo: la fuerza de la palabra escrita” al que confluyeron numerosos colectivos y que iba encaminado a poner de manifiesto los distintos procedimientos mediante los cuales, el valor de la palabra impresa influye en las distintas corrientes de opinión, en el ámbito político, social y religioso de los pueblos. Como por aquellos días mi vida estaba un poco carente de sentido o, dicho de otra forma, necesitaba una mayor motivación que mantuviera mi mente apartada de otras circunstancias, me interesé abiertamente por esta forma de periodismo. 
    Martin era una persona muy cercana, como todos los que habían vivido experiencias de ese tipo en alguno de aquellos países. Me parece que sólo el hecho de pedir un destino semejante ya te confiere una connotación especial. Se puede ejercer la profesión desde la base, en el campo de batalla, vistiéndose con los mismos jaeces que el pueblo llano, o desde el sitial de los intocables cuyo distanciamiento, les hace del todo incompatible con los conceptos éticos más primarios. Su pensamiento era este, y su actitud la de una renuncia sin paliativos a la traición de sus convicciones, de marcado signo agnóstico, pero con una vinculación de justicia muy comprometida con la causa de los oprimidos.
    Como mi interés era tan grande, tuvo a bien acompañarme y compartir unos vinos conmigo, mientras conversábamos acerca de este ministerio, que tuvo tan grande repercusión a nivel mundial y marcó quizá un punto de ruptura con el pasivo sometimiento a que se veían impuestas las clases indígenas.
    Pasada la tarde le hablé un poco de mi incipiente carrera y mis intenciones claras de darle un sentido mayor a mi vida profesional. Me pareció curiosa una reflexión suya con respecto a ese interés innato de muchos seres humanos, por trascender a la propia existencia terrenal mediante la obra legada, ya fuera en materia de inventiva o en el descubrimiento o, simplemente en la lucha encaminada hacia un bien común, de manera desprendida, siendo consciente de tu propia mortalidad y la duda existencial que a veces genera, en tanto se cierne la pregunta de para qué vale algo que perdura si tú no lo haces también; de dónde y por qué nace ese sentimiento .
    Quizá fue el alcohol quien hablo por mi boca, pero lo cierto es que le comenté mi experiencia pasada y las sensaciones tan extrañas que había generado en mí; el sinsentido mismo de aquello y la ansiedad o preocupación con respecto a mi amigo Gabriel. Me escuchó con total atención, asintiendo de cuando en cuando e incluso tomando notas escritas sobre una servilleta. Sus consejos me ayudaron bastante, si bien me pidió un estudio más detenido y solicitó mi permiso para comentarlo con un amigo que también era conocedor de la mucha literatura que hay sobre estos temas. Aquello hizo que mis ánimos se tranquilizaran un poco,; pensé que podría existir todavía una puerta de salida que pusiera un punto de coherencia y que me hiciera vivir en paz.
    -Vamos a hacer una cosa, si te parece - pronunció tras unos segundos de meditación-. Tengo la impresión de que lo que me cuentas es verídico, o sea, no quiero decir que dude de tu palabra, sino que las sensaciones que has tenido son reales –volvió a meditar durante unos segundos, frunciendo el ceño mientras perdía la mirada. Al tanto, yo le observaba como quien observa la resolución de una película en sus minutos finales. -Vas a dejarme recurrir a una práctica que conozco –siguió diciendo- y que no he usado desde que vine de Méjico. Me estoy refiriendo a un hongo que utilizan allí algunos indígenas desde antes de ser colonizados. Será interesante saber si estamos en condiciones de conectar con experiencias en otro plano de vida. Podemos estar ante un caso claro y no debo personalmente dejar escapar esta oportunidad ¿Qué me dices? 
    Se me erizaba el cabello solo de observar la seriedad con que se tomaba mi experiencia. Parecía decidido por completo a tomar cartas en el asunto e incluso insistió en visitar mi apartamento el día siguiente, a lo cual, contesté de manera afirmativa, viéndome un poco en un callejón sin salida, aunque de igual forma hubiera accedido si esto hubiera significado ir inmediatamente. Parecía tan seguro de lo que decía que lo consideré como mi única salvación. -Cuenta con ello, Martin; estoy dispuesto- proferí, sin meditar mucho mi respuesta.
    -¡Bien –exclamó-, no se hable más, mañana a la misma hora volvemos a vernos y te acompaño!- y emitió una estentórea carcajada al tiempo que estrechábamos las manos.
    Por el camino de vuelta intenté convencerme a mí mismo de que esa era la única o última solución que había de plantearme antes de abandonar la casa. También es cierto que en los siguientes días no había vuelto a ocurrir nada plausible o digno de mención, pero dentro de mí tenía la extraña sensación de que nunca me había abandonado ese ser que creí ver a través de los cristales de la terraza. Pronto me arrepentí de haber comentado el asunto con alguien. No tuve que esperar siquiera a la noche para ser testigo de fenómenos extraños, sino que ya desde el momento en que pisé el apartamento empecé a sentir presencias ajenas que parecían seguir cada uno de mis pasos. Toda la piel de mi cuerpo se erizaba de continuo; encendí cada luz de la casa pretendiendo huir del terror que me embargaba de pies a cabeza. ¡Qué quieres de mi –gritaba-, quién eres, déjame de una vez! Pero no encontraba respuesta alguna ni fuera ni dentro de mi consciencia. Caminaba de un lado a otro de la casa, como un excéntrico, sin parar en ningún lugar un solo minuto. Bebí entonces más de la cuenta; en realidad acabé la botella de whisky que aún quedaba en la alacena y un paquete de tabaco completo. Por fin, medio borracho, fijé la mirada en la puerta de la terraza, anclada a cal y canto con sus herméticas persianas; me dirigí hacia ella con el ánimo resuelto y comencé a subir las lamas que ocultaban el exterior, poco a poco y con un temblor que inundaba mi misma alma. Mientras lo hacía, descubrí medio oculto entre las patas de una pequeña rinconera, la libreta de Gabriel, pero mi atención se desvió de nuevo al escuchar pequeños susurros, que mis sentidos traducían como risas macabras, como reconfortadas en la complacencia de haber conseguido su objetivo. Cada tramo de persiana que era subida por mis brazos parecía amplificar el volumen de esos susurros, de esos sonidos acompasados, tal y como los oí la primera noche, pero ahora mi espíritu estaba decidido a plantar cara a esta locura, con total resolución y sin titubeo alguno. 
    Poco a poco la luz de la noche entró a través de los cristales. Todavía siento escalofríos cuando recuerdo aquellos momentos en que mi ebria visión comenzó a detectar una macabra presencia justo enfrente de donde me encontraba, tras sólo una lámina de cristal, con su sonrisa estática, sus ojos traslúcidos, la forma transparente de su cuerpo, sus extremidades perfiladas, como flotando en medio de la nada. Mi cuerpo entero dio un salto hacia atrás, impulsado por la espantosa visión. La sórdida mueca de su rictus no cambiaba ni un ápice en todo momento, pero sus cavernosos ojos, como galerías siniestras, no cesaban de atrapar los míos soporíferamente. Al poco, mientras hube retrocedido hacia atrás todo lo que el espacio del salón me permitía, cambió su posición, se acercó al óleo y continuó, como aquella vez, irrumpiendo contra él, de manera mecánica, impulsando sus dedos entre la pintura y manipulándola como si de verdad pintara sobre ella, con golpes atropellados y sincrónicos, alejándose y acercándose raudamente. Mi mirada pasó a ser espectadora de los cambios que se operaban dentro del óleo, y puedo jurar que éste modificaba su aspecto, aunque solo fuera de forma exigua. La figura que se plasmaba sobre él era una reproducción fotográfica de mi amada Claire; era tanta la fidelidad de los rasgos, de los trazos, del color empleado, de la utilización de la perspectiva, de las cantidades de pasta utilizada en cada lugar de la tela, que la figura de Claire parecía incluso estar allí mismo. La observé entonces embelesado, hechizado, y fui acercándome más y más hasta perder la atención sobre todo lo que me rodeaba. Mis pasos me aproximaban cada segundo a ella; mis manos querían acariciarla y mis sentidos vivirla de nuevo; parecía incluso mirarme dulcemente, con su sonrisa sagaz y sus brazos extendidos, como queriendo abrazarme. ¡Mi corazón amenazaba con estallar, con salirse del pecho, con liberarme del peso de la vida! ¡Nada humano podía llegar a conseguir tal perfección! Esa imagen era Claire; no se parecía, ni siquiera podría conceptuarse como una pintura hiperrealista, ¡era la imagen fiel, viva, de ella ! Caí de rodillas, por fin, sin apartar la vista ni un instante de la figura fantasmagórica que a mi lado tenía, del gesto ahora amable de su cara, de la imagen sagrada de mi amada que yacía sobre el diván, dentro del lienzo. Lentamente me incorporé de nuevo, mientras el espectro desaparecía como si fuera humo difuso, como si su función hubiera acabado con la terminación de su obra. ¡De su obra -pensé-. Gabriel! ¡Eres tú -gritaba-, dime si eres tu, amigo! Fui acercándome lentamente, henchido de gozo con la contemplación de mi amada; !tanto la deseaba que por un momento creí tenerla allí mismo! Me acercaba lentamente, con el hechizo de la pasión mas ardiente y el vértigo mental producido por el alcohol que había ingerido. Mi boca se convirtió en una mueca de placer mientras disfrutaba de lo que parecía realmente la imagen viva de Claire, desnuda, con una explosión de fogosidad que me llamaba, que me invitaba a amarla; que deseaba ser amada ardientemente. Todo el espacio circundante me daba vueltas, como si girara en torno mío, pero ella permenecía quieta y con el aspecto de poseer vida real, fresca como una planta inundada de rocío. Mis ojos eran flechas clavadas en su imagen perpetua, acercándome más y más, tan lentamente que era inapreciable el movimiento de mi cuerpo. De repente, cuando ya parecía dispuesto a abrazarla -así me pareció en ese momento-, algo comenzó a cambiar en ella. Su cuerpo empezó a velarse ante mis ojos, como si estuviera cubierto por una especie de pátina de barniz. A medida que ganaba unos centímetros solo, tuve la impresión de que el aspecto de lo que le rodeaba no era el mismo; el entorno era otro lugar. El diván se convirtió en un lecho de colores vivos: rojos, azules como el cielo; magentas con forma de corazones, amarillos con la alegría misma del sol; de hecho había soles dibujados por doquier, y nubes blancas y árboles de verdes ramajes y troncos ocultos entre prados extensos. La pintura se convirtió en una película ante mis ojos: las hojas de los árboles volaban impulsados por la suave brisa del aire; bandadas de pajaros iban y venían, y se posaban sobre las ramas o sobre el verde campo reverdecido; todo era una explosión de vida, de frescor; tan fuerte era la sensación, que parecía salir de allí mismo y acariciarme la cara. Cerré los ojos un momento, aspirando fuertemente la refracción que sentía nacer de allí mismo y me inundaba como brisa catártica. Pasé así un tiempo que me es imposible determinar; era tanta la felicidad misma que penetraba en mis entrañas, que hubiera permanecido quizá hasta el fin de los tiempos. Cuando abrí los ojos nuevamente, observé la figura que dormía dulcemente entre sábanas de vivos colores; quedó mi mirada fija sobre su rostro, el rostro de una niña, con toda la ternura de su dulce expresión de reposo, de serenidad. La niña que un día hubo en ella, en Claire; seguramente la niña que seguía habitando en un rincón dentro de su corazón; el espejo mismo de su alma pura, el alma que muchos seres humanos llevan adherida por siempre para ventura suya y que otros desconocen o desprecian. Puedo jurar que nada agradezco tanto como aquella experiencia puesta en mis manos, en mis sentidos en estado natural, genuino, como nunca había vivido hasta entonces. Era de nuevo la imagen de la inocencia, hasta ahora simbolizada por mi en aquella niña preciosa con la que comencé el relato; era el mismo mundo candoroso, idealizado, de añorada pureza, el más mágico de los retablos donde la única verdad se cernía en torno a la más impoluta y virginal de las esencias, el nectar del amor, quizá cósmico, eterno.
    Entonces toqué el lienzo, ahora completamente seco, como si llevara años pintado, pero con la frescura de la pintura recien mezclada, lleno de mágia y color. Allí estaba mi vida; allí estaba Claire en su ayer y en su hoy, aunque no en el mañana, que querría haber sido yo quien lo pintara, yo quien lo viviera junto a ella; yo debería haber sido quien permaneciera allí dentro también, a su lado, aunque no hubiera sido más que un objeto inanimado, pero a su lado siempre, con la simple complacencia de la delectación misma de su cuerpo, de su presencia. Y en cierto modo es así, pues día tras día acudo a mi cita, la cita que me da el sentido mismo. Aunque no hubiera otros mundos más, allí estaría, fiel a mi voluntad ferrea. ¡Amor, sé que me reconoces, que soñamos en el renacer; en un mañana juntos! Pero nuestras almas lo están ya, no lo dudes, yo te pertenezco aún en nuestro infortunio y tu en mi eres el sentido, la magia de vivir aún en la muerte; la misma realidad detrás de una quimera ¡Mi pequeña!
    Y así pasé la noche, despierto, o soñando una vida paralela tan real como cualquiera, abrazado a mi amor y sin otra medida que la de buscarla, como único destino, como única meta.
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    Cuando mis ojos se abrieron, no recuerdo la hora, estaba aturdido, pero extrañamente descansado. Mi primera mirada fue hacia el lienzo, que tapé con un paño como se tapa a una criatura recién nacida, con el celo de la protección, pero también como se oculta el cuerpo de tu amada a los ojos de otros hombres, con la pretensión misma de hacerlo sólo tuyo. Me sentí feliz, aún en mi soledad y en la excentricidad que lo envolvía todo.
    El libro de notas de Gabriel apenas contenía unos apuntes de ideas que le habían surgido en algún momento sobre la resolución de sus trabajos. Disponía de unos bocetos garabateados y anotaciones entremezcladas. Nada más importante que eso, salvo la última de ellas, que era la de Claire, y que evidentemente fue la única que me llamó la atención: había compuesto varias disposiciones posibles, diferenciadas cada una de ellas por pequeños matices, como la postura de un brazo o una pierna, o una leve inclinación del torso. Ninguna cosa más contenía esa libreta, y por supuesto nada que debiera haber alimentado mis estúpidas sospechas del pasado.
    Martín acudió a la cita como habíamos planeado. Aquella tarde me encontraba totalmente renovado; era feliz, y él lo notó y me lo hizo saber. No podía imaginar la razón misma de todo ello, pero ahora tenía más claro que nunca que mi lugar de encuentro con ella no debería cambiar nunca. Tomamos unos vinos y hablamos, y fueron varias las veces que se reiteró en su admiración sobre mi admirable cambio. ¡Me producía risa pensarlo, pero me callaba como se calla el más preciado de los secretos: teniéndolo para ti; disfrutándolo en el mutismo, en el silencio total! Sentía ansias por saber qué iba a ocurrir, pero en el fondo mi alma se encontraba reconfortada; era curiosidad más que otra cosa, por comprobar si mediante esos estados alterados de consciencia que me prometía, podría llegar aún más lejos de lo que había sido capaz por mi mismo la noche anterior. Traía un hongo, que ingerimos masticándolo minuciosamente, sentados en el mismo suelo, sobre una alfombra, y no pasó mucho tiempo hasta que comencé a sentir los efectos: primero físicamente, me sentía mareado, con una sensación nauseabunda que iba desde el estómago a la garganta; todo lo que había a mi alrededor comenzó a dar vueltas y a cambiar de color; tan pronto era centelleante como que cambiaba y me sumía en la total oscuridad. Creo que me levanté varias veces sintiendo que se me escapaba la vida; luego volvía a sentarme o me tumbaba agitadamente, con movimientos espasmódicos. Martín parecía controlar más los efectos: entrelazaba las piernas, en la clásica postura de yoga y dejaba caer su cabeza hacia el pecho y así estuvo durante toda la primera parte. Más tarde, esos primeros efectos fueron pasando poco a poco, haciéndome sentir mejor en ese aspecto, pero me di cuenta de que tenía la sensación de flotar, como si mi cuerpo no pesara, como si levitara por encima del suelo; era una sensación placentera, como de ingravidez. Todo lo que me circundaba comenzó a tejerse con colores muy vivos, totalmente irreales, pero de una vistosidad impensable, como si cada objeto estuviera compuesto de miles de puntos brillantes, como si fuera capaz de ver cada átomo de la materia. Yo mismo parecía estar rodeado de una especie de aura de colores radiantes; algo digno de ver e imposible de imaginar en toda su extensión. Flotábamos los dos como si fuéramos materia etérea, despreciando la misma gravedad, a la vez que nos invadía una sensación de plenitud tanto física como mental. Escuché a Martín su recomendación de que intentara focalizar mi atención en aquello que quisiera conocer a fondo, aquello que me inquietara. Lo primero que se me vino a la mente fue Claire, pero decidí saber antes de nada la situación de Gabriel, su estado de salud. Esto era lo que más me preocupaba; tenía un mal presagio que deseaba dirimir cuanto antes. No me fue necesaria una gran concentración; bastó pensar en él para, poco a poco ir entrando como en otro espacio que parecía estar apartado de mi mundo; era como quien dobla una hoja de papel que previamente ha dibujado y parte de esos dibujos caen hacia un lado y los otros hacia el contrario; esa era la sensación que tuve. Aquel otro espacio era diferente pero igualmente hermoso. Sin embargo me costó mucho estabilizar su imagen; parecía como si se encontrara allí, pero a la vez estuviera yo dentro de él y esto me hacía muy difícil percibirlo como estamos acostumbrados a hacerlo. Al poco la imagen se desgranó como en millones de átomos de colores y fueron a parar justo al centro de mis ojos, como cuando observamos a través de un caleidoscopio; su cara y su cuerpo fueron tomando forma, adquiriendo dimensión propia; sin embargo no era su mismo cuerpo tal y como le recordaba, era una suerte de vapor denso con forma y con cierto aura plateada a su alrededor. Parecía querer decirme algo, pero no movía sus labios; me percaté de que era capaz de escuchar su mensaje, pero sus palabras no sonaban; era mi mente la que traducía sin ningún esfuerzo lo que me decía. Su mensaje era reiterativo en lo inmensamente feliz de su estado; quería que no me preocupara en absoluto por él, pero yo le sentí ajeno, como en otro plano; tardé décimas de segundo en tener la seguridad de que Gabriel había muerto físicamente, sin embargo, en ese momento no me importaba, porque los efectos del hongo me hacían sentirme en su mismo espacio, algo que anulaba la tristeza de la pérdida. Viví en la seguridad de una existencia supra terrenal, algo impensable de contar o hacer creer a alguien que no haya pasado por la experiencia. Al verle aprecié que ambos teníamos la sensación de no habernos despedido nunca, como si no hubiera pasado tiempo desde la última vez. Sin embargo, cuando intenté saber por qué se encontraba allí, Gabriel comenzó a despedirse; sin dejar de sonreír, poco a poco se marchaba, se difuminaba su figura, y mi mente traducía un correcto “hasta siempre” que me hacía feliz. Poco a poco fui perdiéndole, sin saber exactamente la cantidad de tiempo que había transcurrido. Lo cierto es que, no solo él se evaporaba, sino que todo mi nivel de consciencia lo hacía al mismo tiempo. Mis percepciones pasaron a ser otras muy diferentes: ahora comenzaba a encontrarme como en un estado profundo de paz, de meditación, de reflexión. Entonces observé a Martín, que mantenía cerrados los ojos, en la misma posición. Una miríada de pensamientos se agolpaba en mi mente, una cantidad ingente de información supra consciente; era esa extraña seguridad la diferencia más radical con respecto a la respuesta de nuestro cerebro en un estado normal, donde es común la incertidumbre. Aquí no: Gabriel había fallecido; el cómo no pude averiguarlo, no había tenido tiempo quizá, o no había sabido conducir mi mente hacia esa resolución, pero confiaba en poder hacerlo pronto, si Martín se prestaba a llevar a cabo otra sesión de este tipo. Pero por otro lado estaba Claire, mi deseada Claire, de la que no había tenido noticias desde la última vez que la tuve cerca, más de un año ya; entonces mi interés se centró en buscarla, pero los efectos del hongo habían pasado a otro estadio en el que se me hacía imposible trabajar. No obstante comencé a sentir una verdadera aflicción, que parecía salir del epicentro mismo de mi intestino, una fortísima sensación de angustia o ansiedad. Me encontraba agotado, pero a la vez extrañamente ilusionado.
    Claire. Entrega 5

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    Aquel otoño fue invernal, intensamente frío y ventoso. La hojarasca cruzaba ruidosa de aquí allá entre remolinos que subían y bajaban del asfalto. El parque estaba solitario a esas horas de la mañana y se hacía difícil apreciar la lejanía entre la niebla. Aun así distinguí su silueta mucho antes de que se acercara. Martin no se hacía esperar.
    -Querido Alberto –espetó nada más llegar extendiendo la mano- ¿cómo pasaste la noche?
    Me incorporé del banco. Estreché su mano y subí la solapa de mi abrigo.
    -No ha ido mal –contesté esgrimiendo una media sonrisa-. Tomemos un café ¿Te apetece?
    -Me alegro; sí por favor ¡Este tiempo no es normal!
    Visitamos una de las cafeterías donde solía ir a escribir; desayunamos sobre una de las mesas que daban justo a una pequeña ventana, la misma que portaba aquella lamparilla de la que hice referencia al comienzo de mi relato; allí donde Gabriel me habló por primera vez de su vida. Aquel lugar, con el tiempo, había pasado a ser uno de mis “lugares de poder” (permítanme una subrepticia referencia que quizá muchos no entiendan), quizá por lo que llegó a representar nuestra amistad o porque en sí mismo la mesa se ubicaba en un espacio de discreto y acogedor distanciamiento. Era bonito mirar a través de esa ventana el invierno, rodeado de maderas y una humeante taza de café.
    -Creo que no deberías tomar más de esa sustancia –Martín fue directo al grano-, por lo menos hasta que tu cuerpo se haya restablecido un poco. No soy partidario, Alberto.
    Encendí un cigarrillo. Aquellas palabras me disgustaban profundamente porque todo mi interés ahora se centraba en buscar, de cualquier forma a Claire. Esa mañana me encontraba aturdido, por lo que imaginé que podría deberse efectivamente a los efectos de ese hongo en la sangre, en el hígado. Aún sin entender gran cosa, en el fondo lo comprendía y sabía que podría constituir un peligro para mi salud. Por otro lado, era esa nueva sensación de paz que se había instalado en mi interior la que yo mismo extrañaba, o sentía ajena y placentera a la vez. Tomé un sorbo.
    -¿Tú crees que no es recomendable? Necesitaría saber dónde se encuentra Claire.
    -Efectivamente. Personalmente creo que deberíamos dejar pasar un tiempo. No creo que sea tan urgente como para no poder esperar uno o dos meses; solo hasta que vuelva de viaje.
    -Bien –expresé escuetamente-, como tú quieras. ¿Qué viste o sentiste ayer?
    -Eso quería comentarte. Para mí fue una sensación placentera. Creo que lo presencié todo como mero espectador –sonreía agradablemente. Su mirada abierta me daba buenas sensaciones en todos los sentidos; era una especie de afirmativa cordialidad que me reconfortaba-. Mi cuerpo está más acostumbrado a esta sustancia –siguió-, o quizá también mi mente. Sé lo que me espera antes de tomarlo –emitió una pequeña carcajada-. En fin, lo mío fue más un trance hipnótico, muy relajante.
    -¿Viste algo especial, o lo sentiste? –Me encontraba ansioso porque hablara.
    -Pues, la verdad es que fue como circundar en torno a la persona de que me hablaste, como estar muy cerca de ella, pero a la vez, creo que os percibí a los dos en sendas que a veces convergen pero no en el mismo tiempo. Seguro que os cruzáis en el mismo espacio, pero a horas diferentes.
    No acababa de entender. Tomé otro cigarrillo, nervioso ya. Últimamente me había hecho un fumador compulsivo.
    -Explica un poco más. ¿Quieres decir con eso que quizá pisemos la misma baldosa de cualquier calle pero a diferentes horas del día?
    -¡Efectivamente!-comenzó a reír de esa forma escandalosa con que solía hacerlo.
    -Ya, entiendo…
    -Sin embargo –siguió hablando-, su paso es más ágil; su vida es diferente a la tuya en todos los sentidos. Creo que ella no se detiene en nada ni en nadie: no crea lazos, no los quiere. No sé, esa es la sensación que tuve en esos momentos. Focalicé todo lo que pude mi atención, aún sin conocerla, y esa es una de las percepciones que me acompañaron durante toda la sesión. Era como estar conduciendo en medio de un túnel y apreciarla a ella en otros adyacentes; va rápida y cambia de trayectoria a menudo, calculadamente y con un objetivo…No puedo decirte más. Yo la olvidaría; esa sensación también la sentí.
    En ese momento me encontraba abatido con sus palabras; en el fondo comenzaba a considerar que pudiera tener razón. En cierta forma incluso comenzaba a odiarla y a sentirme estúpido.
    -Sí, quizá lleves razón-contesté no muy convencido-. Si pudiera hacerlo lo haría. –Mis palabras resonaban en mi interior contundentemente, como queriendo hacer justicia. Creo que ese momento fue crucial. Tuve una extraña impresión de ingrata clarividencia que me hacía percibirme a mí mismo desde otra óptica, una especie de visión neutra pero justiciera. Acabé el café y mi sentimiento hacia Claire temí que hubiera comenzado a difuminarse también. Una gran nostalgia invadió todo mi cuerpo; un golpe de raciocinio brutal, que parecía ubicarme en una realidad extremadamente fría y marcadamente distante hacia ella. Me sentí deprimido.
    -Bien, Martín –contesté escuetamente- ¿Cuándo vuelves?
    -Espérame para dentro de un par de meses. He de hacer un viaje a Haro, donde vamos a asistir a un seminario. No te obsesiones; sinceramente te lo recomiendo, no merece la pena. Mi consejo es –siguió diciendo decididamente- que la olvides; esa mujer no es para ti, lo sé.
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    Virginia Ledesma pasó a llamarse Virginia cuando entró en mi vida y yo entré en ella más veces de las deseadas y menos de las que ella hubiera querido. Era encantadoramente sumisa y agradecida. Ejercía de periodista en una de las agencias de enlace que nos proporcionaba medios externos de manera puntual. No puedo decir que no fuera hermosa, lo era. La noche que la conocí, en una celebración que ofrecía el Cónsul de El Salvador, estaba radiante. Quizá fue mi poco interés lo que más le llamó la atención, el caso es que nos conocimos bastante a fondo; en realidad fue una de las pocas personas con las que hablé.
    Habían pasado dos meses, quizá tres, desde que hablara la última vez con Martin. No volvimos a vernos de momento. Me enteré de su nuevo destino allí mismo, mediante un contacto suyo que pululaba a la caza de personajes y del que intenté huir en cuanto me facilitó la información que andaba buscando. Parece ser que una vacante repentina en un rotativo Griego fue lo que le puso de camino hacia este país, antes de lo que hubiera pensado. Me alegré en el fondo por él, aunque me sentí reconocidamente decepcionado.
    Guardé la tela con la pintura de Claire en un armario, entre paños y en un cajón destinado sólo para ella. No fue fácil, pero lo hice. Ahora la apreciaba sólo como una bonita obra; todo había cambiado bastante. Postergaba el viaje al domicilio de Gabriel en Madrid por diferentes motivos: por un lado, sentía rabia porque efectivamente la vida hubiera sido tan cruenta con él -en el caso de que la hubiera perdido-; por otro lado, de no ser así, era Gabriel mismo el motivo de mi animadversión.
    Profesionalmente, gracias a Virginia, encontré un buen puesto en un célebre diario de tirada nacional. Al cabo de un año mi novela estaba casi terminada y, cuando tuvo lugar la presentación, en el Hotel 1898 de Barcelona, el salón de actos se llenó de compañeros de todos los medios que aplaudieron mi comparecencia. Me sentí triunfante, sí, pero vacío en el fondo. Comenzaron las entrevistas en todas las principales radios del país, para repetir una y otra vez lo mismo, intentando simular la sensación de haber oído preguntas ingeniosas y originales. Luego, de vuelta a casa, Virginia me agasajaba y se ofrecía complacida toda ella. Duro, lo sé.
    Cuando se tendía, en la cama, abrazaba mi espalda y juntaba su cuerpo desnudo al mío de manera obsequiosa. Yo, solía abrir los ojos para permanecer así durante segundos, mientras mi cabeza meditaba qué hacer. Casi siempre me costaba poco ofrecerle mi cuerpo, pues la ofrenda física para un hombre puede ser expedida de manera baladí, aunque al final te sientas tan vacío como una noche antártica. Su piel era suave como una pluma; sus caderas redonditas se movían como un potrillo cuando comienza a dar los primeros pasos, ansioso de vida. Todo su cuerpo era precioso, pero no era el que yo tanto deseé. Cuando hacíamos el amor me miraba con la mirada profunda de quien desea ver idéntica respuesta; yo lo sabía, era consciente, por eso cerraba los míos y pensaba en Claire. En estas ocasiones no podía dejar de hacerlo; creo que tomé ese hábito, de manera que cada vez que teníamos relaciones, me disponía a tenerlas con mi verdadero amor.
    Cierta vez, cercanos al orgasmo, me preguntó si la quería. ¡Si la quería; me sentí mezquino y miserable! Le mentí; no la quería, o quizá sí, pero de otra forma. Mi querencia para con ella era la de la misma utilidad, la del pragmatismo de que fuera ella quien me hiciera olvidar y progresar en mi carrera profesional. Yo intentaba que esto no fuera así, pero era como luchar contra un muro de hormigón. Me servía el desayuno; la casa brillaba; en la cocina no pudo superarse más, todo para dejar que mi tiempo de escritura no se viera interrumpido ni menoscabado. Todo lo hacía ella y, cuanto más intentaba complacerme, más la despreciaba; hubiera preferido ser insultado, que me hubiera lanzado algún plato contra la cabeza. ¡Tanta sumisión me emborrachaba, me hastiaba, me empalagaba como quien ingiere un bote de miel! Comencé a descubrir en mí un ser miserable e infame; mi carácter había cambiado rotundamente, y cada día que pasaba más me odiaba a mí mismo y más a los demás. A veces, cuando era consciente de mi maldad, yo mismo hacía propósitos de constricción, aunque esto duraba no más de medio día. Pero de momento ella lo aceptaba con sometimiento pleno. A veces se sentaba sobre mis piernas, allí, junto a la mesa de mi estudio para hacerme arrumacos; otras, se acercaba vestida con un camisón de raso que dejaba prácticamente al descubierto sus lindas tetitas morenas. En la cocina, solía gustarle ofrecerme y compartir conmigo algún bocado de esos que preparaba con tanto esmero y que tanto dolor me ocasionaban. De esa forma pasamos casi cuatro años de nuestra vida, hasta que su carácter fue cambiando también. Cierta vez la vi llorar en la soledad de nuestro cuarto; se escuchaban sus gemidos contenidos. Yo escribía una novela sobre el amor pasional de un escritor y una modelo: escribía sobre mí mismo. Aquel intento de novela fracasó, porque odiaba expresar mis propios sentimientos. Cada párrafo que era escrito suponía para mí una grave confesión que me derrumbaba y me sumía más profundamente en el pozo de la depresión. Intenté romperla más de una vez, pero continuaba al siguiente día con los últimos hálitos de interés por sacarla adelante. Muchas veces se sentaba en mis piernas, me abrazaba posando su brazo alrededor de mi cuello y comenzaba a leer. La novela era contundente. Cuando leía una de esas frases atroces que solía verter de cuando en cuando, me miraba sorprendida, con la mirada instigadora del que quiere convencerse de que es pura fantasía. Yo bajaba la mía o esgrimía una simple mueca, pero sé que a ella no le gustaba que aquellos pensamientos nacieran siquiera de forma literaria de mi mente. Otras frases eran obscenas en gran medida: acertaba a imaginar escenas de un alto contenido lascivo que mi imaginación recreaba como si yo mismo fuera quien las protagonizara. Algunas veces, en la cama, se esforzaba por emularlas, pero yo lo sabía bien y esto me causaba también desprecio. Sí, sé que el despreciable fui yo, pero, cuanto más ruin me mostraba, más depravados eran mis sentimientos: se retroalimentaban. Muchas veces hacíamos el amor y, por cualquier circunstancia química que no puedo defender ni comprender, la trataba con violencia, o la insultaba llamándola zorra; ella lo aguantaba, pero sé que esas palabras le hacían mucho daño, le producían un profundo sufrimiento que ocultaba, pero no a mis ojos. No logro explicarme cómo pudo aguantar tanto.
    El año siguiente, un equipo del rotativo marchamos para intentar grabar los tanques de Milans del Bosch paseando por las calles de Valencia. A mi vuelta ya me había abandonado. Sólo me dejó una triste nota que seguramente escribió con todo su corazón destrozado. Su letra era temblorosa, como mis manos al leerla. Aquella noche no pude dormir; la pasé llorando, pero no sólo por ella, sino por mí mismo, pues, decir que me sentía despreciable sería una dulce nana. Lloré como un niño, frente al espejo de nuestra alcoba, avergonzándome de mi misma visión, sintiéndome infame, indigno; sintiendo verdadera vergüenza de mi imagen. A media noche, de madrugada, salí a la calle; hacía un frío atroz y caía una densa lluvia que calaba; pero a mí me apetecía sentir el agua caer sobre mi cabeza, sobre todo mi cuerpo; era como sentir las lágrimas del mismo diablo derramarse sobre mi podredumbre. Cuanto más caminaba más deseaba estar muerto y menos interés sentía por lo que la vida misma me había querido obsequiar. Las calles de Barcelona parecían las mismas carreteras del infierno y sus luces se difuminaban a mis ojos sangrantes de dolor. No sabía qué hacer, sólo necesitaba caminar y encontrar el escarnio por mí mismo, y toda desgracia me parecía poca. Caminé sin rumbo hasta secar mis entrañas y caer rendido a las puertas de un burdel de aspecto marchito y sucio. Tomé una copa e invité a la primera que se acercó; una cuarentona que mas bien andaría en los sesenta, y cuyo aliento parecía salir de las mismas cloacas; aun así tuve sexo con ella y conseguí hundir más mi despreciable conciencia. El día me descubrió con un nauseabundo hedor mezcla de sudor, vómitos y el perfume barato que la ramera dejó sobre mi piel. Aquella vez que descubrí a Virginia llorando, debí haberla ofrecido consuelo, debí haberla venerado, pero lejos de esto disfruté de su desgracia; no sé porqué me producía placer su sufrimiento.
    Parecería suficiente todo esto, pero no lo fue. Sucio y desaliñado me espeté en la redacción donde trabajaba; me dijeron que estaba de baja. Me miraban con miedo y estupor a la vez; con el recelo con que se trata a un mendigo, a un indigente, pero yo me reía para mis adentros y era mucho mayor el menosprecio que abrigaba hacia ellos. Caminé hasta su casa paterna con el ánimo de redimir mis culpas. El trayecto era largo, pero preferí hacerlo a pie, sintiendo que el aire fresco calmaba mis ánimos y de alguna forma me relajaba. Sabia que me seria fácil convencerla y así fue, a pesar de la violenta contrariedad de su anciano padre, cuyo carácter no heredó. Como se me impidió la entrada al bonito chalet, proferí gritos de perdón desde el jardín, mientras observaba su silueta detrás de los visillos de su dormitorio. También aprecié los abrazos de su madre, y hasta allí llegaban sus lloros que se unían a mis gritos como una patética sinfonía de dolor profundo y desgarrado. Comencé a suplicarle como si mis palabras fueran dirigidas a la misma Claire, con toda la pasión que pudiera nacer de la más contrita de las almas, arrodillado sobre el barro que bien pudiera haber sido creado por mis propias lágrimas. Cuando se abrió lentamente la puerta supe que de nuevo había vencido, algo que me llenó de orgullo. Lentamente se acercó y mientras lo hacia pareció que era la misma Claire quien venía a mi encuentro; tal era la belleza que la desgracia dibujaba en su cara. La abracé fuertemente mientras nos bañábamos mutuamente en ríos de lágrimas; creo que fue la primera vez que realmente me excité en sus brazos.
    Sé que quien lea estas palabras sentirá animadversión hacia mi persona; yo mismo me odiaba y lo sigo haciendo a medida que escribo, a medida que recuerdo y revuelvo mi pasado. Retomamos nuestra vida con el ánimo de comenzarla desde cero, como si nada hubiera ocurrido, pero esto es un error desde el principio del planteamiento, porque el recuerdo siempre está presente como sombras en la noche, y no se olvida. La pobre no sabía cómo actuar; estaba indecisa y con recelo de causarme algún desagrado. Esa actitud redundaba en mi inexplicable repulsa hacia ella. Al principio conseguí contener mi violencia y comencé a jugar con ella como si fuera un objeto impersonal. Cuando escribía y venía hacia mí, de cuando en cuando, la obligaba a desnudarse como si se tratara de una prostituta -en ese momento no entendía mi atracción hacia ese tipo de mujeres, aunque en un futuro tuve ocasión de entender un poco el porqué-; la incitaba a sentarse sobre mis piernas y a cometer actos decididamente vejatorios que aún, o quizá nunca me encuentre en disposición anímica de relatar.
    Seguramente que ella misma, en su fuero interno comprendió desde un primer momento que estaba siendo utilizada, pero su ingenuidad era tal, que llegaba a confundir los sentimientos, o sus percepciones se vieron influidas por mis cariñosos aditamentos, que en realidad sólo pretendían adueñarme de su voluntad. A veces pensaba o temía que la causa de mi conducta pudiera venir de la ingesta del maldito hongo, pues más de una vez creí tener dentro de mi al mismo Satanás.
    Así pasamos más de un año en el que poco a poco me convertí en el más cínico de los personajes imaginados: cuando requería su presencia, siempre por interés propio, la llamaba, y ella acudía rauda con su eterna y dulce sonrisa, y sus ojos despiertos. Cuanto mayor era mi muestra de cariño, mayor era el sacrificio que pretendía pedirle a continuación, hasta tal punto llegó la tortura que, cierto día, la obligué a desnudarse delante de un incauto vendedor de enciclopedias que llegó a mi casa. ¡Deberían haber visto la cara de los dos! Fue una situación extremadamente tensa que a mí me procuraba una excitación cercana al orgasmo.
    Evidentemente esto constituyó el final definitivo, porque allí mismo comenzó a hacer sus maletas, otra vez entre llantos. El pobre comercial salió huyendo como del mismo infierno, y yo, gritaba por ahuyentar de encima mi propio desprecio mientras tomaba con fuerza un enorme cuchillo que teníamos en la cocina, con el que intenté quitarme la vida.
    Virginia salió despavorida de casa, envuelta en gritos e inconsolables llantos, al tiempo que mi garganta aullaba emitiendo sonidos guturales, como quien siente arder su cuerpo sobre una pira demoníaca, tumbado boca arriba, con los ojos a punto de abandonar sus cuencas y la mandíbula desencajada.
    Sé que fue la policía quien me recogió, y alguien quien me internó en un sanatorio.

    Foto de Gloria Grau Ruiz.